La niña pasa frente a mí, de perfil.
Lleva un vestido rosa, calcetitas blancas. Un listón también rosado.
De fondo suena la canción que da título a este texto.
Mi padre, a mis espaldas, me toca.
Me dice que me acerque. Que me acerque a ella.
Acércate a la niña, dice.
Yo no sé qué decir.
Yo no sé qué hacer.
La niña, que iba pasando por ahí, se detiene. Y me acerco.
Una vez que la tengo de frente, mi padre me dice que la bese.
Él sostiene entre sus manos un vaso con ron. Todo ese tiempo, todo esos años, ha sostenido uno.
Ese aliento de mi padre lo conozco.
Dale un beso a la niña, dice.
Veo a la niña, la niña me ve a mí.
Nos vemos el uno al otro, unos segundos.
Y me acerco.
Y la beso.
¿En la boca, en la mejilla?
No lo recuerdo.
Aquella era una de las fiestas de tus padres. Como lo es ésta. (De tu madre, en realidad, porque tu padre murió con la epidemia.)
Beca, te decían, te dicen todavía.
Porque tu nombre es Rebeca.
Y ahora que he vuelto a encontrarte, treinta años después, a la orilla de tu cama, en tu habitación, estás junto a él. Hace cuatro meses que te has enamorado de un singapurianense (ignoro el gentilicio). Enamorado, dices tú. Él es apuesto, mamado y alto —como les gustan a casi todas las mujeres— inteligente, gentil, mitad gringo.
Yo, en cambio, solo soy un tipo «bajo, peludo y divertido», como diría Mrs. Doubtfire.
Y ahí estás, sentada junto a él. Sin maquillaje te miras… espantosa. (Tu cara era una bruma en mi memoria. No puedo decir que te reconocí, pero supuse que eras tú.) Me saludas a la distancia (y los saludo). No sabes quién soy. Él tampoco.
Ahora es mi madre quien está junto a mí. Es amiga de la tuya desde hace 50 años.
Nos sentamos el uno junto al otro. Mi madre y yo. Nos sirven pozole.
Tú te sientas junto a mí (pudiste haberte sentado en otro lado).
Haz aplicado sombras a tus ojos (verdes); todo va mejorando.
Me miras, aunque no me saludas mientras comemos el pozole. Me pides que te pase la salsa.
Mi madre está junto a mí, a mi derecha. Tú, junto a mí, a mi izquierda.
Miro tu escote a discreción (tienes tremendos pechos), la rajadura del vestido que deja ver una de tus piernotas (la derecha). Te miro esperando que nadie se dé cuenta salvo tú, que me miras de reojo. Y me haces una pregu/
—Mi hijo es pintor —interrumpe mi madre y les detalla a todos mi quehacer. Me miran como el bicho raro que soy en esa mesa llena de gente de éxito.
Tú sonríes, aunque me incomodo. Quizá esperabas cualquier cosa de mí, excepto eso. Que fuera pintor.
La comida termina; es la primera vez que tu novio prueba el pozole en su vida. Espero que la última, pienso.
Habla muy bien en español aunque de pronto prefiere hablar en inglés. Tú le hablas en inglés, tu familia le habla en inglés (tu hermana vive en EU con un sonriente pocho de dudosa dedicación). Todo mundo le habla en inglés y está al pendiente de lo que dice. Salvo mi madre y yo.
Porque ella entiende poco. Menos de lo que quisiera. Alguna vez tomó clases. No era tan mala. En aquellos años en que conoció a tu mamá, quien me pareció la mujer más relajada del mundo (de inmediato la quise como suegra). Luego se embarazó. Mi madre. También la tuya.
La tarde pasa con poco alcohol. Y se oscurece.
En algún punto, harto de que nos miren como un par de ignorantes, hablo en inglés con tu novio. Llevo, por lo menos, tres años escuchando charlas, conferencias y demás videos con pintores, cineastas y músicos. Material que no está disponible en español. Por lo que me doy a entender bastante bien.
Bastante mejor que tú, diría yo.
Tu madre me ofrece tequila y me deja la botella. Es una botella pequeña. Bebo apenas un par de caballitos. Vengo manejando. Debo llevar a casa a mi madre.
Pero bebo.
Con tu novio hablo de algunas cosas, especialmente de música. Sonríe, se entusiasma. Luego callamos, un momento; cada quien mira hacia su abismo y tras un instante la charla se reanuda. No recuerdo sobre qué.
Y así llega el mariachi. Y luego algunas canciones para disque bailar. Una de tus primas, que está ebria, cachonda y resentida se sienta frente a mí. Conversamos un poco. Tú, a lo lejos, me miras muy discretamente (se podría decir que no me miras). Yo te miro a ti con cada vez mayor ahínco. O con menos. Entonces llega el pastel.
Mientras se cantan las mañanitas, yo me voy un momento al carro. Ahí enciendo un cigarrillo. Disfruto la quietud de la noche. De aquel rincón empastado. Nadie viene tras de mí. Nadie me molesta. Gracias, Dios.
Al regresar a la casa le digo a mi madre que estamos por irnos. Me dice que sí. La prima borracha sigue con su conversación que es casi un monólogo. Entonces te acercas a nosotros. Un par de veces. Cortas rebanadas de pastel. La segunda vez te pones muy cerca de mí. Tu brazo roza el mío. Quisiera decir que recuerdo tu olor, pero no lo recuerdo. Aunque recuerdo haberte olido. Hueles a lo esperado. Desde luego, no hueles a él.
Hueles a mí.
Nos vamos un rato después. Me despido de cada uno de los asistentes a esta agradable velada. Al final me despido de ti.
—Casualmente tengo uno de mis bosquejos en el carro… ¿te lo puedo regalar? —sé que es una imprudencia, una mamada, una ofensa, incluso, pero es lo que quiero hacer: regalarte una parte de mí.
Me sonríes como no habías sonreído en toda la noche.
Corro hacia el carro y regreso con el cuadro. Todos ven cómo te lo regalo. Es para ti, pero es como si fuera para todos.
Me sigo despidiendo. Me despido de él, quien me recibe con su mejor sonrisa y un fuerte abrazo.
—Un placer haberte conocido —dice. Igualmente, le digo.
Luego me despido de ti. Otra vez. Con una de tus manos, la derecha, «me aprietas» el antebrazo. No es un gesto consciente ni es un apretón. No es nada, pero es algo. Nos miramos un momento más y ni uno ni otro dice mucho gusto. Me pregunto si sabes quién soy. Muero por preguntártelo, por saber si tú también te acuerdas de eso. De la niña del moño colorado. Pero no lo hago y mi madre y yo nos vamos.
Ese día casi caemos por un barranco. Mi familia. Mi padre, cuando borracho se echó de reversa en el vocho, sin fijarse, con nosotros dentro hacia un abismo: mis hermanas, mi madre y yo. Todos gritamos. Un milagro nos salvó.
El barranco llegó treinta años después, de otro modo.
Tu imagen con tu vestido rosa y moño colorado me acompañó todo este tiempo. Mi madre, quien recién se reencontró con la tuya, hablaba de ti, de tus hermanos. Fueron figuras que, de algún u otro modo, siempre estuvieron con nosotros.
Tú, tú siempre estuviste ahí. Hasta hoy que volví a verte. Y que fantaseé. Con la posibilidad de verte luego, de besuquearte dentro de mi carro, de hacerte dejar a tu novio (como ya he hecho antes, algunas veces).
Él me pareció buen tipo. Quizá demasiado bueno para ti. No les deseo el fracaso, pero fracasarán.
O quizá no.
Yo soy aquí el único fracasado.

Deja un comentario