La triste osadía del Señor Segovia (V)

Segovia aguarda entre las tinieblas, vestido con gabardina y sombrero, al estilo de algún personaje de Los intocables (la escena por lo tanto es en blanco y negro). Conforme el auto se aproxima por una esquina, entre una tormenta que, por el pavimento empapado, se intuye que lleva ya mucho tiempo, las luces de los faros cortan la oscuridad hasta que se estaciona a unos metros de donde Segovia está. Es un automóvil de modelo reciente, que contrasta con la tonalidad de la escena y con las ropas del escritor, quien sale de las sombras despacio y así se aproxima hacia el vehículo, los brazos cruzados. Cuando llega hasta él se para del lado del piloto. Desde ahí mira a su exesposa quien, sentada en el asiento del copiloto, no se percata de la presencia de quien fuera su marido hasta que lo mira un momento, sorprendida primero y aterrorizada después, cuando nota que Segovia (no sabemos si lo ha reconocido, pero es casi un hecho) saca de aquellos brazos que descruza una pistola de un cañón muy largo para con ella apuntarle al personaje que va en el asiento del piloto. Este, una cosa sin rostro, pues en vez de cara tiene un ruido, parecido al de una televisión sin señal, también voltea a ver al hombre que le apunta. 

Segovia despertó de su ensoñación cuando renacuajín presidente del jurado empezó a hablar. Entonces notó que en la parte de atrás del salón ya no estaba su exesposa. La buscó entre el resto de las butacas, junto a su madre, su hermana y su pareja, junto al diseñador JJ, pero no la encontró por ninguna parte. Trató de despabilarse sacudiendo la cabeza, y escuchó sin mucha atención las palabras que el presidente del jurado pronunció para irse de ahí de inmediato, excusándose porque tenía otro compromiso que, supo Segovia después, era el evento de enfrente, con el premio Nobel, al que se encargó de secundar porque el presidente del jurado era también un importante escritor. 

Luego habló la mujer que saludó a Segovia poco antes de entrar al salón, leyendo un texto que conmovió, una disculpa por el lugar común, hasta la médula al gordo y calvo escritor. Porque decía que Por tu maldito amor se trataba de una historia hermosa, digna de lectura para cualquier joven, aunque se tratara de una novela antijuvenil. Una novela de todas todas.

Luego leyó el ganador anterior del concurso, que también llenó de loas al ganador reciente, y aunque por un momento hubo polémica entre ambos, entre él y la mujer que fue miembro del jurado y que saludó a Segovia en la entrada del salón, ambos estuvieron de acuerdo en la grandeza y pureza de la obra que, otra disculpa por este otro común lugar, los convocaba esta ocasión. 

Luego fue el turno del director de la editorial más prestigiosa del país, quien comenzó a leer un par de hojas impresas llenas de tachaduras. Segovia vio las anotaciones, hechas a mano con bolígrafo negro, sobre una serie de palabras igualmente halagadoras, pero falsas, porque, se dio cuenta de inmediato, no eran suyas. Segovia volteó a ver a su editora desde ahí; ella sí estaba muy cerca de su madre y de su hermana, con sus hermosas ojeras negras, del color de su vestido, mirando un poco preocupada, quizá, al director de la editorial por aquello que estaba leyendo, pero quien, hay que decirlo, tenía mucha destreza para leer en voz alta sin que pareciera que lo hacía, haciendo parecer que lo que decía nacía en ese momento de su enorme y locuaz intuición. 

—La madre de Segovia está aquí presente —dijo el director de la editorial en algún momento de su discurso—. Señora, ¿dónde está? —La madre de Segovia se puso de pie entonces, y el público aplaudió al instante como si aquella dulce viejecita se tratase de un político. 

Segovia aprovechó para buscar de nuevo a su exesposa entre el público, que ocupó una tercera parte de la capacidad del lugar, pero corroboró que no estaba. Fue en ese momento que el director de la editorial dijo, tras terminar por completo las palabras que la editora de Segovia había terminado de escribir esa misma mañana, y luego de una nueva secuencia de aplausos:

—Bueno, ahora toca el turno del propio autor para que hable de su obra. 

Entonces un dolor, como un calambre, comenzó a recorrer el cuello de Segovia. Lo sintió desde la altura de sus hombros hasta la parte posterior del semicalvo cráneo. El también panzón escritor miró la hojita que llevaba, la pequeña lista en la que había anotado los temas de los cuales podría hablar:

Agradecimientos

Cómo surgió

Por qué el género musical

—Mierda —alcanzó a decir por el dolor que le impidió levantar el cuello, pero nadie lo escuchó. 

La gente frente a él esperaba a que dijera algo, pero por la boca de Segovia ahora solo emergió un quejido. 

Luego se desplomó sobre el podio, o como se llame la enorme mesa que compartían él y el resto de los ponentes. 

Y luego todo se fue a negros.

Despertó (él no lo sabía) unos minutos después, afuera de una ambulancia, que a su vez estaba junto a una especie de enorme restaurante al aire libre, ubicado en alguna de las salidas de la feria. Conforme abrió los ojos, poco a poco, Segovia vio que frente a él estaban su mejor amiga, aún vestida de Muñeco Diabólico, su madre, su hermana y su pareja, y su editora. Además de un médico (lo intuyó por la bata blanca), encargado de brindar los primeros auxilios. 

Segovia puso una cara de no saber dónde estaba. Entonces el médico le dijo: 

—Tuvo un ataque de pánico, señor. Pero ya está fuera de peligro. 

Segovia se incorporó poco a poco. Su amiga Muñeco Diabólico pasó una de sus manos por su calva cabeza.

—¿Recuerdas que hace diez años te salió una bola de grasa por lo que odiabas que te tocaran la calva aunque en el fondo adorabas que una mujer tuviera ese gesto contigo, el de acariciarte así?

—Claro, claro que me acuerdo —le dijo Segovia, como si todavía no comprendiese que estaba de vuelta en la realidad. Entonces miró a su editora, quien le pareció, así como estaba a contraluz, descalabrantemente hermosa, y quien le dijo:

—Lamentablemente, y por obvias razones, se canceló la presentación… ¡pero no te preocupes!, ya organizaremos algo muy pronto en la ciudad. 

Segovia asintió con un ligero movimiento de cabeza. 

—Mijito, ¿no quieres comer algo? —le preguntó su mamá— Seguro te me mueres de hambre—. Segovia miró en torno: había varias familias que compartían, felices, los alimentos. 

—Coman juntos, por favor —dijo entonces la editora—. Yo los dejo, tengo que asistir a otra presentación. Por favor, cualquier cosa, estaré al pendiente —dijo mirando a los ojos, con esos ojos ojerosos suyos, a Segovia. Este pensó que algo más iba a decirle pero no, tan pronto pronunció eso, se fue. 

De pronto ya estaban sentados en una de las mesas, luego de haberse servido tras formarse en una fila, como de escuela o de reclusorio a la hora del almuerzo, los alimentos; Segovia apenas y probó bocado mientras su hermana y pareja, su madre y su mejor amiga, comían contentas. 

—A pesar de tu rotundo fracaso —dijo Muñeco Diabólico—, la transmisión que hice en vivo de la presentación fue todo un éxito, especialmente cuando te fuiste de jeta contra la mesa y todos gritaron ¡uhhh! —y le dio play al video, que ya tenía varias miles de reproducciones. No había transcurrido ni una hora de haberse publicado. 

Los comentarios que alcanzó a ver Segovia decían cosas como: ¡Qué chingadazo!, Pobre cabrón, ¿A poco ese wey es escritor?

Y mejor se volteó hacia su plato. Definitivamente no tenía hambre.

—¿No es genial? —le dijo Muñeco Diabólico, con su diabólica sonrisa.

Para no responder, Segovia mejor deglutió un enorme bocado.

—Gracias por acompañarme, a todas —dijo un momento después, con algo de comida todavía en la boca. Miró aquella posible fotografía, en que las mujeres más importantes de su vida (quizá con excepción de la pareja de su hermana) lo veían todas juntas con una auténtica sonrisa. Con auténtico gusto. 

Al terminar de comer volvieron a entrar al hangar donde se desarrollaba la feria. Su hermana le dijo:

—Daremos una vuelta con mi mamá, para que conozca la tierra de su madre.

—¿Cuándo regresan a Hecatepec?

—Mañana.

—En nombre sea del padre, del hijo y del espíritu santo —le dio la bendición la madre de Segovia a Segovia. Y entonces se fueron, tras despedirse con abrazos, y pronto desaparecieron entre aquel mar de gente.

—Necesito un trago —le dijo Segovia a Muñeco Diabólico. 

—Maravillosa idea, señor —y Muñeco Diabólico puso su brazo para que Segovia la sujetara, al modo más caballeresco. Conforme avanzaron, Muñeco continuó: —Ah, y una chica fue a verte, al parecer una redactora; venía con otra chava y con un gordito wero de lentes, quien se dijo editor. He olvidado sus nombres, perdón, pero dijeron que habría una fiesta de una editorial, más tarde, que si te recuperabas fueras. 

—Creo que ya sé de quiénes hablas —dijo Segovia—. Tú, qué plan tienes. 

Muñeco Diabólico había viajado desde la entidad en la que vivía desde hacía unos cinco años, lugar en donde conoció a su actual pareja, un mecánico automotriz filósofo de profesión al que le decían el Mecánico, y que Segovia siempre había querido conocer por lo interesante del personaje: un tipo libre, viajero del país en su moto, intelectual, mujeriego y drogadicto.

Todo lo que Segovia nunca se había atrevido a ser de lleno.

—Pues pensaba volver hasta mañana… y no tengo donde hospedarme. 

Avanzaron un poco más por la feria. Pasaron a un lado del stand de la editorial más prestigiosa del país, donde estaba publicada Por tu maldito amor

—Ah, ¡y no sabes lo que me pasó! —gritó Muñeco Diabólico de repente. La gente entorno de ambos volteó a verlos.

—¿Qué pasó? —preguntó Segovia, discreto. 

—Lo primero que hice cuando llegué a la feria fue ir al stand de la editorial y buscar tu novela. De pronto ahí estaba el libro: brillante, entre las novedades editoriales. Wow, me dije, y avancé hacia él. Estiré mi mano, y cuando iba a sujetarlo, otra mano me ganó el ejemplar que estaba a punto de tomar. Dios, ¿te imaginas quién era?

—Emmm, no.

—¡Tu mamá!, ¿no es genial?

—Vaya…

—Y entonces, al verme, como tenía mucho tiempo que no nos veíamos, se le salieron unas lágrimas, y a mí también, y nos abrazamos. Luego vi que estaba tu hermana y su pareja, y me dio muchísimo gusto y también nos abrazamos.

—La verdad es que a mí también me dio mucho gusto. No me las esperaba. Pensé que nadie vendría a verme —dijo Segovia, mirando los pasos que uno tras otro daban sus chuecos pies enfundados en las botas de Bob el constructor. 

—Pues ya ves, sí hay que gente que te ama.

Segovia permaneció en silencio, luego le dijo a Muñeco Diabólico que fueran a su hotel, para que ella dejara ahí sus cosas; que si quería podía quedarse con él, pues al fin había dos camas en la habitación. Ella aceptó sin titubeos. 

Al llegar a las afueras del hotel, Muñeco externó:

—¡Ay, papaya de Celaya!

Segovia siguió las instrucciones que le dieron para utilizar el elevador con su tarjeta. Ciertamente, pensó, no estaría en un lugar como ese en mucho tiempo. Caminaron entonces por el pasillo alfombrado, y el Señor Segovia abrió la habitación con ese mismo delgado instrumento de plástico. No supo encender la luz al primer intento. Cuando lo logró, Muñeco Diabólico dijo: 

—¡Ay, papaya de Celaya!

La habitación, constató Muñeco Diabólico, tenía dos camas. Segovia le ofreció un café. Ella aceptó.

—Qué bonito es —dijo ella cuando tuvo la taza humeante entre las manos.

—Mañana tengo que irme —replicó Segovia, sosteniendo su propia taza. 

—No mames.

—Sí.

—¿Por qué?

—La editorial solo contempló que estaría para la presentación. Pero yo me quedaré toda la semana, para poder ver a una banda de metal que me gustaba mucho desde los años en que te conocí, hace treinta, creo. Quizá te acuerdes. Van a tocar en la feria.

—No mames que van a estar…

Dijo Muñeco Diabólico, y pronunció el nombre de aquella banda, que entre sus éxitos tenía canciones parecidas a ésta. Le pareció una hermosa casualidad que estuvieran en la misma feria que su mejor amigo. 

—¿Hace cuánto que no tocas la batería? preguntó Muñeco Diabólico.

Segovia se le quedó mirando. 

—Unos… ¿diez?

Y Muñeco Diabólico hizo una ligera mueca que bien pudo decir qué lástima, qué tristeza, o quizá, también, qué bueno por ti.

Luego ambos tomaron una siesta, en lo que llegaba la hora de la fiesta a la que lo invitó el rubio editor de libros académicos.

Un mensaje los despertó luego de una hora. Era él, quien le daba los pormenores a Segovia. ¿Ya estás mejor?, le preguntaba también. Segovia no contestó en ese momento. Volteó a ver a Muñeco Diabólico: aún dormía, en la otra cama, con un apacible sueño, en el que tal vez soñaba que viajaba a París con él, cuando su libro fuera traducido al francés. Cosa que sucedería.

Muñeco Diabólico también trataría de suicidarse dos meses después, por razones que no importan mucho aquí.

La triste osadía del Señor Segovia (IV)

Despertó a las ocho de la mañana, cuatro horas antes de la presentación.

Al hacerlo, al abrir lentamente los ojos, los rayos del sol ya entraban por la enorme ventana de su habitación. Le acariciaban tiernamente los párpados. En cuanto los abrió por completo tomó en automático el control remoto y encendió la televisión. Tenía mucho tiempo que no hacía eso: cambiar los canales de un televisor hasta dar con uno de noticias. En ese momento algo se comentaba sobre el nuevo presidente electo del país, por lo que Segovia se puso de pie, sin playera, con la panza de fuera como estaba, y caminó hasta servirse un café. Frío. Le dio un trago largo y de inmediato dirigió sus pasos descalzos, sin calcetines, sobre la alfombra grisácea, impecable, hacia el baño.

Orinó profusamente y tras hacerlo abrió la regadera. El chorro ardiente del agua salió disparado contra la loseta. Se puso frente a ella en cuanto templó la temperatura.

Ahí trató de rememorar a detalle aquello que había soñado. Pero no pudo. Solo sabía que había soñado con ella, con su exesposa; aquella extraña sensación de haberlo hecho, como si la hubiera visto en persona, ya le había ocurrido muchas veces antes. Un desasosiego desalentador.

El agua tibia recorrió su jorobada espalda. Segovia estiró los brazos y sus huesos tronaron, reacomodándose un momento. El corazón empezó a latirle deprisa. Respiró profundamente por la nariz y soltó el aire por la boca. Así, varias veces. Permaneció bajo el agua unos minutos.

Al salir de la ducha en el noticiario aún se hablaba del nuevo presidente mexicano. Segovia había votado por él;

y como era la tercera vez que se postulaba,

era la tercera vez que por él votaba.

Con la taza del café frío en la mano, una toalla blanca enrollada en la inexistente cintura, Segovia se asomó por el ventanal. Algunas personas caminaban ya por aquella calle. Las miró un instante, bebió del líquido y acudió hacia su maleta. Segovia la abrió y escogió de entre las cuatro camisas que llevaba y los cuatro pantalones. También eligió la ropa interior, los calcetines. Dada la temática de su obra, optó por la camisa roja, de franela con cuadros negros, y los jeans azules. Las botas de Bob el constructor, al ser negras, iban bien con todo. Pensó que le había hecho falta llevarse un sombrero. Uno negro habría sido espectacular, pensó, y de inmediato se arrepintió de la idea. En primer lugar sería un farsante, se dijo, pues él propiamente no era un vaquero; y en segundo lugar supuso que sería el único malvestido de la ceremonia.

De cualquier modo así fue.

Terminó de ponerse la ropa y se miró en el espejo del baño. Se colocó las gafas delgadas y pensó que a pesar de todo no se miraba tan mal. Y es que Segovia odiaba usar trajes, más aún camisa y corbata, como lo había hecho tanto tiempo en la editorial en la que trabajó. Sobre la camisa se puso una chaqueta de cuero. Se calzó las botas, miró el programa impreso de la feria y corroboró la hora en que sería su presentación: sí, ahí estaba la fecha su nombre, la hora, a las doce del día, en uno de los salones principales.

El corazón se le volvió a acelerar.

Miró entonces al presidente. Sereno, en uno de sus primeros días como gobernante. Vaya inmundicia la mía, pensó Segovia, al comparar mis nervios con los de un jefe de Estado.

Dio un trago más al café.

Entonces recibió un mensaje de texto.

¿Cómo vas?

Era su editora.

Bien bien, ahí la llevamos. le contestó él.

¿Ya listo?

Segovia se miró de nuevo en el espejo. Ahí estaba, a sus cuarenta años, calvo, gordo y más feo que nunca, recibiendo con los brazos abiertos el éxito y reconocimiento literarios.

Listo.

Te veo en el comedor para desayunar. En quince minutos. 

Segovia preparó su bolsa, donde aún llevaba los ejemplares de Calva, su anterior trabajo, su gafete de entrada a la feria y demás papeles. Apagó la televisión con el nuevo presidente todavía en pantalla, cerró la habitación y avanzó por el alfombrado pasillo. Al verse ahí su memoria cayó en un lugar común del inconsciente colectivo al recordar aquella película en la que un escritor enloquece dentro de un hotel abandonado, lleno de fantasmas, para después intentar asesinar a su familia (¿lo lograba?, trató de recordar Segovia). Pensó después en la fortuna del escritor que escribió la novela en la que se basó dicha película: siendo aún joven, alcohólico y drogadicto, casado y con un par de hijos, logró hacer que la historia se publicara con una editorial que tuvo la suficiente suerte para volverla un bestseller, con lo cual el escritor, con el paso de los años, se volvió multimillonario.

Segovia se quedó ahí un momento.

Vaya, él ni siquiera había formado una familia.

No todavía.

Quizá nunca lo haría, pensó.

Entonces caminó hacia el elevador.

—Buenos días —le dijo a la mucama que en ese momento se disponía a entrar a la habitación conforme se abrían, frente a él, las dos puertas de hierro.

—Buen día —le respondió ella, fría, y Segovia entró al elevador vacío tras cerciorarse de que nadie más iba a subir de pronto, de repente, en el último segundo, como ocurría en tantas películas que había visto pero que, seguro, si le preguntaban por alguna para que diera un ejemplo, no habría sabido con cuál contestar.

En el comedor ya había mucha gente. Segovia echó un vistazo para ver si ya estaba por ahí su editora, pero no la vio. En su lugar vislumbró al jefe de ella, aquel homosexual refinado y agudísimo que, al ver a Segovia, le dijo:

—¡Acá, siéntate acá!

Por un momento Segovia, y se avergonzó por hacerlo, pensó en un albur, sin embargo dirigió sus pasos hacia la mesa del jefe de su editora.

—Buenos días —le dijo Segovia.

—¡Buen día! —le dijo el jefe, cálido, la sonrisa dibujada permanentemente en su rostro—. ¿Quieres café?

—Sí, gracias.

Hasta para servir el café aquel hombre era refinado y de buen gusto. Vestía, por supuesto, un impecable traje, corbata, camisa. Segovia lo observó: unas mancuernillas doradas que hacían juego con el anillo de matrimonio que llevaba en el dedo anular de su mano izquierda, la mano con la cual sirvió el café.

—¿Tú eres casado? —le preguntó el jefe.

Segovia permaneció callado un momento.

—Lo fui.

—Suele pasar —le respondió este, con la sonrisa en su rostro, cuando se quedó mirando a la distancia: ya se aproximaba la editora, quien vestía un conjunto de blusa y pantalones negros.

Segovia la observó acercarse hasta el momento en que tomó una silla en la mesa, frente a él. De un beso en la mejilla saludó a su jefe, quien le dijo:

—¿Pudiste dormir algo?

—Sí —le respondió la editora. Segovia entonces observó su rostro. Un rostro delgado, piel morena, labios gruesos de un rosa tenue, todo eso acentuado por las ojeras.

—¿Por qué te desvelaste? —le preguntó Segovia entonces a su editora, quien en ese momento reparó en que no lo había saludado apropiadamente y se levantó para darle su respectivo beso en la mejilla. En el acto Segovia percibió el aroma de su perfume.

—Ahhhmmm, estaba preparando un discurso.

Segovia miró entonces al jefe de ella, quien a su vez posó sus ojos en su subalterna.

—¿Y lo terminaste? —le preguntó él, ya sin la sonrisa que hacía apenas unos momentos tuvo.

—Sí, solo le daré una revisada final ahorita y te lo mando. Rapidísimo.

Segovia no supo de qué hablaban. No en ese momento. Lo que sí fue que la tripa empezó a rugirle bien recio.

—Muero de hambre —dijo ella.

—Yo también —la secundó Segovia.

—Adelante, chicos —dijo el jefe, quien aseguró le bastaba con un jugo de zanahoria y el café.

Segovia y su editora se levantaron de la mesa y se encaminaron hacia donde estaban servidos algunos de los alimentos, y donde una cocinera preparaba omelets como Segovia jamás había visto en su vida, con una rapidez y precisión inusitadas. Se le hizo agua la boca.

—Quiero fruta y gelatina —dijo ella, y se encaminó, plato en mano, hacia las charolas que las contenían.

Segovia, por su parte, se formó en la fila donde algunas personas esperaban los omelets. Alguien pidió uno con espinacas y a Segovia le pareció que debía saber increíble. Nunca lo había comido así (si acaso mezclaba los huevos con algo, era con salchicha o con jamón). Su editora se formó un momento después detrás de él.

—Pediré un omelet con espinaca —dijo.

—Excelente elección —dijo él, sonriendo. Ella también le sonrió. La dulzura de aquella sonrisa tenía consternado a Segovia.

—¿Qué va a querer, señor? —le preguntó la cocinera en ese momento.

Segovia tardó un par de segundos en responder.

—Un omelet con espinaca, por favor.

—Yo también —lo secundó su editora.

La cocinera preparó los platillos con presteza. Segovia la observó y pensó haber aprendido a hacerlos de ese modo en ese momento, conforme se cocinaban frente a él; se imaginó que, de ahora en adelante, sus desayunos no volverían a ser los mismos, y que en lo consecuente todo el mundo le aplaudiría su habilidad preparando huevos, cosa que nunca habían hecho con su habilidad para escribir libros.

Un momento después se sentaron a la mesa con el jefe de la editora.

—¿Y cómo te sientes, Segovia? ¿Nervioso? —preguntó en cuanto tomaron asiento.

Segovia dio un trago a su café, que para ese momento ya estaba un poco frío.

—Sí, bastante —dijo. Por un momento se había olvidado de por qué estaba ahí hasta que el jefe de su editora lo mencionó. Miró su plato: ahora aquel omelet se le antojaba una misión un tanto difícil de lograr.

—No hay por qué —continuó el jefe de su editora. Tu libro es excepcional, no en balde decidimos publicarlo en nuestra colección de Grandes Autores.

Segovia tampoco había reparado en ello, en el hecho de que se encontraba publicado precisamente en la serie que resguardaba a lo mejor de lo mejor de la literatura nacional. Pero se desacreditó de inmediato: él, de ningún modo, merecía semejante distinción.

—Debes estar muy orgulloso de tu trabajo —intervino su editora entonces, con una sonrisa distinta pero igual de hermosa que la de un momento antes en la fila del desayuno.

—¿Tú ya tienes listo un discurso? —le preguntó el jefe a Segovia.

Segovia tampoco había pensado en eso. En realidad se trataba de la primera vez en la que, en su atropellada trayectoria, se le presentaba una oportunidad de decir algo sobre su escritura. Él, particularmente, pensaba que los discursos premeditados, en ocasiones, perdían algo de frescura; fue así que pensó que lo mejor era decir lo que le dictara su corazón en ese momento.

—Solo anoté algunos puntos que me gustaría tratar, a modo casi casi de una lista del súper —dijo Segovia, pero no había hecho ninguna lista. Pensó en ese momento que en el primer descuido lo haría.

—Ya sabrás qué decir —intervino su editora, mientras masticaba un bocado. Así se le miraba más hermosa que nunca, pensó Segovia al verla.

—Tienes razón, qué más pueden decir los escritores sobre sus libros que no esté ya escrito en ellos —dijo el jefe, y bebió delicadamente de su taza de café.

Unos minutos después la editora se puso de pie.

—Bueno, debo ir a terminar y mandar el discurso. Nos vemos en hora y media en la presentación—. Y se fue hacia su habitación. Segovia la miró partir; ella no volteó la mirada como en su chaquetera mente vislumbró el escritor, y se siguió de largo.

—Sí, es guapísima —le dijo el jefe a Segovia en cuanto notó la mirada del calvo y gordo individuo sobre su subalterna.

—Bueno, yo también tengo que alistarme —le dijo Segovia al jefe, se puso de pie, y para disimular, porque él ya estaba listo, se detuvo un momento en la recepción. Ahí le pidió un bolígrafo a quien atendía, que era diferente a quien lo recibió, y anotó en una hoja, que también le pidió a esa persona, los puntos que podría tratar en la presentación de su premiada novela.

Segovia recargó un momento el bolígrafo sobre la barbilla partida, el único rasgo de belleza en su gordo rostro.

—Ummm.

Agradecimientos

Cómo surgió

Por qué el género musical

Segovia no pudo anotar nada más. Guardó el papel en su bolsa y salió del hotel.

Afuera, a diferencia del día anterior, había mucha más gente. Muchos jóvenes, con sus gafetes colgantes, dirigiéndose hacia la feria. Segovia avanzó tras ellos a pasos firmes gracias a sus botas de Bob el constructor, e ingresó al recinto.

Al entrar de nuevo se asombró por la grandeza de aquel acontecimiento que significaba la Feria del Libro Más Importante de Habla Hispana. Ahí también estaba, nuevamente, la chica que ofrecía tequila. Le sonrió a Segovia, y acto seguido se le acercó y le dijo:

—¿Gusta probar una muestra gratis de nuestro tequila… —bla, bla bla. Segovia estuvo a punto de aceptar una prueba, algo que le relajara los nervios que de pronto comenzaron a tensarse bajo sus glúteos firmes (otro de sus rasgos físicos no tan despreciables) y que le empezaron a mermar su de por sí mermada forma de andar.

—No, muchas gracias —le dijo a la señorita y continuó su camino.

Esta vez no se detuvo en el stand de su editorial, y continuó hasta el de la editorial en la que trabajaba. Se dirigió hacia la zona de las importaciones, en búsqueda de los dos libros de los dos autores que admiraba y que tenían ahí, que había visto el día anterior, y que costaban lo suficientemente caros para que nadie más los comprara.

Cuando se dirigió a la caja para pagar, se encontró a dos editores que trabajaron junto con él. Conversaban algo que detuvieron en el instante en que se percataron de su presencia.

—¡Segovia! —dijo la editora literaria.

—Ey, men, cómo te va —dijo el editor literario.

—Bien, muchas gracias —les dijo el Señor Segovia a ambos.

—Nos enteramos de que vas a presentar tu libro —dijo él.

—Ey, sí, felicidades —dijo ella.

—Es correcto —dijo Segovia—. Será en más o menos —y miró su reloj— una hora.

—¿En dónde va a ser? —preguntó ella. El editor literario se le quedó mirando a Segovia.

—En el Salón principal 3 —contestó el gordo y calvo escritor.

—Uy —dijo él.

—¿Qué? —preguntó Segovia.

—En el Salón principal 2, que es enfrente —dijo ella— estará —y dijo el nombre de un escritor premio Nobel—. La tendrás difícil.

Aquel era un autor que dicha editorial, en la que trabajó Segovia, donde trabajaban estos editores, publicaba en español. Él nunca lo había leído (y quizá jamás lo haría). Segovia no había considerado algo así (que estaría en un mismo momento presentando un libro suyo, literalmente, frente a un Nobel). En realidad ni siquiera había visto el mentado salón; no tenía idea de la distribución de los espacios y, en fin, pensó que de cualquier modo nadie iría a verlo a él.

De pronto alguien más se acercó a estos editores, quienes perdieron definitivamente el interés en Segovia, quien a su vez se despidió de ellos con una seña y un hasta luego que no vieron y no escucharon.

El Señor Segovia se extravió entonces entre las miles de personas que de repente ya estaban en torno suyo; es decir, se camufló con ellas, se volvió parte de la ola sin identidad que recorría los pasillos de la feria.

Hasta que se aproximó a las afueras del Salón principal 3. Metros antes, una enorme fila de gente aguardaba para entrar al Salón principal 2. En efecto, afuera del Salón principal 3 no había nadie.

Bueno, había un par de personas, que eran parte de la editorial más prestigiosa del país y que llevaban consigo una pancarta con el cartel que invitaba a la gente a pasar a la presentación de Por tu maldito amor; habían llevado algunos ejemplares de la novela que pondrían sobre una mesita.

Pero Segovia no había visto bien.

En cuanto giró un poco la cabeza, no mucho, acaso unos veinticinco grados, se llevó dos sorpresas.

La primera: ahí estaba su madre.

Qué chingados, se dijo Segovia a sí mismo, al ver ahí a su septuagenaria progenitora, con quien se había mensajeado la tarde anterior. Al girar un poco más la cabeza supo la razón por la cual estaba ahí: su hermana, diez años menor que él, veterinaria de profesión, también estaba ahí, sonriente, con su cabello chino, largo, con sus enormes gafas y las nacientes y prematuras canas, pues era bien corajuda. A un lado de ella estaba su pareja, una mujer que se dedicaba a la venta de equipo odontológico, varios centímetros más alta que ambos hermanos, el cabello lacio, castaño, delgadas gafas amarillas.

Pero antes de que pudiera preguntarles qué hacían ahí, al girar un poquín más la choya Segovia se percató de la segunda sorpresa: ahí estaba su mejor amiga, ama y dueña del performance permanente en México. Poeta y fotógrafa de ocasión. En todos los casos talentosa.

Vaya, eso tampoco lo vi venir, pensó Segovia.

La verdad era que lo de su mejor amiga sí lo vio venir, pues ella estuvo preguntándole, una semana antes, los detalles de la hora y el lugar en el que se llevaría a cabo la presentación.

De cualquier modo, Segovia no dejó de mostrarse impactado ante las sorpresas, y de casi un salto estuvo junto a ellas, y efusivo las saludó.

—¡Jefecita Santa!

—¡Mijito!

—¿Cómo está, cómo le fue en el viaje? Qué enorme gusto tenerla por aquí.

—Bien, mijito, para tener más de treinta años sin viajar en avión. Es un honor poder acompañarte en este día tan especial para ti.

El abrazo de estos dos seres les resultó tan conmovedor a todo el mundo que todos derramaron un par de lágrimas. Luego Segovia saludó con un beso y un abrazo a su hermana y a su pareja para, al final, saludar a su mejor amiga.

—¿De qué te disfrazaste esta vez?

Al ser la ama y dueña del performance permanente en México, la mejor amiga de Segovia solía disfrazarse en los eventos importantes de él, que habían sido muy pocos, para ella acaparar el centro de atención al que tanto estaba acostumbrada.

—Del Muñeco Diabólico, ¿no es genial?

Segovia la miró. Vaya, de verdad se parecía a aquel personaje de película de terror.

—Sí, genial…

Y entonces también se abrazaron. La gente vio raro a estos dos, pues eso eran, dos raros abrazándose.

—Estoy muy orgullosa de ti —dijo la mejor amiga de Segovia, y se le salió otra lágrima.

—Ey, Segovia —se acercó en ese momento una mujer, con una enorme sonrisa. Chaparrita y gordita, le extendió su mano derecha al escritor— hasta que por fin te conozco.

Segovia se quedó con cara de no sé quién es usted.

—Fui parte del jurado que seleccionó tu novela.

Segovia abrió los ojos, sorprendido.

—Es un enorme gusto conocerla, muchas gracias.

—El gusto es mío, hiciste un trabajo espectacular.

Luego entonces Segovia vislumbró al presidente del jurado, pequeño renacuajín, junto al director de la editorial, la más prestigiosa del país. Ambos vestían, a diferencia de él, impecables trajes. Y a lo lejos, con su indumentaria toda negra, su editora, quien tan pronto se acercó a Segovia, le presentó al director de la editorial.

—Él es el autor de Por tu maldito amor, novela ganadora de nuestro Premio de novela antijuvenil.

—Un gusto —dijo el director.

—El gusto es mío —dijo ahora Segovia.

Al ver a la madre del escritor a espaldas de él, el director le preguntó:

—¿Y quién es esa adorable señora?

—Es mi madre —le dijo Segovia, y le llamó— ¡Mamá! —para luego presentársela al director y a su editora. También al presidente del jurado.

—Debe sentirse muy orgullosa de su hijo —le dijo a la madre de Segovia el director de la editorial más prestigiosa del país.

—Lo estoy, señor, muchas gracias —dijo la señora. La editora de Segovia la miraba y no paraba de sonreír.

Así esperaron unos minutos más hasta que fue la hora acordada y el presidente del jurado dijo:

—Si gustan, podemos pasar.

Sin embargo en torno a Segovia, además de las personas ya descritas, no había nadie más. En cambio, en el salón de enfrente, donde se presentaría el premio Nobel, ya estaba a reventar.

—Deberíamos decirles a esas personas que acá será esa presentación del Nobel —bromeó Segovia con su mejor amiga.

—Se divertirían mucho más —le dijo ella.

Entonces alguien le tocó la espalda a Segovia.

Se trataba del Doktor, un antiguo compañero suyo del taller que impartía su maestro roncanrolero, quien, por cierto, también se presentaría en la feria.

—¡Doktor, qué gusto! Muchas gracias por venir.

—El gusto es mío —dijo ahora el Doktor—. Veré si puedo ver también a nuestro maestro, aunque creo que no alcanzaré: mi viaje de regreso a la ciudad saldrá un poco antes.

—Ojalá que tenga oportunidad.

El Doktor era un profesor de literatura retirado, y al igual que el resto de sus compañeros del taller, empujó a Segovia a que enviara su material al concurso de novela antijuvenil.

—Entremos ya —le pidió su editora a Segovia.

El Salón principal número 3 era enorme. Cabían alrededor de doscientas personas. Seguro más, pensó Segovia, si algunas entran de pie. Él sabía, por supuesto, que de ningún modo se llenaría. A lo lejos logró vislumbrar la enorme mesa en la que estaban consignados los nombres de los ponentes: de la jurado del premio, del presidente del jurado, del director de la editorial, y del ganador previo del mismo premio, quien llegó en ese preciso instante.

—Mucho gusto, Segovia —le dijo el ganador anterior, quien vestía impecablemente un traje— Me encantó tu novela, ya la comentaremos ahorita.

Avanzaron hacia la mesa. La mejor amiga de Segovia llevaba consigo una pequeña cámara fotográfica digital con la que, le dijo, haría las tomas más espectaculares de la presentación. Segovia confiaba plenamente en que así sería.

Se sentó en el lugar que le correspondía. En medio, entre los otros cuatro presentadores. Desde ahí se hizo más y más grande el salón. Y más vacío de lo que en realidad estaba. El corazón comenzó a acelerársele.

Qué 

rayos

estoy 

haciendo

aquí

pensó Segovia y trató de respirar profundamente por la nariz, expulsando el aire por la boca.

Poco a poco empezaron a llegar algunas personas más. Entre ellas el diseñador JJ, a quien Segovia había visto el día anterior. Algunos extraños, gente que seguro deambulaba en la feria y cayó ahí por azar.

En eso pensaba Segovia cuando, de repente, vio que por la puerta principal del salón entraba su exesposa, y tomaba un lugar allá atrás.

La triste osadía del Señor Segovia (III)

—¿Qué vas a pedir? —le preguntó la editora al escritor.

—Ammm…

—Disculpen —intercedió un hombre vestido con pantalón negro y saco blanco—, la barra no ofrecerá servicio esta noche; los meseros estaremos entregando las bebidas a cada quien.

—Muchas gracias —le respondió Segovia.

—Yo quiero una copa de vino tinto, por favor —le dijo la editora al mesero.

—¿Y usted? —le preguntó el mesero a Segovia.

—Para mí… emmm… ammm… ehhh… tam   bién —respondió.

El mesero se retiró diligente a servir los tragos.

—Ahora busquemos un lugar donde sentarnos —le dijo la editora a Segovia y caminó a unos pasos de la barra. Ahí ella se encontró con un matrimonio de editores. Los saludó. Segovia conocía a la mujer, con quien había trabajado en la editorial. También conocía al marido, pero su editoria lo conocía mejor. Se saludaron todos.

—¿Podemos sentarnos con ustedes? —preguntó la editora de Segovia.

—Por supuesto —dijo la otra editora, antigua compañera de Segovia.

Un momento después el mesero arribó con su charola, sobre la que reposaban dos copas de vino.

Al ver que Segovia sujetaba una, la otra editora, su antigua compañera de trabajo, le dijo:

—¿Qué haces?

Ella estaba al tanto de que Segovia había dejado de beber.

—Celebrando —dijo él y se empinó la copa hasta el fondo ante el rostro atónito y poco a poco enfurecido de ella, quien le dijo:

—Ni se te ocurra emborracharte, cabrón. Mañana es la presentación de Por tu maldito amor y no puedes llegar en mal estado, como acostumbrabas hacerlo en la chamba.

—No, no te preocupes —le dijo él y, como no había sentido en mucho tiempo, percibió el lento paso del alcohol circulando por sus venas. Tenía miedo, como lo tuvo desde que decidió dejar de beber un día que amaneció desnudo, vomitado, en una cama que al principio no reconoció, pero que era la suya. ¿De verdad era incapaz de controlarse?, se preguntó a partir de entonces, y eso habría de ver esa noche, pues lo único que pensaba era que, probablemente, esa ocasión no se repetiría nunca más, la de estar en la Feria Más Importante de Habla Hispana, lo cual era, en efecto, razón suficiente para celebrar (y para contenerse).

—¿La conocías? —le preguntó Segovia a su excompañera al señalarle, con los ojos, a su editora.

—Poco. ¡Ni se te ocurra acercártele, cabrón! Es casada. Tiene tres hijos.

Segovia se quedó en silencio. No tenía idea de que su editora era casada y que tenía tres hijos. Quería ser franco con su excompañera, sin embargo, decirle lo atraído que se sentía por ella, por su editora, pero como el cobarde que era, no lo hizo.

—Ah. No sabía. Y no, no te preocupes. No vine a esta feria a enamorarme —le mintió Segovia a su excompañera, pues una de sus ilusiones era encontrarse con el amor, tal como una amiga suya, guionista, le dijo días antes de que saliera su vuelo:

—Como no iré contigo, seguro allá encontrarás el amor.

Dicha guionista dijo aquello porque estaba enamorada de Segovia y quería ir con él a la feria, pero él le dijo que a sus cuarenta años, y luego de varios sin su exmujer, tenía que aprender a hacer las cosas por sí mismo. Solo. Además, Segovia no estaba enamorado de ella, de la guionista, y varias veces pensó que era un idiota por no estarlo, ya que ella, brillante como era, cariñosa con él, además se preocupaba por su bienestar. Cosa que cada vez pasaba menos con otras mujeres, que Segovia conocía de maneras cada vez más insólitas (y esporádicas).

En fin, que transcurrieron las copas. Al centro del lugar había una pista de baile, de aquellas con cuadros de colores cuyas luces van cambiando al ritmo de la canción. Y sonando había cumbias, salsas, reguetón. Baladas románticas y clásicos pop de los ochenta (en español).

Segovia llevaba un par de copas encima. Su editora, que se paró de pronto frente a él, cuan alta era, también. Le dijo:

—Vamos a bailar.

Segovia era consciente de que poseía dos pies izquierdos, por lo que optó por declinar la invitación. Pero su excompañera de trabajo, que estaba junto a él, y que ya llevaba unas cuatro copas encima, le dijo, dándole un par de codazos:

—Tonto, ¡te está invitando a bailar, párate!

Por lo que Segovia miró a su editora, quien insistimos era mucho más alta que él, se puso de pie, tomó la mano de ella (una mano larga y fina, no regordeta y tosca como la de Segovia), que estaba todavía estirada hacia él, y ambos avanzaron hacia la pista.

Sonaba una cumbia romántica. Segovia trató de recordar lo mejor que pudo las lecciones de baile que décadas atrás le enseñaran tanto su madre como sus hermanas.

Sujetó con firmeza de la cintura a su editora. Y comenzaron a bailar.

Sin problema ella le siguió el ritmo. A lo lejos, a unas cuantas parejas de ellos, se encontraba el director del jurado del premio que Segovia ganó. Por lo que, al oído, en un extraño susurro en voz alta, su editora le dijo:

—Mira, ahí está bailando el director del jurado del premio que ganaste.

Segovia volteó discreto y miró a aquel pequeño hombre calvo, como él, moverse deshinibidamente frente a su pareja, la hermosa gerente de marketing que momentos antes lo había saludado con emoción.

—Baila mejor que yo —le dijo Segovia a su editora.

—Naaah, tú bailas bien —le dijo ella, y le sonrió.

Entonces llegó un amigo de Segovia, el rubio editor de libros académicos.

Segovia lo supo porque de pronto su celular comenzó a vibrar descontroladamente.

Estamos afuera del cóctel de tu editorial, ¿podemos entrar así nomás?, le preguntó el rubio editor de libros académicos en un mensaje de texto que Segovia osó mirar mientras bailaba con su editora.

Sí, claro, en un momento voy por ustedes, le respondió Segovia, también en un mensaje, con la mirada de su editora primero sobre sus ojos, luego sobre aquellos cuerpos que bailaban divertidos en torno a ellos.

—Tengo que salir por unos amigos —le dijo ahora Segovia a su editora, en un susurro gritadito.

—Te acompaño —le dijo ella a él.

Y así fue que salieron de la pista y se encaminaron hacia la puerta de entrada del lugar. En efecto, afuera estaba el rubio editor de libros académicos, acompañado de dos jóvenes. Dos redactoras.

Al ver a Segovia, y saludarlo, una de ellas le dijo:

—Ya te conocía, no en persona, pero sé mucho de ti.

Segovia se quedó pasmado un momento. Y es que ellos tres también trabajaron en aquella editorial donde él trabajó mucho tiempo. Por lo que imaginó que lo que aquella chica redactora de lentes y cabello crespo sabía eran sus locas aventuras alcohólicas y demás cosas que él preferiría que nadie supiera.

—Un gusto —le dijo él. Y, tras presentarles a su editora, entraron los cinco a la fiesta de la editorial que publicó Por tu maldito amor.

Segovia los encaminó hacia donde estaban sentados previamente, junto al matrimonio de editores. Pero unas señoras, cuya profesión les resultó desconocida, ya medio borrachas, habían acaparado casi todos los lugares.

—Pueden pedir vino a cualquier mesero. Ellos lo traerán hasta aquí —les dijo entonces Segovia al rubio editor académico y a las dos redactoras mientras miraba a los ojos a la de lentes y pelo crespo. Unos lentes de pasta gruesa color rojo.

Y, sin más ni más, de pronto, su editora le dijo a Segovia:

—Me tengo que ir.

—¿Cómo?

—Nos vemos mañana en la presentación.

—E… sperérame. Me… voy contigo… —le dijo Segovia de botepronto.

—No no. Quédate, es una noche especial para ti.

Y Segovia, quietecito, vio a su editora irse por donde un instante antes habían caminado juntos.

Por su parte, el rubio editor académico y sus dos compañeras pidieron algo de beber. Luego brindaron con Segovia por su premio, por el merecido trabajo, dijo el rubio editor académico, de un autor cuya verdadera valía aún estaba por asomarse.

Segovia se quedó un momento, con una nueva copa de vino llena en la mano, mirando al vacío.

Luego vio a la redactora de lentes, quien sonriente, junto a sus colegas, bebía de su propia copa. Un vino blanco.

Ella fue la segunda mujer de la que Segovia se enamoró en la feria. Y cometió el error de decírselo al día siguiente.

Segovia entonces se acercó al grupo y convivió con ellos; el matrimonio de editores, cada vez más borracho, continuaba ahí.

La editora excompañera suya, le dijo a Segovia de pronto:

—Híjole, ya estoy bien peda. ¿Y ahora quién te va a cuidar?

—No te preocupes, yo me cuido solo.

—¿Me lo prometes?

Segovia alzó la mano derecha, extendida con su copa, en señal de que sí.

—Ya mero nos vamos —le dijo su excompañera editora entonces, le arrebató su copa a Segovia y la bebió de un trago.

Y así lo hicieron unos minutos después: la pareja de editores se despidió y tambaleante se dirigió a la salida. Poco a poco el cóctel se fue vaciando. Fue que el rubio editor académico le preguntó a Segovia, preocupado por saber su nivel de embriaguez:

—¿Estás bien?

—Sí… Ya me voy. No quiero estar crudo mañana —le respondió Segovia.

—Venga, eres un escritor, tienes que ir crudo a tu presentación —le respondió el editor académico con una enorme sonrisa en su rojiza y rubia cara.

Tenía mucho tiempo que alguien o algo no le picaba de ese modo la cresta a Segovia. Pensó en ello un momento. Era verdad: ¿Qué clase de escritor pusilánime era si iba perfectamente fresco, bañado y perfumado, a la presentación de su novela en la Feria Más Importante de Habla Hispana?

—Me tengo que ir —dijo Segovia y le extendió su pequeña mano.

Y tras despedirse de él y de las dos redactoras, tomó un taxi que lo llevó de regreso a su hotel.

Una vez en su habitación, luego de encender la luz y pararse frente a la cómoda, donde estaba la cafetera, vio que ahí encima había un ejemplar de Por tu maldito amor con un post it encima en el cual estaba dibujada una carita feliz.

: )

Se lo había dejado su editora (lo supo después, nunca supo cómo). Segovia lo miró un momento, ligeramente tambaleante por el vino que había bebido. Tenía mucho tiempo que no probaba una sola copa, pero a pesar de ello su cuerpo parecía tener memoria y la pedez no lo golpeó de lleno, como si fuese un novato.

Destapó el libro, lo palpó como no había podido hacerlo con el ejemplar de su editora, y lo aspiró. La edición era impecable: la casa editorial más importante del país que apoyó el concurso era sin duda la mejor del país.

Segovia miró el libro: seguía sin creérselo.

Entonces se sentó al borde de una de las dos camas que ahí había, con una taza de café ya servida, acunada entre sus dos pequeñas y regordetas manos.

Hojeó el ejemplar nuevamente, pero con calma, desde el principio. Miró la dedicatoria, en memoria de su maestro, aquel que habló del ataúd de un escritor. Pasó rápido las páginas y se detuvo en pasajes al azar.

—No puede ser que esto haya ganado —se reclamó a sí mismo. Un viejo amigo suyo, también escritor, pero sobre todo campesino comprometido con la amarga realidad de su país, le dijo un día, años antes, en una briaga incontrolable: “Eres muy duro contigo mismo”.

Luego ese mismo amigo, meses después, declararía públicamente que estaba decepcionado de él.

Segovia siguió hojeando el material y posando sus ojos en aquellas palabras. Hasta que llegó al final, donde había incluido un apartado de agradecimientos. Ahí le agradecía a su nuevo mentor, un escritor roncanrolero, y a sus compañeros del taller al que asistía con fervor cada jueves.

Sin duda, pensó Segovia, sin ellos no estaría ahí.

Entonces cerró el ejemplar, lo puso a un lado de la cama, en el buró que estaba entre ambas, y se recostó. Pensó que le sería imposible dormir. En realidad pensó que no debería hacerlo: ¿Y si me quedo tan dormido que no puedo levantarme y se pasa la hora de la presentación?, se interrogó, aterrado, a sí mismo.

Vaya, sin duda Segovia solía hacer eso: boicotearse sin tregua momentos antes de dormir. Momentos antes de que le ocurriera algo importante.

Para su fortuna no pasó mucho tiempo para que se quedara dormido y se enfrascara en un sueño oscuro, extraño, donde por supuesto se le apareció su exmujer.

La triste osadía del Señor Segovia (II)

Afuera había muchos jóvenes, muchas personas con gafetes como el que Segovia llevaba en su bolsa, caminando por la acera. El bajo, calvo y gordo escritor avanzó con las piernas un poco entumecidas, temblorosas, hasta que llegó a las afueras del lugar donde se llevaba a cabo la feria. Ahí sí que había mares de personas entrando y saliendo, pero antes de ingresar, Segovia se dirigió al lugar al que el chofer le recomendó para comer. 

Era un pequeño restaurante de mariscos que estaba a un lado de otro pequeño restaurante de mariscos. Una joven con apariencia de chico lo atendió. Hablaba con el acento propio del lugar.

—¿Qué le sirvo?

Segovia miró la carta que ella le extendió y optó por el calamar. Se lo hizo saber de inmediato y, diligente, la mesera pidió la orden al cocinero, que estaba ahí enfrente cocinando órdenes previas.

Sentado en una mesa para cuatro, solo, Segovia miró desde ahí el crepúsculo que comenzaba a formarse. Y pensó en su madre (ouch), quien no pudo acompañarlo en ese viaje, aunque ambos lo hubieran querido, pues aquella era la tierra de sus ancestros, de los ancestros de ella. De la madre de ella, de la abuelita de Segovia, quien lo crió en su infancia.

Por lo tanto le envió el siguiente mensaje de texto:

—Mamacita, cómo está.

La mujer, septuagenaria, le contestó de inmediato:

—Muy bien, hijito santo, ¿ya está listo para su presentación de mañana?

Al momento Segovia no supo qué responder. En su lugar se detuvo un momento y pensó en por qué se fue solo a ese viaje. Su primera opción de acompañante, la que le hubiera encantado, era su exmujer, como siempre, pero sabía de antemano que aquello era imposible, así que solo fantaseó con esa idea y evitó lo más que pudo, con éxito, hacerle dicha invitación por cualquier medio. De ahí en fuera tenía un muy pequeño abanico de opciones, en el que estaba incluida su propia madre, pues no había habido mujer que lo apoyara más que ella, a pesar de ser un despreciable sujeto.

En eso pensaba cuando el platillo con calamar, arroz y jícama llegó a su mesa. En el lugar, en otras mesas, solo había un par de comensales más. No tardarían en cerrar.

—No —le respondió Segovia a su progenitora y guardó su teléfono en uno de los bolsillos de  su pantalón para disponerse a comer. “Calamar, qué rico manjar”, pensó, se rió y de inmediato se sintió avergonzado por aquella rima marquetinera que se acababa de inventar.

Entonces vibró su teléfono.

—Ánimo, hijito del sagrado corazón de Jesús, todo saldrá bien, ya verás —le respondió su madre al instante. Segovia miró el mensaje, luego miró hacia afuera, hacia ese cielo que poco a poco comenzaba a oscurecerse, y a pesar de la belleza de ese momento sintió unas tremendas ganas de no estar ahí.

Al terminar de comer, lleno a reventar, y luego de pagar la cuenta a la joven mesera, quien le advirtió que se le habían acabado los ricos postres que ahí preparaban, Segovia regresó caminando, a paso lento, a donde la Feria del Libro Más Importante de Habla Hispana.

Fue ahí que sacó el gafete de su bolsa y se lo colocó. Las personas que ingresaban con esa identificación eran las menos, por lo que rápido logró llegar a la entrada, donde había, como en el aeropuerto, detectores de metal y vigilantes que le revisaron la bolsa y sus ropas, no así sus botas de Bob el constructor. Desde ahí el Señor Segovia logró ver la inmensidad de aquel sitio; los primeros stands que se desplegaban, deslumbrantes, frente a sus ojos.

Se quedó así, mirando como un idiota la recepción un momento.

—Avance, señor, no puede quedarse ahí parado —le exigió una de las vigilantes. Segovia reaccionó de su trance y avanzó.

Lo primero que se le atravesó fue una hermosa edecán promocionando un exquisito tequila.

—¿Gusta una prueba, señor? Es el nuevo tequila blah blah blah… —le escuchó decir a aquella joven. Ella no sabía, por supuesto, que ese calvo, pequeño y gordo individuo llevaba sin beber casi el mismo tiempo que llevaba sin su exesposa.

—No, muchas gracias —le dijo un poco a su pesar y continuó caminando. Pronto se le revelaron miles, millones de libros de todas las editoriales habidas y por haber en español y otros idiomas, como los libros que había en el stand del país invitado.

Avanzó sin saber muy bien hacia dónde, por lo que sacó de su bolsa el mapa que también llevaba y localizó el stand de la editorial que lo premió. Caminó hacia ahí. No estaba muy lejos, pues era la editorial más importante del país. Lo primero que se le atravesó fue, precisamente, el stand de novedades, y en él, en una pila lo suficientemente visible, estaba su novela: Por tu maldito amor.

¡Madres!, se dijo Segovia a sí mismo, y como había hecho un momento antes, se quedó mirando, perplejo, el libro que estaba frente a él. De plano no lo podía creer, por lo que ni siquiera se atrevió a tocarlo. Un joven, que también pasaba por ahí, se le quedó mirando al mismo ejemplar y estiró su mano para tomarlo, pero al ver de qué iba la cosa (un charro empuñando un arma en la portada) mejor agarró otro libro que estaba a un lado.

Cuando finalmente pudo moverse, Segovia optó por darse una vuelta por el stand. Ahí vio títulos de autores con los que jamás en su vida pensó compartir casa editorial. Auténticas leyendas de la literatura mexicana. Era demasiado para él, sin duda, por lo que miraba aquellos libros sin mirarlos realmente: solo pasaba sus ojos por sus portadas, por las contraportadas cuando tomaba alguno y le daba la vuelta.

Regresó entonces a donde estaba su novela. La vio ahí, apilada entre las novedades, junto a libros que valían mucho más la pena. Y mejor se fue.

A unos pasos, en el stand de otra editorial, también chingona, se encontró con un viejo compañero de su viejo trabajo. Era JJ, diseñador gráfico e historietista. Se dieron un abrazo.

—Qué gusto, cabrón, que estás aquí, ahora en tu faceta de autor. Ya eres toda una celebridad —le dijo JJ a Segovia.

—No no, nada de eso…

—Cómo chingados no. No seas modesto. Todo mundo ha hablado de tu novela. Dicen que es una auténtica obra maestra.

—Ja ja ja. Para nada. Acabo de pasar por el stand y no vi a nadie queriéndola comprar. Con decirte que ni me fijé cuánto cuesta…

—Ya verás que con los días empezarán a comprarla, te volverás famoso, y cuando nos volvamos a ver a lo mejor ya no me querrás saludar.

—No, no me friegues, JJ. Eso no va a pasar. Mejor cuéntame cómo te ha ido en esta editorial. Es una muy pesada…

—La verdad muy bien —le dijo JJ, con una auténtica sonrisa en ese rostro grande y redondo, enmarcado por gruesas gafas de pasta negra—, he trabajado muy de cerca con los autores, proponiéndoles cosas; algo que, como recuerdas, no me dejaban hacer en nuestra anterior querida empresa.

—Lo recuerdo, sí. ¿Y qué libros has hecho?

En respuesta JJ se acercó al módulo de novedades de la editorial en la que ahora trabajaba y señaló un libro grande, de pasta dura. Un libro fotográfico.

—Recién formé este, con este fotógrafo.

A pesar de su feo empaque, el Señor Segovia era todo un estuche de monerías. Además de la música y la literatura, era un fotógrafo aficionado. Fue gracias al abandono de su exmujer que tomó ese hobbie un poco más en serio, aferrándose un poco más a él, y tomó más fotografías de las que había tomado hasta entonces con su no muy cara pero efectiva cámara digital réflex. Fue así que desarrolló un poco mejor su técnica, pensando incluso que, en una de esas, se había equivocado de profesión y que en vez de escribir con teclados pudo haberlo hecho con luz.

Y es que hubo un día, muchos años atrás, cuando Segovia era un joven reportero de un periodicucho de circulación local, en que, durante la presentación de un libro fotográfico de un famoso precursor de la fotografía de rock, el aquel entonces un poco menos calvo y un poco menos gordo escritor se acercó al viejo fotógrafo para conversar. Al final de su charla, el viejo fotógrafo le dijo:

—¿Y tú, amigo, tomas fotos?

—No, para nada —le contestó Segovia.

—Deberías intentarlo, es fácil —le dijo el viejo fotógrafo, y por alguna razón Segovia puso en marcha dicho consejo un tiempo después, cuando le compró a un colega suyo la cámara que llevó consigo a la feria, pero que dejó en la habitación del hotel en el que se hospedaba.

De esa forma, ahí, con su amigo JJ, mirando aquel libro fotográfico que se estaba estrenando, Segovia aseguró:

—Me gusta mucho este fotógrafo.

—Pues da la casualidad que aquí está. Allá, sentado —dijo JJ, y señaló a un hombre con sombrero, grande, de canas, en efecto sentado en un rincón del stand, solo, mirando su teléfono.

—Compraré el libro entonces. ¿Puedes hacer que me lo firme?

JJ asintió con un leve movimiento de mentón, y un momento después ya estaban frente al fotógrafo, quien se les quedó mirando, sin ponerse de pie, y dijo:

—¿Qué pedo?

JJ le introdujo entonces a Segovia, y le hizo saber que era un autor en ciernes de la editorial más prestigiosa del país.

—A huevo —dijo el fotógrafo, quien solo así se puso de pie. Era por lo menos del doble de tamaño que Segovia.

—Mucho gusto —le dijo Segovia, mirando hacia arriba a aquellos ojos grises—. ¿Puede autografiar mi ejemplar?

—Eres la primera persona que lo compra —le respondió el fotógrafo, quien parecía un poco borracho. Segovia lo identificó al momento. El inconfundible aroma del tequila, del segundo caballito o de media anforita. Con dificultad el fotógrafo logró garabatear algo en aquel ejemplar que el pequeño, gordo y calvo escritor recibió, un momento después, con una fuerte brazada del hombre y una enorme y maligna sonrisa.

—Gracias —le dijo Segovia.

—A huevo, autor en ciernes —le dijo el fotógrafo.

—¿Sabe si impartirá cursos pronto? —se atrevió a preguntarle Segovia.

—¿Pos qué quieres, o qué?

—Aprender. Soy fotógrafo amateur.

—Ah, a huevo.

Entonces JJ vio a una autora que, al día siguiente, presentaría el libro del fotógrafo, una hora después de la presentación de la novela de Segovia. Se lo hizo saber al fotógrafo, quien volteó a verla y dijo:

—No la conozco en persona, iré a saludarla.

Y el fotógrafo dejó ahí parados a ambos excompañeros.

—Yo también me voy. Daré una vuelta por la feria. Es impresionante —le dijo Segovia a JJ.

—Que te vaya muy bien mañana, carnal. Ahí andaremos —respondió el diseñador, y se despidieron de un fuerte abrazo.

El pequeño autor, gordo y calvo, caminó por aquellos pasillos, pero antes de detenerse en cualquiera, al ver el stand de su antiguo empleo, el de su antigua editorial, no pudo sino ir hacia ahí. Dio una mirada por las calles simuladas en la disposición de los muebles y en unos pequeños letreros con los nombres de los autores más representativos. Le pareció repugnante esa estrategia organizacional, pero aún así continuó viendo y dio con los libros importados del sello literario, donde se hallaban autores que apreciaba mucho desde su juventud, y cuyas ediciones difícilmente llegaban al mercado mexicano. Ahí encontró un par de títulos. Miró el precio a sabiendas de que eran caros, pero ése era su momento: de bolsillos repletos y de su primera vez en la Feria Más Importante de Habla Hispana.

Se dijo:

—Mañana, antes de la presentación, vengo a comprarlos.

Y, tras un recorrido veloz por el lugar, regresó a su hotel con el cielo completamente oscurecido sobre él.

Cuando estaba a punto de entrar a su habitación, dispuesto a tirarse en la cama a sus anchas, su editora le mandó un mensaje: ¿Dónde estás? Yo en la feria. Ven.

Segovia se quedó atónito y casi al instante contestó que sí. Ella le respondió que estaba en la presentación de un libro de un famoso autor mexicano, ya muerto, alabado siempre por el humor que impregnaba en su obra, un humor del cual dicho autor siempre renegó (en vida). Segovia había leído un par de cosas de él.

Así pues, el autor en ciernes devolvió sus pasos a la feria, sacó de nuevo su gafete y entró. Con la ayuda de un mapa impreso que le entregaron en el stand de informes, dio con el lugar en el que estaba su editora. Una vez ahí, la buscó entre las personas que ya abarrotaban la sala. Y es que aquella sería una plática entre dos autores mexicanos de mucho prestigio. Segovia había leído a ambos: al más joven, incluso, le bateó una novela que éste quiso publicar en la editorial en la que trabajaba porque la consideró por demás pretenciosa y poco trabajada para un autor que ya había sido publicado por varios sellos importantes; al más viejo lo había leído con cierto regocijo desde sus años como universitario: lo consideraba un gran cronista, cuentista hábil y novelista bastante capaz. Tremendo orador.

Su editora estaba sentada casi hasta el frente. Había reservado con su bolsa una silla para Segovia. Al verlo, ella se puso de pie: le sacaba por lo menos una cabeza de estatura. Le dio un abrazo.

—¿Cómo estás? —le preguntó, muy sonriente, ella.

—Muy bien, gracias —le dijo él y ambos tomaron asiento.

Un momento antes de que comenzara la presentación, la editora le pidió a Segovia tomarse una selfie juntos. El resultado no satisfizo del todo a la mujer, quien expresó:

—No salimos tan guapos como en realidad somos.

Segovia respondió de rebote, admirado por su audacia:

—La única bella aquí eres tú.

—Tú también, cómo no —le respondió, amable, su editora, en el momento en que los dos autores mexicanos se aparecieron. El más viejo abrió la cancha, como quizá a él le habría gustado decir pues uno de sus temas preferidos es el futbol, pero el más joven, al parecer de Segovia, no supo secundarlo adecuadamente: no poseía el filo ni la agudeza de los comentarios del más viejo.

—Qué onda, ¿ya listo para el cóctel? —le susurró su editora a Segovia en el momento menos álgido de la presentación de aquellos escritores.

A Segovia se le había pasado por completo. Pensó que llegaría a su habitación, se serviría un café y dormiría las horas siguientes.

—Vete conmigo —agregó ella—. El chofer pasará por nosotros.

Segovia se quedó pensando, un poco boquiabierto, y dijo:

—De acuerdo.

La presentación en torno a aquel autor muerto que renegaba de su humorismo acabó y Segovia salió de la feria junto a su editora. Así, uno a un lado del otro, caminaron hacia el hotel en el que ambos estaban hospedados, para sorpresa del autor en ciernes. Se pararon un momento ahí afuera. Entonces ella sacó de su bolso un ejemplar de Por tu maldito amor. Segovia se quedó de a seis.

—Fírmamelo —le dijo ella mientras le quitaba el retractilado.

Segovia permaneció boquiabierto un momento más y luego dijo:

—No traigo un bolígrafo conmigo…

Ella rebuscó entonces en su bolso y extrajo uno. Se lo extendió a Segovia, quien lo recibió y comenzó a escribir la primera dedicatoria que escribiría sobre un ejemplar de su novela ganadora. Un instante después, luego de que ella se fumara un cigarrillo, llegó el chofer. La editora y Segovia abordaron el automóvil. Ahí dentro iba el jefe de ella, un pícaro homosexual, pensó Segovia, quien les dijo:

—Para este momento ya deberían estar muy borrachos, no sé qué esperan.

Y un instante después ya estaban a las afueras de la fiesta, que no era muy lejos de ahí. El lugar era un lujoso salón medio al aire libre. La gente iba bien vestida, perfumada, arreglada. Segovia no: iba con la misma ropa con la que llegó al aeropuerto.

—Ven, te voy a presentar al presidente del jurado del premio —le dijo su editora cuando llevaban un minuto ahí. Segovia estaba maravillado al ver a la crema y nata del mundo editorial reunida en ese sitio. Sintió por un momento que era parte de eso, pero su chaqueta desgastada lo desengañó.

El presidente del jurado era un pequeño y calvo individuo, sin lentes, muy delgado, a diferencia de Segovia. Con apariencia de pequeño renacuajo. Y junto a él estaba un famoso escritor al que no le gustaba mostrar su imagen al público, ni en las contratapas de sus libros, por lo que Segovia se vio sorprendido de conocerlo, aunque nunca lo había leído. Este era un crack de la poesía.

—Un gusto —le dijo Segovia.

A un lado de ellos una hermosa, rubia y chaparrita mujer comenzó a aproximarse. Conforme lo hacía no dejó de mirar a Segovia y él a ella, atontado, y al tenerlo a unos pasos, la mujer expresó:

—¡Por fin te conozco!

Segovia no tenía idea de quién se trataba, pero recibió gustoso el abrazo. Su editora, al intuir lo que sucedía, le dijo:

—Ella es la gerente de ventas de la editorial…

—¡Un placer! —le dijo Segovia entonces, y nervioso le ofreció su mano a la mujer cuando ésta estaba dispuesta a abrazarlo.

—El gusto es mío —le dijo ella, y sonrió. Qué fea sonrisa, pensó Segovia: no es por sus dientes, sino por el gesto que el rostro de la mujer hace al sonreír. Es una lástima, pensó también.

—Vamos por un trago —le susurró entonces su editora. Ella no tenía idea de que aquel calvo y panzón individuo había dejado de beber. Por lo que él, titubeante, respondió:

—Eee… stá bien.

Y al despedirse de la gerente, del poeta crack de foto anónima y del presidente del jurado, se encaminaron directamente a la barra.

La triste osadía del Señor Segovia (I)

Un premio literario es un clavo más 

en el ataúd 

de un escritor,

se repitió, una y otra vez, las palabras que su maestro le dijo un día, conforme el avión aceleraba

a setecientos kilómetros por hora,

listo para despegar.

Aunque quizá las repitió un poco antes, cuando una amiga suya, bióloga, decidió llevarlo al aeropuerto. Ella sabía que nadie más lo acompañaría (y tenía razón).

Para que no estés tan solo —le dijo al verlo, y en efecto, su compañía dentro del taxi y en los pasillos de ese lugar en el que todos corren con sus maletas de rueditas mirando siempre el reloj aliviaron por un par de horas la existencia de este individuo; conforme su amiga bióloga le explicaba (pues a diferencia de él, ella viajaba mucho en avión) cómo y dónde tenía que documentar su equipaje y obtener su pase de abordar, el alma perturbada de este pequeño, gordo y calvo escritor se tranquilizó un poco.

Escritor, eso eresle dijo otro amigo suyo, rubio editor de libros académicos, unos días antes, en un bar, sin alcohol de por medio. Se verían después, en la Feria del Libro Más Importante de Habla Hispana, y ahí vivirían un par de aventuras que, desde luego, no veían venir.

Así que quizá se repitió esas palabras un poco antes, cuando la noche previa a su vuelo no pudo dormir a gusto y se revolcó por cada rincón de su colchón; cuando tuvo sueños que nunca se volverían realidad, como el recurrente de la exesposa que lo abandonó volviendo a sus brazos, esta vez sentada ahí, a su lado, donde unas horas después estaría absolutamente solo, en el avión, en el hotel, en la presentación del libro por el que sería galardonado y posteriormente vilipendiado por sus colegas, quienes lo llamaban ya, con desprecio, el laureado, el reputado autor.

Un premio literario es un clavo más 

en el ataúd

de un escritor,

se repitió una y otra vez esas palabras cuando la velocidad del avión lo hundió en su asiento y cerró los ojos y rezó agarrándose bien fuerte del cinturón de seguridad que ya llevaba perfectamente ajustado a su gordo cuerpo. También oró por un vaso de whiskey con hielos como aquel que se bebió junto a su exesposa, la mujer que con justa razón lo abandonó, por alcohólico (entre otras razones), en el primer viaje que ambos tuvieron en avión seis años antes, hacia otro destino, gracias a otro premio literario (llamado de Novela breve humorístico-insurrecta, inexistente ya), ese por su primera novela, llamada, simplemente, Calva, en la que narró las peripecias de una joven obsesionada con la repentina caída de cabello que padeció desde los dieciocho años.

Algo inaudito en la literatura mexicana.

Este pequeño, gordo y calvo escritor, ahora de cuarenta años, era conocido entonces como Señor Segovia en la oficina donde trabajaba como asistente de redacción de una editorial que (esta vez él) abandonó cierto día, luego de cuatro años de servicio, porque algo en el fondo de su grasiento corazón le decía que tenía que dedicar su vida toda a la palabra escrita.

Una decisión que, tarde o temprano, terminaría por aborrecer.

Por lo pronto estaba ahí, con el cinturón de seguridad bien abrochado, rumbo a un viaje que definitivamente no se imaginaba, ni se esperaba, ni nada parecido.

No al menos dos años antes, cuando, desesperado por el abandono ya mencionado de su exmujer, metió la cabeza en el nudo de una soga. Sus pies, sobre un banquito, permanecieron rígidos. Él, con los ojos cerrados, sudaba frío. Luego de quince minutos en dicha posición, se dio por vencido: con ambas manos se quitó la cuerda que había atado a algún punto de su techo y se liberó, al menos por el momento, de su propio homicidio.

Por supuesto que, bajo esas trágicas circunstancias, el Señor Segovia jamás imaginó que solo un par de años después la fama y la fortuna le sonreirían con emocionante desparpajo.

Y es que solía recordar, todos los días, lo que su exmujer le dijo uno de aquellos días, mientras él lloraba arrodillado para que no se fuera:

—Ya no eres un hombre para mí.

Él, entre sollozos alcoholizados, le decía que le diera otra chance, que estaba seguro de que en algún oscuro sitio de su ser habitaba un creador de altos vuelos que en cualquier momento despegaría. Estaba seguro. Que, por favor, como hiciera algunos años antes, le diera chance de demostrárselo.

—No —le dijo ella—, desde Calva que no escribes algo que valga la pena. En realidad desde entonces que no escribes.

Y tenía razón. A pesar de haber ganado, esta vez, el Premio nacional de novela antijuvenil, el Señor Segovia dudaba de las razones del jurado para tomar dicha deliberación, pues aquellas páginas, pensaba, no valían la pena.

No más que muchas otras cosas que circulaban en las librerías. De viejo, de nuevo y digitales.

Por lo tanto esto había sido, pensaba también, cosa de suerte: quizá ese día el integrante del jurado que tenía otra novela a la cual defender no tuvo un amanecer placentero y no logró ofrecer sus mejores argumentos a su favor. Quizá aquellos que defendieron su novela no la leyeron bien y no notaron sus deficiencias, o quizá las novelas restantes eran aún peores que la suya, titulada, esta vez pomposamente, Por tu maldito amor: una historia sobre una banda de jóvenes fanáticos de Vicente Fernández en la que el Señor Segovia mezcló algunas letras de icónicas canciones rancheras con poesía.

Algo inaudito en la literatura mexicana.

Además de una lana, y como había ocurrido con el premio anterior, el Premio nacional de novela antijuvenil incluyó la publicación de la obra, solo que, a diferencia del premio anterior, esta vez no se publicaría en una de las casi siempre invisibles editoriales estatales, sino que sería publicada en, por qué no decirlo como es, la editorial más prestigiosa del país. Por lo menos una de las más prestigiosas.

Algo que, definitivamente, el Señor Segovia no veía venir.

Ahora, aferrado a los brazos de su asiento, no dejaba de pensar en el día en que le llamaron por teléfono, preguntando primero su nombre y posteriormente aclarándole que la llamada provenía de la editorial más prestigiosa del país. Al saberlo, Segovia supo que había ganado el concurso. No hacía falta más: así le había ocurrido la vez anterior, seis años antes. Y a diferencia de aquella ocasión, no estaba formado en la fila del banco esperando extraer sus pocos pesos cuando le llamaron, sino que estaba enfrente de su escritorio, con la computadora encendida, hoja en blanco frente a él, pensando qué haría con los pocos pesos que seguía teniendo en el banco, aunque supiera que en eso no había mucho por hacer. No en ese momento.

Conforme el avión se estabilizó en el firmamento, el Señor Segovia por fin logró ver por encima de las nubes (el sitio donde en realidad se encontraba) y solo así pensó en cómo sería la Feria del Libro Más Importante de Habla Hispana. A pesar de haber trabajado en el ramo editorial, nunca había estado ahí. No alcanzaba a imaginársela del todo, pero seguro sería enorme, se dijo, tan grande como este cielo, cuando de pronto el avión ya estaba ahí, en la ciudad que alberga cada año dicha feria: el vuelo tardó menos en arribar a su destino que lo que Segovia se tomó en llegar al aeropuerto con su amiga bióloga; que lo que le tomó esperar la salida del avión, abordarlo, y todo ese embrollo que despreció más que nunca y que incluía quitarse el calzado, sus botas de Bob el constructor, para que unos de los muchos guardias de seguridad vieran que no llevaba nada en ellas.

Si por él hubiese sido, pensó, habría viajado en autobús. No porque fuera del todo codo, sino porque de verdad le aterraban el despegue y el aterrizaje. Aunque apreciaba mucho, no podía negarlo, que la editorial más prestigiosa del país lo tratara como a uno de sus autores. Es decir, como a una de sus estrellas: al llegar al aeropuerto de la ciudad que cada año alberga la feria, el Señor Segovia fue recibido por un chofer de la editorial, quien afanosamente le dio la bienvenida, y le dijo:

—¿Me aguanta a que llegue el otro autor? Es que viene en el mismo vuelo que usted.

El Señor Segovia conocía el nombre de tal autor, pero en su vida lo había visto (ni en foto) y jamás lo había leído.

Tal autor no tardó mucho en llegar.

Era un tipo afable de gafas y nariz enormes, la piel del rostro repleta de cráteres, que iba acompañado por una mujer que a su vez iba acompañada, supuso el Señor Segovia, por su pequeña hija. Los cuatro avanzaron arrastrando sus maletas de rueditas detrás del chofer, quien los condujo hacia donde estaba el auto de la editorial. Una vez ahí, guardaron sus respectivos equipajes en la cajuela. La mujer no paró de hablar un solo instante del recorrido. De ella y de, supuso el Señor Segovia, su marido, o su hermano, otro famoso, y este sí, muy gordo escritor, pero de novelas gráficas.

Eso fue así hasta que el autor de enormes gafas y nariz le preguntó a Segovia:

—¿Y tú quién eres?

Tarde o temprano iban a hacerle esa pregunta, pensó Segovia, y agradeció que hubiera sido tan rápido. Para ir acostumbrándose.

Luego le dijo su nombre.

—Segovia, muy bien. ¿Y… a qué vienes a la feria, eres ilustrador? —continuó el autor de las gafas y nariz enormes.

—No —le dijo Segovia, y explicó el porqué de su visita. Lo del premio y tal.

—Órale, qué padre —dijo el autor con franco gusto, pero ahí detuvo sus preguntas.

Entonces llegaron a sus respectivos hoteles. Primero al de la niña y la mujer, quien, tan pronto terminó el diálogo anterior entre Segovia y el escritor, siguió hablando, especialmente sobre su esposo o su hermano, famoso y gordísimo autor de novelas gráficas, y luego llegaron al hotel del autor de las gafas y la nariz enormes. Estaban muy cerca el uno del otro.

En cuanto estuvieron solos, Segovia le preguntó al chofer:

—¿No sabe de un lugar rico y barato para comer por aquí? Me muero de hambre.

El chofer se lo pensó un momento:

—Sí. Aquí adelantito, te sigues por ésta (“es que vamos a dar vuelta”, precisó el chofer), y ahí hay una fonda muy rica donde se comen mariscos.

El Señor Segovia miró entorno y trató de ubicarse. Hasta eso no era tan malo haciéndolo, solía saber dónde estaba sin la necesidad constante de un mapa digital que lo guiara.

Al menos pensó eso en ese momento, pues días después, en esta ciudad, se perdería como un bendito.

De pronto ya estaban en las afueras de su hotel. Uno muy lujoso. Más lujoso que cualquier hotel en el que se hubiera hospedado. Sin embargo Segovia sabía que tal dicha solo le duraría dos noches, pues el resto de la semana tendría que vérselas por su cuenta para poder ver a su banda de darkmetal favorita, proveniente del país invitado a la feria, y que tocaría una semana después.

Y es que hubo un tiempo en la vida del Señor Segovia en que éste era un matudo metalero que tenía una banda de deathmetal en la que era el baterista. De eso había pasado mucho, veinte años tal vez: lo dejó cuando conoció a su exesposa porque a ella no le gustaba ese ruidero. Pero para él era una hermosa casualidad que precisamente la primera vez que visitaba la Feria del Libro Más Importante de Habla Hispana, ese año justamente, se encontraría con una de sus bandas favoritas de darkmetal de aquel entonces.

Por si fuera poco también vería a uno de sus autores predilectos, proveniente del mismo país, que daría un par de charlas. Segovia había utilizado el nombre de una de sus novelas, su favorita, para nombrar así al único disco que sacó con su banda y que llamarían: Los legionarios, una grabación casera auspiciada por un viejo metalero de mata larga y barba canosas al que apodaban Doc Reynosa, y que en un momento de su vida fue muy famoso.

En fin, que antes de bajar del auto el chofer le entregó a Segovia una bolsa de la editorial, la cual contenía una libreta, el programa de la feria y un gafete. Luego bajó con el autor y, como hizo con las otras dos personas, le abrió la puerta de la cajuela. Segovia tomó sus cosas, se despidió del chofer con un apretón de manos, y arrastró su maleta hacia el lobby, donde no habían muchas personas. Llegó a la recepción.

Un amanerado individuo lo atendió, diligente, lo registró y le dio la tarjeta/llave de su habitación tras regalarle una sonrisota.

Segovia le preguntó por el elevador.

—A su derecha —le dijo el hombre.

Una vez ahí, apretó el botón que había de conducirlo al piso de su habitación, pero no funcionaba. Segovia se quedó unos segundos intentándolo, hasta que se dio por vencido y salió de nuevo con el recepcionista.

—Disculpe… —le dijo Segovia, apenado.

—¿Si? —le respondió el recepcionista con la misma sonrisa de un momento antes.

—No funciona el botón que lleva al segundo piso.

—Tiene que colocar primero su tarjeta en el lector y luego indicar a qué piso se dirige, señor.

—Oh… disculpe.

—No se preocupe —dijo el recepcionista sin perder un segundo la sonrisa.

Segovia caminó entonces, arrastrando su maleta de rueditas por la alfombra, de nuevo hacia el elevador. Localizó el lector de tarjetas, deslizó la suya en él y entonces apretó el botón con el número dos.

Al abrirse las puertas descubrió un silencioso pasillo y el carrito con trapeadores, cubetas y limpiadores de la mucama. Segovia avanzó despacio mirando los números de las puertas hasta que dio con la suya, la 222. Una vez ahí volvió a insertar su tarjeta. La puerta se abrió y frente a él se reveló ahora una habitación que entre tinieblas lograba verse perfectamente ordenada.

Segovia buscó el apagador y encendió la luz.

Arrastró un poco más la maleta hasta que se colocó en medio de las dos camas que ahí había. Miró alrededor: frente a él estaba una enorme ventana que filtraba la luz solar del atardecer. Y una máquina de café casi portátil a la que de inmediato se acercó. Tantos años de hacer café godinezco en su oficina le permitieron a Segovia manipular el aparatejo sin complicaciones. Bru, bru, bru, las burbujas del agua comenzaron a hacer lo suyo. A un lado de la cafetera había un enchufe al cual conectó su teléfono móvil, el que, no previó, le causaría serios problemas en ese sentido: toda la semana que estuvo en la ciudad que albergaba la feria tenía que estar al tanto de un lugar dónde cargarlo, porque, pobre Segovia, aún no sabía utilizar el modo de ahorro de energía.

Segovia se quitó las botas de Bob el constructor que compró especialmente para la ocasión (muy caras) y se tiró en una de las camas. Frente a él había una enorme pantalla. Pensó en encenderla, por inercia, pero al final no lo hizo. Tenía varios años sin ver televisión, por lo que mejor se quedó mirando al techo.

Cerró los ojos.

Y despertó una hora después. El café llevaba un rato listo y su celular estaba casi cargado al cien.

Ya tenía un par de mensajes.

Uno era de su editora, quien le avisaba sobre el cóctel que esa noche celebraría la editorial en un lujoso salón de eventos. Los otros eran de un par de amigos que desde su entidad de origen, un lugar llamado Hecatepec, le deseaban buena suerte con la presentación.

Si quieres nos vamos juntos, le escribió su editora al final.

Aquí es propicio decir que su editora fue su primer amor de feria, como lo llamaba el rubio editor de libros académicos.

El primero de tres.

Emocionado, Segovia fue al baño, se miró en el enorme espejo que había cinco pasos antes del wc, y se echó agua en los costados de la cabeza, la zona donde aún le quedaba cabello. Se miró detenidamente: no podía ser cierto que ese miserable gordo que estaba viendo estuviera ahí, a punto de presentar su nuevo trabajo escritural y de ir con su hermosa editora a una fiesta.

Pero ahí estaba.

Luego de autoconmiserarse, Segovia se bajó los pantalones, se sentó en la taza y trató de defecar. No pudo. A un lado suyo estaba la regadera y pensó en tomar una ducha, pero no acostumbraba bañarse dos veces el mismo día, así que se puso de pie, se subió los pantalones y caminó hacia la cafetera. Se sirvió el café humeante en la taza que ahí estaba dispuesta. La dejó así unos minutos hasta que pudo beber el líquido: Segovia odiaba el café ardiente.

Con la taza en mano caminó hacia la ventana. La tarde comenzaba a caer y el sol ofrecía la mejor iluminación del día. Pero frente a él solo había edificios. Ninguna persona.

Se puso entonces las botas de Bob el constructor, preparó la bolsa que le dio el chofer de la editorial, y en ella metió algunas cosas que pensó que podría utilizar, como los ejemplares que llevaba de su novela previa, Calva, y sus tarjetas de presentación que mandó a hacer una semana antes y que decían su nombre y debajo la leyenda: “Escritor”.