La triste osadía del Señor Segovia (II)

Afuera había muchos jóvenes, muchas personas con gafetes como el que Segovia llevaba en su bolsa, caminando por la acera. El bajo, calvo y gordo escritor avanzó con las piernas un poco entumecidas, temblorosas, hasta que llegó a las afueras del lugar donde se llevaba a cabo la feria. Ahí sí que había mares de personas entrando y saliendo, pero antes de ingresar, Segovia se dirigió al lugar al que el chofer le recomendó para comer. 

Era un pequeño restaurante de mariscos que estaba a un lado de otro pequeño restaurante de mariscos. Una joven con apariencia de chico lo atendió. Hablaba con el acento propio del lugar.

—¿Qué le sirvo?

Segovia miró la carta que ella le extendió y optó por el calamar. Se lo hizo saber de inmediato y, diligente, la mesera pidió la orden al cocinero, que estaba ahí enfrente cocinando órdenes previas.

Sentado en una mesa para cuatro, solo, Segovia miró desde ahí el crepúsculo que comenzaba a formarse. Y pensó en su madre (ouch), quien no pudo acompañarlo en ese viaje, aunque ambos lo hubieran querido, pues aquella era la tierra de sus ancestros, de los ancestros de ella. De la madre de ella, de la abuelita de Segovia, quien lo crió en su infancia.

Por lo tanto le envió el siguiente mensaje de texto:

—Mamacita, cómo está.

La mujer, septuagenaria, le contestó de inmediato:

—Muy bien, hijito santo, ¿ya está listo para su presentación de mañana?

Al momento Segovia no supo qué responder. En su lugar se detuvo un momento y pensó en por qué se fue solo a ese viaje. Su primera opción de acompañante, la que le hubiera encantado, era su exmujer, como siempre, pero sabía de antemano que aquello era imposible, así que solo fantaseó con esa idea y evitó lo más que pudo, con éxito, hacerle dicha invitación por cualquier medio. De ahí en fuera tenía un muy pequeño abanico de opciones, en el que estaba incluida su propia madre, pues no había habido mujer que lo apoyara más que ella, a pesar de ser un despreciable sujeto.

En eso pensaba cuando el platillo con calamar, arroz y jícama llegó a su mesa. En el lugar, en otras mesas, solo había un par de comensales más. No tardarían en cerrar.

—No —le respondió Segovia a su progenitora y guardó su teléfono en uno de los bolsillos de  su pantalón para disponerse a comer. “Calamar, qué rico manjar”, pensó, se rió y de inmediato se sintió avergonzado por aquella rima marquetinera que se acababa de inventar.

Entonces vibró su teléfono.

—Ánimo, hijito del sagrado corazón de Jesús, todo saldrá bien, ya verás —le respondió su madre al instante. Segovia miró el mensaje, luego miró hacia afuera, hacia ese cielo que poco a poco comenzaba a oscurecerse, y a pesar de la belleza de ese momento sintió unas tremendas ganas de no estar ahí.

Al terminar de comer, lleno a reventar, y luego de pagar la cuenta a la joven mesera, quien le advirtió que se le habían acabado los ricos postres que ahí preparaban, Segovia regresó caminando, a paso lento, a donde la Feria del Libro Más Importante de Habla Hispana.

Fue ahí que sacó el gafete de su bolsa y se lo colocó. Las personas que ingresaban con esa identificación eran las menos, por lo que rápido logró llegar a la entrada, donde había, como en el aeropuerto, detectores de metal y vigilantes que le revisaron la bolsa y sus ropas, no así sus botas de Bob el constructor. Desde ahí el Señor Segovia logró ver la inmensidad de aquel sitio; los primeros stands que se desplegaban, deslumbrantes, frente a sus ojos.

Se quedó así, mirando como un idiota la recepción un momento.

—Avance, señor, no puede quedarse ahí parado —le exigió una de las vigilantes. Segovia reaccionó de su trance y avanzó.

Lo primero que se le atravesó fue una hermosa edecán promocionando un exquisito tequila.

—¿Gusta una prueba, señor? Es el nuevo tequila blah blah blah… —le escuchó decir a aquella joven. Ella no sabía, por supuesto, que ese calvo, pequeño y gordo individuo llevaba sin beber casi el mismo tiempo que llevaba sin su exesposa.

—No, muchas gracias —le dijo un poco a su pesar y continuó caminando. Pronto se le revelaron miles, millones de libros de todas las editoriales habidas y por haber en español y otros idiomas, como los libros que había en el stand del país invitado.

Avanzó sin saber muy bien hacia dónde, por lo que sacó de su bolsa el mapa que también llevaba y localizó el stand de la editorial que lo premió. Caminó hacia ahí. No estaba muy lejos, pues era la editorial más importante del país. Lo primero que se le atravesó fue, precisamente, el stand de novedades, y en él, en una pila lo suficientemente visible, estaba su novela: Por tu maldito amor.

¡Madres!, se dijo Segovia a sí mismo, y como había hecho un momento antes, se quedó mirando, perplejo, el libro que estaba frente a él. De plano no lo podía creer, por lo que ni siquiera se atrevió a tocarlo. Un joven, que también pasaba por ahí, se le quedó mirando al mismo ejemplar y estiró su mano para tomarlo, pero al ver de qué iba la cosa (un charro empuñando un arma en la portada) mejor agarró otro libro que estaba a un lado.

Cuando finalmente pudo moverse, Segovia optó por darse una vuelta por el stand. Ahí vio títulos de autores con los que jamás en su vida pensó compartir casa editorial. Auténticas leyendas de la literatura mexicana. Era demasiado para él, sin duda, por lo que miraba aquellos libros sin mirarlos realmente: solo pasaba sus ojos por sus portadas, por las contraportadas cuando tomaba alguno y le daba la vuelta.

Regresó entonces a donde estaba su novela. La vio ahí, apilada entre las novedades, junto a libros que valían mucho más la pena. Y mejor se fue.

A unos pasos, en el stand de otra editorial, también chingona, se encontró con un viejo compañero de su viejo trabajo. Era JJ, diseñador gráfico e historietista. Se dieron un abrazo.

—Qué gusto, cabrón, que estás aquí, ahora en tu faceta de autor. Ya eres toda una celebridad —le dijo JJ a Segovia.

—No no, nada de eso…

—Cómo chingados no. No seas modesto. Todo mundo ha hablado de tu novela. Dicen que es una auténtica obra maestra.

—Ja ja ja. Para nada. Acabo de pasar por el stand y no vi a nadie queriéndola comprar. Con decirte que ni me fijé cuánto cuesta…

—Ya verás que con los días empezarán a comprarla, te volverás famoso, y cuando nos volvamos a ver a lo mejor ya no me querrás saludar.

—No, no me friegues, JJ. Eso no va a pasar. Mejor cuéntame cómo te ha ido en esta editorial. Es una muy pesada…

—La verdad muy bien —le dijo JJ, con una auténtica sonrisa en ese rostro grande y redondo, enmarcado por gruesas gafas de pasta negra—, he trabajado muy de cerca con los autores, proponiéndoles cosas; algo que, como recuerdas, no me dejaban hacer en nuestra anterior querida empresa.

—Lo recuerdo, sí. ¿Y qué libros has hecho?

En respuesta JJ se acercó al módulo de novedades de la editorial en la que ahora trabajaba y señaló un libro grande, de pasta dura. Un libro fotográfico.

—Recién formé este, con este fotógrafo.

A pesar de su feo empaque, el Señor Segovia era todo un estuche de monerías. Además de la música y la literatura, era un fotógrafo aficionado. Fue gracias al abandono de su exmujer que tomó ese hobbie un poco más en serio, aferrándose un poco más a él, y tomó más fotografías de las que había tomado hasta entonces con su no muy cara pero efectiva cámara digital réflex. Fue así que desarrolló un poco mejor su técnica, pensando incluso que, en una de esas, se había equivocado de profesión y que en vez de escribir con teclados pudo haberlo hecho con luz.

Y es que hubo un día, muchos años atrás, cuando Segovia era un joven reportero de un periodicucho de circulación local, en que, durante la presentación de un libro fotográfico de un famoso precursor de la fotografía de rock, el aquel entonces un poco menos calvo y un poco menos gordo escritor se acercó al viejo fotógrafo para conversar. Al final de su charla, el viejo fotógrafo le dijo:

—¿Y tú, amigo, tomas fotos?

—No, para nada —le contestó Segovia.

—Deberías intentarlo, es fácil —le dijo el viejo fotógrafo, y por alguna razón Segovia puso en marcha dicho consejo un tiempo después, cuando le compró a un colega suyo la cámara que llevó consigo a la feria, pero que dejó en la habitación del hotel en el que se hospedaba.

De esa forma, ahí, con su amigo JJ, mirando aquel libro fotográfico que se estaba estrenando, Segovia aseguró:

—Me gusta mucho este fotógrafo.

—Pues da la casualidad que aquí está. Allá, sentado —dijo JJ, y señaló a un hombre con sombrero, grande, de canas, en efecto sentado en un rincón del stand, solo, mirando su teléfono.

—Compraré el libro entonces. ¿Puedes hacer que me lo firme?

JJ asintió con un leve movimiento de mentón, y un momento después ya estaban frente al fotógrafo, quien se les quedó mirando, sin ponerse de pie, y dijo:

—¿Qué pedo?

JJ le introdujo entonces a Segovia, y le hizo saber que era un autor en ciernes de la editorial más prestigiosa del país.

—A huevo —dijo el fotógrafo, quien solo así se puso de pie. Era por lo menos del doble de tamaño que Segovia.

—Mucho gusto —le dijo Segovia, mirando hacia arriba a aquellos ojos grises—. ¿Puede autografiar mi ejemplar?

—Eres la primera persona que lo compra —le respondió el fotógrafo, quien parecía un poco borracho. Segovia lo identificó al momento. El inconfundible aroma del tequila, del segundo caballito o de media anforita. Con dificultad el fotógrafo logró garabatear algo en aquel ejemplar que el pequeño, gordo y calvo escritor recibió, un momento después, con una fuerte brazada del hombre y una enorme y maligna sonrisa.

—Gracias —le dijo Segovia.

—A huevo, autor en ciernes —le dijo el fotógrafo.

—¿Sabe si impartirá cursos pronto? —se atrevió a preguntarle Segovia.

—¿Pos qué quieres, o qué?

—Aprender. Soy fotógrafo amateur.

—Ah, a huevo.

Entonces JJ vio a una autora que, al día siguiente, presentaría el libro del fotógrafo, una hora después de la presentación de la novela de Segovia. Se lo hizo saber al fotógrafo, quien volteó a verla y dijo:

—No la conozco en persona, iré a saludarla.

Y el fotógrafo dejó ahí parados a ambos excompañeros.

—Yo también me voy. Daré una vuelta por la feria. Es impresionante —le dijo Segovia a JJ.

—Que te vaya muy bien mañana, carnal. Ahí andaremos —respondió el diseñador, y se despidieron de un fuerte abrazo.

El pequeño autor, gordo y calvo, caminó por aquellos pasillos, pero antes de detenerse en cualquiera, al ver el stand de su antiguo empleo, el de su antigua editorial, no pudo sino ir hacia ahí. Dio una mirada por las calles simuladas en la disposición de los muebles y en unos pequeños letreros con los nombres de los autores más representativos. Le pareció repugnante esa estrategia organizacional, pero aún así continuó viendo y dio con los libros importados del sello literario, donde se hallaban autores que apreciaba mucho desde su juventud, y cuyas ediciones difícilmente llegaban al mercado mexicano. Ahí encontró un par de títulos. Miró el precio a sabiendas de que eran caros, pero ése era su momento: de bolsillos repletos y de su primera vez en la Feria Más Importante de Habla Hispana.

Se dijo:

—Mañana, antes de la presentación, vengo a comprarlos.

Y, tras un recorrido veloz por el lugar, regresó a su hotel con el cielo completamente oscurecido sobre él.

Cuando estaba a punto de entrar a su habitación, dispuesto a tirarse en la cama a sus anchas, su editora le mandó un mensaje: ¿Dónde estás? Yo en la feria. Ven.

Segovia se quedó atónito y casi al instante contestó que sí. Ella le respondió que estaba en la presentación de un libro de un famoso autor mexicano, ya muerto, alabado siempre por el humor que impregnaba en su obra, un humor del cual dicho autor siempre renegó (en vida). Segovia había leído un par de cosas de él.

Así pues, el autor en ciernes devolvió sus pasos a la feria, sacó de nuevo su gafete y entró. Con la ayuda de un mapa impreso que le entregaron en el stand de informes, dio con el lugar en el que estaba su editora. Una vez ahí, la buscó entre las personas que ya abarrotaban la sala. Y es que aquella sería una plática entre dos autores mexicanos de mucho prestigio. Segovia había leído a ambos: al más joven, incluso, le bateó una novela que éste quiso publicar en la editorial en la que trabajaba porque la consideró por demás pretenciosa y poco trabajada para un autor que ya había sido publicado por varios sellos importantes; al más viejo lo había leído con cierto regocijo desde sus años como universitario: lo consideraba un gran cronista, cuentista hábil y novelista bastante capaz. Tremendo orador.

Su editora estaba sentada casi hasta el frente. Había reservado con su bolsa una silla para Segovia. Al verlo, ella se puso de pie: le sacaba por lo menos una cabeza de estatura. Le dio un abrazo.

—¿Cómo estás? —le preguntó, muy sonriente, ella.

—Muy bien, gracias —le dijo él y ambos tomaron asiento.

Un momento antes de que comenzara la presentación, la editora le pidió a Segovia tomarse una selfie juntos. El resultado no satisfizo del todo a la mujer, quien expresó:

—No salimos tan guapos como en realidad somos.

Segovia respondió de rebote, admirado por su audacia:

—La única bella aquí eres tú.

—Tú también, cómo no —le respondió, amable, su editora, en el momento en que los dos autores mexicanos se aparecieron. El más viejo abrió la cancha, como quizá a él le habría gustado decir pues uno de sus temas preferidos es el futbol, pero el más joven, al parecer de Segovia, no supo secundarlo adecuadamente: no poseía el filo ni la agudeza de los comentarios del más viejo.

—Qué onda, ¿ya listo para el cóctel? —le susurró su editora a Segovia en el momento menos álgido de la presentación de aquellos escritores.

A Segovia se le había pasado por completo. Pensó que llegaría a su habitación, se serviría un café y dormiría las horas siguientes.

—Vete conmigo —agregó ella—. El chofer pasará por nosotros.

Segovia se quedó pensando, un poco boquiabierto, y dijo:

—De acuerdo.

La presentación en torno a aquel autor muerto que renegaba de su humorismo acabó y Segovia salió de la feria junto a su editora. Así, uno a un lado del otro, caminaron hacia el hotel en el que ambos estaban hospedados, para sorpresa del autor en ciernes. Se pararon un momento ahí afuera. Entonces ella sacó de su bolso un ejemplar de Por tu maldito amor. Segovia se quedó de a seis.

—Fírmamelo —le dijo ella mientras le quitaba el retractilado.

Segovia permaneció boquiabierto un momento más y luego dijo:

—No traigo un bolígrafo conmigo…

Ella rebuscó entonces en su bolso y extrajo uno. Se lo extendió a Segovia, quien lo recibió y comenzó a escribir la primera dedicatoria que escribiría sobre un ejemplar de su novela ganadora. Un instante después, luego de que ella se fumara un cigarrillo, llegó el chofer. La editora y Segovia abordaron el automóvil. Ahí dentro iba el jefe de ella, un pícaro homosexual, pensó Segovia, quien les dijo:

—Para este momento ya deberían estar muy borrachos, no sé qué esperan.

Y un instante después ya estaban a las afueras de la fiesta, que no era muy lejos de ahí. El lugar era un lujoso salón medio al aire libre. La gente iba bien vestida, perfumada, arreglada. Segovia no: iba con la misma ropa con la que llegó al aeropuerto.

—Ven, te voy a presentar al presidente del jurado del premio —le dijo su editora cuando llevaban un minuto ahí. Segovia estaba maravillado al ver a la crema y nata del mundo editorial reunida en ese sitio. Sintió por un momento que era parte de eso, pero su chaqueta desgastada lo desengañó.

El presidente del jurado era un pequeño y calvo individuo, sin lentes, muy delgado, a diferencia de Segovia. Con apariencia de pequeño renacuajo. Y junto a él estaba un famoso escritor al que no le gustaba mostrar su imagen al público, ni en las contratapas de sus libros, por lo que Segovia se vio sorprendido de conocerlo, aunque nunca lo había leído. Este era un crack de la poesía.

—Un gusto —le dijo Segovia.

A un lado de ellos una hermosa, rubia y chaparrita mujer comenzó a aproximarse. Conforme lo hacía no dejó de mirar a Segovia y él a ella, atontado, y al tenerlo a unos pasos, la mujer expresó:

—¡Por fin te conozco!

Segovia no tenía idea de quién se trataba, pero recibió gustoso el abrazo. Su editora, al intuir lo que sucedía, le dijo:

—Ella es la gerente de ventas de la editorial…

—¡Un placer! —le dijo Segovia entonces, y nervioso le ofreció su mano a la mujer cuando ésta estaba dispuesta a abrazarlo.

—El gusto es mío —le dijo ella, y sonrió. Qué fea sonrisa, pensó Segovia: no es por sus dientes, sino por el gesto que el rostro de la mujer hace al sonreír. Es una lástima, pensó también.

—Vamos por un trago —le susurró entonces su editora. Ella no tenía idea de que aquel calvo y panzón individuo había dejado de beber. Por lo que él, titubeante, respondió:

—Eee… stá bien.

Y al despedirse de la gerente, del poeta crack de foto anónima y del presidente del jurado, se encaminaron directamente a la barra.

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