Les conté que Fernando Moreno, el padre de mi madre, era un músico jarocho que tocaba -ese era su trabajo- en el Kiosco Morisco de Santa María la Ribera y en una de sus cantinas, El Paraíso, donde rifaba cada noche con su conjunto (mi abuela, mi madre y mi tía solían irlo a buscar; eran los tiempos en los que no se le permitía la entrada a las mujeres a esos lugares; por debajo de la rendija de la doble puerta de madera lo veían, y desde afuera lo escuchaban y eso les daba la tranquilidad de que sí estaba ahí), pero no les conté que también tocó en Nueva York y en La Plaza Roja de Moscú, y que la leyenda familiar dicta que Agustín Lara le robó una de sus composiciones: Solamente una vez (que en voz de Luis Miguel suena a gloria). Falleció muy joven, Fernando Moreno, a los 41 años. Supongo que, de algún modo, su espíritu de artista sobrevivió en mi persona. Y que su entrega total a la música -tocaba el piano, la guitarra, la mandolina y el arpa- es la misma -seguramente superior- a la que yo le procuro a la escritura. No se los conté a los asistentes a la presentación de mi segundo poemario (compilación de textos en verso, mejor dicho), Rudo cursi rudo, el cual implica mi séptimo libro, y creo que tampoco les dije cuánto me honraron con su presencia en un día tan en crisis como lo fue ayer. La Máquina es capaz de aplastar el espíritu de tal forma que las palabras que recordó mi editor, José Manuel Vacah, súper broder que es punta de lanza del proyecto editorial ecatepense Corazón de Diablo Ediciones, al que me honra ahora pertenecer, me retumbaron sin clemencia: la mejor forma de matar al poeta es meterlo en una oficina. Sé que no es una regla que aplique en Kafka, Rosario Castellanos o en Pessoa, pero Van Gogh prefirió arrancarse una oreja antes que entregarle su vida a algo que no fuera la naturaleza a la que tenía que retratar con su pintura. Quizá fue el caso de don Fernando, mi abuelo, y antes muerto que dedicarse a otra cosa. Agradezco, insisto, la presencia de estas personas, entre ellos mis amigos y mi madre (para honrar ese lugar donde vivió hasta los 13 años), porque uno solo no puede navegar por esta vida que a veces es tan cruenta. A Marcos Escobar, mi carnal, poeta que sí es poeta, por acompañarme con sus palabras generosas hacia mi trabajo, que no es mucho, pero es honesto; agradezco también a quienes me avisaron que no pudieron llegar (#GaelGarcía y #DiegoLuna incluidos). Yo llegué tarde. Una tormenta con granizo retrasó nuestro camino en Uber. La situación parecía relatar lo que ocurría dentro de mi alma. Mirando por la ventanilla, compuse unas líneas que se quedaron ahí: escurriéndose con el resto de las gotas.

Pd. Ésta y las dos presentaciones previas que he hecho las dedico a la memoria de Aurora Luna.

Fotografías: Daniel R. Leyte.

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