Anotó su nombre en su mano con bolígrafo azul. Así se escribe, dijo. Pensó que lo había olvidado, como pensó que la había olvidado. Me reconociste, dijo antes, apenas la reconocí, luego de verla por dos segundos. Cómo olvidarla. Anoté la dedicatoria en su ejemplar, la primera edición de la novela por la cual estaba ahí nuevamente. La responsable de que me quisiera dedicar a esto de escribir. Unos minutos atrás un par de mujeres se acercaron y se detuvieron a preguntar. Mi editora les dijo que yo estaba ahí sentado firmando ejemplares. (Sí, aquél que parecía padrote o tamal mal envuelto era el autor de aquella novela premiada.) Una de ellas no pudo aguantarse y me preguntó lo que nunca nadie debería preguntarle a un escritor, aunque sea pregunta recurrente: Cuánto tiempo te llevó terminarla. La miré: era una duda genuina, así que le dije la neta: un mes. Abrió los ojos, naturalmente. Yo llevo tres años, dijo, queriendo terminar una novela, pero nomás no puedo, no avanzo, me bloqueo y… usted la terminó en un mes. Estoy en ese momento de mi vida en que todo mundo empieza a hablarme de usted. Algunas canas ya me han aparecido en la barba. Para mi propia sorpresa, aún tengo cabello (no debería, por eso escribí ese libro breve, brevísimo). Todos salvo ella, quien me dijo, en cuanto me vió, luego de sonreírme -una sonrisa hiperdevastadora-: Te acordaste de mí. Y cómo no, les digo: ella me había entrevistado diez años antes, a propósito de este trabajo, en su primera edición, en un cafecito (que cada que puedo aún visito) en Ecatepec. No me acordaba de eso, pero ella me lo recordó. Lo de la entrevista. Es cierto, le dije. Ella era una niña (ya no lo es). Yo soy cada vez más viejo. Luego de contarle por qué la escribí en un mes (un impulso imparable que no me dejó hacerme a un lado de mi lap y respectivo escritorio de hierro con base de triplay), le dije: Métase a mi taller. O al taller que usted guste. Para que termine su novela. La mujer no era ni muy joven ni muy vieja. Asintió, pero poco después dejó el libro en su lugar y se fue (sin él). Qué difícil es vender un libro cuando se es un auténtico desconocido y cuando el libro en cuestión posee un título tan agreste. Agradezco, de cualquier modo, por haberme acompañado, a mi padre, a mi hermana, a Beatriz, al Dok, a mi editora y a ella, cuyo nombre, no sabe, es como un terremoto en mi existencia. A lo mejor algún día le cuento por qué.

Deja un comentario