Se detiene en un puesto ambulante donde venden dulces, fritangas, chicles y cigarrillos.
Pregunta a la señora que atiende por unas pastillas de menta. La doña, sin contestarle, señala un espacio donde están apiladas las cajas con los paquetes de dichas pastillas. Toma las de su preferencia y luego de detener la mirada un momento en donde los cigarrillos, le paga a la mujer y sigue su camino.
De pronto empieza a dejarse sentir más movimiento de personas que caminan en todas direcciones, hacia el mercado, hacia la explanada municipal y hacia la iglesia, hacia la catedral.
Tiene años que no entra a una.
Sin embargo ese día, no sabe muy bien por qué, opta por echar un vistazo. Mantiene al perro arropado en su regazo.
Lo reciben las tinieblas que se disipan conforme da un paso sobre otro y sus ojos empiezan a acostumbrarse a la tenue luz de algunos focos amarillos que cuelgan a modo de candelabros.
El techo inmenso hace que alce la barbilla lo más que puede y aquel olor, el de las bancas de madera con reclinatorios, el del polvo y el encierro le hacen sentir, tampoco sabe por qué, muy a gusto.
Hay pocas personas en la iglesia; la misa de la mañana terminó treinta minutos atrás y faltan varias horas para la próxima.
Ocupa un lugar en la parte trasera, en la última de las bancas, lo más lejos que puede del atrio principal, donde tampoco hay alguien, y al sentarse el rechinar de sus pantalones provoca un eco que también tenía mucho sin escuchar.
Sabe perfectamente cómo persignarse, pero no lo hace, solo permanece ahí, sentado, aspirando aquel aroma que lo reconforta y poniendo atención al silencio, a la quietud de las figuras sagradas de porcelana que reposan sobre las paredes, como altares, y que, piensa, estarán ahí después de que él muera, de que todos los que están ahí se mueran.
De que todo
el mundo
muera,
piensa. Entonces ve, sobre uno de los muros, cerca del atrio principal, la pequeña cabina del confesionario. Serán aún más los años que tiene sin confesarse. ¿Veinte, veinticinco? Entonces supone que no le vendría mal hacerlo. Pero antes se hinca, coloca el bastón en el suelo, recostado, y cruza las manos. El simple hecho de hacer eso también lo reconforta.
Dios, dice, cerrando los ojos. Hace tanto que no hablamos. Quizá este no sea el mejor momento, quizá nunca más debas escucharme… Abre los ojos de inmediato. Qué chingados estoy haciendo, piensa, y se pone de pie, encaminándose lentamente hacia el confesionario.
Asoma la cara por la puertecita que está abierta, pero no hay nadie ahí. Entonces conduce sus pasos hacia el atrio principal.
Una ruquita envuelta en un velo negro reza una palabra tras otra con su indistinguible y dulcecilla voz; la cabeza completamente agachada.
Luego mira hacia el centro de aquel atrio bien iluminado y mira hacia arriba, hacia el cristo que cuelga y que, ensangrentado, la cabeza hacia a un lado, lo mira desde ahí, sufriendo.
Baja poco a poco la mirada y de los ojos de Cristo recorre hacia la nariz, la barbilla, el cuello, el pecho, el vientre, las piernas, los pies.
Observa aquellos pies ensangrentados, los clavos que los sostienen, y trata de imaginar cómo se sentirá que te claven a una cruz; si acaso el dolor será comparable con la muerte de un hijo.
—A mí se me han muerto todos —dice la doña que un momento antes rezaba, con una voz gruesa, cavernosa; el rostro levantado, repleto de arrugas; la cabellera blanca, lacia y larga, amarrada en una trenza.
Él la mira.
—Siete hijos, todos muertos.
—Lo siento mucho.
—Cruz Martínez, para servirle a usted y a Nuestro Señor —dice la señora y del envoltorio de trapos que lleva por atuendo saca una pequeña mano, delicada, igualmente arrugada, y la estira hacia el hombre que tiene frente a ella, a quien le dice—: Bésala.
Sin saber cómo o por qué, se agacha, se hinca, y besa la mano de la mujer; es suave y tersa aquella piel cuarteada.
—Te pareces a uno de ellos —dice Cruz Martínez.
Él la mira.
—Al primero, al que se murió muy joven. Tendría tu edad, a lo mejor menos. En una pelea en el rancho. Somos de un pueblo de acá no muy lejos. El pueblo se llama Galimatías. Lo mataron de una puñalada en la espalda.
Él mira a Cruz Martínez conforme se pone de pie, sin soltar su pequeña y frágil mano.
—Tú, ¿tienes hijos o nomás un perro?
Él no contesta, en su lugar pregunta:
—¿Cómo se llamaba su hijo, señora?
—Como su padre. Demetrio. Demetrio Reyna.
Él la mira. Entonces la mujer sonríe; tiene unos dientes impecables, naturales, que muestra con orgullo.
—¿Y quién lo mató?
—Uno de sus enemigos. Mi hijo tenía muchos enemigos.
Eso dice Cruz Martínez y, de pronto, con su mano, sujeta el brazo de él. Ambos caminan muy despacio por el pasillo central de la iglesia, hacia la salida.
Cuando pasa frente al confesionario, él distingue que un sacerdote ya se prepara dentro de la cabina, y que un par de personas esperan de pie, a un lado, pero siguen su avance hasta la salida; él apenas y siente a la mujer que lleva junto.
En cuanto pisan el exterior, que por un momento se torna todo blanco, como si hubiesen llegado al paraíso, él nota que la mujer ya no está.
Voltea de un lado a otro, en su búsqueda, pero no la encuentra por ningún lado.
Entonces le toca la espalda.
Él gira el cuerpo con brusquedad y al hacerlo distingue la pequeña figura de Cruz Martínez.
—Es que se me cayó una moneda al piso y no la encontraba —dice.
—Oiga… y cómo se va a ir hacia su casa…
—Un taxi pasa por mí, ya me ha de estar esperando allá en la esquina —dice la señora y con la cabeza señala el camino—. Nomás acompáñame ahí y ya no te causo molestias.
—No es molestia —dice él y así, despacio, avanzan hasta que llegan a la esquina.
Ahí un taxista espera a la anciana.
—Doña Crucita, cómo le fue —dice el taxista y se aproxima hacia ella y la sujeta. Le sonríe a quien la acompaña.
—Bien mijito, bien.
El taxista le ayuda a la señora a subir al taxi. Él baja un momento a su perro, quien estira las piernas, se sacude y da un par de pasitos.
—Hasta pronto —le dice el taxista a él.
Dentro del taxi algo dice doña Crucita, pero desde ahí afuera no se alcanza a oír.
El taxista entra a su vehículo y de la parte baja del tablero toma una tarjeta y se la entrega a él, quien al verla lee:
TAXI SEGURO más un número de teléfono.
—Pa cuando se te ofrezca —dice el taxista, quien de inmediato incorpora a la avenida.
Él gira sobre su propio eje hasta que vislumbra, a unos metros de donde está, una banquita libre, aunque esté bajo el sol inclemente que insiste en derretir a todos.
Junto a aquella banca hay otra, y en ella hay una pareja, unos novios que melosos se acarician y besan.
Él se sienta y de su mochila extrae cuaderno y lápiz.
Comienza a dibujar a la pareja; los mira con toda atención conforme traza y conforme ellos se miran.
De pronto la chava se percata de que aquel hombre los está dibujando. Se lo dice a su novio, como no queriendo, casi solo moviendo los labios, y él se percata de eso y entonces clava la mirada en su cuaderno y un instante después mira al chavo, quien lo mira, una mirada joven pero hostil que probablemente habría provocado un pleito.
Pero no ocurre así, y el chavo le dice a la chava vámonos a otra parte, te invito un helado pal calor, y entonces ambos se ponen de pie y se van de ahí sin volver a mirar al hombre, cuyo retrato está casi terminado para ese momento.
En otra hoja comienza a dibujar la vieja iglesia en la que acaba de estar, la explanada, los pocos árboles, algo de aquella gente.
Luego comienza a dibujar unas llamas en torno a la iglesia. El fuego poco a poco consume la construcción hasta que se vuelve una maraña de rayones que cubren por completo el dibujo, la página entera, que arranca del cuaderno y convierte en una bola de papel que lanza al interior de su mochila.

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