
—A lo mejor fue el cristal que fumé en la mañana —dice, el ceño fruncido, su mirada enfurecida—, pero no creo. Esto es real. Tú no estás loco, yo no estoy loca. Esto no está en mi cabeza. Está pasando. Es real.
Lleva esperándome unos minutos, en lo que firmo los ejemplares de las personas que compraron la primera y segunda novelas que escribí. Mi madre, Vini, Aydeé, Diego y Moisés me esperan también.
—¿Ya podemos hablar o no? —insiste. La miro, le digo que sí. Le digo que me espere. Cinco minutos. «Firmas ese libro y ya», dice, y se para a un lado mío. Está furiosa. Lo está desde que alzó la mano cuando le dieron la palabra al público. Fue la primera en participar.
—No es justo que digas eso… —dice, la voz temblorosa, el micro entre las manos— mi vida no es una película —dice.
—¿Y cómo te llamas, cuántos años tienes? —le pregunto. Me pongo de lado porque habla entre dientes. No la escucho muy bien.
—Tú sabes mi nombre, sabes muy bien quién soy.
No tengo idea de quién es. Por su edad, pienso, podría ser mi hija.
También pienso que quizá le molestó que dijera que la lectura y la escritura eran más parecidas a una adicción que a otra cosa. Y que yo era un adicto. Siempre me digo que ya no debo comprar libros, que ya tengo muchos, que nunca los voy a leer, pero recaigo, siempre recaigo.
Ella me mira. Es impredecible, no sé si me apuñalará porque le recuerdo a alguien a quien odia, si en efecto me dirá que es la hija a la que nunca conocí.
—¿Qué edad tienes?
—17 —alcanza a responder. La edad de la protagonista de Metal. La de un joven al que vi horas antes comprando libros al 3×2 (donde compré 12, como adicto) y al que le recomendé que se llevara Un hilito de sangre de Ruvalcaba.
—¿Y cómo te llamas…?
Me mira. Algo se le atraganta en la garganta. Algo que no puede decir, aunque me quiere decir. No puede. No me dice su nombre y dice alguna otra cosa. Otra incoherencia. Sigue mirándome enojada hasta que una paramédico se acerca. De inmediato la sabe abordar. Ella se tranquiliza y juntas se van a un rincón. La chica se sienta en una silla, parece aliviada. Necesita ayuda. No lo dice, no es necesario que lo diga.














Fotos: Marco Verazaluce.

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