Nunca había asisto a una tocada de barrio. La mayoría de las veces en las que había acompañado a su Mingui, como ella le decía, para verlo tocar, para oírlo desgarrarse las cuerdas vocales y rasgar las seis de su lira rojo-sangre, ocurrían en bares con no muchos espectadores. Poco después de la hora pactada solo había algunos cuantos, ya cheleando, dentro de la carpa, más una banda de covers que tocaba (muy bien) Like a Stone. Ella no entendía la emoción de los integrantes de la banda a la que acompañaba (metal extremo en español), quienes desde el primer instante olieron el dulce aroma del hogar, de la inminente destrucción que se avecinaba. ¿A poco sí se ponen muy buenas?, les preguntó ella e incrédula los acompañó al espacio donde habían dispuesto unas mesas para poner tanto los instrumentos como la merchandising. El que casi no tenía cabellera (pero sí una hernia) le dijo que fuera paciente y viera el poder de un toquín hecho a media calle. El que medía casi tres metros le dijo: Mira y aprende. El que usaba yeras XXXL se limitó a sonreír. Mingui la abrazó por la espalda. Juntos vieron cómo, poco a poco, llegaba la gente cuando la banda abridora empezó, una vez que se solucionó el problema de electricidad que dejó sin luz el espacio por casi treinta minutos. Los oriundos llegaron con bolsas plásticas que contenían sixs, caguamas, botellas de ron o de tequila, cigarrillos, mota, refrescos y botanas. Se acomodaron donde mejor les convino y la fiesta empezó sin que se le diera anuncio. Los organizadores, observó ella, individuos pegándole a la tercera edad, pero con el ánimo tan robusto como los veinteañeros que también se aparecieron, fueron los tipos más generosos. Tremendos anfitriones. Don Pelone, apodó ella a aquel ñor cuyas gafas negras, zapatos lustrosos, camisa abierta al pecho y saco largo casi gabardina, se aproximó a los integrantes y los saludó. Uno de ellos le besó la mano, a la manera del clásico de Ford Coppola. Don Pelone ya andaba jalado y una vez que saludó volvió hacia donde estaba el escenario para supervisar cómo iban las cosas (y, pensó ella, decidir si ejecutaría o no a alguien. Se rió de su propio chiste). Así, el tiempo se estiró de un modo tan extraño, tan particular, que ni Tarkovsky se habría atrevido a teorizarlo. Conforme las bandas tocaron, la carpa, suficientemente grande para albergar unas doscientas personas, se atiborró. Al de escaso cabello y naciente hernia, quien también era el baterista de la banda, le pidieron prestados su clutch, luego la tarola, luego el banquito. De otro modo, le dijo a ella, esto no sería una tocada en el barrio. Tampoco lo sería sin la batería bailarina, pensó él una vez que estaba tocando; instrumento que, aún zarandeándose, estalló y lanzó al público su mejor sonido. La gente los recibió muy bien. Gritaron, hicieron slam. Sorprendieron a propios y extraños. Bajaron de ahí con entusiasmo, con la adrenalina todavía rigiendo sus cuerpos. Ella, puesta su incredulidad en entredicho, y tras ver a una leyenda en vivo, salió de ahí con una sonrisa en el rostro. Aunque de madrugada y con frío. Con ganas de dormir. Con ganas de comer. Con dolor en el cuello. Con la garganta irritada. Con todo eso que hasta ese momento se había perdido. Y que quién sabe si vuelva a repetir.
El de la hernia supone que sí.



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