
Imagina que eres el médico más prominente de tu tiempo. Aquel que desafió cualquier paradigma y llevó al límite las posibilidades biológicas del ser humano y le devolvió la vida a un fragmento muerto. Que, como Jesucristo, venció a la muerte. Sí, imagina que eres un genio, y que para llegar a eso primero venciste a tu padre (otro genio, aunque desgraciado): aquel que te daba de varazos en las manos y de vez en cuando en la cara cuando te equivocabas. Ese que mató a tu madre por acción u omisión. A la que tanto querías. A la que era tan distinta, como tú. Imagina que un día tu mimado y rubio hermano, ya crecido, llega con su hermosa prometida y te enamoras de ella con solo verla. Que le quieres dar baje. Y que si de por sí transitas el descenso a la locura de la creación científica, ahora vivirás el insondable camino del deseo no correspondido. El del simple hecho de sentirse amado. Imagina que entonces, para distraerte, y para no abandonar tu camino, pondrás todos tus empeños en que funcione el experimento que financió alguien con la misma visión que tú; una noche de tormenta lo conseguirás. Y la criatura conformada por fragmentos de soldados que murieron en la guerra, una máquina de ternura y aniquilación, se colocará a los pies de tu cama. Y, si pudiera, te llamaría papá. Pero no lo eres. No eres propiamente su padre. ¿O acaso el dilema de la separación del arte y del artista no se aplica acá al tratarse de una ficticia ciencia? El creador, como todopoderoso, crea a sus personajes a su voluntad, de pronto a su imagen y semejanza (no siempre). Y, si es así, si no hay manera de separar una cosa de la otra, todos los que lloraron por el monstruo cuyo pelo creció mejor que deathmetalero nórdico habrían de admitir que su bondad y su belleza se las debe también a ese nombre que al principio fue lo único que pudo pronunciar. Ahora imagina que la mina a la que deseas le gusta ese engendro. Y que lo prefiere sobre ti. Imagina que ella te aborrece. Que tu hermano también y, básicamente, todos a tu alrededor. Te llaman monstruo. Imagina que te pareces a Oscar Isaac y aún así eso te ocurre. Guillermo del Toro me la volvió a aplicar desde hace tres películas y ésta, literal, se partió en dos. La parte ruda y la parte cursi (como me gusta), pero la segunda la desmorona toda. Imagina que tienes todos los recursos económicos, visuales y narrativos a tu alcance y te limitas a complacer a la industria. No, Memo: eso yo no te lo perdono.

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