Me detuvo a medio slam de Carcass, antes de que me diera un codazo cordial. A lo lejos, Kathy pensó que quería madrearme. Eres el baterista, dijo. Nunca, en 17 años que llevo tocando con Asedio, me habían dicho algo así. Se rifaron bien cabrón, dijo luego, y me preguntó si podía tomarme una foto con él. Le dije que a huevo. Abrazados nos hicimos a un lado del pogo y ahí su novia (supuse, porque en los labios él llevaba el color de los labios de ella) nos tomó la foto. Yo también quiero, le dijo ella a él, y nos tomamos la foto. No le pedí su Instagram ni nada; rogué a Dios porque tuviera la iniciativa de subir la imagen y etiquetarnos. Así lo hizo. Entonces me eché hacia a atrás y continué mirando el show. Carcass, joder, acabo de tocar con el tío Asedio antes que ellos. Una de las primeras bandas de metal extremo que conocí -y que me parecían hiperbrutales-. Lo son, desde luego, aunque con sabor. La noche de Querétaro se aventaron mucho de su material más melódico. Del Swansong, quizá mi disco favorito de ellos. De los dos últimos. En su concierto estuve adelante, por las vallas, luego en el mosh (tres veces) y de regreso atrás, a recargarme en uno de los sillones de aquel salón para bailar música tropical en el que nos presentamos. Horas antes, afuera de local cuyo letrero desgastado es adornado por una palmera, cuando llegamos a hacer el soundcheck, una doña se adelantó a todos y puso su puesto de playeras. Me aproximé y le pregunté por la sudaderas. Me dijo su precio. Traté de regatearle, pero me aventó un clásico irrebatible: «Con usted me voy persignando». Si me hubiese puesto berga y adelantado con el «Pa que se persigne conmigo» se la habría pellizcado, pero extraje mi cartera y pagué el abultado monto. Más tarde, poco antes de que los ingleses se treparan al escenario, me encontré con su stage manager (Yo me encargo de que todo funcione, me dijo, y así lo hizo en un momento en que a Jeff le falló un micro), un tipo wero y gigante que me preguntó si había comprado la sudadera en su stand de mercancía oficial. Como no lo escuché chido (tenía dos pedazos de servilleta en los oídos; y de por sí ya ando sordeando) le dije que sí. Marco me desengañó. El wero hizo una cara de qué chingados, pero no le importó demasiado y se retiró a fumar. Le iba a pedir un cigarro, pero me dio penita. Como un par de horas antes cuando Carcass, en específico Jeff Walker y Bill Steer, pasaron frente a nosotros en el estacionamiento luego de hacer el soundcheck que pudimos presenciar. El primero iba en bermuda y chanclas de pata de gallo, el segundo llevaba pantalones acampanados que garantizaban su gusto por los Bee Gees. Ni nos miraron. Chale, pensé, qué mamones, ni pedo. Fue que Diego dijo: Seamos profesionales, no venimos a fanear. Tenía razón. Una vez que estuvimos arriba del escenario, apoyados por Gabriel, eso hicimos. Nuestra primera vez abriéndole a una banda internacional de ese calibre. Carajo. Carcass. La meta. El sueño. El público que fue llegando nos recibió con entusiasmo. El poder de Huachimingo fue definitorio. Lo mismo el de Raymundo. Con ayuda de Emmanuel, por mi parte, procuré aporrear los tambores recio. En 30 minutos estuvimos abajo. Una hora después vimos a los señores detrás de Heartwork. Y, cuando terminaron, les dije a mis compañeros y amigos: Salgamos pa ver si nos los encontramos. Esperamos un poco afuera y el organizador nos dijo que teníamos cinco minutos, en los que departiríamos con ellos un shot de bourbón. Alberto se encargaría de documentarlo. Entramos al camerino. Impudoroso, con un inglés bastardo, el primero en saludar fui yo.

Foto: Alberto Torres Piñera.

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