Para Ruti y Ray
Se le ve feliz. Sonriente, por lo menos. No es la primera vez que vamos a un concierto juntos, pero como si lo fuera. (De hecho tocamos en la misma banda, y recién estuvimos a punto de estar en un escenario como esos -aunque sin público-.) Ella va con él. Son una linda pareja. Los aprecio. Él dice: Es como una tocada del barrio. Se refiere a aquellas que se armaban cuando él aún era un crío: en un terreno pastoso, a oscuras, con algunos reflectores apenas iluminando el espacio; un lugar repleto de gente con chela en mano, fumando churritos de mota, los cigarros de siempre, mientras las bandas de diversos subgéneros del rock se rifaban al ras de todos ellos. Además del humo feliz, en el Velódromo, al que nunca había ido, se respira una atmósfera tranquila, digna de treintañeros -como parecen ser la mayoría- que ya han refinado su gusto y ya no poseen la energía para armar slam en cada rola (acaso en alguna) y prefieren apreciar el concierto a lo lejos. Así nosotros. En dichas circunstancias nos encontramos a algunos colegas de otras bandas e intercambiamos saludos y abrazos; la escena ya no es tan mezquina como hace diez años (salvo por algunos organizadores malandros). Por ahí vemos algún despistado con nuestra playera; a los lejos se distingue aquel logo batmanesco en su espalda, pero la mayoría, desde luego, lleva puesta las yeras de Gojira. Algunos otros las de Mastodon. Los dos titanes (megamonstruos) del metal moderno -lo digo con mi tono de voz de viejo- se enfrentarán en un duelo inédito en este terruño (aunque desde el principio está claro quién se llevará el encuentro). Los gabachos empiezan primero; tocan varios de sus clásicos, algunas que no conozco, la nueva que me gusta mucho (él resalta ese hecho). Bebemos unas caguamas carísimas, empedadoras y dadoras de ganas de miar mientras varios exigimos le suban al volumen -es un hecho que nos estamos quedando sordos-. Aplaudimos. No veo al público demasiado fúrico. Le suben al volumen de las liras casi hacia el final y yo digo: Chale. Todo el tiempo los visuales detrás de Mastodon son para darse un toquesito, pero a mí la mota me cae pesado, casi tanto como el jitomate, pienso mientras los veo y espero que alguien esté disfrutando de aquella subliminal espectacularidad. Terminan Mastodon, a quienes había visto varios años antes -la vez que acompañé a un viejo mentor a entrevistarlos, cuando me dieron un disco firmado que terminé regalando- en aquel lugar que en sus últimos días se llamó Vive Cuervo, y vamos al baño los tres juntos. Enormes filas para entrar a las cabinas azules mixtas, ad hoc con nuestros tiempos. En efecto es cine y parece toquín del barrio, donde tanto chavos como chavas se iban hasta el fondo del terruño y ahí se desaguaban sin recelo sobre el pasto. Poco después empiezan los franceses. Una cuenta regresiva de tres minutos (de no ser porque él lo especifica, estaría escribiendo que de ciento setenta y tantos segundos, blancos sobre un fondo negro) y púm… súbanle a todo, por el amor de Cristo. Gojira muestra el músculo mamadísimo mientras un par de orcas de hule navegan las olas de palmas y dedos y un chaval, de menos de quince años (y me acuerdo de mi primer concierto, que ni de lejos fue tan acá como esto), se sienta encuerado del torso a hombros de alguien, tan encuerado del torso como el grandioso Mario Duplantier, hermano del vocal y fundadores ambos de este súper grupo, mientras toca. Ambas bandas, en efecto, son cine, y son enormes y tocan como pocos; criaturas extraordinarias a las que habría sido chidísimo servirles de teloneros, guajireo mientras pienso en la influencia que sus respectivos bateros han tenido en mi forma de tocar los tambores en los últimos tiempos: lento en riffs rápidos, rápido en riffs lentos, básicamente, pero con mucho flow (en mi caso el más que puedo, pues toy tieso). Al igual que Mastodon, Gojira se rifa un set con viejos clásicos y clásicos nuevos; mateo en varias oportunidades. El público ya está más prendido, pero (y me disculpo por sonar rancio), no veo punto de comparación con shows que ocurrieron veinte años antes, iniciado este siglo, cuando ni de lejos se grababa cada instante con celulares. Se arma a lo lejos un slam. Esos diez, cinco años antes, ya habría empujado a varios para estar ahí, pero ahora prefiero ver la lluvia de papelitos plateados. Mierda, pienso, ¿qué será de mí los próximos cinco? De por sí ya estoy bien amargado. Entonces me acuerdo de mi compa el Guti, con quien vi a Jungle hace poco, junto a Marsi. Aunque bailamos y todo, al final terminamos hartos y cansados. Él y yo. Algo así me pasó en Bad Bad Not Good y en Future Islands y en… Carajo. Ni pedo. ¿Te acuerdas cuando venías de prensa gratis a estos eventos?, pregunta él poco antes de que entremos y nos revisen los cuerpos. Lo trae a cuento porque hay una lona que dice: PRENSA. Sí, le digo, metía mi anforita de contrabando y la pasaba de lujo. (Además usaba un bigote a lo Lester Bangs.) Fuiste lo peor que le pasó al periodismo musical de esos años, dice y se ríe. Reímos. Luego recuerdo una reseña de aquellos días, un evento donde terminé hasta el culo. Esa vez un lector celebró aquel texto. Dijo que al fin leía algo decente en esa revista. Algo que valía un poco la pena.




















Fotos de Gojira y Mastodon: Kevin Maríquez.



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