La triste osadía del Señor Segovia (I)

Un premio literario es un clavo más 

en el ataúd 

de un escritor,

se repitió, una y otra vez, las palabras que su maestro le dijo un día, conforme el avión aceleraba

a setecientos kilómetros por hora,

listo para despegar.

Aunque quizá las repitió un poco antes, cuando una amiga suya, bióloga, decidió llevarlo al aeropuerto. Ella sabía que nadie más lo acompañaría (y tenía razón).

Para que no estés tan solo —le dijo al verlo, y en efecto, su compañía dentro del taxi y en los pasillos de ese lugar en el que todos corren con sus maletas de rueditas mirando siempre el reloj aliviaron por un par de horas la existencia de este individuo; conforme su amiga bióloga le explicaba (pues a diferencia de él, ella viajaba mucho en avión) cómo y dónde tenía que documentar su equipaje y obtener su pase de abordar, el alma perturbada de este pequeño, gordo y calvo escritor se tranquilizó un poco.

Escritor, eso eresle dijo otro amigo suyo, rubio editor de libros académicos, unos días antes, en un bar, sin alcohol de por medio. Se verían después, en la Feria del Libro Más Importante de Habla Hispana, y ahí vivirían un par de aventuras que, desde luego, no veían venir.

Así que quizá se repitió esas palabras un poco antes, cuando la noche previa a su vuelo no pudo dormir a gusto y se revolcó por cada rincón de su colchón; cuando tuvo sueños que nunca se volverían realidad, como el recurrente de la exesposa que lo abandonó volviendo a sus brazos, esta vez sentada ahí, a su lado, donde unas horas después estaría absolutamente solo, en el avión, en el hotel, en la presentación del libro por el que sería galardonado y posteriormente vilipendiado por sus colegas, quienes lo llamaban ya, con desprecio, el laureado, el reputado autor.

Un premio literario es un clavo más 

en el ataúd

de un escritor,

se repitió una y otra vez esas palabras cuando la velocidad del avión lo hundió en su asiento y cerró los ojos y rezó agarrándose bien fuerte del cinturón de seguridad que ya llevaba perfectamente ajustado a su gordo cuerpo. También oró por un vaso de whiskey con hielos como aquel que se bebió junto a su exesposa, la mujer que con justa razón lo abandonó, por alcohólico (entre otras razones), en el primer viaje que ambos tuvieron en avión seis años antes, hacia otro destino, gracias a otro premio literario (llamado de Novela breve humorístico-insurrecta, inexistente ya), ese por su primera novela, llamada, simplemente, Calva, en la que narró las peripecias de una joven obsesionada con la repentina caída de cabello que padeció desde los dieciocho años.

Algo inaudito en la literatura mexicana.

Este pequeño, gordo y calvo escritor, ahora de cuarenta años, era conocido entonces como Señor Segovia en la oficina donde trabajaba como asistente de redacción de una editorial que (esta vez él) abandonó cierto día, luego de cuatro años de servicio, porque algo en el fondo de su grasiento corazón le decía que tenía que dedicar su vida toda a la palabra escrita.

Una decisión que, tarde o temprano, terminaría por aborrecer.

Por lo pronto estaba ahí, con el cinturón de seguridad bien abrochado, rumbo a un viaje que definitivamente no se imaginaba, ni se esperaba, ni nada parecido.

No al menos dos años antes, cuando, desesperado por el abandono ya mencionado de su exmujer, metió la cabeza en el nudo de una soga. Sus pies, sobre un banquito, permanecieron rígidos. Él, con los ojos cerrados, sudaba frío. Luego de quince minutos en dicha posición, se dio por vencido: con ambas manos se quitó la cuerda que había atado a algún punto de su techo y se liberó, al menos por el momento, de su propio homicidio.

Por supuesto que, bajo esas trágicas circunstancias, el Señor Segovia jamás imaginó que solo un par de años después la fama y la fortuna le sonreirían con emocionante desparpajo.

Y es que solía recordar, todos los días, lo que su exmujer le dijo uno de aquellos días, mientras él lloraba arrodillado para que no se fuera:

—Ya no eres un hombre para mí.

Él, entre sollozos alcoholizados, le decía que le diera otra chance, que estaba seguro de que en algún oscuro sitio de su ser habitaba un creador de altos vuelos que en cualquier momento despegaría. Estaba seguro. Que, por favor, como hiciera algunos años antes, le diera chance de demostrárselo.

—No —le dijo ella—, desde Calva que no escribes algo que valga la pena. En realidad desde entonces que no escribes.

Y tenía razón. A pesar de haber ganado, esta vez, el Premio nacional de novela antijuvenil, el Señor Segovia dudaba de las razones del jurado para tomar dicha deliberación, pues aquellas páginas, pensaba, no valían la pena.

No más que muchas otras cosas que circulaban en las librerías. De viejo, de nuevo y digitales.

Por lo tanto esto había sido, pensaba también, cosa de suerte: quizá ese día el integrante del jurado que tenía otra novela a la cual defender no tuvo un amanecer placentero y no logró ofrecer sus mejores argumentos a su favor. Quizá aquellos que defendieron su novela no la leyeron bien y no notaron sus deficiencias, o quizá las novelas restantes eran aún peores que la suya, titulada, esta vez pomposamente, Por tu maldito amor: una historia sobre una banda de jóvenes fanáticos de Vicente Fernández en la que el Señor Segovia mezcló algunas letras de icónicas canciones rancheras con poesía.

Algo inaudito en la literatura mexicana.

Además de una lana, y como había ocurrido con el premio anterior, el Premio nacional de novela antijuvenil incluyó la publicación de la obra, solo que, a diferencia del premio anterior, esta vez no se publicaría en una de las casi siempre invisibles editoriales estatales, sino que sería publicada en, por qué no decirlo como es, la editorial más prestigiosa del país. Por lo menos una de las más prestigiosas.

Algo que, definitivamente, el Señor Segovia no veía venir.

Ahora, aferrado a los brazos de su asiento, no dejaba de pensar en el día en que le llamaron por teléfono, preguntando primero su nombre y posteriormente aclarándole que la llamada provenía de la editorial más prestigiosa del país. Al saberlo, Segovia supo que había ganado el concurso. No hacía falta más: así le había ocurrido la vez anterior, seis años antes. Y a diferencia de aquella ocasión, no estaba formado en la fila del banco esperando extraer sus pocos pesos cuando le llamaron, sino que estaba enfrente de su escritorio, con la computadora encendida, hoja en blanco frente a él, pensando qué haría con los pocos pesos que seguía teniendo en el banco, aunque supiera que en eso no había mucho por hacer. No en ese momento.

Conforme el avión se estabilizó en el firmamento, el Señor Segovia por fin logró ver por encima de las nubes (el sitio donde en realidad se encontraba) y solo así pensó en cómo sería la Feria del Libro Más Importante de Habla Hispana. A pesar de haber trabajado en el ramo editorial, nunca había estado ahí. No alcanzaba a imaginársela del todo, pero seguro sería enorme, se dijo, tan grande como este cielo, cuando de pronto el avión ya estaba ahí, en la ciudad que alberga cada año dicha feria: el vuelo tardó menos en arribar a su destino que lo que Segovia se tomó en llegar al aeropuerto con su amiga bióloga; que lo que le tomó esperar la salida del avión, abordarlo, y todo ese embrollo que despreció más que nunca y que incluía quitarse el calzado, sus botas de Bob el constructor, para que unos de los muchos guardias de seguridad vieran que no llevaba nada en ellas.

Si por él hubiese sido, pensó, habría viajado en autobús. No porque fuera del todo codo, sino porque de verdad le aterraban el despegue y el aterrizaje. Aunque apreciaba mucho, no podía negarlo, que la editorial más prestigiosa del país lo tratara como a uno de sus autores. Es decir, como a una de sus estrellas: al llegar al aeropuerto de la ciudad que cada año alberga la feria, el Señor Segovia fue recibido por un chofer de la editorial, quien afanosamente le dio la bienvenida, y le dijo:

—¿Me aguanta a que llegue el otro autor? Es que viene en el mismo vuelo que usted.

El Señor Segovia conocía el nombre de tal autor, pero en su vida lo había visto (ni en foto) y jamás lo había leído.

Tal autor no tardó mucho en llegar.

Era un tipo afable de gafas y nariz enormes, la piel del rostro repleta de cráteres, que iba acompañado por una mujer que a su vez iba acompañada, supuso el Señor Segovia, por su pequeña hija. Los cuatro avanzaron arrastrando sus maletas de rueditas detrás del chofer, quien los condujo hacia donde estaba el auto de la editorial. Una vez ahí, guardaron sus respectivos equipajes en la cajuela. La mujer no paró de hablar un solo instante del recorrido. De ella y de, supuso el Señor Segovia, su marido, o su hermano, otro famoso, y este sí, muy gordo escritor, pero de novelas gráficas.

Eso fue así hasta que el autor de enormes gafas y nariz le preguntó a Segovia:

—¿Y tú quién eres?

Tarde o temprano iban a hacerle esa pregunta, pensó Segovia, y agradeció que hubiera sido tan rápido. Para ir acostumbrándose.

Luego le dijo su nombre.

—Segovia, muy bien. ¿Y… a qué vienes a la feria, eres ilustrador? —continuó el autor de las gafas y nariz enormes.

—No —le dijo Segovia, y explicó el porqué de su visita. Lo del premio y tal.

—Órale, qué padre —dijo el autor con franco gusto, pero ahí detuvo sus preguntas.

Entonces llegaron a sus respectivos hoteles. Primero al de la niña y la mujer, quien, tan pronto terminó el diálogo anterior entre Segovia y el escritor, siguió hablando, especialmente sobre su esposo o su hermano, famoso y gordísimo autor de novelas gráficas, y luego llegaron al hotel del autor de las gafas y la nariz enormes. Estaban muy cerca el uno del otro.

En cuanto estuvieron solos, Segovia le preguntó al chofer:

—¿No sabe de un lugar rico y barato para comer por aquí? Me muero de hambre.

El chofer se lo pensó un momento:

—Sí. Aquí adelantito, te sigues por ésta (“es que vamos a dar vuelta”, precisó el chofer), y ahí hay una fonda muy rica donde se comen mariscos.

El Señor Segovia miró entorno y trató de ubicarse. Hasta eso no era tan malo haciéndolo, solía saber dónde estaba sin la necesidad constante de un mapa digital que lo guiara.

Al menos pensó eso en ese momento, pues días después, en esta ciudad, se perdería como un bendito.

De pronto ya estaban en las afueras de su hotel. Uno muy lujoso. Más lujoso que cualquier hotel en el que se hubiera hospedado. Sin embargo Segovia sabía que tal dicha solo le duraría dos noches, pues el resto de la semana tendría que vérselas por su cuenta para poder ver a su banda de darkmetal favorita, proveniente del país invitado a la feria, y que tocaría una semana después.

Y es que hubo un tiempo en la vida del Señor Segovia en que éste era un matudo metalero que tenía una banda de deathmetal en la que era el baterista. De eso había pasado mucho, veinte años tal vez: lo dejó cuando conoció a su exesposa porque a ella no le gustaba ese ruidero. Pero para él era una hermosa casualidad que precisamente la primera vez que visitaba la Feria del Libro Más Importante de Habla Hispana, ese año justamente, se encontraría con una de sus bandas favoritas de darkmetal de aquel entonces.

Por si fuera poco también vería a uno de sus autores predilectos, proveniente del mismo país, que daría un par de charlas. Segovia había utilizado el nombre de una de sus novelas, su favorita, para nombrar así al único disco que sacó con su banda y que llamarían: Los legionarios, una grabación casera auspiciada por un viejo metalero de mata larga y barba canosas al que apodaban Doc Reynosa, y que en un momento de su vida fue muy famoso.

En fin, que antes de bajar del auto el chofer le entregó a Segovia una bolsa de la editorial, la cual contenía una libreta, el programa de la feria y un gafete. Luego bajó con el autor y, como hizo con las otras dos personas, le abrió la puerta de la cajuela. Segovia tomó sus cosas, se despidió del chofer con un apretón de manos, y arrastró su maleta hacia el lobby, donde no habían muchas personas. Llegó a la recepción.

Un amanerado individuo lo atendió, diligente, lo registró y le dio la tarjeta/llave de su habitación tras regalarle una sonrisota.

Segovia le preguntó por el elevador.

—A su derecha —le dijo el hombre.

Una vez ahí, apretó el botón que había de conducirlo al piso de su habitación, pero no funcionaba. Segovia se quedó unos segundos intentándolo, hasta que se dio por vencido y salió de nuevo con el recepcionista.

—Disculpe… —le dijo Segovia, apenado.

—¿Si? —le respondió el recepcionista con la misma sonrisa de un momento antes.

—No funciona el botón que lleva al segundo piso.

—Tiene que colocar primero su tarjeta en el lector y luego indicar a qué piso se dirige, señor.

—Oh… disculpe.

—No se preocupe —dijo el recepcionista sin perder un segundo la sonrisa.

Segovia caminó entonces, arrastrando su maleta de rueditas por la alfombra, de nuevo hacia el elevador. Localizó el lector de tarjetas, deslizó la suya en él y entonces apretó el botón con el número dos.

Al abrirse las puertas descubrió un silencioso pasillo y el carrito con trapeadores, cubetas y limpiadores de la mucama. Segovia avanzó despacio mirando los números de las puertas hasta que dio con la suya, la 222. Una vez ahí volvió a insertar su tarjeta. La puerta se abrió y frente a él se reveló ahora una habitación que entre tinieblas lograba verse perfectamente ordenada.

Segovia buscó el apagador y encendió la luz.

Arrastró un poco más la maleta hasta que se colocó en medio de las dos camas que ahí había. Miró alrededor: frente a él estaba una enorme ventana que filtraba la luz solar del atardecer. Y una máquina de café casi portátil a la que de inmediato se acercó. Tantos años de hacer café godinezco en su oficina le permitieron a Segovia manipular el aparatejo sin complicaciones. Bru, bru, bru, las burbujas del agua comenzaron a hacer lo suyo. A un lado de la cafetera había un enchufe al cual conectó su teléfono móvil, el que, no previó, le causaría serios problemas en ese sentido: toda la semana que estuvo en la ciudad que albergaba la feria tenía que estar al tanto de un lugar dónde cargarlo, porque, pobre Segovia, aún no sabía utilizar el modo de ahorro de energía.

Segovia se quitó las botas de Bob el constructor que compró especialmente para la ocasión (muy caras) y se tiró en una de las camas. Frente a él había una enorme pantalla. Pensó en encenderla, por inercia, pero al final no lo hizo. Tenía varios años sin ver televisión, por lo que mejor se quedó mirando al techo.

Cerró los ojos.

Y despertó una hora después. El café llevaba un rato listo y su celular estaba casi cargado al cien.

Ya tenía un par de mensajes.

Uno era de su editora, quien le avisaba sobre el cóctel que esa noche celebraría la editorial en un lujoso salón de eventos. Los otros eran de un par de amigos que desde su entidad de origen, un lugar llamado Hecatepec, le deseaban buena suerte con la presentación.

Si quieres nos vamos juntos, le escribió su editora al final.

Aquí es propicio decir que su editora fue su primer amor de feria, como lo llamaba el rubio editor de libros académicos.

El primero de tres.

Emocionado, Segovia fue al baño, se miró en el enorme espejo que había cinco pasos antes del wc, y se echó agua en los costados de la cabeza, la zona donde aún le quedaba cabello. Se miró detenidamente: no podía ser cierto que ese miserable gordo que estaba viendo estuviera ahí, a punto de presentar su nuevo trabajo escritural y de ir con su hermosa editora a una fiesta.

Pero ahí estaba.

Luego de autoconmiserarse, Segovia se bajó los pantalones, se sentó en la taza y trató de defecar. No pudo. A un lado suyo estaba la regadera y pensó en tomar una ducha, pero no acostumbraba bañarse dos veces el mismo día, así que se puso de pie, se subió los pantalones y caminó hacia la cafetera. Se sirvió el café humeante en la taza que ahí estaba dispuesta. La dejó así unos minutos hasta que pudo beber el líquido: Segovia odiaba el café ardiente.

Con la taza en mano caminó hacia la ventana. La tarde comenzaba a caer y el sol ofrecía la mejor iluminación del día. Pero frente a él solo había edificios. Ninguna persona.

Se puso entonces las botas de Bob el constructor, preparó la bolsa que le dio el chofer de la editorial, y en ella metió algunas cosas que pensó que podría utilizar, como los ejemplares que llevaba de su novela previa, Calva, y sus tarjetas de presentación que mandó a hacer una semana antes y que decían su nombre y debajo la leyenda: “Escritor”.

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