Se acordó de sus buenos tiempos y le dijo que quería ir. Que no habían ido a la de Reforma, en año nuevo. Que ahora que PolyMarchs estaría en el barrio (había visto el armado del escenario en la mañana, cuando con su camión pasó por aquel terruño para entregar una mudanza) era una oportunidad que no se podían perder. Un hecho histórico, le dijo. Aracely le dijo que sí, que estaría bueno. Que siempre los había querido ver. Que nomás descansara tantito del viaje a las montañas del que iba regresando. Él, Salomón, por mientras, terminó el kiaser. En botas de hule y delantal floreado mientras escuchaba un poco de rock urbano, género al que le había entregado su existencia. Luego se despachó dos cervezas de lata y un cigarrillo con sabor a mango con chamoy. Ya, ahora sí tengo que dejar de fumar, pensó. Ella despertó de su siesta y pidieron una pizza. Luego degustaron un café negro con azúcar mascabado. Salieron de casa una media hora antes de la hora anunciada del inicio del concierto (¿los DJ dan concierto?, pensó sobre la disco más grande de América Latina). Se fueron caminando. No habían hecho la verificación del carro, pero irse en él solo supondría un pedo, dijo Salomón. Así lo comprobaron conforme se fueron acercando. Una horda avanzaba en su misma dirección. Parecía que iría todo el barrio. Vendedores ambulantes ya vendían elotes, esquites, azulitos y playeras fosforescentes sobre la avenida Ozumbilla, donde hay un gran camellón en el que se puede hacer ejercicio o skateboard. En una de esas elevaciones se detuvieron, junto a un grupo de gente que, inclinada, como aquel paso que perfeccionara Michael Jackson, permanecía de pie para poder ver. La entrada a la arena era un desvergue al que no quisieron entrarle. Estaba muy oscuro y les dio un poco de culo que los bolsearan. En torno, la banda se echaba sus pomos. Un Torres, Squirt y vasos desechables transparentes. Pero él quería un azulito y ella unas de las gafas con luces que también vendían alrededor. Se los compraron y ahí, chuecamente, observaron al primer DJ que, según ella, no rifó tanto. Las autoridades, que dieron un discurso inmundo (por lo tanto abucheado), dijeron que había unas cien mil personas (él se preguntó cuántos millones habrían gastado en eso, habiendo tantas otras necesidades). Sí, eran un chingo. Casi las mismas que Robbie Williams había metido en una de sus presentaciones más exitosas (recién habían visto la de #BetterMan, doblada al español, en su cine local. En su adolescencia ella había sido fan; Robbie le parecía el hombre más guapo de la Tierra). Probablemente metieron más que Tool en la CDMX, quienes tocaban en ese mismo momento, y a quienes también le habría gustado ver. A él. Estaría chido poder teletransportarse, pensó Salomón. Luego pensó en el dolor de cadera que estaba empezando a sufrir. Nunca había visto un concierto de manera más incómoda. El resto de la gente nomás veía, como ellos, y apuntaba con su celular, sacaba una foto desenfocada o enfocada en las ramas del árbol que cubría la visibilidad, en baja resolución, y se iban. Acaso un tipo con gafas oscuras medio bailó. Acaso Aracely y él, un par de piezas. Carajo, pensó, ya no eran los chavos que disfrutaron de aquella música (techno, le decían) en los años noventa. Salomón miró a las bailarinas, las pantallas que mostraban al DJ, los visuales y las luces, miles, que apuntaban a la negrura del firmamento. Luego miró a algunos padres de familia, más o menos de su edad, o más jóvenes que él, cargando a sus morritas en hombros. Para que pudieran ver. Una de ellas estaba muy emocionada, sonriendo, y se lo comunicaba a sus padres en cada momento. Una un instante lo volteó a ver, casi que por error, con esa misma sonrisilla. Salomón sintió en aquella mirada una cosa que no había experimentado nunca. Un cariño que quizá nunca iba a vivir. Porque quizá era demasiado tarde para ser padre. Y Aracely no quería ser mamá. La punzada le duró lo que la niña volvió a voltearse. Salomón ya no podía más con esa posición. Se lo dijo a Aracely: Hay que movernos, por fa, está de la berga aquí, pero ella le dijo que aguantara. Que aguantara otro poquito.



Fotos: tomadas del feis de la discoteca más grande del mundo.

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