Logro distinguir su sombra en la oscuridad. Se mueve con rapidez, se desplaza sobre sus pasos sobre la alfombra y así regresa. Trae consigo otro par de whiskys (dobles. Eso implica seiscientos pesos). Está más recia, dice, y distingo la concentrada tonalidad de la bebida. Brindamos en esa negritud, aunque quizá no tanto, o igual, como lo hicimos en el concierto anterior al que asistimos (Luismi en Acapulco) Benicio y yo. Esta ocasión voy de saco y camisa. Cuando me ve me dice: Wow, no solo eres, pareces editor. Vengo de una entrevista de trabajo cuyo destino aún ignoro. Le cuento los pormenores entre los andenes del metro, hasta que llegamos a las afueras del Teatro Metropólitan (y entonces saco esta foto). No, se me olvidaba: el concierto anterior fue en este mismo recinto (con Anhoni) y esa vez bebimos poco. Nuestras vejigas cada vez son menos resistentes. Sin embargo acabaré en un bar de Bucareli con dos extraños y con un mesero de nombre Erasmo que me venderá cigarros sueltos y me pondrá canciones en la rocola. Terminaré, como hacía mucho no ocurría, vislumbrando el amanecer. Casi a la manera de los trabajadores japoneses que en traje yacen en los suelos de Tokio. Eso luego de ir al Bósforo luego de mucho tiempo de no ir y de conocer a una editora española y a un joven que toca la trompeta al estilo Miles Davis. Pero ahora que Michael Kiwanuka (individuo de mi edad) toca no vislumbro nada de eso. Solo a él, a la sombra de Benicio que se acerca hacia mí y se sienta a mi lado. Lo escuchamos aquella vez en la playa. Su álbum homónimo, es decir el anterior al que ahora promociona. Tremendo pinshi disco musicalizando el ocaso con el mar de frente y la arena bajo los pies. Acá toca algunas rolas de ese material. Será que estoy demasiado lejos, o que el whisky insufla mi sangre más rápido que los sonidos, pero encuentro una tibieza que pudo haberme mandado a dormir. Una insuficiencia, quizá. Como si alcanzar la grandeza del estudio fuera una tarea inabarcable. Será que Anhoni sonó mucho mejor. O como me ocurrió en Simply Red, cuando se lo atribuí a las sillas. Si bien hay rolas melancólicas que ameritan un asiento y cierta introspección (como la que hay cuando se bebe solo, frente al escritorio), también hay otras que invitan al baile, al comunicado de los cuerpos. Cosa que solo ocurre sobre las butacas; mujeres hermosas y hombres ídem que se mueven solos sobre los asientos. (Sugiero estas tocadas en el Pepsi Center, la neta, pero quién soy yo pa sugerir.) Y de pronto se acaba. En hora y cacho Kiwanuka se va despidiendo; él y su portentosa corista de rojo, su bajista que lo acompaña -ella sola en una rola-, su baterista que le mete más crema a los tacos en ciertas partes (bien metida) y su guitarrista. Se van y me dejan ahí sembrado en mi lugar esperando el momento en que vuelvan. Y vuelven, pero vuelven a irse demasiado rápido. La fila afuera del Metropólitan, antes del inicio del concierto (la cual daba la vuelta a la cuadra, bajo la lluvia, donde vislumbré la gorra verde que terminé comprando) o el tumulto de gente (3 mil personas, me dijo un bartender) comprando sus tragos poco antes de las 9 de la noche, me hicieron pensar que, aunque no fue un mal concierto, estaría sellado por el fuego. Supongo que por eso decidí encender el propio.

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