La triste osadía del Señor Segovia (V)

Segovia aguarda entre las tinieblas, vestido con gabardina y sombrero, al estilo de algún personaje de Los intocables (la escena por lo tanto es en blanco y negro). Conforme el auto se aproxima por una esquina, entre una tormenta que, por el pavimento empapado, se intuye que lleva ya mucho tiempo, las luces de los faros cortan la oscuridad hasta que se estaciona a unos metros de donde Segovia está. Es un automóvil de modelo reciente, que contrasta con la tonalidad de la escena y con las ropas del escritor, quien sale de las sombras despacio y así se aproxima hacia el vehículo, los brazos cruzados. Cuando llega hasta él se para del lado del piloto. Desde ahí mira a su exesposa quien, sentada en el asiento del copiloto, no se percata de la presencia de quien fuera su marido hasta que lo mira un momento, sorprendida primero y aterrorizada después, cuando nota que Segovia (no sabemos si lo ha reconocido, pero es casi un hecho) saca de aquellos brazos que descruza una pistola de un cañón muy largo para con ella apuntarle al personaje que va en el asiento del piloto. Este, una cosa sin rostro, pues en vez de cara tiene un ruido, parecido al de una televisión sin señal, también voltea a ver al hombre que le apunta. 

Segovia despertó de su ensoñación cuando renacuajín presidente del jurado empezó a hablar. Entonces notó que en la parte de atrás del salón ya no estaba su exesposa. La buscó entre el resto de las butacas, junto a su madre, su hermana y su pareja, junto al diseñador JJ, pero no la encontró por ninguna parte. Trató de despabilarse sacudiendo la cabeza, y escuchó sin mucha atención las palabras que el presidente del jurado pronunció para irse de ahí de inmediato, excusándose porque tenía otro compromiso que, supo Segovia después, era el evento de enfrente, con el premio Nobel, al que se encargó de secundar porque el presidente del jurado era también un importante escritor. 

Luego habló la mujer que saludó a Segovia poco antes de entrar al salón, leyendo un texto que conmovió, una disculpa por el lugar común, hasta la médula al gordo y calvo escritor. Porque decía que Por tu maldito amor se trataba de una historia hermosa, digna de lectura para cualquier joven, aunque se tratara de una novela antijuvenil. Una novela de todas todas.

Luego leyó el ganador anterior del concurso, que también llenó de loas al ganador reciente, y aunque por un momento hubo polémica entre ambos, entre él y la mujer que fue miembro del jurado y que saludó a Segovia en la entrada del salón, ambos estuvieron de acuerdo en la grandeza y pureza de la obra que, otra disculpa por este otro común lugar, los convocaba esta ocasión. 

Luego fue el turno del director de la editorial más prestigiosa del país, quien comenzó a leer un par de hojas impresas llenas de tachaduras. Segovia vio las anotaciones, hechas a mano con bolígrafo negro, sobre una serie de palabras igualmente halagadoras, pero falsas, porque, se dio cuenta de inmediato, no eran suyas. Segovia volteó a ver a su editora desde ahí; ella sí estaba muy cerca de su madre y de su hermana, con sus hermosas ojeras negras, del color de su vestido, mirando un poco preocupada, quizá, al director de la editorial por aquello que estaba leyendo, pero quien, hay que decirlo, tenía mucha destreza para leer en voz alta sin que pareciera que lo hacía, haciendo parecer que lo que decía nacía en ese momento de su enorme y locuaz intuición. 

—La madre de Segovia está aquí presente —dijo el director de la editorial en algún momento de su discurso—. Señora, ¿dónde está? —La madre de Segovia se puso de pie entonces, y el público aplaudió al instante como si aquella dulce viejecita se tratase de un político. 

Segovia aprovechó para buscar de nuevo a su exesposa entre el público, que ocupó una tercera parte de la capacidad del lugar, pero corroboró que no estaba. Fue en ese momento que el director de la editorial dijo, tras terminar por completo las palabras que la editora de Segovia había terminado de escribir esa misma mañana, y luego de una nueva secuencia de aplausos:

—Bueno, ahora toca el turno del propio autor para que hable de su obra. 

Entonces un dolor, como un calambre, comenzó a recorrer el cuello de Segovia. Lo sintió desde la altura de sus hombros hasta la parte posterior del semicalvo cráneo. El también panzón escritor miró la hojita que llevaba, la pequeña lista en la que había anotado los temas de los cuales podría hablar:

Agradecimientos

Cómo surgió

Por qué el género musical

—Mierda —alcanzó a decir por el dolor que le impidió levantar el cuello, pero nadie lo escuchó. 

La gente frente a él esperaba a que dijera algo, pero por la boca de Segovia ahora solo emergió un quejido. 

Luego se desplomó sobre el podio, o como se llame la enorme mesa que compartían él y el resto de los ponentes. 

Y luego todo se fue a negros.

Despertó (él no lo sabía) unos minutos después, afuera de una ambulancia, que a su vez estaba junto a una especie de enorme restaurante al aire libre, ubicado en alguna de las salidas de la feria. Conforme abrió los ojos, poco a poco, Segovia vio que frente a él estaban su mejor amiga, aún vestida de Muñeco Diabólico, su madre, su hermana y su pareja, y su editora. Además de un médico (lo intuyó por la bata blanca), encargado de brindar los primeros auxilios. 

Segovia puso una cara de no saber dónde estaba. Entonces el médico le dijo: 

—Tuvo un ataque de pánico, señor. Pero ya está fuera de peligro. 

Segovia se incorporó poco a poco. Su amiga Muñeco Diabólico pasó una de sus manos por su calva cabeza.

—¿Recuerdas que hace diez años te salió una bola de grasa por lo que odiabas que te tocaran la calva aunque en el fondo adorabas que una mujer tuviera ese gesto contigo, el de acariciarte así?

—Claro, claro que me acuerdo —le dijo Segovia, como si todavía no comprendiese que estaba de vuelta en la realidad. Entonces miró a su editora, quien le pareció, así como estaba a contraluz, descalabrantemente hermosa, y quien le dijo:

—Lamentablemente, y por obvias razones, se canceló la presentación… ¡pero no te preocupes!, ya organizaremos algo muy pronto en la ciudad. 

Segovia asintió con un ligero movimiento de cabeza. 

—Mijito, ¿no quieres comer algo? —le preguntó su mamá— Seguro te me mueres de hambre—. Segovia miró en torno: había varias familias que compartían, felices, los alimentos. 

—Coman juntos, por favor —dijo entonces la editora—. Yo los dejo, tengo que asistir a otra presentación. Por favor, cualquier cosa, estaré al pendiente —dijo mirando a los ojos, con esos ojos ojerosos suyos, a Segovia. Este pensó que algo más iba a decirle pero no, tan pronto pronunció eso, se fue. 

De pronto ya estaban sentados en una de las mesas, luego de haberse servido tras formarse en una fila, como de escuela o de reclusorio a la hora del almuerzo, los alimentos; Segovia apenas y probó bocado mientras su hermana y pareja, su madre y su mejor amiga, comían contentas. 

—A pesar de tu rotundo fracaso —dijo Muñeco Diabólico—, la transmisión que hice en vivo de la presentación fue todo un éxito, especialmente cuando te fuiste de jeta contra la mesa y todos gritaron ¡uhhh! —y le dio play al video, que ya tenía varias miles de reproducciones. No había transcurrido ni una hora de haberse publicado. 

Los comentarios que alcanzó a ver Segovia decían cosas como: ¡Qué chingadazo!, Pobre cabrón, ¿A poco ese wey es escritor?

Y mejor se volteó hacia su plato. Definitivamente no tenía hambre.

—¿No es genial? —le dijo Muñeco Diabólico, con su diabólica sonrisa.

Para no responder, Segovia mejor deglutió un enorme bocado.

—Gracias por acompañarme, a todas —dijo un momento después, con algo de comida todavía en la boca. Miró aquella posible fotografía, en que las mujeres más importantes de su vida (quizá con excepción de la pareja de su hermana) lo veían todas juntas con una auténtica sonrisa. Con auténtico gusto. 

Al terminar de comer volvieron a entrar al hangar donde se desarrollaba la feria. Su hermana le dijo:

—Daremos una vuelta con mi mamá, para que conozca la tierra de su madre.

—¿Cuándo regresan a Hecatepec?

—Mañana.

—En nombre sea del padre, del hijo y del espíritu santo —le dio la bendición la madre de Segovia a Segovia. Y entonces se fueron, tras despedirse con abrazos, y pronto desaparecieron entre aquel mar de gente.

—Necesito un trago —le dijo Segovia a Muñeco Diabólico. 

—Maravillosa idea, señor —y Muñeco Diabólico puso su brazo para que Segovia la sujetara, al modo más caballeresco. Conforme avanzaron, Muñeco continuó: —Ah, y una chica fue a verte, al parecer una redactora; venía con otra chava y con un gordito wero de lentes, quien se dijo editor. He olvidado sus nombres, perdón, pero dijeron que habría una fiesta de una editorial, más tarde, que si te recuperabas fueras. 

—Creo que ya sé de quiénes hablas —dijo Segovia—. Tú, qué plan tienes. 

Muñeco Diabólico había viajado desde la entidad en la que vivía desde hacía unos cinco años, lugar en donde conoció a su actual pareja, un mecánico automotriz filósofo de profesión al que le decían el Mecánico, y que Segovia siempre había querido conocer por lo interesante del personaje: un tipo libre, viajero del país en su moto, intelectual, mujeriego y drogadicto.

Todo lo que Segovia nunca se había atrevido a ser de lleno.

—Pues pensaba volver hasta mañana… y no tengo donde hospedarme. 

Avanzaron un poco más por la feria. Pasaron a un lado del stand de la editorial más prestigiosa del país, donde estaba publicada Por tu maldito amor

—Ah, ¡y no sabes lo que me pasó! —gritó Muñeco Diabólico de repente. La gente entorno de ambos volteó a verlos.

—¿Qué pasó? —preguntó Segovia, discreto. 

—Lo primero que hice cuando llegué a la feria fue ir al stand de la editorial y buscar tu novela. De pronto ahí estaba el libro: brillante, entre las novedades editoriales. Wow, me dije, y avancé hacia él. Estiré mi mano, y cuando iba a sujetarlo, otra mano me ganó el ejemplar que estaba a punto de tomar. Dios, ¿te imaginas quién era?

—Emmm, no.

—¡Tu mamá!, ¿no es genial?

—Vaya…

—Y entonces, al verme, como tenía mucho tiempo que no nos veíamos, se le salieron unas lágrimas, y a mí también, y nos abrazamos. Luego vi que estaba tu hermana y su pareja, y me dio muchísimo gusto y también nos abrazamos.

—La verdad es que a mí también me dio mucho gusto. No me las esperaba. Pensé que nadie vendría a verme —dijo Segovia, mirando los pasos que uno tras otro daban sus chuecos pies enfundados en las botas de Bob el constructor. 

—Pues ya ves, sí hay que gente que te ama.

Segovia permaneció en silencio, luego le dijo a Muñeco Diabólico que fueran a su hotel, para que ella dejara ahí sus cosas; que si quería podía quedarse con él, pues al fin había dos camas en la habitación. Ella aceptó sin titubeos. 

Al llegar a las afueras del hotel, Muñeco externó:

—¡Ay, papaya de Celaya!

Segovia siguió las instrucciones que le dieron para utilizar el elevador con su tarjeta. Ciertamente, pensó, no estaría en un lugar como ese en mucho tiempo. Caminaron entonces por el pasillo alfombrado, y el Señor Segovia abrió la habitación con ese mismo delgado instrumento de plástico. No supo encender la luz al primer intento. Cuando lo logró, Muñeco Diabólico dijo: 

—¡Ay, papaya de Celaya!

La habitación, constató Muñeco Diabólico, tenía dos camas. Segovia le ofreció un café. Ella aceptó.

—Qué bonito es —dijo ella cuando tuvo la taza humeante entre las manos.

—Mañana tengo que irme —replicó Segovia, sosteniendo su propia taza. 

—No mames.

—Sí.

—¿Por qué?

—La editorial solo contempló que estaría para la presentación. Pero yo me quedaré toda la semana, para poder ver a una banda de metal que me gustaba mucho desde los años en que te conocí, hace treinta, creo. Quizá te acuerdes. Van a tocar en la feria.

—No mames que van a estar…

Dijo Muñeco Diabólico, y pronunció el nombre de aquella banda, que entre sus éxitos tenía canciones parecidas a ésta. Le pareció una hermosa casualidad que estuvieran en la misma feria que su mejor amigo. 

—¿Hace cuánto que no tocas la batería? preguntó Muñeco Diabólico.

Segovia se le quedó mirando. 

—Unos… ¿diez?

Y Muñeco Diabólico hizo una ligera mueca que bien pudo decir qué lástima, qué tristeza, o quizá, también, qué bueno por ti.

Luego ambos tomaron una siesta, en lo que llegaba la hora de la fiesta a la que lo invitó el rubio editor de libros académicos.

Un mensaje los despertó luego de una hora. Era él, quien le daba los pormenores a Segovia. ¿Ya estás mejor?, le preguntaba también. Segovia no contestó en ese momento. Volteó a ver a Muñeco Diabólico: aún dormía, en la otra cama, con un apacible sueño, en el que tal vez soñaba que viajaba a París con él, cuando su libro fuera traducido al francés. Cosa que sucedería.

Muñeco Diabólico también trataría de suicidarse dos meses después, por razones que no importan mucho aquí.

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