Palabras, más

Esta vez la tarde es nublada, muy nublada y fría, pero la parada de autobús sigue siendo la misma. Está en la avenida Universidad, cerca del metro Coyoacán. Mientras fumo un cigarro, uno más, me pregunto por qué no me he enfermado de tos o gripa si en casa mi madre y mi tía lo están. Y mi padre. Supongo que falta poco para que pase: mis pulmones asmáticos no están hechos para soportar tanto frío aderezado de humo de cigarrillo. El camión no tarda en llegar. Guardo la colilla en uno de mis bolsillos tras envolverla en una servilleta; pretendo no contribuir al encharcamiento de las calles y de paso al calentamiento global. Hallo un lugar junto a una anciana, quien lentamente mueve su encorvado cuerpo para que yo ocupe el asiento junto a la ventana. Voy hacia el Centro, a encontrarme con Liz para encontrarnos con otros colegas para hablar sobre un proyecto conjunto entre Kaja y ellos que quizá vea luz el próximo año. Voy con buen tiempo, así que tomaré una siesta: ayer, es decir, antier, fue el cumpleaños número 30 de Carmen. Fue una pequeña celebración, como suele ocurrir con sus cumpleaños, en su casa, en Ecatepec. Fue pequeña y bizarra, con algunos de sus amigos, con algunos de los familiares de su pareja actual. Quise invitarte pero sabía que sería en vano, no solo porque al día siguiente tenías la boda, pienso que aunque no hubieras tenido nada que hacer me habrías dicho que no podrías. Así de jodidas están las cosas cinco años después, pienso a bordo del camión. Cinco años después de que me acompañaras a su cumpleaños 25 en cierto lugar por el centro. Aquella vez en que me diste un anillo de compromiso de Totis. Sigo pensando que te viste obligada a hacer eso. ¿Por qué? Porque yo antes dije, lo recuerdo con una nitidez que desearía tener en todos mis recuerdos -buenos y malos-, que habría querido que hicieras eso por mí. Lo dije porque Frida le había pedido a Galo matrimonio de esa forma momentos antes. Siento que esa vez te viste obligada a hacer algo que no habías pensado, como seguramente pasó otras veces, porque te presioné a actuar de tal o cual manera y ahora lo que menos quiero es presionarte. No, no ahora que me dices que quiero obligarte. No. Y recuerdo desde luego cómo me escapé, y cómo quise tirarme de un puente, y cómo nos encontramos luego por el metro General Anaya, y cómo vi a un paseante con su perro, inexistentes, y cómo me pediste que lo intentáramos y cómo lo intentamos. Sobre todo pienso en cómo lo arruiné, desde ese día, sobrepasado por mis celos y mis sentimientos más oscuros. Yo sabía, desde entonces (y desde antes, cuando me sentí muy mal porque “no recordabas” -lo entrecomillo porque sé que lo recordabas- lo que habías dicho sobre Galo años antes), cómo la estaba cagando. Sabía que debía anular esa sensación y seguir. Confiar en tus palabras y seguir. Lo sabía muy bien, pero también pensaba que debía decirte las cosas en el momento, para solucionarlas, según yo. Quería que fuéramos lo más transparentes el uno con el otro. Quería corresponder a la forma en que abriste tu alma contándome lo que había pasado contigo en tu niñez. Quería corresponder eso no guardándome nada, diciéndote lo que pasaba por mi cabeza, por más atroz que fuera. Pensaba que era justo y necesario, como dicen que dijo Cristo. Quería que simplemente me dijeras: “lo recuerdo, pero eso ya pasó y no me importa”. Lo mismo quería cuando poco después, con lo del argentino, simplemente me dijeras: “sí, lo estaba viendo, ¿es apuesto, no crees?” Y tan tan. Hoy me dices que fue para protegerme que no dijiste nada, pero, ya no pude decirte -porque nuestras últimas charlas han sido muy breves y desastrozas, por eso mejor te escribo- que no, no querías protegerme, querías protegerte a ti. No estoy diciendo que está mal, creo que es natural. Yo mismo soy incapaz de admitir mis propios crímenes. No es fácil decirle de frente a la persona que amas que la cagaste. Y que te descubrió. Por eso ahora te pido que escribas las cosas malas que hice, que me las digas, que me recuerdes cómo fui de estúpido. Que no te lo guardes. Lo que yo quería, Ketz, era que aunque la hubiéramos cagado, pudiéramos decirlo de frente, al momento, y arreglar las cosas y entonces sí, seguir. No guardarlas en un cajón y sacarlas años después para destruir al otro, porque para ese momento todos esos recuerdos ya nos habrían destruido inevitablemente. Pienso en eso sentado en la ventanilla del camión, y pienso, por supuesto, en cómo un año y medio atrás, pensaba en ese mismo trayecto que debía aguantar la vara y no escribirte que no te fueras. Que estar lejos de mí era lo mejor para ti. Que aunque solo existieran dos posibilidades, la de reencontrarnos o la de separarnos definitivamente, tenía que dejarte ir porque era lo mejor para ti. Que solo así estarías tranquila y feliz. Como está pasando. Quisiera que sepas que antepuse tus intereses a los míos. Que, aunque no lo parezca o no lo creas, por supuesto que pienso en cómo te sientes, en qué tan fregada estás -usando tus propias palabras- o estuviste estando conmigo. Quiero que sepas que pretendí ser fuerte y valiente -como me has pedido-, y que confié en ti y en nuestro amor para no decirte “no te vayas”. Hoy, tienes razón, pienso que no fue una mala decisión simplemente porque nuestra separación, poco a poco, me ha hecho poderme quitar de encima la nube negra que cargaba cuando estabas conmigo, la que me hizo sobredimensionar las cosas malas, la que me hizo volverme una mierda, la que no me permitió ver con claridad que siempre te he amado. No es que me esté dando cuenta ahora que eres la mujer de mi vida. Desde luego que no es así. Eso siempre ha estado ahí, y sé que ahorita ya me estás mentando la madre, pero permíteme explicarme (por eso te escribo): no es que ahora quiera simplemente convencerte de que he cambiado y que ya soy un hombre diferente. Creo que de lo que quiero convencerte es de que he luchado contra esa nubre negra y de que he podido disiparla en gran porcentaje. Que puedo ver con más claridad que siempre te he amado y que lo arruiné. Tú dirás que no, que sigo igual, y entiendo que lo digas pues ahora tú cargas tu propia nube y de eso es de lo que quiero “protegerte”, usando tus propias palabras. No del mal del mundo y de que hagas con tu culo lo que quieras, sino de cómo esa nube nos nubla, sí, el juicio, y nos hace decir o hacer cosas que no queremos. Hoy más que nunca pienso en cómo hice un chingo de cosas que no quería hacer, y cómo dije un chingo de cosas que no quería decir. Por supuesto, tienes mucha razón, eso no les resta un ápice de cuán dañinas fueron. Lo sé. Pero de lo que quiero convencerte es de que lo hice porque estaba nublado, si me permites usar ese término. Hoy, como entonces, me siento arrepentido de todo eso (arrepentido es la mejor palabra, sin duda). Cada vez que te herí física o verbalmente me sentía absolutamente avergonzado conmigo mismo y contigo. Me sentía de la puta chingada, tal como ahora me siento. Porque sé que no piensas que es una nube negra la que te hace comportarte ahora de formas a veces muy ruines para el estándar tuyo (no tienes que ser violenta y brutal como yo para mostrar tu ruindad. Como bien dices, somos diferentes). Y te digo, sé que no piensas que actúas bajo un nublamiento porque dices, sé, que actúas así porque ya estás bien, feliz, y tranquila. Lo cual entiendo y celebro. Y lo cual me aterra, porque en efecto, no sé si tú te sientas mal o arrepentida de decirme o hacerme tal o cual cosa, de todas esas que han ocurrido los últimos meses, pero me temo que no. A veces me has dicho que te sientes mal y que no quieres lastimarme (eso sí que me lo has dicho), pero sé que te vas a dormir tranquila y que de ninguna manera piensas que has hecho mal o que me has hecho daño, y sigues. No estoy diciendo que te sumerjas en una vorágine interminable de elucubraciones como yo y que solo pienses en esto, no, no estoy diciendo eso, solo digo que, justo, esto ya no te importa, ya no estás en esto y simplemente no te interesa pensarlo. Simplemente no lo piensas ni lo evocas. Me parece bien aunque trágico. Pero quiero que sepas que imaginé ese escenario subido en este camión un año y medio atrás, y que aún así no te mandé un mensaje ni te llamé para impedirlo. Quiero que sepas que pensé en ti, y parafraseando a Diego, pensé que tu bienestar estaba por encima del mío. Quiero que sepas que he procurado que así sea, y que por eso no te llamo ni te molesto, ni nada, lo más que puedo. Que por eso a veces te escribo, y sin duda, claro, en los momentos más desesperados, te he buscado bajo el influjo del alcohol, o de la nube negra, cuyos resabios persisten, pero insisto en que he luchado contra eso. La vez pasada me dijiste que ya no pensabas que fuera un hombre para ti, y que no pensabas que cambiaría, ni que valiera la pena, y entiendo que lo digas. Sobre todo me destroza que lo digas. Por eso lloro frente a ti, Ketz, no para manipularte ni para hacerme la víctima, sino porque me destroza que digas que esta lucha ha sido en vano. Que nuestra historia ha sido en vano. Eso último es lo que pienso más y lo que más me motiva a volver a escribirte: pienso que de ninguna manera nuestra historia ha sido en vano (sé que estás de acuerdo en eso porque dices que todo lo aprendido te ha sido muy útil ahora), y que, pese a sus bajos, como todas las historias los tienen, ha sido una historia maravillosa. Porque aunque entiendo que lo digas, que no tengas fe ni esperanza en mí o en esto, también sé que lo has dicho porque estás lejos. Y desde lejos no se puede juzgar nada, mi amor (por eso hablaba de que me midas considerando cada uno de mis aspectos). Ni entenderlo. (Vaya, por eso también estoy aterrado: no quiero alejarme porque conforme ha pasado el tiempo y la distancias ya no sé qué piensas, ya no sé que deseas, ya no sé quién eres, y más resentimiento me guardas; me da terror entrar al face y descubrir que eres feliz en todas partes y con cualquier otra persona menos conmigo -como diría Timbiriche-; que conmigo ya no compartes momentos agradables, que ya no formo parte de tu felicidad, que solo soy un mal recuerdo, que conmigo solo experimentas chingaderas; que en efecto estás mejor sin mí porque conmigo todo estuvo mal; un poco de eso me pasa con Kaja.) Quisiera que vayas, de verdad y en buena onda, a ver la casa un día de estos, los próximos días. Quiero que sepas que desde que te fuiste empecé a luchar contra la nube negra. Que pretendí hacerlo escribiendo en mi blog y te invité a hacer lo mismo, pero que desde entonces, no tiene unos meses, mi amor, dejaste de luchar y te rendiste, y te alejaste (cómo ibas a escribir sobre una lucha que no ocurría; por cierto, quiero que sepas que borré mi blog no porque lo que escribí fuera cierto, sino porque sé que te hice daño, y porque lo único que escribía era sobre ti y sobre esto, y porque ya no valía la pena, porque eso sí que no valía la pena). Y por supuesto que reclamo y pataleo porque tu ausencia es el peor de los escenarios… para mí. Quiero que sepas que al igual que tú, pensé que iba a sumergirme en un abismo de alcohol, mujeres, drogas y perdición. Y que terminaría muerto. Pero sigo aquí tecleando barbaridades y, contra todo pronóstico, sin haber hecho nada de eso. Quiero decirte que le bajé muy cabrón al pisto; sí, me embriagué varias veces, pero no como antes: todo este tiempo he tenido periodos de uno o dos meses en los que no probado una sola gota. En el cumpleaños de Frida de hace un par de días tomé dos cervezas y me fui a dormir porque tenía mi curso y el encuentro con Liz y porque simplemente pienso en esto aún cuando pretenda divertirme. Aunque no pude dormir chido, y por eso duermo en el camión que me lleva al Centro. Cabeceo sin cesar. Y al igual que cuando me voy a la cama, mis únicos pensamientos son estos, y al igual que cuando despierto en mi cama, mis únicos pensamientos son estos. Y un deseo de morir tremendo ante la imposibilidad de solucionarlo, cuando mi alma lo único que me dice es “no te rindas, resiste”. No fui a fiestas, no salí con nadie, me quedaba en casa a leer, a ver películas, a escribir. A conversar con tu fantasma. Paseé al Goli todos los días (han sido más los días que salgo con él que los que no; permíteme decirte que es criminal que saques a los perros solo los fines de semana, tan criminal como que no leas o no escribas. No quiero decir que seas una mierda ahora por eso, no, y que no vales nada estando sola, no, sino que aquellas son de las cosas maravillosas que teníamos juntos: pasear a los perros juntos, leer y escribir apoyado el uno en el otro. Lo digo para que no lo olvides), me puse a hacer ejercicio, dejé de tomar refresco y leche, preferí comprar libros y discos en vez de alcohol o cigarrillos. Preferí quedarme en casa, y trapear, y trabajar en ciertos proyectos. En dos semanas grabé el disco de Asedio, también ahí encerrado, y lo del libro con Enrique, una chamba freelance que me ofreció el Toca, y lo que pude hacer con Kaja. Pretendí hacer lo que dejé de hacer estando contigo, pero que era lo que tenía que hacer. Entiendo que digas que no sirve ya de nada, pero quería, he querido, ser mejor para ti, lo cual implica que soy mejor conmigo mismo. Quiero decirte ahora, tras pensarlo ayer después de la reunión que tuve con Liz y con las demás personas para el proyecto que ya te comentará ella, que abandoné a Kaja por ti. Sí, ya lo he dicho antes, y no es que quiera responsabilizarte ni reclamarte, lo digo para que te quede claro que no lo hice porque el proyecto no me interese, sino porque me interesas tú más que cualquier cosa y siempre he estado dispuesto a hacer cualquier cosa por ti. Me interesa más tu tranquilidad, felicidad y paz, que volverme un lastre para ti. Aunque ya lo sea, y porque vaya que lo fui y por eso había que separarnos: hoy reafirmo que el gran porblema de nuestra relación era yo. Así que, hablando de Kaja, también pensé que si regreso con este deseo de no rendirme y rifarme (porque es lo que necesita el proyecto), el problema de fondo será que no me quieras ahí. Lo digo por aquello de que no me permitirías actuar para salvar esto. Si ese es tu deseo y actitud, simplemente no podríamos trabajar y sin duda tendrías que dejar el proyecto. Pero yo no quiero que lo dejes, porque sé qué significa para ti. Así que podría hacer a un lado mi deseo de demostrarte que todo puede ser diferente a ser tu piedra en el zapato. Cuán doloroso es ser eso para ti, tras asumirme el amor de tu vida: reducido ya solo a un hartazgo, a una molestia. Y entiendo que así sea, de verdad. Tú dirás, con justa razón, que eso fuiste para mí también (el amor de mi vida y una carga), pero lamento decirte que no. Porque además de eso estaban las cosas buenas que seguíamos compartiendo porque estábamos juntos, y que ahora dices que sobredimensiono, como aquello de encontrarnos tras el trabajo para ir por quesadillas a San Cosme (y mi lista de ciento cincuenta detalles que te parecieron irrelevantes e insuficientes, además de incompletos; también por eso te pido que escribas los tuyos, para que no los olvides, para que no los olvidemos). Yo ahora de ti solo tengo eso, tu mirada encolerizada, tus no contestaciones, tus nunca puedo, tus no interminables. Tu ausencia absoluta. Pero entiendo que así sea, créeme, y sé que ya lo has dicho: no hay nosotros, yo no estoy en esto, no quiero esto. Y a pesar de todo lo que has dicho sí que confiaría en ti cuando dices que puedes trabajar conmigo, cuando dices que incluso podrías ir a junta de Kaja en la que fue nuestra casa. Lo creo de verdad. Así que por eso te he estado escribiendo, tienes razón, porque busco algo (como me dijiste alguna vez: uno escribe con un propósito, especialmente con el de tocar al lector. Estoy de acuerdo). Te escribo para hablarle a tu razón, a tu corazón, y si se puede a tu cuerpo. Es una de mis formas de luchar, si así lo quieres ver. Una de las formas que busco de tocar todas las puertas que me he cerrado yo mismo. Mi forma de buscar una oportunidad. Mi forma de no darme por vencido porque simplemente no puedo hacerlo. Y lo lamento mucho. De verdad quisiera poder hacerlo y dejarte en paz. He podido hacerlo antes, en otras situaciones y con otras personas, pero esto es verdaderamente importante para mí como para decir, sin más, “a lo que sigue”. Es como renunciar a leer, a escribir, a escuchar música. Es renunciar a vivir. Así que en el camión pienso en todo esto, una vez más, y en que si bien funcionó separarnos y ahora estás a toda madre, también pienso que fue nuestra manera de rendirnos. Y pienso que es lo único que merezco y que debería escucharte y aceptarlo e irme. Pero, perdóname que insista, pienso que rendirse con algo tan importante es abrir la puerta del egoismo absoluto, es dar la pauta a restarle importancia a lo verdaderamente importante, y dársela a lo que no lo es. Es darle la bienvenida a la nube negra que se disfraza de esperanza. Eso en mi caso, sé que en el tuyo no lo ves así, sé que consideras que estás haciendo bien, y yo también lo considero. Como te dije, me sumo a tu lucha contra mí. Soy el primero que se repudia. Pero entonces también pienso en mi propia historia, en mis padres y hermanas, y en cómo los he perdonado, cómo nos hemos perdonado de alguna manera, y en cómo todo lo que pasó (golpes, insultos, y mierdas más incluidas), simplemente era parte de. Y en cómo nuestra relación sin duda ahora es mejor que antes. Pienso en la propia Carmen, en cómo nos separamos un año sin decirnos una sola palabra (ja, recuerdo cómo Mariana no sabía de su existencia; fue en aquellos años, y cuando le conté qué pedo apenas y podía creerlo), tras insultarnos muy fuerte, tras juzgarnos y reprocharnos el uno al otro, y cómo nuestra relación ahora es mejor. De ambos casos pienso, tanto de mis padres y hermanas como de Carmen, que son personas importantes para mí y que sin duda vale la pena anteponerlas sobre mis propios sentimientos. Sobre mi orgullo y mi ego, en específico. Dirás, lo has dicho, que es tarde para entender eso, pero si me permites un año y medio no me parece tan tarde. Como me dijo el psicólogo: estoy atorado en un día después de tu partida. Sí, y qué. Lo estoy porque mi misión era llegar a decir esto que ahora crees que digo muy a la ligera o muy fácilmente, pero que me ha tomado toda esta lucha individual para poder decirlo: te amo y eres muy importante para mí. Aunque me da mucha pena ser una molestia y volver a decirlo una y otra vez. (Pienso que esribiéndolo es un poco más ordenado, quizá un poco más cordial, y me permite expresarme mejor y por eso lo hago. Siento la necesidad de comunicarme contigo de la forma en que mejor sé hacerlo, para no regarla tanto, para dejar de arruinarlo.) Me da mucha pena, y como te dije, yo también estoy cansado y harto, y rendido. Pero estas personas, mi familia, Carmen, me han hecho pensar a últimas que no soy tan mierda, no tan culero, que quizá valgo un poco la pena. Tú me has dicho que crees que soy un buen hombre. Eso me da esperanza (y el beso que me diste en los labios antes de desaparecerte un mes, y las últimas cogidas que me diste “porque eres ser humano”, y la forma en que me miraste hace unos días y que dijiste malinterpreté; no Ketz, nuestros caminos no son los mismos del pasado, no estamos cruzados otra vez, no, Ketz) porque pienso: ¿De verdad cree que no valgo la pena, que soy irremediable y no tengo oportunidad de hacer las cosas bien? ¿De verdad cree que nuestra historia debe morir sin más como cualquier otra? Creo saber cuál es tu respuesta ahora (“no tienes remedio y ya no hay nada que hacer”), pero si de verdad lo crees (ya sé que me has dicho mil veces que estás convencida y que no hay marcha atrás) no debería regresar a Kaja y éstas deberían ser mis últimas palabras. Pero me aferro a esto que siento porque una vez tú me dijiste en las peores circunstancias (cuando, puta madre, me has amado más) que luchabas porque en el fondo sentías que te seguía amando. Me pasa lo mismo.

(Me siento como el perro que abandonan en la carretera y que corre detrás del auto de su dueño; como el perro que abandonan en un llano (como le pasó al Bobi, un perro de mi abuelita Mari) y que regresa a casa. ¿Esos perros son egoistas e insensatos por hacerlo? No quiero pensar que luchar por esto es una manifestación más de mi egoismo; de verdad pienso que vale la pena intentarlo.)

Me despido con una rola.

: )

pd. Gracias por leerme nuevamente y por tomarte el tiempo de reflexionar sobre esto que te escribo con todo mi corazón y mi alma. Y lamento decírtelo otra vez, pero, pese a todo, Ketz, te amo como antes. Como siempre.


Carta enviada a Xochiketzalli Rosas el 20 de noviembre de 2016. Mismo año en que se publicó este texto.

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