1)
Debí comprar todos los ejemplares cuando pude, cuando los vi ahí tirados en aquel botadero a diez pesos cada uno. Eran cinco o seis del Diario íntimo de un guacarróquer, aquella primera edición con la cual me acerqué a la palabra escrita de Armando Vega Gil.
No sé qué me llamó más la atención: si su portada o su título, el caso es que siempre que lo vi anunciado en las contraportadas de algunos números de la extinta revista La Mosca en la Pared me pregunté qué diablos sería eso. Salvo Las batallas de José Emilio, no había leído realmente mucho y nada que volviera a entusiasmarme tanto. Tendría 15 o 16 años, 17 cuando por fin di con aquel ejemplar negro-deslavado en el puesto de don Ramón, revistero y librero de viejo ya fallecido con quien trabé una relación de cordialidad que siempre que puedo echo de menos. Nada me había hecho reír tanto; la forma en que Armando mezclaba el rock con el ejercicio literario (acaso Las Jiras, de Federico Arana, un libro anterior a este, se le aproxima) eran cosa de otro universo. Qué hermosura fue leer así Armando, bajo la égida del asombro tempranero, ese que es indispensable para hallar una especie de camino. Y yo quise seguirlo (pues también soy músico y fotógrafo, aunque en ambos casos advenedizo) y desde entonces me pregunté, o poco después me pregunté, luego de asistir al taller de Eusebio Ruvalcaba, si Armando tendría uno. Me lo pregunté durante dos años, más o menos el tiempo en que logré confeccionar mi primer trabajo: una novelita breve sobre un hombre calvo. Tuvo que pasar más tiempo para que, gracias a un post suyo en alguna de sus redes sociales, me enterara de que estaba en búsqueda de alumnos. Sin dudarlo le escribí; me dijo que para asistir necesitaba tener un proyecto entre manos; algo que estuviera en vísperas de concluir, incluso que buscara publicarlo. Tenía algo, le dije. Una novela donde quería verter mis gustos musicales. Lo poco o mucho que sabía sobre heavy metal.
2)
Tiene poco que me preguntó cómo conocí a Armando. Le conté esto que acabo de leer y él, Beto, me dijo algo que según ya me había dicho, pero que no recuerdo que me dijera: vivía en la misma calle de Armando, justo en el edificio de a lado. Esto en la colonia Narvarte, en la Ciudad de México. No sé cómo se suscitó la conversación, creo que él estaba un poco bebido, yo mucho menos, y de buenas a primeras me preguntó cómo lo había conocido y me dijo que cuando era chavito, él, Beto, de doce años, visitó a Armando cierta tarde. Beto y su familia lo veían a menudo, a Vega Gil y a sus colegas de la escena del rock hecho en México; me dijo que lloraron, lloraron todos y lloraron mucho (aún lo hacen) desde aquel fatídico día en que el Cucurrucucú decidió dejar de cantar abrazado de un árbol, ubicado enfrente de un puesto de quesadillas que esta familia visitaba cada viernes. Beto le pidió a Armando que le diera clases de guitarra. Así ocurrió por un tiempo y luego el propio Armando le ayudó a conseguir, en el tianguis de instrumentos de Tasqueña, su primera guitarra y amplificador. Yo habré conocido a Beto (y a Armando) unos cuantos años después de eso, cuando Beto tocaba la lira, aquella Fender gabacha y greñuda que consiguieron, para una banda que hacía covers de Iron Maiden. Yo ya estaba en Asedio aporreando los tambores (aún sigo). De hecho por eso fue que platicábamos: hace poco filmamos un videoclip para ese proyecto de metal hecho en México. Nos encontrábamos en la pequeña celebración que hicimos para verlo. Él iba con su chava, yo con la mía. Soy mayor que él unos tres años. Estudiamos la misma carrera en la misma universidad. Tuvimos al mismo maestro, el mejor en su materia (Gallardo Cano). Nuestros caminos inevitablemente habrían de cruzarse; fue en una tocada, en Ecatepec, que se cruzaron. La primera vez que leí a Armando, dijo Beto, fue en uno de esos libritos que regalaban en el metro. Fue un cuento sobre los baños secretos del metro (que, por cierto, viene incluido en el diario íntimo). Nunca me había reído tanto con la lectura de algo, dijo y volvió a tomarse el flaco estómago como se habría tomado en ese momento. También dijo que no había podido conseguir un ejemplar. Su novia tampoco. Ambos llevaban un tiempo buscándolo. Debí comprar todos esos ejemplares cuando pude, pensé de nuevo. Podría regalarles uno. Si no les regalo el mío, pensé también, a sabiendas de que no podía hacerlo: aquel ejemplar que tengo firmado en esa delgada edición de tapa oscura (la primera de tres que hubo) es el segundo que Armando me firmó.
3)
Curioso: el primero que tuve me lo robó quien fuera nuestra «jefa», de Beto y mía, en una página de noticias metaleras en internet que hace tiempo ya no existe. Esa vez fui con ella a ver a Botellita en vivo a un bar de la Condesa; fue la primera y única vez que los vi en vivo. Tocaron chido, ya he olvidado el set, y al finalizar el concierto (¿o antes de que empezara?) me aproximé a Armando, sobre la banqueta a oscuras, para pedirle que me firmara aquel primerísimo ejemplar del diario íntimo que había comprado en el Chopo. Ella, al terminar, me lo pidió prestado. La verdad titubeé, pero qué iba a decirle si era mi jefa, quien además se enojaba a la menor provocación (o se ponía cariñosa). Me prometió devolvérmelo a la brevedad. Cuando la brevedad pasó, se lo pedí. Ya no recuerdo si lo extravió o se le mojó o qué pasó con aquel libro, según ella, pero sentí que había perdido uno de mis tesoros más valiosos. Por suerte lo recuperé un par de años después (bueno, no recuerdo exactamente cuánto) en el mismo Chopo con el mismo señor Ramón. Luego me encontré en un botadero los cinco o seis ejemplares de diez pesos de los cuales solo compré uno. Lo regalé. Para eso quería esos libros: para regalárselos a las personas que no lo tenían y que yo pensaba que debían tenerlo. Gente valiosa. Como Beto y su novia.
4)
Para mí ese libro de Armando implica uno de los textos más transgresores de nuestra literatura. No solo por su fondo, sino por su forma; un texto que solo habría podido escribir un músico (además de fotógrafo, buzo, guionista, poeta, escalador de montañas), con una voz y un ritmo inusitados, cargadísimo de humor y doble sentido, de cacofonías y onomatopeyas que solo en los dedos de Vega Gil podían sonar tan bien. Ese trabajo suyo, el Diario íntimo de un guacarróquer, solo es comparable con su propia obra, diluida a veces para satisfacer ciertos criterios de ciertas editoriales. Solo Cuenta regresiva y otras fábulas supernumerarias -el volumen de cuentos con el que ganó el san Luis Potosí de cuento- o sus microficciones, como las de la pareja triste, contenidas en libros como La ciudad de los ojos invisibles, pueden alcanzar esos cotos de ingenio, de flexibilidad, de lenguaje estrictamente literario. Por lo tanto libre, por lo tanto avieso. Ahora que escribo esto me recuerdo en su taller, donde pudo firmarme por segunda vez el Diario íntimo: rodeados por libros, por cuadros, por instrumentos, nos sentábamos en lo que debía ser el comedor de su departamento. Su estudio asomaba a un lado. Armando preparaba el café, la mayoría de las veces soluble. El Dok, que está aquí en esta mesa, llevaba unos cocoles desde su cercana Amecameca. Al Dok fue al primero de los talleristas que conocí. Estaba ahí afuera, esperando, poco antes de que dieran las 10 de la mañana. Leía algo, un libro de Bukowski. ¿O era yo quien llevaba aquel libro? Armando salió unos minutos después. Llevaba el cabello húmedo. Me recuerdo viéndolo, emocionado, como se le ve a un ídolo. Dijo mi nombre. Dijo bienvenido. Me sonrió. Le sonreí. Aquel era un sueño hecho realidad. Armando nos flanqueó el paso y el Dok y yo entramos. Ya preparaba el agua para el café. Nos sentamos cada quien en una de las sillas entorno a la mesa. Yo procuré elegir siempre la misma. Aún recuerdo que desde ahí, en las últimas sesiones que tuvimos, me perdí de tomarle una foto con su gato. Se me escapa el nombre del felino. Me caía muy bien, era un macho blanco y negro. Más negro que blanco. Una vez le pedí prestado un libro de Maupassant. No pude devolvérselo. Lo conservo con cariño; sin duda es un autor que me recuerda a Armando, uno de los mejores cuentistas que ha dado México. De los más ágiles e impertinentes, de los más arrojados. De los más tiernos, de los más cursis, de los más rebeldes. Todas esas cualidades que deberían tener, en mi opinión, los escritores de cuentos. Lejos de lo solemne. Ese era Armando y lo dejaba ver en los comentarios que hacía de los textos de sus pupilos. Lo recuerdo siempre atinado, siempre dando una opinión que hacía crecer enormidades aquel texto. Así fue como nació, o renació, mi segunda novela en su taller. Bajo su cobijo y mentoría. Con su acompañamiento, con sus porras para que la metiera a un concurso que terminé ganando y que luego él presentó conmigo. Qué digo sueño, un sueño se queda corto; estoy hablándoles de una de las experiencias más gratas de mi vida. Que se vio opacada, un instante, por una de las más culeras. Y que sucedió unos meses después. Solo tres meses después.
5)
La última vez que lo vi fue en la presentación de su último libro. Era en la FIL Minería y yo también había presentado el mío. Fue cinco meses después de que nos viéramos, en las mismas circunstancias, en la FIL Guadalajara. Estaba, como me prometí a mí mismo unos años antes, siguiendo sus pasos, siguiendo el camino que, qué iba a saber la pinche ironía, nos conduciría a los dos al infierno. Esa vez Armando parecía un viejo vampiro hablando de su novela de vampiros. El cabello un tanto largo y crecido, casi del todo blanco, con sus ropas negras. El semblante triste, ese que todos han sabido diagnosticar aunque desde luego nadie podrá descifrar nunca. Algo nos dijimos, que si nos veríamos para cenar o para comer. No hicimos ni la una ni la otra. Yo comí con el Dok en unos tacos muy buenos que aún están a la redonda. Muy probablemente lo abracé. A Armando. Y le di las gracias como siempre se las doy a mis maestros, sin importar la ocasión. A veces lo escucho. Pongo las canciones que grabó para su ukelele loko (claro, ahora lo pienso: sus libros infantiles también son parte de su cumbre). Tremendo álbum con el que no puedo evitar llorar. Menos aún si lo acompaño de algún trago. Ahí sí no tengo forma de escapar del llanto. A él, a Armando, le dedico estas pocas palabras y mi tercer trabajo novelístico (fallido). Porque por él es que sigo esta senda que siempre caminaré. Hasta donde me alcance.



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