
La entrevista comenzó una vez que tomaron sus lugares. Fue un rato después de que el telonero, al que alcanzaron a escuchar desde fuera, dejara de tocar. El entrevistador levantó su puño a modo de micrófono y preguntó desde hacía cuánto que Monarca escuchaba Deftones. Ella le dijo que más o menos lo que llevaba la banda tocando, es decir unos treinta años. Ambos, entrevistador y entrevistada, estaban en lo más alto del Palacio de los Deportes, al costado derecho del escenario si se miraba desde los asistentes, y ni el uno ni el otro previó que aquello estaría tan hasta el gorro. Poco antes de entrar, luego de ver cientos de playeras (y tazas y pines y gorras y pósteres y protectores de gafetes godínez) sin que ninguno se decidiera por alguno de esos souvenirs, el reportero le contó de sus hazañas etílicas cuando era el cronista estrella de una revista musical, y le habló de la que mejor recordaba: «Salí echo mierda de aquí con un colega de un periódico conservador cuando estuvo Soundgarden«, le dijo, y Monarca, quien llevaba una playera confeccionada con sus propias manos con la calaca cuasi mexicana del disco homónimo de esta banda, agachó un poco la cabeza. La figura de Chris Cornell le era tan relevante y mucho más, por ejemplo, que su familia, con quienes ahora tenía una relación despedazada por la enfermedad y por años de agónica comunicación, por lo que la ponía un poco triste. Esa sensación la compartían muchos de los asistentes, pensó el reportero; jóvenes y chavorrucos que seguro tenían, en mayor o menor medida, broncas existenciales. Una doña los condujo a su lugar; tan pronto se adentraron en el domo de acero rebotador de sonidos fue como si se fundieran en una realidad calurosa, aparte de la que afuera se vivía en el frío. La vista desde ahí del público que abarrotaba la pista era hermosa e impresionante. El reportero extrajo entonces unas monedas del bolsillo trasero de su pantalón (el mismo que había usado el día previo) y se las entregó a la doña, quien le dio las gracias. Él sintió que no hubo rato en que estas personas, los acomodadores, dejaran de conducir a las otras personas, el público, a sus lugares. Incluso hubo un par de ocasiones en que tuvieron que levantarse para dejar pasar a quienes llegaron tarde. «¿Y tu disco favorito, cuál es?», preguntó el reportero que no podía dejar de serlo aunque ya no trabajaba de eso. Monarca se lo pensó un instante y contestó el clásico: «Esa es una pregunta muy difícil», aunque al día siguiente recordó que era el Saturday Night Wrist, material poderosísimo del que esa noche tocaron Hole in The Earth. El reportero aprovechó y le dijo algo que ya le había dicho antes (pero a ustedes no): que disfrutaba Deftones desde que los vio en vivo por ahí del 2012. Que en su juventud le parecían una banda más de Nu Metal, a pesar de que amaba Change -In the House of Flies- (que también tocaron), pero esa vez, cuando promocionaban Diamond Eyes, se enganchó de ellos y de ese disco (que a él le parecía brutal y melancólico, como la música toda de ese grupo), con el cual pasó las noches más largas de su etapa de mayor alcoholismo. Una enfermedad que ella conocía muy bien, mejor de lo que hubiera querido, y razón por la cual, de algún modo, había invitado al concierto a ese reportero cuyo aspecto semejaba al meme de Chino Moreno, ese donde un ñor pretende serlo y su esposa le dice que no, que no es él. Que deje de pensar que lo es. Monarca no sabía, sin embargo, que ese look pertenecía a los tipos de la mediana edad como el reportero: gafas, gorra, blazer negro, un aretín por ahí, un tatuaje por allá. Una cosa que un amigo del reportero definió como dark hipster; esperpento que ahora apreciaba más comprar bolsos para sus libros que playeras de los conciertos. El verdadero Chino y sus Deftones, desde muy temprano (como si consideraran a aquellos que saldrían volando all metro) apareció de pronto de tras bambalinas y hacia el escenario y no paró, no se detuvo un segundo: sonó un madrazo tras otro (my mind is a mountain, Rocket Skates, Rousemary, milk of the madonna) que en vez de dejarlos a todos exhaustos los dejó con ganas de más y más hasta el encore. Ella se supo todo el set list. Él no, cuyos ojos no se despegaron casi en ningún momento de esa bestia llamada Abe Cunningham, su tocayo, no solo de nombre sino de instrumento; un baterista que ella calificó de infravalorado y que poseía un estilo que a él, al reportero, le encantaba y que, de cierta forma, buscaba imitar. Así que no dejó de golpetear el barandal de hierro en el que estaban recargados mateando con el cuerpo todo (con solo el cabello ya no le era posible porque ya no tenía mucho y llevaba gorra) semejando que tocaba cada uno de esos trallazos, esperanzado en que no se fueran de bruces al vacío. Ella, Monarca, veía a Moreno (apellidado igual que el reportero) como si no lo hubiera visto en vivo tres veces antes (una recientemente, con su proyecto Crosses †††), como si no hubiera visto todos sus videos, entrevistas, otros conciertos grabados; como si no lo hubiera visto en los booklets de sus discos físicos (los tenía todos), como si en realidad fuese su marido (apenas le llevaba unos cuantos años). Entonces, cuando sonó Sextape (cuya letra dice, más o menos: «El océano me lleva a mirarte temblando; ver el peso de tus poderes, tentando con horas de placer… Llévame una ola más, para un último viaje… estoy perdiendo la cabeza»), lo quiso besar. Cerró un momento esos ojos grandes, luminosos, y se imaginó haciéndolo. Fue un beso largo y prolongado, lo que duró la canción. Cuando los abrió, a su lado aún estaba aquella copia apócrifa mirando el escenario. Y vio cómo ese reportero se quedó sumergido en el atardecer rojo (uno de los visuales con los que se súper rifaron) que capturó esta bella foto que ilustra este feo relato; ese sol que emergía desde el centro y los teñía a todos bermellón mientras sonaba Change. Un lugar del que nunca habrían querido salir. Ni Monarca ni el reportero ni nadie de los que ahí estuvieron.

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