El Maestro Vini llegó como novato al taller cierto día porque, esencialmente, quería sanar su corazón. Nunca había escrito un cuento, así que empezó como todos, con un texto monográfico, genérico, que decía muy poco sobre él, sobre el estilo que después nos deslumbraría; desde esa primera sesión, Vini fue considerando los puntos que sugiero para contar atractivamente una historia, y sus cuentos se fueron poniendo mamadísimos, con mucho poder y fuerza (se pueden leer en la antología Vengan de donde vengan -Narrativa, 2025-). Poco a poco, sus compañeros le fueron exigiendo más y más, pero pos no siempre se puede mantener la vara tan alta, y en alguna sesión Vini llegó a caer. Pero en tres o cuatro talleres consecutivos que llevamos, solo ha faltado una vez. Siempre llega puntual. Siempre con la tarea. Se queja poco, escribe mucho. Ayer entregó, probablemente, el texto más increíble que se haya leído en los talleres que he tenido la fortuna de impartir. Se ganó de todas todas el epíteto de Maestro Vini. Estoy muy orgulloso de su trabajo.

La de ayer, pues, fue una sesión muy recia, donde hubo de todo (incluidas estas fotazas de Yaz), dinámicas puerquísimas, otros textos increíbles, brutales, contundentes. Otros que fracasaron, desde luego. Porque escribir es fracasar. Escribir es resistir.

El día anterior leí las primeras páginas de Chamuco en el Otoño Noir. Festival de Literatura Policial y Criminal. Lo hice de pie. Me estaba orinando. Un reportero me entregó su tarjeta al final. Ya le escribí.

Un par de días antes la conocí a ella. Escuché su voz por primera vez. Era tal como me la imaginaba.

Fotografías de Yazmin Martínez.

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