
Ve al cine. Especialmente cuando te sientas basura. Cuando consideres que tu ánimo está empezando a decaer hasta cavar una fosa. Ve al cine. O súbete al metro. O a una micro. A una combi. O ve al tianguis. A un concierto. A un estadio. Hasta a una plaza comercial. Rodéate de gente y mírala. Si puedes, si no es mucho pedir, imagínate sus historias. Alguno de ellos la estará pasando peor que tú. No importa (si vas al cine) que la sala esté llena de whitexicans, o que haya un perro ahí y de pronto te gruña. Ve al cine y desconéctate de la realidad; no olvides que esa es su última finalidad (y no le creas a los que hablan de que es otra cosa más importante; como si entretenerse fuera lo peor que te puede ocurrir como espectador. Imagínate que de verdad el cine le debiera algo a la moral del mundo. Habría más suicidios que estrellas). Luego míralo correr. Al personaje ñero que interpreta Timoteo Chalamet en #MartySupreme. Si hubiese sido escrito en México, sería mi vecino. O sería yo mismo. Claro, porque hubo momentos en los que me identifiqué con el personaje (ojo, te insisto en que estamos viendo una ficción). He aquí una vez más una trama cuasi trágica (¿tragicómica?) urdida por un maestro que consolida su oficio: Josh Safdie, quien le patea durísimo el trasero a su carnal el Bennie, cuya cinta, #TheSmashingMachine, pese a que comparte con ésta valores estéticos, visuales y sonoros (no en balde codirigieron tanto tiempo juntos); y aunque incluso se basan ambas en personajes de la realidad (¡pero no son La Realidad!, y por el contrario) una le tiene miedo a arrojarse al vacío y la otra se arroja de lleno. Lo cual me hace pensar, como siempre sospeché, que de esa dupla de broders Josh pertenecía al lado oscuro (y que por eso eran tan buenas sus películas; además de que con él continuó el guionista Ronald Bronstein). Lado oscuro al cual me adhiero, por cierto. Y entonces Timoteo huye, estafa, provoca, impulsa, se esfuerza, se enamora, sueña. Sobre todo eso último. Cree en sí mismo al grado de la megalomanía. O al grado suficiente como para querer prosperar de un brinco (aunque sea al abismo) para llenarse de algo parecido a la gloria. Y entonces lo vemos valer madre una y otra vez hasta que la tensión se vuelve insostenible. O, más bien, insoportable. Narración pura. De genio. La fotografía, en manos de otro genio (Darius Khondji, qué brutalidad) es la más indicada para que esta misión (¿fallida?) se lleve a cabo. El final, a mi gusto, es una recompensa absoluta por ese tiempo al borde de la butaca (odio usar ese lugar común, pero aquí fue cierto). Y la rola de los créditos: si te gusta como a mí, saldrás cantándola de la sala. Y te sentirás un poquito mejor que cuando entraste.

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