De pronto me urgió una cámara. Lo bueno es que ya estaba en contraesquina. Las manos que me la entregaron no estaban de acuerdo con ese tipo de fotos (de personas «en situación de calle»). Luego me dijeron: «No te la vaya a arrebatar». Si sucediera, pensé, ese hombre no correría muy lejos. Además, cuando veo a esta gente lo último que pienso es en criminales. De cualquier modo la sujeté bien. Me llamo Bruno Días, dijo el enmascarado cuando le pregunté su nombre. Luego, con unas palmadas en el suelo, me invitó a sentarme junto a él. Así lo hice. Una patrulla estaba estacionada a un lado. Sus tripulantes nos vieron. Le dije mi nombre a Bruno y este me dio la mano. Mucho gusto, dijo. Era una mano áspera y sucia. La gente me tiene miedo, dijo. La gente no se me acerca así como tú ahorita, dijo. Le dije que no había por qué temer cuando uno se presenta y declara abiertamente sus intenciones. (Bueno, lo pensé.) Entonces le pedí permiso de tomarle una foto. Dijo que sí, exclamó una cantidad y luego dijo: Y puedes entrevistarme si quieres. Como no tenía tiempo para eso, le ofrecí la mitad. Aceptó. Extraje el dinero de mi monedero y se lo entregué. Sentí la mirada de los polis. Al lado opuesto tocaba una banda. La gente alrededor y enfrente también se nos quedaba viendo. No quise adivinar sus pensamientos. El sol pegaba fuerte. Pero quédate un momento aquí conmigo, dijo Bruno y me ofreció de lo que estaba bebiendo. Le dije no gracias y desde esa posición le tomé una foto. Luego me paré y le tomé otra, luego otra. Posó para mí como el mejor de los modelos. Me temblaban las manos. Tenía rato que no tomaba una cámara y retrataba a un personaje como él. Extraordinario. Una de las razones por las cuales comencé a tomar fotos. A enamorarme de la fotografía. En paciencia y en silencio.

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