Lunes. 5.45 de la mañana

Conduces de madrugada, con tu padre muriéndose en el asiento de atrás, y no puedes creer, cuando llegas al entronque, que haya tanto maldito tráfico. Le preguntas a tu hermana, que va sentada junto a ti, qué día es, y a tu madre, que va atrás, tomando por la cabeza a aquel hombre que no deja de convulsionarse, qué hora. Lunes. 5.45 de la mañana. Y entonces entras a ese cruce de automóviles que con los años no mejora y que, piensas entre todo aquello que ahora te acuchilla la cabeza, jamás mejorará. Y conduces. Lentamente, como todos, avanzas poco a poco, y en el camino, tras frenar y acelerar mil veces, vislumbras una patrulla y luego otra; no llevas licencia de conducir (solo falta que te paren) y hace por lo menos un año que no conduces (solo falta que choques). Entonces te aferras al volante con ambas manos, lo aprietas como si fuera tu propio cuello, y una de tus piernas tiembla, la que no usas porque el auto es automático, aunque en realidad tiemblas todo tú, no por la cruda, sino por un miedo, por un terror que nunca habías sentido, cuando no escuchas al hombre hacer un ruido más. ¿Ya se murió?, preguntas a la nada, y te dices sin haber recibido una respuesta: Puta madre, y nosotros atorados en el tráfico… carajo, de qué otra forma podría ser. De qué otra forma, si no es dentro del caos que atravesaron todas sus vidas, en sus automóviles, todos ustedes.

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