
Por Alberto López
Cuando escuchamos esta frase, sabemos que ya valió madres. La voz en el micrófono promete todo, menos ser breve. Sin embargo, hoy será la excepción. No podría permitirme escribir de más, cuando en compañía y guía de Samuel he aprendido a usar las palabras para llegar directo a la yugular, sin rodeos ni vericuetos. Bueno, sólo los necesarios para mantener el estilo. He escrito, entonces, lo justo para intrigar su curiosidad por la lectura de este libro y para estimular su morbo por conocer a la persona que se oculta detrás de una máscara hecha «con pedazos de piel humana» (p. 94). Hablemos, pues, de Chamuco:
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Existen dolores del alma cuyo testimonio sólo puede ser contado por demonios de carne y hueso, ángeles caídos, personas tiempo atrás felices que ahora vagan, grises, vivos tan sólo por la punción de un malestar tan profundo como antiguo. «Con una mirada, incapaz de mirar» (p. 72), es descrito el personaje principal de esta novela. ¿Justiciero, vengador, (anti)héroe urbano, títere o Chamuco? Allá usted decidirá, allá usted descubrirá en el transcurso de 141 páginas que la Benemérita Universidad Autónoma de Puebla tuvo a bien publicar.
Con una narrativa fragmentada, amalgamada con onomatopeyas, Chamuco es una novela digna de presentarse en Halloween. No porque trate sobre vampiros o brujas de calderos burbujeantes, sino porque su lectura ha de llevarnos a escenarios verdaderamente terroríficos. Tan reales como la vida misma. Tan increíbles, hasta que la vida nos sorprende y en un instante todo cambia sin posibilidad de retorno alguno.
El habitar la ciudad y el soportar los desaires de su transitar, permite que el obrero de la palabra escrita tracé una novela ambientada en uno de los municipios más grandes y poblados del Estado de México: entre la espesura de una bestia de concreto, sin estrellas en la oscuridad de su cielo, surge Hecatepec, con h, lugar lleno de contrastes: marcado por la indigencia y la delincuencia, a su vez es semillero de héroes y heroínas con el rostro desdibujado. Hecatepec, con h, es el Ecatepec, sin h, de nuestro escritor. En la creatividad de la falta ortográfica bien intencionada se resguardan, quizá, sus recuerdos y experiencias, pero también sus anhelos. Samuel Segura emplea un lenguaje brutalmente honesto. La crudeza de sus palabras es evidencia de una mirada incapaz de ignorar la marginalidad y el sufrimiento de algunos días, el padecer de algunas vidas. Pero también, es posibilidad de redención. Después de todo, del mundo en ruinas ha de surgir la poesía:
«Desde donde está, de pie sobre aquella estructura de acero abandonada, grafiteada, repleta de basura, Nemesio pareciera ver dos cielos negros a punto de fundirse. El del agua y el de la noche» (p. 94).
Un puesto de quesadillas, la luz neón al interior de una combi, la oscuridad de una habitación o la representación grotesca del sistema judicial mexicano; Samuel Segura convierte cada descripción en una fotografía. Detalle a detalle, el hilo de sus palabras recrea la ambientación necesaria para hacernos viajar por la penumbra de un callejón a media noche e incluso hacernos sentir la exaltación de un encuentro sexual en la azotea de no importa cuál edificio.
El también metalero se revuelca en las palabras de tal forma que quién lo lea no saldrá ileso. Chamuco es el retrato de una vida suspendida atrozmente por el crimen. Es una novela tan difícil de leer como lo es enfrentarse al fétido aroma que despide la esperanza y los sueños en estado de descomposición, cuando tristemente «los hechos violentos son los únicos que importan» (p. 126). Las palabras de nuestro autor, nombran lo ignorado y dotan de una identidad enmascarada a una humanidad ya en decadencia. La rabia y sed de justicia han de unirnos en un grito enmudecido, aunque al mismo tiempo nos hagan vagar en solitario.
No estamos solos, pese a la densa oscuridad que nos envuelve. Alrededor de Nemesio está Pequeña Flor y Estrella de la Mañana. Está también el recuerdo de Tomás, sonriendo con «esos grandes dientes frontales separados» (p. 64), pero también permanece en su memoria aquella mirada de terror cerca del final.
¿El final? Sí, la novela termina con un gesto de libertad, muchas veces incomprendido, otras más sólo juzgado. La lectura de Chamuco es una invitación a «remontar el vuelo» (p. 141), a mirar de frente la vida que por comodidad preferimos desconocer y a tomar con valentía el impulso de cada caída libre que el camino tiene en su acontecer. Y no, no sólo me refiero a los baches y cráteres de las calles de nuestro Hecatepec.
Texto publicado originalmente en Murmullo de Paloma.
Fotografía de Yazmín Martínez.

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