Hoy murió Milan Kundera
ignoraba que estaba vivo
La insoportable levedad del ser
fue la primera novela «seria»
que tomé entre mis (pequeñas) manos
y que leí con fruición
cuando tenía unos quince o dieciséis
años
más o menos
(o más
ya no recuerdo
¿cómo fue
que he podido olvidarlo?).
Nunca había leído tantas páginas
ni sabido de un título
tan hermoso como inolvidable (hay cosas
que no olvido, hay otras
que no perdono)
desde el librero de papá (que conservo)
pareció decirme acércate
y ciertamente
fue imposible no escuchar
el susurro insistente
de un bonche de hojas viejas
editadas por la RBA.
La transgresión de aquella historia
donde Tomás y Sabina, amantes
eran amigos, los mejores
amigos
me trastocó
de tal modo (como tiene que ocurrir
cuando se lee algo
chido) que aún me recuerdo devorando
línea tras línea;
mi mejor amiga
también leyó dicha historia; se volvió
un referente entre nosotros
como tantos otros referentes
que aún tenemos, que seguiremos teniendo
hasta que la memoria ya no sirva.
Entonces llegaron los lectores
DEADEVERAS
a abrirme los ojos incultos
inmerecedores
de LA GRAN LITERATURA,
de LA PUTA QUE NOS PARIÓ
y desdeñaron a Kundera con tal énfasis
que dejé de leerlo
(y hasta pretendí criticarlo
como ellos
criticaban:
rabiosos
fúricos
muy ciertos, tan pagados
de sí mismos).
No fue sino hasta que el Doktor, hace poco,
con su sencillez y sabiduría
me habló de La broma
una novela que aún tengo pendiente
pero que pronto dejaré de tenerla.
O al menos eso espero: la fila que la precede
no ha dejado de susurrarme
un solo día.

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