Por Yazmin Martínez
Escribo para que la muerte no tenga la última palabra.
Odysséas Elýtis
A Jan, con cariño.
Escribir es una batalla casi perdida,
es un campo minado, desértico en temas. Todo está escrito, todo se ha dicho,
el refugio no está en el qué, sino el cómo.
Es un instinto de supervivencia: algo tiene que decirse, porque quema, siempre quema, queman los dedos
que no son tan r á p i d o s como la voz divina que va dictándote cada sentencia.
Se escribe con urgencia, no hay tiempo, los autores tenemos prisa. Pensamos, pensamos y repensamos cada una de las ramas,
pero somos ciegos, se elige la que con facilidad se quiebra.
Benditos aquellos que escriben desde su propia raíz.
Los autores, al menos los de la trinchera de la periferia no escribimos disertaciones cobardes, no se puede.
Vamos por lo alto, con nuestros relatos torcidos, volviéndonos puercos,
tirando nocauts, ganchos directos al corazón, profetizando realidades.
Pero este suplicio no se elige.
No tenemos voluntad, se escribe lo que se puede. Pero se escribe estando consiente que
escribir, determinadamente, es renunciar.
Es resistir.

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