Leticia debe tener casi ochenta años. No me dice su edad, no se la pregunto, pero el morado de su cabellera blanca, la ligera curvatura de su espalda y los cansinos ojos azules me lo revelan. Esta es la primera presentación de un libro a la que asiste. Le pregunto si le gustó. Sonríe (ya no tiene algunos dientes) y me dice que sí. Le pregunto si ella misma es lectora, si le gustan los libros. Titubea, no sé por qué, luego me dice que ha leído todo Danielle Steel, Agatha Christie, John Connolly, Jeffrey Archer (y menciona algún otro autor). Dice que su casa está repleta de esas colecciones. De libros de misterio, dice. Dice que su papá la acercó a esos libros, que de pequeña lo acompañaba a comprarlos y este le preguntaba, luego de dejárselos leer, si estaba bueno el libro. ¿Cuántos se murieron?, le decía. Cinco, papá. Entonces no está bueno, decía él. Leticia viene acompañando a su nieto, Emanuel, de 22 años, quien tiene la inquietud de escribir. Ambos están aquí, en la llamada Filin, frente a los presentadores del nuevo libro de Álex Mondragón, El hambre nunca se equivoca, del cual han dicho que es «prosa poética». Yo digo que solo es poesía y que es poesía de la buena. De la honesta, sensible y sin pretensiones. Cuando tengo el micrófono digo que he disfrutado mucho de su lectura, de la compañía que me ha brindado ese libro. De conocer a Álex un poco más a través de su escritura. También digo que leer un libro es como una conversación: cuando dos personas charlan largamente es porque a ambas les interesa; una está aprendiendo de la otra, hay algo que se tiene que decir. No pasa con todas las charlas, es cierto, como no pasa con todos los libros. Al final de la conversación Emanuel pregunta a todo el panel qué se requiere para seguir por el camino de la palabra escrita pues, aclara, estudió letras inglesas. Nayma le dice que determinación, esfuerzo y una pasión desbocada. Y aunque estoy de acuerdo con ella, a estas alturas del partido yo le recomiendo que mejor se busque otra cosa, que quizá encuentre estabilidad (económica) en la vida si estudia contaduría, pero cuando me revela su edad le digo que probablemente esté perdido. Ya en el salón donde están las poquitas editoriales que se animaron a mostrar su material, es que hablo con Leticia. Me dice que ella suele comprarle libros a su nieto. Que ese que acabo de enjaretarle (uno de mi autoría) se lo dará por Navidad. Le digo que mejor le compre otra cosa, que cómo cree, pero es demasiado tarde. Y aunque se parece en esos rasgos fuertes a una de las dos abuelas que tuve, con la cual crecí (y que fue casi mi madre), pienso que me habría encantado tener una abuelita así: que me llevara a presentaciones y me comprara libros. Que se pintara el pelo y se pusiera playeras negras. Aunque, pensándolo bien, es a esa abuelita a la que le debo esto de pretender escribir libros, cuando por castigo me puso a leer algunos. Sin saber, como también hacía, que me estaba dando una bendición (que de pronto se torne maldición es otra cosa). Hay veces en que la extraño mucho. Como ésta. Como algunas otras.




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