La triste osadía del Señor Segovia (V)

Segovia aguarda entre las tinieblas, vestido con gabardina y sombrero, al estilo de algún personaje de Los intocables (la escena por lo tanto es en blanco y negro). Conforme el auto se aproxima por una esquina, entre una tormenta que, por el pavimento empapado, se intuye que lleva ya mucho tiempo, las luces de los faros cortan la oscuridad hasta que se estaciona a unos metros de donde Segovia está. Es un automóvil de modelo reciente, que contrasta con la tonalidad de la escena y con las ropas del escritor, quien sale de las sombras despacio y así se aproxima hacia el vehículo, los brazos cruzados. Cuando llega hasta él se para del lado del piloto. Desde ahí mira a su exesposa quien, sentada en el asiento del copiloto, no se percata de la presencia de quien fuera su marido hasta que lo mira un momento, sorprendida primero y aterrorizada después, cuando nota que Segovia (no sabemos si lo ha reconocido, pero es casi un hecho) saca de aquellos brazos que descruza una pistola de un cañón muy largo para con ella apuntarle al personaje que va en el asiento del piloto. Este, una cosa sin rostro, pues en vez de cara tiene un ruido, parecido al de una televisión sin señal, también voltea a ver al hombre que le apunta. 

Segovia despertó de su ensoñación cuando renacuajín presidente del jurado empezó a hablar. Entonces notó que en la parte de atrás del salón ya no estaba su exesposa. La buscó entre el resto de las butacas, junto a su madre, su hermana y su pareja, junto al diseñador JJ, pero no la encontró por ninguna parte. Trató de despabilarse sacudiendo la cabeza, y escuchó sin mucha atención las palabras que el presidente del jurado pronunció para irse de ahí de inmediato, excusándose porque tenía otro compromiso que, supo Segovia después, era el evento de enfrente, con el premio Nobel, al que se encargó de secundar porque el presidente del jurado era también un importante escritor. 

Luego habló la mujer que saludó a Segovia poco antes de entrar al salón, leyendo un texto que conmovió, una disculpa por el lugar común, hasta la médula al gordo y calvo escritor. Porque decía que Por tu maldito amor se trataba de una historia hermosa, digna de lectura para cualquier joven, aunque se tratara de una novela antijuvenil. Una novela de todas todas.

Luego leyó el ganador anterior del concurso, que también llenó de loas al ganador reciente, y aunque por un momento hubo polémica entre ambos, entre él y la mujer que fue miembro del jurado y que saludó a Segovia en la entrada del salón, ambos estuvieron de acuerdo en la grandeza y pureza de la obra que, otra disculpa por este otro común lugar, los convocaba esta ocasión. 

Luego fue el turno del director de la editorial más prestigiosa del país, quien comenzó a leer un par de hojas impresas llenas de tachaduras. Segovia vio las anotaciones, hechas a mano con bolígrafo negro, sobre una serie de palabras igualmente halagadoras, pero falsas, porque, se dio cuenta de inmediato, no eran suyas. Segovia volteó a ver a su editora desde ahí; ella sí estaba muy cerca de su madre y de su hermana, con sus hermosas ojeras negras, del color de su vestido, mirando un poco preocupada, quizá, al director de la editorial por aquello que estaba leyendo, pero quien, hay que decirlo, tenía mucha destreza para leer en voz alta sin que pareciera que lo hacía, haciendo parecer que lo que decía nacía en ese momento de su enorme y locuaz intuición. 

—La madre de Segovia está aquí presente —dijo el director de la editorial en algún momento de su discurso—. Señora, ¿dónde está? —La madre de Segovia se puso de pie entonces, y el público aplaudió al instante como si aquella dulce viejecita se tratase de un político. 

Segovia aprovechó para buscar de nuevo a su exesposa entre el público, que ocupó una tercera parte de la capacidad del lugar, pero corroboró que no estaba. Fue en ese momento que el director de la editorial dijo, tras terminar por completo las palabras que la editora de Segovia había terminado de escribir esa misma mañana, y luego de una nueva secuencia de aplausos:

—Bueno, ahora toca el turno del propio autor para que hable de su obra. 

Entonces un dolor, como un calambre, comenzó a recorrer el cuello de Segovia. Lo sintió desde la altura de sus hombros hasta la parte posterior del semicalvo cráneo. El también panzón escritor miró la hojita que llevaba, la pequeña lista en la que había anotado los temas de los cuales podría hablar:

Agradecimientos

Cómo surgió

Por qué el género musical

—Mierda —alcanzó a decir por el dolor que le impidió levantar el cuello, pero nadie lo escuchó. 

La gente frente a él esperaba a que dijera algo, pero por la boca de Segovia ahora solo emergió un quejido. 

Luego se desplomó sobre el podio, o como se llame la enorme mesa que compartían él y el resto de los ponentes. 

Y luego todo se fue a negros.

Despertó (él no lo sabía) unos minutos después, afuera de una ambulancia, que a su vez estaba junto a una especie de enorme restaurante al aire libre, ubicado en alguna de las salidas de la feria. Conforme abrió los ojos, poco a poco, Segovia vio que frente a él estaban su mejor amiga, aún vestida de Muñeco Diabólico, su madre, su hermana y su pareja, y su editora. Además de un médico (lo intuyó por la bata blanca), encargado de brindar los primeros auxilios. 

Segovia puso una cara de no saber dónde estaba. Entonces el médico le dijo: 

—Tuvo un ataque de pánico, señor. Pero ya está fuera de peligro. 

Segovia se incorporó poco a poco. Su amiga Muñeco Diabólico pasó una de sus manos por su calva cabeza.

—¿Recuerdas que hace diez años te salió una bola de grasa por lo que odiabas que te tocaran la calva aunque en el fondo adorabas que una mujer tuviera ese gesto contigo, el de acariciarte así?

—Claro, claro que me acuerdo —le dijo Segovia, como si todavía no comprendiese que estaba de vuelta en la realidad. Entonces miró a su editora, quien le pareció, así como estaba a contraluz, descalabrantemente hermosa, y quien le dijo:

—Lamentablemente, y por obvias razones, se canceló la presentación… ¡pero no te preocupes!, ya organizaremos algo muy pronto en la ciudad. 

Segovia asintió con un ligero movimiento de cabeza. 

—Mijito, ¿no quieres comer algo? —le preguntó su mamá— Seguro te me mueres de hambre—. Segovia miró en torno: había varias familias que compartían, felices, los alimentos. 

—Coman juntos, por favor —dijo entonces la editora—. Yo los dejo, tengo que asistir a otra presentación. Por favor, cualquier cosa, estaré al pendiente —dijo mirando a los ojos, con esos ojos ojerosos suyos, a Segovia. Este pensó que algo más iba a decirle pero no, tan pronto pronunció eso, se fue. 

De pronto ya estaban sentados en una de las mesas, luego de haberse servido tras formarse en una fila, como de escuela o de reclusorio a la hora del almuerzo, los alimentos; Segovia apenas y probó bocado mientras su hermana y pareja, su madre y su mejor amiga, comían contentas. 

—A pesar de tu rotundo fracaso —dijo Muñeco Diabólico—, la transmisión que hice en vivo de la presentación fue todo un éxito, especialmente cuando te fuiste de jeta contra la mesa y todos gritaron ¡uhhh! —y le dio play al video, que ya tenía varias miles de reproducciones. No había transcurrido ni una hora de haberse publicado. 

Los comentarios que alcanzó a ver Segovia decían cosas como: ¡Qué chingadazo!, Pobre cabrón, ¿A poco ese wey es escritor?

Y mejor se volteó hacia su plato. Definitivamente no tenía hambre.

—¿No es genial? —le dijo Muñeco Diabólico, con su diabólica sonrisa.

Para no responder, Segovia mejor deglutió un enorme bocado.

—Gracias por acompañarme, a todas —dijo un momento después, con algo de comida todavía en la boca. Miró aquella posible fotografía, en que las mujeres más importantes de su vida (quizá con excepción de la pareja de su hermana) lo veían todas juntas con una auténtica sonrisa. Con auténtico gusto. 

Al terminar de comer volvieron a entrar al hangar donde se desarrollaba la feria. Su hermana le dijo:

—Daremos una vuelta con mi mamá, para que conozca la tierra de su madre.

—¿Cuándo regresan a Hecatepec?

—Mañana.

—En nombre sea del padre, del hijo y del espíritu santo —le dio la bendición la madre de Segovia a Segovia. Y entonces se fueron, tras despedirse con abrazos, y pronto desaparecieron entre aquel mar de gente.

—Necesito un trago —le dijo Segovia a Muñeco Diabólico. 

—Maravillosa idea, señor —y Muñeco Diabólico puso su brazo para que Segovia la sujetara, al modo más caballeresco. Conforme avanzaron, Muñeco continuó: —Ah, y una chica fue a verte, al parecer una redactora; venía con otra chava y con un gordito wero de lentes, quien se dijo editor. He olvidado sus nombres, perdón, pero dijeron que habría una fiesta de una editorial, más tarde, que si te recuperabas fueras. 

—Creo que ya sé de quiénes hablas —dijo Segovia—. Tú, qué plan tienes. 

Muñeco Diabólico había viajado desde la entidad en la que vivía desde hacía unos cinco años, lugar en donde conoció a su actual pareja, un mecánico automotriz filósofo de profesión al que le decían el Mecánico, y que Segovia siempre había querido conocer por lo interesante del personaje: un tipo libre, viajero del país en su moto, intelectual, mujeriego y drogadicto.

Todo lo que Segovia nunca se había atrevido a ser de lleno.

—Pues pensaba volver hasta mañana… y no tengo donde hospedarme. 

Avanzaron un poco más por la feria. Pasaron a un lado del stand de la editorial más prestigiosa del país, donde estaba publicada Por tu maldito amor

—Ah, ¡y no sabes lo que me pasó! —gritó Muñeco Diabólico de repente. La gente entorno de ambos volteó a verlos.

—¿Qué pasó? —preguntó Segovia, discreto. 

—Lo primero que hice cuando llegué a la feria fue ir al stand de la editorial y buscar tu novela. De pronto ahí estaba el libro: brillante, entre las novedades editoriales. Wow, me dije, y avancé hacia él. Estiré mi mano, y cuando iba a sujetarlo, otra mano me ganó el ejemplar que estaba a punto de tomar. Dios, ¿te imaginas quién era?

—Emmm, no.

—¡Tu mamá!, ¿no es genial?

—Vaya…

—Y entonces, al verme, como tenía mucho tiempo que no nos veíamos, se le salieron unas lágrimas, y a mí también, y nos abrazamos. Luego vi que estaba tu hermana y su pareja, y me dio muchísimo gusto y también nos abrazamos.

—La verdad es que a mí también me dio mucho gusto. No me las esperaba. Pensé que nadie vendría a verme —dijo Segovia, mirando los pasos que uno tras otro daban sus chuecos pies enfundados en las botas de Bob el constructor. 

—Pues ya ves, sí hay que gente que te ama.

Segovia permaneció en silencio, luego le dijo a Muñeco Diabólico que fueran a su hotel, para que ella dejara ahí sus cosas; que si quería podía quedarse con él, pues al fin había dos camas en la habitación. Ella aceptó sin titubeos. 

Al llegar a las afueras del hotel, Muñeco externó:

—¡Ay, papaya de Celaya!

Segovia siguió las instrucciones que le dieron para utilizar el elevador con su tarjeta. Ciertamente, pensó, no estaría en un lugar como ese en mucho tiempo. Caminaron entonces por el pasillo alfombrado, y el Señor Segovia abrió la habitación con ese mismo delgado instrumento de plástico. No supo encender la luz al primer intento. Cuando lo logró, Muñeco Diabólico dijo: 

—¡Ay, papaya de Celaya!

La habitación, constató Muñeco Diabólico, tenía dos camas. Segovia le ofreció un café. Ella aceptó.

—Qué bonito es —dijo ella cuando tuvo la taza humeante entre las manos.

—Mañana tengo que irme —replicó Segovia, sosteniendo su propia taza. 

—No mames.

—Sí.

—¿Por qué?

—La editorial solo contempló que estaría para la presentación. Pero yo me quedaré toda la semana, para poder ver a una banda de metal que me gustaba mucho desde los años en que te conocí, hace treinta, creo. Quizá te acuerdes. Van a tocar en la feria.

—No mames que van a estar…

Dijo Muñeco Diabólico, y pronunció el nombre de aquella banda, que entre sus éxitos tenía canciones parecidas a ésta. Le pareció una hermosa casualidad que estuvieran en la misma feria que su mejor amigo. 

—¿Hace cuánto que no tocas la batería? preguntó Muñeco Diabólico.

Segovia se le quedó mirando. 

—Unos… ¿diez?

Y Muñeco Diabólico hizo una ligera mueca que bien pudo decir qué lástima, qué tristeza, o quizá, también, qué bueno por ti.

Luego ambos tomaron una siesta, en lo que llegaba la hora de la fiesta a la que lo invitó el rubio editor de libros académicos.

Un mensaje los despertó luego de una hora. Era él, quien le daba los pormenores a Segovia. ¿Ya estás mejor?, le preguntaba también. Segovia no contestó en ese momento. Volteó a ver a Muñeco Diabólico: aún dormía, en la otra cama, con un apacible sueño, en el que tal vez soñaba que viajaba a París con él, cuando su libro fuera traducido al francés. Cosa que sucedería.

Muñeco Diabólico también trataría de suicidarse dos meses después, por razones que no importan mucho aquí.

Hoy murió un viejo amigo

En memoria de Diego Andrés Jiménez Otero

Hay una foto en la que estamos
tú y yo
(y otros dos chicos, el otro Diego,
y aquél a quien le decíamos Gonchito Alonso);
estamos juntos, creo, abrazados, en medio de la foto,
como solíamos estar aquellos días,
solo que vestidos como vaqueros.
Esa foto se tomó durante un bailable
en la primaria en la que compartimos varios años,
la Vicente Guerrero,
por lo menos dos ciclos muy fructíferos, quinto y sexto,
en los que cruzamos ese inevitable limbo
que separa la niñez
de la adolescencia.
De eso tiene veinte años y hoy
hoy me entero que has muerto; algo
se ha apagado para siempre
en mi corazón.

Habrá sido en la calle, cerca de donde vivíamos, la última vez
que nos vimos.
Nos saludamos como siempre:
Qué gusto verte, canijo, cómo estás.
La enfermedad que valiente llevabas combatiendo un buen rato
te había cambiado el semblante.
(No era para menos.)
Ya no eras el mismo y yo también
había cambiado;
supuse entonces que aquellos días, en los que íbamos
a las maquinitas del Don
o cuando jugábamos Súper Nintendo en tu casa
serían ya solo recuerdos,
memorias que hoy me permiten evocarte.

Nadie como tú
para tantas cosas. No solo eras bueno
jugando el King of Fighters,
también lo eras con el balón bajo tus pies;
una pierna derecha educada como pocas, te recuerdo
en las canchas del canal, toda tu deslumbrante técnica
mientras portabas el uniforme del Atlas; delantero fiero,
supe que algún día jugarías
futbol profesional.
Eras, además, un chico guapo;
las chavas se derretían por ti
mientras nosotros, tus amigos, mirábamos a la distancia
y tratábamos de ponernos al parejo
en otros ámbitos
como en la escuela (ja ja),
en las matemáticas
o el español;
territorios, vaya injusticia, donde también eras destacado.
No había forma de igualarte.
No había nadie como tú.

No me extraña que hoy llueva, Diego, Chato querido:
el cielo nos ayuda a decir
lo que no podemos,
lo que no somos capaces
de escribir
porque no hay palabras que sirvan
en estos momentos.
Te agradezco, sin embargo, tus sonrisas,
ese buen humor que te caracterizaba
el que nos permitió acercarnos de veras;
porque a veces era imposible, en el barrio, mostrar tantita
vulnerabilidad
(recuerdo aquella vez que nos dimos un leve agarrón en la calle;
yo no quería lastimarte y supe
que tú tampoco querías
lastimarme; así que al final
nos abrazamos).
me mostraste, te decía, en ese pequeño pero indispensable
momento de nuestras vidas
(yo fui antes y después de todo esto)
los alcances de la amistad,
el hermoso ser humano que eras;
la sonrisa de tu padre, cómo iba a ser de otra forma:
don Ramón y tú finalmente
están juntos
de nuevo.

Ser Feliz o entregarse por completo a la locura (u otra crónica caótica sobre Joker/Arthur Fleck)

La lata repleta de ceniza reposa sobre la mesa. Es una lata sin etiqueta, completamente gris, como las otras latas que invaden la habitación de Rosalinda. Un Delicados sin filtro permanece en los labios de su desdentada boca: la mujer lanza el humo frente a sí, sin dar el toque, y de ese modo el tabaco incinerado cae en volutas sobre la lata, una tras otra, hasta formar una pequeña montaña blancuzca.

Su sobrino, un niño pequeño, de unos seis años, la observa fumar como la ha observado desde que recuerda: Rosalinda mira la televisión sentada en la silla de siempre, en medio de la enorme mesa; detrás de ella hay una vitrina llena de figurillas, platos y tazas que volverán a usarse nunca; la pantalla, a unos ocho metros de ella, reposa sobre un mueble con tres generaciones de existencia.

El paquete de Delicados descansa junto a la lata. Pareciera ser siempre el mismo: jamás lleno, jamás recién abierto, con unos cuantos tabacos, siempre a punto de acabarse.

Rosalinda fuma mirando la tele, quizá una telenovela, una película mexicana en blanco y negro, un noticiario o un programa de concursos. Su mirada de pronto se extravía en algún otro sitio y ahí se queda un momento; navega hacia el techo, va de vuelta a la tele y otra vez a la lata. A veces mira el aparato cuando no está encendido y su reflejo se aparece en el negro cristal de la pantalla.

Su sobrino, sea como sea, la mira reír de repente, a carcajadas, sin razón alguna o motivo aparentes.

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Arthur Fleck se mira al espejo y fuerza una sonrisa con sus dedos. La tristeza de su mirada no contrarresta el entorno, un lugar llamado Ha-has, donde se contratan payasos, que es tan gris como su gesto. No es en balde esa cara: en las calles, mientras trabaja como payaso en las afueras de una tienda de música, unos jóvenes, sin razón alguna o motivo a aparentes, le arrebatan el letrero que reza “Everything must go!” (¡Todo tiene que irse!) y que, al intentar recuperarlo en una corretiza, aquellos jóvenes le dan una buena madrina, a patadas, en el piso, luego de que le rompan ese mismo letrero en el mero hocico.

Al verlo, mientras las inmensas letras amarillas (JOKER) se apoderan de la pantalla, de inmediato pienso en Rosalinda. Cuando salíamos de la casa de la abuela para “dar una vuelta”, es decir, para caminar un rato por las feas calles —como feas son las calles de Gotham— de nuestro viejo barrio, en Ecatepec, y despejarnos así un poco de aquel mundo inconmovible, desaliñado, como el Ha-has, que era nuestra casa.

Apenas avanzábamos unas cuadras y ya el grupito de maleantes de la colonia comenzaba a insultarla. La llamaban de un modo que no pienso repetir, y lo hacían del modo más impune y ruin que he experimentado en mi vida. Yo era un niño entonces, y sentía la enorme impotencia de no poder defenderla, de no poder agarrar a golpes a esos miserables (pues a golpes me harían más pedazos), así que me aguantaba y ambos seguíamos caminando por la calle como si nada, o como escribe Arthur Fleck en su diario de enloquecida caligrafía: como si ella no tuviera una enfermedad mental y tuviera que actuar como el resto de la gente para que la respetaran.

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Nunca me quedé a dormir en casa de mi abuela, pero ella decía que por las noches era imposible hacerlo por la risa de Rosalinda. La imaginaba entonces, acostada en su cama, sumergida en aquella nube de humo gris que era posible distinguir entre las tinieblas; la leve brasa de su Delicados intensificándose a cada calada; escuchaba su risa siniestra a la distancia: aquel era el único sonido posible de aquella casa casi abandonada a pesar de que ambas mujeres vivían ahí.

Ríe, incontrolable, mientras fuma un cigarrillo. Y frente a él, frente a Arthur Fleck, una mujer lo mira con gesto serio y le pregunta cómo se encuentra. Ella, su psicóloga, le pregunta por el diario que le encomendó. Él se lo entrega y le advierte que ha escrito chistes en él porque ha decidido ser comediante. Las páginas pasan muy rápido frente a nosotros y apenas vemos entre dibujos hostiles, recortes de unas mujeres desnudas y rayones, la caligrafía maltrecha del hombre escrita a veces con la mano izquierda y con un bolígrafo de esos cuya tinta tarda un momento en secarse.

Entre basura y pequeños objetos desperdigados junto a las latas, Rosalinda tiene una pila de libros vaqueros, historietas para adultos que lee cuando no mira la tele sentada en el mismo lugar del comedor mientras fuma y la nube de humo comienza a posarse sobre ella. Los lee frente a su sobrino, el niño de seis años, y él a veces los hojea aunque jamás lea sus tramas y solo se detenga en sus dibujos.

Con la cabeza, con la frente, Arthur Fleck golpea el cuadro transparente de la puerta del hospital psiquiátrico donde se hospeda; un recuerdo o una premonición que anhela, parece, ante la hostil realidad que vive en el presente.

—Estuvo un tiempo internada en un hospital —le dice su madre—, pero no nos gustó el ambiente, a tu tía no le gustó, y nos la trajimos de regreso a la casa.

Un día, borracho, mientras fuma, el sobrino, de unos veintisiete años, le pregunta a su madre por el origen del padecimiento de su tía. Lo único que él sabía era que tenía esquizofrenia. Si acaso eso era, porque el diagnóstico fue siempre incierto.

—No mejoraba a pesar de las medicinas —continúa su madre— no sabíamos por qué, y un día, mientras limpiaba su cuarto/

Arthur le pregunta a la mujer, a la psicóloga, si es posible que le den más medicamentos, para sentirse mejor.

—Arthur, tomas siete medicinas al día… alguna debe estar sirviendo— le responde la psicóloga a Fleck.

—…encontré todas las pastillas debajo del colchón —concluye su madre.

Y a partir de ese día Rosalinda jamás volvió a tomarlas. Ni volvió a un hospital. Y permaneció con su madre hasta que murió y las ratas comenzaron a apoderarse de la casa.

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Muchas veces he caminado al modo de Arthur Fleck: con los hombros caídos, el cabello medio largo sobre la cara, la misma chamarra de siempre, subiendo escaleras y más escaleras, avanzando a pie lo necesario hasta llegar a mi destino.

He sentido esa pesadez en cada paso, ese tedio rutinario de la pinche vida diaria sobre la espalda. Lo he sentido yo y lo he visto en otras personas de mi entorno, en amigos, en familiares.

Lo vi en Rosalinda, cuando salíamos a dar la vuelta.

(Quizá lo vi en Armando.)

—¿Quiénes son? —me pregunta mi madre cuando Arthur y Penny Fleck aparecen en la pantalla, juntos, en la cama de ella, mientras miran la televisión en pijama y esa luz los ilumina. Para escribir este texto a gusto adquiero la versión blue ray + dvd del Joker el día de su salida al mercado, y la miro con mi madre, en su casa, acostados los dos sobre su cama, a oscuras, en pijama, mientras la luz de la pantalla también nos ilumina.

—¿Cómo que quiénes son?

A un lado, en la otra habitación, Rosalinda mira otra película. Tendrá unos seis años que dejó de fumar, y ahora vive con mi madre. Su hermana.

—Somos tú y yo —dice mi madre, y suelta una risa. Me rio con ella, ruidosamente, porque es cierto: llevo el cabello de un largo semejante al de Fleck, una cicatriz me atraviesa el labio por la parte superior izquierda igual que a él, y sus dedos chatos son casi tan feos como los míos, aunque mucho menos feos. Y el mentón, si me rasuro la barba, es parecido.

Y mientras yo me identifico con Fleck, él de pronto imagina que asiste al programa de Murray Franklin, el conductor del programa que observan, y que éste lo llama y le da unas cuantas palabras de aliento que lo motivan. Y que lo abraza como si fuese el padre que nunca tuvo.

El padre que Rosalinda y mi madre perdieron cuando eran muy niñas.

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A Rosalinda parecen no molestarle los insultos y sigue su camino. Su sobrino, en cambio, guarda dentro de sí un rencor que acumula junto a otros resentimientos que también tiene a pesar de ser tan pequeño y piensa que, cuando sea grande, se cobrará todo eso muy caro y vengará a su tía de esos cabrones perversos.

Como un justiciero.

Ella no, ella no piensa en venganza, como tampoco Arthur Fleck, aunque reciba un pequeño revólver de un compañero suyo del Ha-has, “para defenderse”, o algo así le dice al entregárselo “de buena fe”, aunque Arthur quizá sepa que es una trampa y lo acepte más por cordialidad que por otra cosa. Hay una bondad inherente en ambos (en Rosalinda y en Arthur) que el resto de nosotros no comprendemos, que somos incapaces de ver; un mundo sin malicia que nos hace tomarlos como seres sin albedrío ni decisión, que harán todo lo que queramos sin rezongar ni rebelarse.

Sin embargo en el sobrino, como también en Arthur, hay una furia que se esconde y que saldrá, no importa cómo, algún día, casi siempre de golpe.

Poco después aparece Sophie y su hija en el maltrecho elevador del edificio donde todos viven, y con ellas viene la explícita referencia a Taxi Driver de Scorsese (una de mis películas más preciadas), cuando con su mano la mujer forma una pistola sobre la sien. Me parece una referencia temprana, sin mucho caso. Su repetición inmediata, en Arthur, unos segundos después, es aún más innecesaria.

Todd Phillips ha dicho que su película por supuesto se vio influenciada por la historia que escribió Paul Schrader (cosa que agradezco y aplaudo, por el bien del cine), como de otras cintas (como cualquier otra película de cualquier otro director). No entiendo muy bien la molestia de los críticos al respecto cuando esta película rinde franco tributo a un grande (en una extraña paradoja, pues Martin Scorsese, lo ha manifestado, no es muy fan que digamos de las películas de superhéroes, en específico de las de Marvel), por lo que no es una copia, ni es una calca (a mi The Irishman me recordó al Padrino, por cierto. Y qué bueno). Phillips admite sus referencias y a partir de ahí crea una nueva obra que está a la altura de éstas sin ninguna bronca. Pero, claro, al hacerlo, al buscar profundizar de ese modo en la condición humana, Joker sobresale entre todas las otras cintas, las que se hacen para un público masivo (o para un público “culto”, también). Y eso lastima, por supuesto, el selecto criterio de los que escriben profundísimas reseñas de cine: Ustedes no han visto nada, qué van a saber, dicen, encolerizados, a sus ignorantes lectores.

JOKER

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La primera bala aparece con el primer baile. Arthur, en soledad, durante la noche, mientras mira una película en su casa, de nuevo imagina una situación: habla con alguien mientras baila, pero termina por disparar, sin haber disparado nunca (o no sabemos) un arma, hacia un muro, o contra sí mismo, contra su propia sombra.

—Feliz, ¿estás bien? —le grita su madre a la distancia, desde su habitación.

Feliz, así le llama Penny Fleck a su hijo Arthur, ese individuo profundamente triste cuyo nombre de payaso es Carnaval (lo dice en algún momento, y la verdad tampoco importa).

Luego del balazo en la sala, se ve cómo Arthur persigue a Sophie, la mujer que se encontró en el elevador con su hija. Quizá sobra ese personaje, pienso, y sobre todo esa situación (no viene mucho a cuento). Así nos ahorraríamos el incómodo momento en que “la imagina”. Si uno quita eso, la historia avanza sin problema. Al fin y al cabo quedará claro que nadie sería capaz de enamorarse de un hombre como Arthur.

—Si quitas a Bruce Wayne tampoco pasa nada —me dice Federico, hombre que fue medicado cuando niño luego de perder a su padre; él, quien ha cuidado de su madre, una mujer mayor. Él, escritor, guionista y músico. Un hombre sensible, pues, me dice lo mucho que le gustó esta película. Es verdad, le digo, no pasa nada si quitas a los Wayne, pero, parece ser que el Guasón no es nada sin su Batman.

Porque —pienso también—, este Joker podría seguir siéndolo sin ser el personaje de DC.

—Podría haber sido cualquier payaso  —me dice mi hermana menor, unos minutos después de ver la película en una sala de cine cercana a mi vivienda.

—Tal vez —le digo.

Ella también vivió con Rosalía.

—¿No te recordó a mi tía? —le pregunto.

—Sí, claro.

Y aunque mi hermana lo dijo a modo de crítica (lo de que el Joker podría ser cualquier payaso), creo que ahí radica su mayor virtud.

Todd Phillips aborda el tema en una de las cápsulas extras que vienen en el blue ray:

—Nunca pensé en hacer una película basada en un cómic. Para mí se trataba más de hacer el estudio de una personalidad, sobre alguien que la gente no tuviera idea de quién se tratara, de qué o de dónde venía. Y surgió de ese modo, no fue: “Quiero hacer una película sobre el Guasón”. Surgió de hacer un estudio de la personalidad y lograr que la gente quisiera verla. Nos desviamos mucho del cómic. Inventamos un personaje nuevo. Le dimos un nombre y lo elegimos de la nada. Y, quizá para disgusto de los verdaderos fans de cómics, no veíamos a Arthur Fleck cayendo en un tanque y volviéndose blanco [refiriéndose a la versión del origen de este personaje que escribió Alan Moore]. No era la película que buscábamos. Queríamos hacer algo que estuviera anclado en la realidad.

Lamento que a veces pareciera que no importa lo que este hombre pueda decir. Los críticos, los que de verdad saben de cine, no se han cansado de vituperarlo. No lo bajan del director de aquellas feas películas cómicas (que por lo tanto es incapaz de dirigir una buena película). No dejan de sobreinterpretarla, de asignarle características que no posee. Porque sí, sí es el mismo hombre que dirigió aquellas películas. Pero también es quien debutó dirigiendo un documental sobre el endemoniado GG Allin, que hay que ver para entender mejor el porqué del Joker, las razones del director, la clara línea que une su primera con su última película.

—Me encantan los malos —dice Phillips en ese mismo especial—. Es divertido decir: ¿Por qué él es así? ¿Qué hizo que fuera así? Ese es el verdadero objetivo de la película. No es una declaración grandilocuente acerca del mundo actual. Se presentan temáticas, pero en realidad es: ¿Qué hace que alguien sea así? Y de Guasón me gustó su idea del desorden y el caos. […] Hablamos mucho de quién sería y de por qué sería así, de su particularidad, y el por qué de su risa, por qué usa maquillaje o no… y empezamos a leer mucho sobre narcisismo y ego, y cosas que creemos se tratan en nuestra versión de Guasón. Es un narcisista, pero a nuestro parecer carece del yo. El yo es Arthur. El yo es lo que intenta controlar al caballo salvaje que es Guasón, pero Guasón es puro ello. Así que pensamos cómo es cuando uno va por la vida detrás de una máscara, algo que le pasa a muchos. Uno lleva una máscara y finge ser de cierta manera, pero Arthur en eso es muy cuidadoso. Sin embargo, se ven esas actitudes que reflejan quién es él en el fondo y qué sucede cuando uno se quita esa máscara, que es lo opuesto en este caso, porque Guasón usa una, o maquillaje, pero la idea es qué sucede cuando uno deja de vivir esa vida para pasar a vivir en la penumbra.

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El segundo baile de Arthur se da frente a unos niños enfermos, en un hospital, cuando de pronto su pistola se le resbala entre los pantalones y ruidosa cae al suelo.

—Son muchos bailes —me dijo, molesta, Angélica, amante del cine, entusiasta de los críticos que he mencionado (siempre los retuitea en su timeline), y se lo concedí al principio. Pero mirando la peli con calma, poniendo pausa cuando se necesita, todo el relato adquiere su lógica y uno logra mirar con más nitidez su sólida construcción (el guion puede leerse aquí). Quizá sean muchos bailes, pero van de la mano con el trabajo del actor, lo que éste quiso decir sobre el personaje: el Guasón baila tanto no para entretenernos, sino porque lo necesita.

Un par de secuencias después Arthur está en el metro, cabizbajo tras ser despedido de su mísero trabajo en el Ha-has. Viaja en aquel convoy tapizado de grafitis, puesto así adrede, al estilo neoyorquino de los setenta/ochenta, y que me recuerda a The Warriors, pero también a Bruce Davidson.

Arthur ríe entonces sin filtro mientras tres sujetos adinerados molestan a una mujer que viaja sola. Los sujetos se van sobre el payaso cuando este se ríe “de ellos”. Como su risa no se detiene lo madrean sin tregua (y sin razón o motivo aparentes, como al principio de la película, o como cuando insultaban a mi tía en la calle, nomás porque sí, nomás porque podían) y el payaso que se carcajea de pronto parece estar llorando, entre las sombras que se cruzan por su rostro y que le dan un aspecto, cómo decirlo, de villano de cómic, de furia pura que bien pudo ser dibujada por Lee Bermejo.

Aunque el villano sean los otros, los que son malos porque sí, no él.

(Sobre la fotografía, por cierto, vale la pena escuchar a quien estuvo a cargo de ella: Lawrence Sher. Sencilla y contundente explicación sobre cómo funciona el color en el cine.)

Desde el suelo, no más inofensivo, Arthur explota y saca el arma que un momento antes le hizo perder el trabajo. Y dispara. El relámpago rompe la oscuridad en la que están todos ellos sumergidos. Y mata a uno, y luego a otro y luego al otro, tras perseguirlo por el andén, ansioso, extasiado, libre finalmente de esa máscara, no de “buen hombre”, sino de “hombre normal”, de “hombre cuerdo”.

Han pasado apenas treinta minutos de las dos horas y cacho que dura la película.

¿Muy pronto?

Quizá.

Entonces, por segunda vez, Arthur corre. Y, tras guarecerse en un ruinoso baño público, la respiración entrecortada por los tumbos de su corazón, baila por tercera vez. La belleza de ese momento, de ese baile con la muerte musicalizado por las cuerdas del infierno, desoladoras, del chelo que va detrás, la iluminación verdoazulada y el lugar en el que se encuentra la cámara, la forma en que se mueve junto con el actor, es cine puro, duro y bello que los más exquisitos —los ya mencionados críticos, sin tocar por supuesto al maestro Ayala Blanco, porque él es Dios— se niegan, necios, en reconocer.

De eso se trata el cine, pues, de conjuntar de esa forma esos tres elementos, cosa que hace esta película todo el tiempo.

(Sobre la música hay que escuchar a la propia compositora, Hildur Guðnadóttir, un portento que además se hizo cargo de la banda sonora de la brutal serie Chernobyl de HBO.)

Cuando termina de bailar, Arthur Fleck se mira al espejo, los brazos abiertos, malévolos, amenazantes: algo ha triunfado en él y no es el ángel que lo protege.

O sí.

Para la siguiente secuencia, cuando se despide del Ha-has, Arthur borra parte de la frase que está por ahí pintada: “Don’t forget to smile”, dejándola en un simple “Don’t smile”.

A partir de ahí él ya no deja de sonreír.

Entonces le dice a su psicóloga:

—Toda mi vida ni siquiera yo sabía si en realidad existía. Pero sí existo. Y la gente está empezando a notarlo.

Arthur se ha liberado de ataduras y su mundo empieza a florecer. Se ha convertido, sin buscarlo (en cine el personaje no siempre obtiene lo que quiere, a veces obtiene lo que necesita), en un héroe de los desheredados, de los olvidados, de los no vistos. De los que nadie quiere ni se atreve a mirar, pero que siempre han estado ahí.

🃏🃏🃏

Camino al modo de Arthur rumbo a casa. Es medianoche. En la esquina un hombre muy alto, calvo, se refugia entre las sombras. Se sienta ahí. Yo llevo el rostro cubierto, no por una máscara sino por una bufanda y una gorra. Observo al hombre un instante, esa cara desvanecida por la oscuridad. Al día siguiente amanece tirado a varios metros de donde lo vi la noche previa. El sol le agrede la piel blanca, que se torna rojiza, y la gente pasa junto a él esquivándolo apenas, como si fuese un bulto de basura, como si no existiera. El hombre reposa en el piso al modo de Arthur Fleck en la secuencia del principio, donde lo quiebran a patadas, casi en posición fetal, con las manos metidas entre las piernas. Su respiración es apenas perceptible. El hombre calvo podría morir ahí mismo, en ese instante, y a nadie le importaría.

(La voz tenue de Arthur me recuerda la tenue voz de Armando. Su caminar delicado, el movimiento de sus brazos. Su cabello. Pienso que esta película, él siendo guionista, cronista y amante del cine, le hubiera encantado.)

—Es muy difícil ser feliz todo el tiempo —le dice Arthur al hombre que resguarda el archivo del manicomio de Arkham, donde se guarecen los documentos de su madre. Arthur corre de nuevo entonces, esta vez para robar esos papeles y leerlos, escondido, en las escaleras de emergencia de dicho lugar. Ahí descubre que fue adoptado por Penny, y posteriormente que fue maltratado y abusado con brutalidad por sus parejas. Seguramente ella también sufrió los mismos abusos.

—¿Cómo fue que Rosalinda empezó a mostrarse así, cómo fue que pasó? —le pregunta el sobrino, fumando otro cigarrillo, a su madre. Alguna vez le contaron que su tía no siempre fue así, que alguna vez vivió sin la atormentada risa permanente, que tuvo un empleo, una vida común y corriente.

—Creemos que fue… algo le pasó en su lugar de trabajo.

Mientras Arthur lee los documentos se sitúa en aquel lugar, un recuerdo imaginado por él, con su madre joven siendo impelida por alguien que lee su expediente. Conforme lee, Arthur ríe. Ríe y los mocos y las lágrimas se le abultan en la cara.

Ríe porque está llorando.

Y yo alcanzo a crear un recuerdo que no es mío, como él, y miro a mi tía perdiéndose en las calles, como según cuenta mi madre que fue, volviendo días después, sucia, perdida en las elucubraciones que solo ella podía oír, a su casa.

Y también lloro.

Bajo la lluvia camina Arthur Fleck a partir de esa lectura dolorosa, brutal, dispuesto a entregarse a su lado más negro, el lado al que, dirán algunos, siempre ha pertenecido. La reminiscencia a Taxi Driver vuelve a aparecer, la del dedo sobre la sien, y quizá éste debió ser el momento más indicado para hacerlo, no antes. Y quizá ese momento, dentro de la casa de su vecina Sophie, la niña durmiendo en la otra habitación, la madre aterrada por la presencia de este hombre extraño, amenazante a pesar de ser su vecino, sentado ahí en su sala, mojado, quizá tuvo que ser la segunda vez en que la viéramos, y así nos ahorrábamos el, insisto, incómodo momento de saber que ella nunca estuvo ahí con él.

Las notas graves y estridentes del chelo acompañan a Arthur de vuelta a su casa, donde solo, ya sin su madre en casa, sentado en el sofá, ríe sin parar mientras se fuma un cigarro. Un vecino, a lo lejos, le grita que se calle.

Yo escucho a mi tía reír, a lo lejos, mientras mira la película. La noche anterior escuchó que mi madre y yo la veíamos. Me pregunta si puede verla. Sí, claro, le digo. Muero por saber tu opinión.

Al oírla reír me pregunto qué habrá sido lo que le causa gracia.

—No he sido feliz ni un maldito día de mi vida —le dice Arthur a su madre en el hospital un momento antes de asesinarla poniéndole una almohada en la cara, para, una secuencia después, asesinarse él, simbólicamente, cuando se pone el revólver bajo el mentón, se “dispara”, y luego se maquilla el rostro de blanco.

Le dice a Penny como despedida:

—Creí que toda mi vida era una tragedia, pero ahora me doy cuenta que es una pinche comedia —y, tras cometer su cuarto asesinato, se acerca a la ventana, aliviado, y el sol, luminoso, le acaricia la cara; es el mismo sol que luego ilumina la ducha donde se baña y la habitación en la que se maquilla, las escaleras de la calle empinada donde majestuosamente baila…

—Está muy triste. Y hay mucha sangre —me dice Rosalinda una vez que termina de verla.

—¿Te pareció muy triste?

—Bueno, no tan triste, pero pobre muchacho.

La escena más brutal de la película, cuando Arthur asesina con unas tijeras al colega que le dio el arma con la que iniciaría ese descenso a las tinieblas (su quinto asesinato), es digna del Joker, del villano de DC cómics por el que todos hemos visto esta película. Una violencia en escalada que nos prepara para lo que venga, en la película en sí misma y en una imaginaria secuela. Nos dice: Sí, este es el Guasón que todos esperaban, su rostro blanco manchado de sangre, el loco al que todos debemos temer. El Guasón habría hecho eso en sus inicios, el Guasón de Azzarello, y el de Nolan.

Y el chiste, la broma asesina con el enano y la puerta. Otro triunfo para esta cinta, para la escritura cinematográfica, un momento culminante que, uno se pregunta, a lo mejor los críticos no vieron por andar en el tuiter.

Y aunque es el momento más aterrador, donde Arthur ya ha dado rienda suelta a su maldad, es también el más tierno, cuando besa la calva de su pequeño amigo y le da las gracias por siempre haber sido bueno con él.

E inmediatamente después hay que subir el volumen. Porque viene un clímax, el del Guasón que baila —no Arthur Fleck—, y baila muy bien en su luminoso descenso al inframundo mientras los dos detectives que lo persiguen lo miran a la distancia. Un momento de gracia dirigido por un director de películas cómicas, actuado por uno de los actores gringos más brillantes de nuestro tiempo.

🃏🃏🃏

—¿Qué obtienes cuando cruzas un solitario enfermo de la cabeza con una sociedad que lo abandona y lo trata como basura? Te diré lo que obtienes: ¡Obtienes lo que te pinche mereces! —le grita Arthur Fleck a Murray justo antes de asesinarlo, con la misma pistola con la que comenzó a matar, con unas líneas que casi casi sintetizan la trama. El balazo en la cara le avienta la cabeza hacia atrás a Robert De Niro. Sexto asesinato. La sangre le salpica el rostro al Joker, y luego su mirada tiembla y él —Arthur sigue ahí, en algún sitio— tiembla otra vez, se levanta, no sabe dónde poner la pistola, no sabe dónde ponerse él mismo, y trata de reír y de bailar, y lo hace, pero aturdido, de nuevo, por lo que acaba de hacer, como si lo hubiera hecho por vez primera.

Ya en la patrulla, con un solo policía custodiándolo a pesar de su peligrosidad, Arthur sonríe como nunca antes, mientras observa el caos que ha provocado en las calles. Luego una ambulancia choca al vehículo policial y libera, un instante, al súper villano: dos hombres con máscara de payaso lo extraen del vehículo como si se tratase de un recién nacido (Federico dixit).

Entonces, por primera vez en una película del universo Batman, no como un recuerdo reconstruido, Bruce Wayne presencia en tiempo real el asesinato de sus padres por un payaso que idolatra al Guasón (Rick Dalton dixit). La cámara, que observa los pasos previos de esa familia al salir del cine, mira la escena desde una esquina incómoda, puesta como si la mirara un artista del cómic.

Entonces, ahí, entre los aplausos de los proscritos, el Joker baila otra vez, con el chelo que rememora las notas de las películas del hombre murciélago: esa atmósfera ennegrecida, detectivesca, que suena de fondo, mientras feliz, con sangre, dibuja su sonrisa.

Notas sobre Poetry

Por Raymond Carver*

Hace años, allá por el 56 o el 57, apenas había dejado atrás la adolescencia y ya estaba casado. Me ganaba la vida como recadero de una farmacia de Yakima, una pequeña ciudad del estado de Washington. Una vez fui en coche a llevar unos medicamentos a la parte alta de la ciudad. Me invitó a entrar un hombre con aspecto lúcido, pero muy viejo, que llevaba puesta una chaqueta de punto. Me pidió que, por favor, esperara en el salón mientras iba a buscar su cartera.

En el salón había muchos libros. Por todas partes, encima de las mesas, en el suelo, junto al sofá, todas las superficies útiles se habían convertido en sitios disponibles para dejar libros encima. También habí una pequeña biblioteca en una de las paredes de la sala. (Nunca había visto una biblioteca privada, hileras de libros colocados en estantes en la residencia privada de alguien.) Mientras esperaba, me fijé en que encima de una mesa había una revista con un nombre sorprendente: Poetry. Sorprendido, le eché un vistazo. Era la primera vez que veía una revista de esas que llaman “de poca circulación”. También me llamó la atención un libro que se titulaba The little review anthology, edición al cuidado de Margaret Anderson. (Debo añadir que en aquel momento para mí era un misterio lo que significaba “edición al cuidado de”.) Leí unas cuantas páginas de la revista y, tomándome más libertades, eché un vistazo al libro. Había muchísimos poemas, pero también fragmentos en prosa y comentarios de cada poema seleccionado. Nunca antes había visto un libro así, ni tampoco una revista como Poetry. Pasaba la vista de una cosa a otra y, en secreto, tenía muchas ganas de quedármelas.

Cuando el anciano terminó de rellenar el cheque, dijo, como si me leyera la mente: “Puedes llevarte ese libro, hijo. A lo mejor encuentras algo que te guste. ¿Te interesa la poesía? Puedes llevarte también la revista. A lo mejor algún día llegas a escribir algo. Si lo haces, tienes que saber a dónde mandarlo.”

Dónde mandarlo.

Noté algo, no sé exactamente qué, pero sí que me estaba sucediendo algo importante. Tenía dieciocho o diecinueve años y estaba obsesionado con la idea de “escribir”. Ya había hecho algún intento fallido con la poesía. Pero, la verdad, nunca se me había ocurrido que pudiera existir un sitio al que uno pudiera enviar esos esfuerzos con la esperanza de que los leyeran e incluso, algo perfectamente factible por increíble que pareciera, pensaran en publicarlos. Allí mismo tenía en mi mano la prueba de que existían personas en ciertas partes del vasto mundo que se dedicaban a publicar  lo que otros hacían. Una revista mensual de poesía. Estaba pasmado. Para mí era una revelación. Le di varias veces las gracias al viejo y salí de su casa. Le entregué el cheque a mi jefe y me llevé a casa el ejemplar de Poetry y la antología. Así empezó mi formación.

No recuerdo el nombre de todos los autores de la revista. Posiblemente se tratara de unos cuantos poetas de prestigio junto con otros más o menos nnoveles, como sucede actualmente en la revista. Yo no sabía nada de ninguno de ellos, ni había leído nada moderno, contemporáneo, o como se dijera. Recuerdo en que me fijé en que la revista la había fundado en 1912 una mujer llamada Harriet Monroe. Recuerdo ese dato porque era el mismo año en que había nacido mi padre. Aquella misma noche, cansado ya de leer, tuve la sensación muy clara de que mi vida estaba a punto de verse alterada de un modo muy significativo, incluso, con perdón, magnífico.

La antología, por lo que recuerdo, incluía un artículo sobre el modernismo en la literatura y el papel que jugó en ello un hombre con el extraño nombre de Ezra Pound. Incluía también poemas suyos, cartas y ensayos sobre lo que se debe y no se debe hacer en la escritura de poemas. Me enteré también de que al principio había sido el corresponsal de la revista en el extranjero. Pound había sido fundamental  a la hora de introducir nuevos autores a la revista, como H. D., T. S. Eliot, James Joyce, Richard Aldington, por citar solo unos pocos. Se añadían análisis de movimientos poéticos como el imagismo, cuyos autores estaban presentes tanto en Poetry como en la antología. La cabeza me daba vueltas. No sé cuánto dormiría aquella noche.

Esto ocurrió allá por 1956 o 1957, como dije antes. ¿Cuál es la razón por la que he tardado veintiocho años o más en enviar un poema a Poetry? Ninguna. Lo asombroso es que en 1984, cuando alm fin mandé varios poemas, la revista seguía viva y estaba dirigida, como siempre, por personas cuyo objetivo era mantenerla con dignidad. Una de esas personas me escribió en calidad de director alabando mis poemas y confirmándome la publicación de seis de ellos a su debido tiempo.

¿Me siento orgulloso de ello? Por supuesto que me siento orgulloso. Creo que debo estarle agradecido a aquel anónimo y encantador anciano que me regaló el ejemplar de la revista. Puede que lleve tiempo muerto y sus libros estén dispersos por librerías de segunda mano. Aquel día le dije que leería los dos ejemplares y que volvería para comentarle qué me habían parecido. No lo hice, claro. Sucedieron demasiadas cosas. Fue algo que prometí gratuitamente y que sabía que no haría desde el momento en que la puerta se cerró a mis espaldas. Nunca lo volví a ver y no sé cómo se llamaba. Lo único que puedo decir es que el encuentro fue real y de modo muy parecido a como lo he descrito aquí. Entonces yo solo era un mocoso, pero nada puede explicar un momento así, en el que me fue concedido generosamente lo que más necesitaba.

Nada remotamente parecido me ha vuelto a pasar.


*Fragmento de su libro Todos nosotros, que compila por primera vez su trabajo poético en español. La anécdota me resulta sumamente emotiva y familiar. Supongo que todo escritor tendría que pasar por algo así. 

El corazón es un órgano destructor

Para Elena

Sabes que te extraño
con todo el corazón
y que aunque es lugar común decirlo
yo espero, cada noche, cada día nublado y cada rojo atardecer
a que vuelvas por mí,
a que digas: “yo también te extraño
mucho mucho,
he estado pensando
todo el tiempo en ti”.

Pero no ha ocurrido y creo, honestamente
que no ocurrirá

jamás.

(Es duro saberlo.)

Aunque no sé, la verdad,
por qué te fuiste

tan lejos

cuando deberíamos
estar
máscercaquenunca
desafiando
el final de los tiempos.

Solo sé que el corazón
es un órgano destructor
y que, como la esperanza,
se muere al último.

Me parezco a mi perro (ya quisiera)

Para mis perros los pozoles

Solo me parezco a mi perro (ya quisiera) en las siguientes cosas:
en nuestra gordura,
en nuestras piernas cortas,
en el pelaje negro,
en que siempre estamos calientes, listos
para hacer el amor.
Por lo tanto somos cariñosos, mucho
muy encimosos.
Y a veces bravos:
no ladramos antes de soltar
una mordida.

No me parezco, sin embargo, al Pozole, y lo lamento:
en su ecuanimidad,
en su paciencia,
en su tolerancia y el aguante que tiene
para con otros perros,
para con su dueño,
para consigo mismo.
No me parezco a él en la sonrisa
que suele esbozar cada que saca
la lengua
para refrescarse,
ni en la cordialidad que tiene para con los extraños,
o la forma en que resiste bajo el sol,
bajo la lluvia,
con hambre y con sed,
o con la soledad que a veces sobrelleva
si el Deivid ha salido de paseo.

Tampoco tengo su fuerza y ferocidad,
la rapidez de sus cuartos traseros;
a veces creo que sí tengo la perspicacia que tiene cuando
levanta las orejas
y avista el peligro
a nuestro alrededor.

A veces nos recostamos juntos en el suelo
y roncamos
mientras él me abraza con su pata izquierda y me protege
del mundo,
o yo lo abrazo a él y lo acaricio
si tiene pesadillas,
sueños,
en los que vive sin mí.

La triste osadía del Señor Segovia (IV)

Despertó a las ocho de la mañana, cuatro horas antes de la presentación.

Al hacerlo, al abrir lentamente los ojos, los rayos del sol ya entraban por la enorme ventana de su habitación. Le acariciaban tiernamente los párpados. En cuanto los abrió por completo tomó en automático el control remoto y encendió la televisión. Tenía mucho tiempo que no hacía eso: cambiar los canales de un televisor hasta dar con uno de noticias. En ese momento algo se comentaba sobre el nuevo presidente electo del país, por lo que Segovia se puso de pie, sin playera, con la panza de fuera como estaba, y caminó hasta servirse un café. Frío. Le dio un trago largo y de inmediato dirigió sus pasos descalzos, sin calcetines, sobre la alfombra grisácea, impecable, hacia el baño.

Orinó profusamente y tras hacerlo abrió la regadera. El chorro ardiente del agua salió disparado contra la loseta. Se puso frente a ella en cuanto templó la temperatura.

Ahí trató de rememorar a detalle aquello que había soñado. Pero no pudo. Solo sabía que había soñado con ella, con su exesposa; aquella extraña sensación de haberlo hecho, como si la hubiera visto en persona, ya le había ocurrido muchas veces antes. Un desasosiego desalentador.

El agua tibia recorrió su jorobada espalda. Segovia estiró los brazos y sus huesos tronaron, reacomodándose un momento. El corazón empezó a latirle deprisa. Respiró profundamente por la nariz y soltó el aire por la boca. Así, varias veces. Permaneció bajo el agua unos minutos.

Al salir de la ducha en el noticiario aún se hablaba del nuevo presidente mexicano. Segovia había votado por él;

y como era la tercera vez que se postulaba,

era la tercera vez que por él votaba.

Con la taza del café frío en la mano, una toalla blanca enrollada en la inexistente cintura, Segovia se asomó por el ventanal. Algunas personas caminaban ya por aquella calle. Las miró un instante, bebió del líquido y acudió hacia su maleta. Segovia la abrió y escogió de entre las cuatro camisas que llevaba y los cuatro pantalones. También eligió la ropa interior, los calcetines. Dada la temática de su obra, optó por la camisa roja, de franela con cuadros negros, y los jeans azules. Las botas de Bob el constructor, al ser negras, iban bien con todo. Pensó que le había hecho falta llevarse un sombrero. Uno negro habría sido espectacular, pensó, y de inmediato se arrepintió de la idea. En primer lugar sería un farsante, se dijo, pues él propiamente no era un vaquero; y en segundo lugar supuso que sería el único malvestido de la ceremonia.

De cualquier modo así fue.

Terminó de ponerse la ropa y se miró en el espejo del baño. Se colocó las gafas delgadas y pensó que a pesar de todo no se miraba tan mal. Y es que Segovia odiaba usar trajes, más aún camisa y corbata, como lo había hecho tanto tiempo en la editorial en la que trabajó. Sobre la camisa se puso una chaqueta de cuero. Se calzó las botas, miró el programa impreso de la feria y corroboró la hora en que sería su presentación: sí, ahí estaba la fecha su nombre, la hora, a las doce del día, en uno de los salones principales.

El corazón se le volvió a acelerar.

Miró entonces al presidente. Sereno, en uno de sus primeros días como gobernante. Vaya inmundicia la mía, pensó Segovia, al comparar mis nervios con los de un jefe de Estado.

Dio un trago más al café.

Entonces recibió un mensaje de texto.

¿Cómo vas?

Era su editora.

Bien bien, ahí la llevamos. le contestó él.

¿Ya listo?

Segovia se miró de nuevo en el espejo. Ahí estaba, a sus cuarenta años, calvo, gordo y más feo que nunca, recibiendo con los brazos abiertos el éxito y reconocimiento literarios.

Listo.

Te veo en el comedor para desayunar. En quince minutos. 

Segovia preparó su bolsa, donde aún llevaba los ejemplares de Calva, su anterior trabajo, su gafete de entrada a la feria y demás papeles. Apagó la televisión con el nuevo presidente todavía en pantalla, cerró la habitación y avanzó por el alfombrado pasillo. Al verse ahí su memoria cayó en un lugar común del inconsciente colectivo al recordar aquella película en la que un escritor enloquece dentro de un hotel abandonado, lleno de fantasmas, para después intentar asesinar a su familia (¿lo lograba?, trató de recordar Segovia). Pensó después en la fortuna del escritor que escribió la novela en la que se basó dicha película: siendo aún joven, alcohólico y drogadicto, casado y con un par de hijos, logró hacer que la historia se publicara con una editorial que tuvo la suficiente suerte para volverla un bestseller, con lo cual el escritor, con el paso de los años, se volvió multimillonario.

Segovia se quedó ahí un momento.

Vaya, él ni siquiera había formado una familia.

No todavía.

Quizá nunca lo haría, pensó.

Entonces caminó hacia el elevador.

—Buenos días —le dijo a la mucama que en ese momento se disponía a entrar a la habitación conforme se abrían, frente a él, las dos puertas de hierro.

—Buen día —le respondió ella, fría, y Segovia entró al elevador vacío tras cerciorarse de que nadie más iba a subir de pronto, de repente, en el último segundo, como ocurría en tantas películas que había visto pero que, seguro, si le preguntaban por alguna para que diera un ejemplo, no habría sabido con cuál contestar.

En el comedor ya había mucha gente. Segovia echó un vistazo para ver si ya estaba por ahí su editora, pero no la vio. En su lugar vislumbró al jefe de ella, aquel homosexual refinado y agudísimo que, al ver a Segovia, le dijo:

—¡Acá, siéntate acá!

Por un momento Segovia, y se avergonzó por hacerlo, pensó en un albur, sin embargo dirigió sus pasos hacia la mesa del jefe de su editora.

—Buenos días —le dijo Segovia.

—¡Buen día! —le dijo el jefe, cálido, la sonrisa dibujada permanentemente en su rostro—. ¿Quieres café?

—Sí, gracias.

Hasta para servir el café aquel hombre era refinado y de buen gusto. Vestía, por supuesto, un impecable traje, corbata, camisa. Segovia lo observó: unas mancuernillas doradas que hacían juego con el anillo de matrimonio que llevaba en el dedo anular de su mano izquierda, la mano con la cual sirvió el café.

—¿Tú eres casado? —le preguntó el jefe.

Segovia permaneció callado un momento.

—Lo fui.

—Suele pasar —le respondió este, con la sonrisa en su rostro, cuando se quedó mirando a la distancia: ya se aproximaba la editora, quien vestía un conjunto de blusa y pantalones negros.

Segovia la observó acercarse hasta el momento en que tomó una silla en la mesa, frente a él. De un beso en la mejilla saludó a su jefe, quien le dijo:

—¿Pudiste dormir algo?

—Sí —le respondió la editora. Segovia entonces observó su rostro. Un rostro delgado, piel morena, labios gruesos de un rosa tenue, todo eso acentuado por las ojeras.

—¿Por qué te desvelaste? —le preguntó Segovia entonces a su editora, quien en ese momento reparó en que no lo había saludado apropiadamente y se levantó para darle su respectivo beso en la mejilla. En el acto Segovia percibió el aroma de su perfume.

—Ahhhmmm, estaba preparando un discurso.

Segovia miró entonces al jefe de ella, quien a su vez posó sus ojos en su subalterna.

—¿Y lo terminaste? —le preguntó él, ya sin la sonrisa que hacía apenas unos momentos tuvo.

—Sí, solo le daré una revisada final ahorita y te lo mando. Rapidísimo.

Segovia no supo de qué hablaban. No en ese momento. Lo que sí fue que la tripa empezó a rugirle bien recio.

—Muero de hambre —dijo ella.

—Yo también —la secundó Segovia.

—Adelante, chicos —dijo el jefe, quien aseguró le bastaba con un jugo de zanahoria y el café.

Segovia y su editora se levantaron de la mesa y se encaminaron hacia donde estaban servidos algunos de los alimentos, y donde una cocinera preparaba omelets como Segovia jamás había visto en su vida, con una rapidez y precisión inusitadas. Se le hizo agua la boca.

—Quiero fruta y gelatina —dijo ella, y se encaminó, plato en mano, hacia las charolas que las contenían.

Segovia, por su parte, se formó en la fila donde algunas personas esperaban los omelets. Alguien pidió uno con espinacas y a Segovia le pareció que debía saber increíble. Nunca lo había comido así (si acaso mezclaba los huevos con algo, era con salchicha o con jamón). Su editora se formó un momento después detrás de él.

—Pediré un omelet con espinaca —dijo.

—Excelente elección —dijo él, sonriendo. Ella también le sonrió. La dulzura de aquella sonrisa tenía consternado a Segovia.

—¿Qué va a querer, señor? —le preguntó la cocinera en ese momento.

Segovia tardó un par de segundos en responder.

—Un omelet con espinaca, por favor.

—Yo también —lo secundó su editora.

La cocinera preparó los platillos con presteza. Segovia la observó y pensó haber aprendido a hacerlos de ese modo en ese momento, conforme se cocinaban frente a él; se imaginó que, de ahora en adelante, sus desayunos no volverían a ser los mismos, y que en lo consecuente todo el mundo le aplaudiría su habilidad preparando huevos, cosa que nunca habían hecho con su habilidad para escribir libros.

Un momento después se sentaron a la mesa con el jefe de la editora.

—¿Y cómo te sientes, Segovia? ¿Nervioso? —preguntó en cuanto tomaron asiento.

Segovia dio un trago a su café, que para ese momento ya estaba un poco frío.

—Sí, bastante —dijo. Por un momento se había olvidado de por qué estaba ahí hasta que el jefe de su editora lo mencionó. Miró su plato: ahora aquel omelet se le antojaba una misión un tanto difícil de lograr.

—No hay por qué —continuó el jefe de su editora. Tu libro es excepcional, no en balde decidimos publicarlo en nuestra colección de Grandes Autores.

Segovia tampoco había reparado en ello, en el hecho de que se encontraba publicado precisamente en la serie que resguardaba a lo mejor de lo mejor de la literatura nacional. Pero se desacreditó de inmediato: él, de ningún modo, merecía semejante distinción.

—Debes estar muy orgulloso de tu trabajo —intervino su editora entonces, con una sonrisa distinta pero igual de hermosa que la de un momento antes en la fila del desayuno.

—¿Tú ya tienes listo un discurso? —le preguntó el jefe a Segovia.

Segovia tampoco había pensado en eso. En realidad se trataba de la primera vez en la que, en su atropellada trayectoria, se le presentaba una oportunidad de decir algo sobre su escritura. Él, particularmente, pensaba que los discursos premeditados, en ocasiones, perdían algo de frescura; fue así que pensó que lo mejor era decir lo que le dictara su corazón en ese momento.

—Solo anoté algunos puntos que me gustaría tratar, a modo casi casi de una lista del súper —dijo Segovia, pero no había hecho ninguna lista. Pensó en ese momento que en el primer descuido lo haría.

—Ya sabrás qué decir —intervino su editora, mientras masticaba un bocado. Así se le miraba más hermosa que nunca, pensó Segovia al verla.

—Tienes razón, qué más pueden decir los escritores sobre sus libros que no esté ya escrito en ellos —dijo el jefe, y bebió delicadamente de su taza de café.

Unos minutos después la editora se puso de pie.

—Bueno, debo ir a terminar y mandar el discurso. Nos vemos en hora y media en la presentación—. Y se fue hacia su habitación. Segovia la miró partir; ella no volteó la mirada como en su chaquetera mente vislumbró el escritor, y se siguió de largo.

—Sí, es guapísima —le dijo el jefe a Segovia en cuanto notó la mirada del calvo y gordo individuo sobre su subalterna.

—Bueno, yo también tengo que alistarme —le dijo Segovia al jefe, se puso de pie, y para disimular, porque él ya estaba listo, se detuvo un momento en la recepción. Ahí le pidió un bolígrafo a quien atendía, que era diferente a quien lo recibió, y anotó en una hoja, que también le pidió a esa persona, los puntos que podría tratar en la presentación de su premiada novela.

Segovia recargó un momento el bolígrafo sobre la barbilla partida, el único rasgo de belleza en su gordo rostro.

—Ummm.

Agradecimientos

Cómo surgió

Por qué el género musical

Segovia no pudo anotar nada más. Guardó el papel en su bolsa y salió del hotel.

Afuera, a diferencia del día anterior, había mucha más gente. Muchos jóvenes, con sus gafetes colgantes, dirigiéndose hacia la feria. Segovia avanzó tras ellos a pasos firmes gracias a sus botas de Bob el constructor, e ingresó al recinto.

Al entrar de nuevo se asombró por la grandeza de aquel acontecimiento que significaba la Feria del Libro Más Importante de Habla Hispana. Ahí también estaba, nuevamente, la chica que ofrecía tequila. Le sonrió a Segovia, y acto seguido se le acercó y le dijo:

—¿Gusta probar una muestra gratis de nuestro tequila… —bla, bla bla. Segovia estuvo a punto de aceptar una prueba, algo que le relajara los nervios que de pronto comenzaron a tensarse bajo sus glúteos firmes (otro de sus rasgos físicos no tan despreciables) y que le empezaron a mermar su de por sí mermada forma de andar.

—No, muchas gracias —le dijo a la señorita y continuó su camino.

Esta vez no se detuvo en el stand de su editorial, y continuó hasta el de la editorial en la que trabajaba. Se dirigió hacia la zona de las importaciones, en búsqueda de los dos libros de los dos autores que admiraba y que tenían ahí, que había visto el día anterior, y que costaban lo suficientemente caros para que nadie más los comprara.

Cuando se dirigió a la caja para pagar, se encontró a dos editores que trabajaron junto con él. Conversaban algo que detuvieron en el instante en que se percataron de su presencia.

—¡Segovia! —dijo la editora literaria.

—Ey, men, cómo te va —dijo el editor literario.

—Bien, muchas gracias —les dijo el Señor Segovia a ambos.

—Nos enteramos de que vas a presentar tu libro —dijo él.

—Ey, sí, felicidades —dijo ella.

—Es correcto —dijo Segovia—. Será en más o menos —y miró su reloj— una hora.

—¿En dónde va a ser? —preguntó ella. El editor literario se le quedó mirando a Segovia.

—En el Salón principal 3 —contestó el gordo y calvo escritor.

—Uy —dijo él.

—¿Qué? —preguntó Segovia.

—En el Salón principal 2, que es enfrente —dijo ella— estará —y dijo el nombre de un escritor premio Nobel—. La tendrás difícil.

Aquel era un autor que dicha editorial, en la que trabajó Segovia, donde trabajaban estos editores, publicaba en español. Él nunca lo había leído (y quizá jamás lo haría). Segovia no había considerado algo así (que estaría en un mismo momento presentando un libro suyo, literalmente, frente a un Nobel). En realidad ni siquiera había visto el mentado salón; no tenía idea de la distribución de los espacios y, en fin, pensó que de cualquier modo nadie iría a verlo a él.

De pronto alguien más se acercó a estos editores, quienes perdieron definitivamente el interés en Segovia, quien a su vez se despidió de ellos con una seña y un hasta luego que no vieron y no escucharon.

El Señor Segovia se extravió entonces entre las miles de personas que de repente ya estaban en torno suyo; es decir, se camufló con ellas, se volvió parte de la ola sin identidad que recorría los pasillos de la feria.

Hasta que se aproximó a las afueras del Salón principal 3. Metros antes, una enorme fila de gente aguardaba para entrar al Salón principal 2. En efecto, afuera del Salón principal 3 no había nadie.

Bueno, había un par de personas, que eran parte de la editorial más prestigiosa del país y que llevaban consigo una pancarta con el cartel que invitaba a la gente a pasar a la presentación de Por tu maldito amor; habían llevado algunos ejemplares de la novela que pondrían sobre una mesita.

Pero Segovia no había visto bien.

En cuanto giró un poco la cabeza, no mucho, acaso unos veinticinco grados, se llevó dos sorpresas.

La primera: ahí estaba su madre.

Qué chingados, se dijo Segovia a sí mismo, al ver ahí a su septuagenaria progenitora, con quien se había mensajeado la tarde anterior. Al girar un poco más la cabeza supo la razón por la cual estaba ahí: su hermana, diez años menor que él, veterinaria de profesión, también estaba ahí, sonriente, con su cabello chino, largo, con sus enormes gafas y las nacientes y prematuras canas, pues era bien corajuda. A un lado de ella estaba su pareja, una mujer que se dedicaba a la venta de equipo odontológico, varios centímetros más alta que ambos hermanos, el cabello lacio, castaño, delgadas gafas amarillas.

Pero antes de que pudiera preguntarles qué hacían ahí, al girar un poquín más la choya Segovia se percató de la segunda sorpresa: ahí estaba su mejor amiga, ama y dueña del performance permanente en México. Poeta y fotógrafa de ocasión. En todos los casos talentosa.

Vaya, eso tampoco lo vi venir, pensó Segovia.

La verdad era que lo de su mejor amiga sí lo vio venir, pues ella estuvo preguntándole, una semana antes, los detalles de la hora y el lugar en el que se llevaría a cabo la presentación.

De cualquier modo, Segovia no dejó de mostrarse impactado ante las sorpresas, y de casi un salto estuvo junto a ellas, y efusivo las saludó.

—¡Jefecita Santa!

—¡Mijito!

—¿Cómo está, cómo le fue en el viaje? Qué enorme gusto tenerla por aquí.

—Bien, mijito, para tener más de treinta años sin viajar en avión. Es un honor poder acompañarte en este día tan especial para ti.

El abrazo de estos dos seres les resultó tan conmovedor a todo el mundo que todos derramaron un par de lágrimas. Luego Segovia saludó con un beso y un abrazo a su hermana y a su pareja para, al final, saludar a su mejor amiga.

—¿De qué te disfrazaste esta vez?

Al ser la ama y dueña del performance permanente en México, la mejor amiga de Segovia solía disfrazarse en los eventos importantes de él, que habían sido muy pocos, para ella acaparar el centro de atención al que tanto estaba acostumbrada.

—Del Muñeco Diabólico, ¿no es genial?

Segovia la miró. Vaya, de verdad se parecía a aquel personaje de película de terror.

—Sí, genial…

Y entonces también se abrazaron. La gente vio raro a estos dos, pues eso eran, dos raros abrazándose.

—Estoy muy orgullosa de ti —dijo la mejor amiga de Segovia, y se le salió otra lágrima.

—Ey, Segovia —se acercó en ese momento una mujer, con una enorme sonrisa. Chaparrita y gordita, le extendió su mano derecha al escritor— hasta que por fin te conozco.

Segovia se quedó con cara de no sé quién es usted.

—Fui parte del jurado que seleccionó tu novela.

Segovia abrió los ojos, sorprendido.

—Es un enorme gusto conocerla, muchas gracias.

—El gusto es mío, hiciste un trabajo espectacular.

Luego entonces Segovia vislumbró al presidente del jurado, pequeño renacuajín, junto al director de la editorial, la más prestigiosa del país. Ambos vestían, a diferencia de él, impecables trajes. Y a lo lejos, con su indumentaria toda negra, su editora, quien tan pronto se acercó a Segovia, le presentó al director de la editorial.

—Él es el autor de Por tu maldito amor, novela ganadora de nuestro Premio de novela antijuvenil.

—Un gusto —dijo el director.

—El gusto es mío —dijo ahora Segovia.

Al ver a la madre del escritor a espaldas de él, el director le preguntó:

—¿Y quién es esa adorable señora?

—Es mi madre —le dijo Segovia, y le llamó— ¡Mamá! —para luego presentársela al director y a su editora. También al presidente del jurado.

—Debe sentirse muy orgullosa de su hijo —le dijo a la madre de Segovia el director de la editorial más prestigiosa del país.

—Lo estoy, señor, muchas gracias —dijo la señora. La editora de Segovia la miraba y no paraba de sonreír.

Así esperaron unos minutos más hasta que fue la hora acordada y el presidente del jurado dijo:

—Si gustan, podemos pasar.

Sin embargo en torno a Segovia, además de las personas ya descritas, no había nadie más. En cambio, en el salón de enfrente, donde se presentaría el premio Nobel, ya estaba a reventar.

—Deberíamos decirles a esas personas que acá será esa presentación del Nobel —bromeó Segovia con su mejor amiga.

—Se divertirían mucho más —le dijo ella.

Entonces alguien le tocó la espalda a Segovia.

Se trataba del Doktor, un antiguo compañero suyo del taller que impartía su maestro roncanrolero, quien, por cierto, también se presentaría en la feria.

—¡Doktor, qué gusto! Muchas gracias por venir.

—El gusto es mío —dijo ahora el Doktor—. Veré si puedo ver también a nuestro maestro, aunque creo que no alcanzaré: mi viaje de regreso a la ciudad saldrá un poco antes.

—Ojalá que tenga oportunidad.

El Doktor era un profesor de literatura retirado, y al igual que el resto de sus compañeros del taller, empujó a Segovia a que enviara su material al concurso de novela antijuvenil.

—Entremos ya —le pidió su editora a Segovia.

El Salón principal número 3 era enorme. Cabían alrededor de doscientas personas. Seguro más, pensó Segovia, si algunas entran de pie. Él sabía, por supuesto, que de ningún modo se llenaría. A lo lejos logró vislumbrar la enorme mesa en la que estaban consignados los nombres de los ponentes: de la jurado del premio, del presidente del jurado, del director de la editorial, y del ganador previo del mismo premio, quien llegó en ese preciso instante.

—Mucho gusto, Segovia —le dijo el ganador anterior, quien vestía impecablemente un traje— Me encantó tu novela, ya la comentaremos ahorita.

Avanzaron hacia la mesa. La mejor amiga de Segovia llevaba consigo una pequeña cámara fotográfica digital con la que, le dijo, haría las tomas más espectaculares de la presentación. Segovia confiaba plenamente en que así sería.

Se sentó en el lugar que le correspondía. En medio, entre los otros cuatro presentadores. Desde ahí se hizo más y más grande el salón. Y más vacío de lo que en realidad estaba. El corazón comenzó a acelerársele.

Qué 

rayos

estoy 

haciendo

aquí

pensó Segovia y trató de respirar profundamente por la nariz, expulsando el aire por la boca.

Poco a poco empezaron a llegar algunas personas más. Entre ellas el diseñador JJ, a quien Segovia había visto el día anterior. Algunos extraños, gente que seguro deambulaba en la feria y cayó ahí por azar.

En eso pensaba Segovia cuando, de repente, vio que por la puerta principal del salón entraba su exesposa, y tomaba un lugar allá atrás.

La ambigüedad es una inmundicia

Hola.

Vengo de escribir el primer borrador de un guion cinematográfico sin saber adónde ir.

Vengo fresco, desangrándome, con la imperiosa necesidad de escribir otra cosa…

Esto.

Y quisiera jurar por mi vida que no me vuelve a ocurrir.

Eso de escribir el borrador de un guion sin saber adónde ir.

Y quisiera decir (escribir) por qué espero que no me pase otra vez.

Así que ahí voy:

En primer lugar, eso de “Vengo de escribir el primer borrador de un guion sin saber adónde ir” tiene que ver con el libro de Nicolás (siempre quiero ponerle Santiago, como su personaje, de apellido Salvatierra) Giacobone, El cuaderno tachado (publicado recientemente bajo el renovado sello Reservoir Books).

O quizá no tenga nada que ver, usted dirá. (Ya, ya estamos en el tema de la ambigüedad.)

Hace casi un par de años me metí a una escuela de cine para aprender a escribir guiones. La idea de hacerlo nació un día que alguien, en un taller literario, dijo sobre un relato que llevé: “Es muy visual, muy cinematográfico”. Y cuajó cuando tuve una crisis personal que me obligó a abrazarme con toda mi fuerza de la escritura. (Pero esa es otra historia, que además siempre cuento.)

Una de las tantas tareas escriturales que nos dejaron, y la que me pareció la más importante (me lo sigue pareciendo), era la de esbozar (primero en una línea, luego en una sinopsis, y casi al final en un argumento) aquella historia que al término del curso habríamos (habremos) de presentar como guion.

Aquella historia que nos importara contar.

Que saliera de lo más profundo de nuestras entrañas.

Entonces esbocé una de la que no podré contar la trama porque ni yo mismo la sé (mientras escribo esto la sigo masticando). Lo único es que incluía sangre, violencia, alcohol y oscuridad, elementos que forman parte de un millón de historias más y mejores.

Que son el ornamento, no la trama per se.

Ah, y que se sitúa en el peligroso barrio de Hecatepec (nombre de un lugar que “inventé” en la novela juvenil que también acabo de escribir, y que solo es referencia al Ecatepec de verdad, que es verdaderamente peligroso). Un sitio que puede ser un personaje, un elemento trascendental, la mismísima arena dramática, pero que en mi esbozo de guion apenas se vislumbra como tal.

Y ya que mencioné a la novela juvenil que acabo de escribir (que desde luego empecé sin saber adónde ir), quisiera aprovechar para darle las gracias. A la literatura. Por haber sido tan benevolente conmigo. Por apapacharme. Por permitir asirme de ella…

Aunque no estuvo bien. En la escritura los apapachos y las comodidades nunca están bien.

Lo reiteré ayer, cuando mis colegas guionistas, tras la lectura de ese primer borrador al que me aventé sin saber adónde ir, me dijeron:

Tu estilo literario te está metiendo las dos piernas.

Te está estorbando.

Y esa mierda no sirve para nada. (Eso lo dije yo.)

Sobra mencionar (en la escritura siempre sobran palabras, miren nomás) que estoy de acuerdo con ellos: el “estilo literario” me está estorbando ahora mismo: esto no es una reseña… ¿o sí? Mucho menos un cuento… sabrá el Señor qué es.

Eso mismo (algo parecido) le ocurre al protagonista de El cuaderno tachado. Pablo, aspirante a novelista (y empedernido cuentista) se da cuenta de que su estilo literario jamás alcanzará las cotas de grandeza que busca (y que encuentra, por ejemplo, en Joyce), por lo que decide entrarle al guion de cine, donde el estilo, al parecer, es lo de menos.

Pero Pablo se topa con pared.

No porque el estilo literario sirva o sea lo más importante, sino porque el guion le exige una sólida estructura dramática, de trama y de personajes. De conflicto (qué quiere un personaje y qué se lo obstaculiza, tan simple como suena, tan emperradamente difícil como es).

Al diablo con la ambigüedad.

Lo que importa aquí es ser muy claro.

Concreto.

Esto de la ambigüedad, debo decir, pues es importante, surgió al salir de la lectura de mi esbozo de primer borrador que escribí sin saber adónde ir mientras conversaba con una colega.

-No puedes poner: “Una mirada de alguien que parece que no existe”. Chingá, ¿eso cómo se ve en la pantalla? -me dijo.

No supe qué decirle.

Por lo que concluimos que en el cine la ambigüedad es una inmundicia.

Y en la vida.

Aunque quizá no lo sea tanto en la literatura (ni en la vida: no siempre se puede tener claridad).

En la introducción de Las enseñanzas de don Juan, Octavio Paz (vaya, jamás pensé que citaría al señor Paz, pero hay una explicación, gracias a una bella casualidad) enaltece la ambigüedad como una de las grandes cualidades de la literatura:

Una obra que dura -lo que llamamos un clásico- es una obra que no cesa de producir nuevos significados. Las grandes obras se reproducen a sí mismas en sus distintos lectores y así cambian continuamente. De la capacidad de autoproducción se sigue la pluralidad de significados y de ésta la multiplicidad de lecturas. Sólo hay una manera de leer las últimas noticias del diario pero hay muchas de leer a Cervantes. El periódico es hijo de la publicidad y ella lo devora: es un lenguaje que se usa y que, al usarse, se gasta hasta que termina en el cesto de la basura; el Quijote es un lenguaje que al usarse se reproduce y se vuelve otro. Es una transparencia ambigua: el sentido deja ver otros posibles sentidos. 

(Seguro que todo esto se presta a una discusión mucho más seria y a fondo de lo que este texto pretende -y ojalá, si alguien lee esto, y discrepa, comente-. Que no es gran cosa salvo dar las gracias a la literatura, como dije, pues ha sido benevolente conmigo y ha tolerado mi ambigüedad, que de ningún modo es magistral ni perdurará.)

En el mundo literario de la ambigüedad se permiten las hermosas coincidencias (que metí como chispas de chocolate en mi guion; lo casual en vez de lo causal en el cine es mortífero). En la vida se permiten y son la cosa más maravillosa, un acontecimiento único, mágico, divino, espectacular. Cuando alguien te cuenta una casualidad, uno dice: “Ah, no manches, ¿te cae?”.

Menciono esto porque tras despedirme de aquella colega de la escuela de cine fui corriendo a llorarle al hombro a otra colega, de otra rama, por mi desastroso desempeño, sobre mi falsa etiqueta de escribidor, sobre que solo era un farsante que teclea, y entre otras cosas hablamos sobre esto, sobre las casualidades en la vida real y en el cine, y casualmente al terminar nuestro encuentro me prestó ese libro que yo un día le presté y que es un libro mágico. (Aunque ya lo que diga yo sobre Las enseñanzas de don Juan no vale nada cuando existe esa introducción de Octavio Paz en paz descanse.) Una transgresión de dos mundos: el de la literatura y el de la antropología; escritura llevada al límite, trabajada al máximo para romper cualquier precepto o regla que le diga que no.

Pero yo no estoy en ese nivel.

Ni Pablo.

En guionismo Pablo admira a Peter Shaffer, dramaturgo y guionista de Amadeus (de la que habla con mucha devoción, como una de las grandes obras guionísiticas que ha visto) y de Equus, ésta mencionada por mí, dirigida por uno de mis favoritos: Sidney Lumet.

Y en alguna de las páginas de esta ¿novela? (ahorita vamos pallá), en una de las reflexiones que más me cautivó de las varias que hace, Pablo escribe, respecto de escribir guiones:

Escribir hacia delante sin saber adónde vamos es más efectivo que ir al psicólogo.

Pero no se puede escribir guiones yendo hacia adelante sin saber adónde vamos.

No se puede escribir el borrador final de un guion yendo hacia delante sin saber adónde vamos.

Se puede escribir el primer borrador de un guión yendo hacia delante sin saber adónde vamos, pero lo más probable es que no quede nada de ese primer borrador, o casi nada.

Si uno está dispuesto a juzgar con frialdad ese monstruo, y a reescribirlo, y a tirar todo lo que haya que tirar, aunque sean escenas que en sí mismas funcionen, entonces sí se puede escribir un primer borrador yendo hacia delante sin saber adónde vamos.

Si uno llega al final de un borrador con la sensación de que escribirlo fue fácil, de que no hay grandes secretos en la escritura de guiones, ese borrador no sirve para nada.

Hay que sufrir.

Hay que darse cabezasos contra la pared.

Hay que sentir que todo está muy mal.

Hay que mirarse al espejo y darse cuenta de que nuestra cara es idiota; porque todos tenemos una cara idiota; y peor, todos somos idiotas.

Hay que reírse como desquiciado al menos una vez por semana.

Hay que llorar.

Hay que leer lo que escribimos y llorar, no porque las escenas sean tristes sino porque dan pena.

Hay que pasarse horas y horas imaginando otras profesiones posibles.

Hay que pasarse horas y horas pensando excusas válidas, aunque sean falsas, que justifiquen el fracaso.

Hay que pensar en el suicidio.

Hay que pensar seriamente en el suicidio.

Hay que reírse a carcajadas de nuestros pensamientos de suicidio.

Hay que teclear a la fuerza, cuando no tenemos ganas de teclear.

Hay que leer lo que escribimos mil veces, dos mil veces, y cuando sentimos que lo que estamos leyendo es bueno hay que martillarnos un dedo.

Hay que aceptar que somos escritores de mierda intentando escribir algo fantástico, algo que es mucho mejor que nosotros.

Hay que entender que el noventa y nueve punto nueve por ciento de lo que somos es mierda.

Hay que buscar ese cero punto uno por ciento de nosotros que vale la pena.

Eso sí, todo esto que acabo de enumerar (aunque en realidad no lo enumeré) podemos hacerlo en casa, en pijama, a la hora que queramos.

Yo, como un mantra ya me repito:

Hay que aceptar que somos escritores de mierda intentando escribir algo fantástico, algo que es mucho mejor que nosotros.

Y en algún punto Pablo critica entonces esa ambigüedad de la escritura literaria cuando critica a Borges (¡bravo, un valiente!), por lo artificioso de su escritura, el juego de las palabras por las palabras que, cuando leyó toda su obra con devoción, tanto lo fascinaron, pero que en el cine, en el guionismo, no le sirvieron para nada. Supongo que más que despreciar al autor, lo que hizo Pablo fue saberse incapaz de llevar esa ambigüedad, el artificio, el juego literario, la potencia absoluta del lenguaje escrito, a esos territorios de lo hermoso y lo verdaderamente inalcanzable (?) de su autor favorito, terrenos que a la escritura cinematográfica le son ajenos en tanto que lo único (bueno, una de las cosas más importantes) que busca es la concreción, lo tangible, lo visual.

Dios, no, juro que lo que menos quiero hacer aquí es teorizar y ponerme literario…

Yo vengo de escribir el primer borrador de un guion cinematográfico sin saber adónde ir. Sin saber cómo hacerlo.

Vengo aún desangrándome.

Porque estoy de acuerdo con Pablo en todos sus puntos, casi palabra por palabra. (Malditas sean las palabras, pienso a veces…)

Porque lloré, reí, reescribí, lloré, me supe imbécil, pensé en trabajar en cualquier otra cosa, lloré, pensé en el suicidio, no una ni dos sino tres veces, me reí, me ardió un chingo el culo (sigue ardiéndome), lloré, no dormí, dormí y me supe una absoluta mierda superada por aquello que pretendía escribir que no sabía qué era ni por qué, y por último lloré y vi de cerca a la muerte.

O eso pensé.

Fui un punto cualquiera en la historia de cualquier documento de word.

Un mortal que pretendió rozarle los huevos a los dioses de la escritura y que por supuesto solo recibió su debido castigo.

Así que me vi a mí mismo desde fuera, como si me hubiera convertido en mi propio escritor:

He ahí al supuesto escritor, el día cinco frente a su computadora. Está tratando de escribir algo. Véanlo, lleva cinco días ahí, doce horas cada uno, y no le sale más que inmundicia. De pronto llora y de su llanto solo escurre mierda. Así que sale a pasear con sus tres perros, la única compañía que lo soporta, y camina y sale y ve por primera vez la luz de un atardecer desde que se encerró en su buhardilla, y ese atardecer le parece lo más hermoso que ha visto en su vida, y de repente siente una quietud, una calma que añoraba, a pesar de que la historia que está pretendiendo escribir no lo ha abandonado un segundo y no es calmada sino violenta, y en su mente se generan más posibilidades para ella, todas ellas infructuosas. Es que esa quietud le hace pensar que ese momento sería un buen momento para morir: el mejor para un individuo como él que es repugnante frente a toda esa belleza eterna-purpúrea-tornasol que está en el cielo y que por un momento también le recuerda a su abuelita muerta y a aquellos días en que el sol se ponía así cuando vivía con ella. Cuando vuelve a las tinieblas de su hogar se siente otro, un extraño en aquel sitio, y sin ganas de trabajar se mete entre las cobijas de su fría cama. Ahí se revuelca un buen rato, con aquel dolor de cabeza que lo ha estado perturbando tanto a últimas, y con más ideas para una historia que es incapaz de escribir. Y entonces, aterrado porque la vida es una gran patada en las bolas, luego de unos diez años sin hacerlo, de su sucia boca emergen las siguientes palabras: Padre nuestro que estás en el cielo…, y al terminar de orar siente de nuevo una calma, ésta un poco distinta; su mirada se enclava en algún punto que quizá no había visto antes; se calma tanto que se preocupa y se toca el corazón, joder, estaré vivo o muerto, piensa, un paro cardiaco fulminante, por qué no, hasta lo agradecería, Dios, en serio, pero de pronto el terror se apodera de él y se levanta, tocándose el corazón, el cual va a mil por hora, recordándole que no es ningún afortunado… y que tiene que escribir.

Y podría seguirle.

Pero supongo que hay que saber elegir las batallas.

Creo que fue Guillermo Arriaga quien habló de eso cuando le preguntaron sobre cuándo elegía una historia para cine y cuándo para la literatura. Sobre su última novela, El Salvaje, por ejemplo, ha dicho que nunca estuvo pensada para cine, sino siempre para la literatura. Porque desde luego que son medios y formas distintas de contar una historia. Pero al tratarse de creaciones escriturales, por supuesto que en un momento se hermanan: Arriaga también ha declarado que él no sabe en qué van a acabar sus guiones.

Deja que los personajes y la trama lo sorprendan, como en la literatura.

Como me pasó a mí.

Como le pasa a Pablo (ups, spoiler) en esta novela que no es una novela, y que ya no dije por qué no lo es:

Simplemente creo que es una reflexión sobre guionismo y cine disfrazada de novela. Varias veces me pregunté si cualquier otra persona que no estuviera interesada en esos temas se interesaría por ella, si la estructura le permitiría continuar como se continúa con una novela que juega en las reglas de la novela, si es que esas reglas existen.

Y otras veces pensé que dicha persona leería El cuaderno tachado sin problemas.


Texto publicado originalmente en Langosta Literaria.

Conocí a Vicente Leñero (una vez)

Para Gonzalo Trinidad Valtierra

 

I.

El escritor les dice:

–Lo conocí, una vez, cuando conocí a Julio Scherer, a quien le dediqué mi primer libro, que era un libro de poesía –y da un largo trago a su copa de vino, hasta vaciarla–. Scherer conocía el prodigioso trabajo de mi padre en el violín. Le gustaba Brahms. Yo era muy joven entonces, como ustedes.

Sentados alrededor de él, los alumnos del escritor, todos con una copa de vino en las manos, escuchan atentos el relato. Hace poco que Vicente Leñero ha muerto y le han preguntado a su maestro si lo conoció en persona; le han preguntado qué opinión tiene sobre su trabajo como escritor. Como escritor jalisciense, además.

–Era bueno. Tiene un cuento chidísimo que se llama… –se lo piensa un momento, tocándose la barbilla; esa barba canosa, como su cabello–…la Cordillera. Sí, la Cordillera.

–Muy bueno –interviene uno de sus alumnos.

–¿Verdad que sí? Viene en uno de sus libros de cuentos, en uno que se llama…

Gente así –dice el alumno.

–Exacto, Gente así. El cuento versa sobre una novela que Juan Rulfo nunca terminó; en la trama un chavo escritor muy talentoso le hace creer a un investigador, especialista rulfiano, que el texto que escribió durante meses en realidad pertenece al autor de Pedro Páramo; con eso busca cobrar una fortuna por aquel tesoro –dice el escritor. Otro de sus alumnos le sirve entonces otra copa de tinto.

–¿Leñero bebía, maestro? –le pregunta ese otro alumno mientras le sirve, aprovechando el silencio de los demás. Es uno de los más prometedores talleristas. Alto, de barba y gafas. Boina de guerrillero africano. Fuerte, como su novela sobre marineros acapulqueños.

–Ese día bebió poco y se fue temprano. Apenas crucé palabra con él –dice el escritor mirando a su alumno a los ojos.

–¿Y volvió a verlo?

–Nunca.

Una mujer toca el piano a un lado de ellos. Es una mujer joven, rubia, bellísima. El cabello ensortijado a lo Marilyn Monroe. Los labios rojos y el vestido casi blanco. Las piernas gruesas, también blancas, y los tacones puntiagudos. La mujer toca con impecable agilidad un concierto de Rachmaninoff.

–Pero cada libro que publiqué lo lancé al patio de su casa –continúa el escritor–. Me acuerdo que investigué su dirección y yo iba y me asomaba ahí de vez en cuando. Jamás me atreví a tocar el timbre para darle los ejemplares personalmente. Me parecía obsceno. Así que pasó una de dos: o veía mis libros, los hojeaba, o de inmediato los tiraba al bote de la basura. Me inclino por lo segundo, porque hice eso unas veinte veces, que es más o menos el número de libros que tengo.

Eso dice el escritor y levanta su copa. Sus alumnos lo secundan.

–¡A salud del maestro Leñero!

 

II.

Vicente Leñero tipea en su máquina de escribir. Una Smith-Corona desvencijada que utiliza solo por nostalgia: al fin y al cabo, en cuanto termine, ha de pasar en limpio todo ese material a su computadora. Fuma un Pall Mall largo, blanco, y junto a su encendedor tiene un cenicero sobre el que apenas posa una colilla. La primera del día.

–Vicente –le dice en un susurro su mujer, a sus espaldas.

–¿Qué pasó, Estela?, te dije que me hablaras hasta el mediodía. Estoy con este pinche cuento que nomás no queda…

–Llegó otro libro…

–¿De qué me hablas? –le dice Vicente sin voltear, conforme fuma ese segundo cigarrillo.

–Llegó otro libro al patio…

Vicente detiene el tecleo. Voltea y mira a su esposa. Se levanta de su lugar.

Afuera de su casa, en el patio, siendo ésta una mañana reluciente y fresca, Vicente y Estela miran el ejemplar en el suelo. Va envuelto, como las otras veces, en un sobre amarillo que se cierra con un pequeño cordel rojo. Vicente lo toma del suelo e inspecciona los datos del remitente.

–Sí, es Ruvalcaba otra vez –le dice a Estela conforme abre el paquete. Dentro se aparece un ejemplar del libro Banquete de gusanos, que en la cuarta de forros dice: Luis Enrique Escamilla se ha convertido en un escritor de pasquines novelísticos de éxito rotundo. Gracias a su talento e intuición, ha descubierto el mejor modo de poner la literatura al servicio de más oprobiosos intereses mercantiles...

Afuera, por la rendija de la puerta que da a la calle, Eusebio Ruvalcaba observa a Vicente Leñero. Ve cómo devuelve el ejemplar de su último libro al sobre y cómo lo lleva consigo, bajo una de sus axilas, mientras entra con su esposa Estela de nuevo a la casa.

Entonces Eusebio se va.

A unas cuantas cuadras de ahi, ingresa en la primera cantina que se encuentra. Ésta, sin nombre visible en la entrada, le resulta un lugar agradable. Toma la mesa más alejada, lo más alejada de una rocola que toca a todo volumen una canción de los Bee Gees, More than a woman; lo más alejada de una pantalla de televisión que cuelga de una pared y que transmite un resumen noticioso/deportivo.

Un mesero pronto se aproxima a él y con un trapo rojo limpia la mesa.

–Qué le sirvo, señor.

–Un JB con agua mineral, por favor.

El mesero asiente y de inmediato se encamina hacia la barra. Entonces, de una pequeña maleta que lleva consigo, Ruvalcaba extrae un libro. Es Pedro Páramo. Abre el ejemplar en la página donde dejó el boleto del trolebús que lo condujo a casa de Leñero, y continúa la lectura un momento. Será la quinta vez que lee la que él, como muchos otros, considera la más grande obra de la literatura mexicana. Por lo menos una de las más grandes. Lee un poco más hasta que el mesero se aproxima con su bebida y en silencio la coloca sobre la mesa.

–Gracias, joven –dice Eusebio, y el mesero, vestido de blanco y negro, se aleja como llegó: sin decir palabra.

Ruvalcaba bebe al momento un gran sorbo del JB y continúa con su lectura. En su mente las palabras del maestro Rulfo (como le dice él, pues fue su alumno alguna vez) suenan con esa voz calmada que se estira al máximo a través del labio inferior del también autor de El llano en llamas.

Así transcurre un rato, entre tragos de whisky y canciones que otros clientes programan en la rocola. Hasta que, de pronto, en contraluz, se apersona en la puerta de aquella cantina maltrecha Vicente Leñero, acompañado de otro hombre, chaparro, pronunciada barba, con sombrero. Ruvalcaba los mira aproximarse, ocultando un poco su mirada detrás de las páginas de Pedro Páramo. Se sientan a unas cuantas mesas de distancia de donde él está.

El acompañante de Leñero pide un tequila al mismo mesero, y don Vicente pide un agua mineral. Ambos miran la pantalla del televisor un instante y luego se miran entre ellos para platicar. Ruvalcaba no alcanza a escuchar lo que conversan.

Hasta que…

–¿Ubicas a este autor? –le pregunta Vicente a su interlocutor. Pone el sobre amarillo que cierra con hilo rojo en la mesa. Extrae el ejemplar. El hombre toma el libro y se le queda mirando.

–Mmm, sí. Cómo no.

–No vas a creerlo, pero lleva unos quince libros que me avienta al patio de mi casa. No sé qué quiere.

–Que lo leas, me imagino. O que lo recomiendes.

–¿A tí qué te parece? ¿Lo has leído?

Ruvalcaba observa a esa breve distancia que lo separa de ambos hombres. El libro que el chaparro barbón de sombrero sostiene entre sus manos es, sí, el ejemplar de Banquete de gusanos que Eusebio lanzó hace un rato al patio de Leñero. Por lo que de un trago culmina lo que resta de su whisky, hace una seña al mesero para que le dé la cuenta y, cuando el barbón le relata su opinión a Leñero, una canción suena tan fuerte en la rocola que Ruvalcaba no puede escuchar nada de lo que se están diciendo.

Y sonríe.

Tras pagar la cuenta, Eusebio sale del lugar. Pasa a un lado de Leñero, pero éste no se da cuenta de su presencia. Ni su acompañante.

 

III.

–Era bueno. Tiene un cuento chidísimo que se llama… –Eusebio se lo piensa un momento, tocándose la barbilla; esa barba canosa, como su cabello–…la Cordillera. Sí, la Cordillera.

–Muy bueno –interviene uno de sus alumnos.

–¿Verdad que sí? Viene en uno de sus libros de cuentos, en uno que se llama…

Gente así –dice el alumno.

Ese alumno soy yo.

Poco después le regalé ese volumen a un colega de aquel taller que aquel día se aventó un tremendo espectáculo alcohólico/boxístico. Qué iba a imaginarme que luego yo leería, también, Más gente así, y que a ese par de libros de relatos, crónicas entremezcladas con cuentos, un goce narrativo completo, los pondría en la cabecera de mi cama, junto a mis otros libros favoritos.

Hoy se les une el tercero, que se publicó póstumo, hace casi un par de años, llamado (por qué no) Mucho más gente así. Un libro que hoy vengo a recomendar a partir de este relato, de esta crónica. De este recuerdo que me temo adulterado.

Y de una invención.

Como hizo Leñero, a quien nunca conocí, con esos tres libros que tanto quiero.


Texto publicado originalmente en Langosta Literaria.

Epidemia

Aprendí a estar solo
en el resabio más rotundo de mi alma
y de mi habitación;
fue el momento en que pude seguir
con la mirada perdida
uno a uno
los pasos que daba el sol hasta alcanzar
el final del día;
cuando la luna, en todo su (monstruoso) esplendor
se posó frente a mis ojos
y el silencio y la oscuridad en turno
se volvieron únicos
además de la voz
que desde algún sitio, agonizante
se perdía.

Aprendí a estar solo
a merced de mi propia soledad
y entre la compañía
de mis perros,
mis libros,
mis discos
y el alcohol;
organizando borracheras (interminables) para mi mismo,
fiestas solitarias bailando con mi sombra,
quien siniestra se extendiera por la pared en su misteriosa danza;
pasos erráticos que nunca logré poseer
del todo,
aunque luego sumergiera la cabeza en una almohada
(sucia)
para gritar
entre lágrimas
el llanto amargo que alguna vez terminó en sonora risa
y que lancé frente a las ventanas
_________(abiertas)
de esa misma habitación.

Aprendí a estar solo
lejos de todos, y de mí,
de mis amigos, mi familia y mis amores,
cerca de mis enemigos, muy cerca
esperando que algún día llegara el virus
que acabara con todo(s) ello(s)
de una buena vez
y por fin.