
El ardor comenzó alguna tarde, no tan tarde, cuando tenía unos doce años o menos.
Me recosté sobre la cama, boca abajo, pero no funcionó. El ardor persistió y me quemaba desde la boca del estómago y todo el esófago hasta donde iniciaba (¿o terminaba?) la garganta. De algún modo dolía y no tenía idea de qué hacer.
No sabía qué me pasaba.
Por lo que habré estado así algunos días, quizá uno o dos años, cuando le traté de explicar a mis padres la sensación. Para que me llevaran al médico.
—Suena como un gorgoteo, como unas burbujas —le traté de explicar al médico una vez que lo tuve frente a mí, en aquellos años en que mis padres podían llevarnos a un servicio particular. Se me quedó mirando raro, como diciendo: qué mentira me está aventando este chavo. Imposible que le pase eso a su edad.
Traté de comprobárselo al momento, pero al Alien parecía darle pena salir a la luz cuando se lo pedían.
Alien, así le habían puesto mis hermanas a los ruidos que emergían de mis entrañas, parecidos a los que las tripas hacen cuando se tiene hambre. A esas burbujas que recorren, todavía, el camino hacia la boca, pero que no salen.
Como un eructo contenido, una explosión que nunca llega. Que, por el contrario, implota.
Nunca supe eructar. Ni escupir gargajos. Mi abuela nos enseñó que hacerlo era «de marranos», «de desconsiderados». Sin embargo, pienso que, de haber aprendido, me habría ahorrado muchos problemas.
Porque el Alien no se manifiesta solo por el ardor y sus ruidos. También lo hace cuando bebo más de dos cervezas (y más de cinco mezcales) y se manifiestan las ganas de vomitar. No es un vómito común, ese que expulsaba cuando era niño sobre una bolsa (alguna vez agujereada) al marearme en los coches. No. Es un vómito distinto, compuesto, principalmente, por la saliva que se empieza a acumular en las glándulas que se encuentran en los costados de la garganta. Cuando se inflaman.
Y no ocurre solo al beber cerveza, licor o vino, también cuando bebo refresco o cuando bebo mucha agua. Por ejemplo: cuando nado o hago mucho esfuerzo. Cuando no he comido nada. Cuando bebo mucho café. Ahí vienen los ácidos estomacales a reclamar lo que no es suyo.
Un reflujo.
Ellas, mis hermanas, no era que se burlaran. No propiamente. No en realidad. Reían de mi condición de extraterrestre. Y, en efecto, me imaginaba a un ser de otro mundo viviendo en mi interior. Como ocurría en alguna parte de los Hombres de negro.
Y así, en la quietud, en aquellos efímeros momentos en que la casa se tornaba silenciosa, el Alien se podía escuchar.
—Tu Alien, tiene hambre —decía cualquiera de las dos.
Así que desde ese momento comencé a referirme así a él, como mi Alien. Eso que vivía dentro de mí (vive) y que me avergonzaba (todavía). Como mis manos, mi estatura, mi nariz, mi calvicie, mi gordura, la uña del dedo gordo del pie izquierdo que me rompí una vez que golpeé mal el césped (y que jamás volvió a crecer bien) y una bola de grasa que recién me salió en la cabeza (hace un par de años, o tres), parecida a un chipote.
(A fin de cuentas soy un ser desagradable, por dentro y por fuera. Pienso. A veces.)
No les resultó tan desagradable, sin embargo, a mis parejas, que no han sido muchas, y a quienes no les pude ocultar mi secreto por mucho tiempo (pues tarde o temprano lo descubrirían. Lo escucharían). Por el contrario.
—Tengo un Alien… —les dije a cada una, y no dijeron nada, ni se quejaron, ni hicieron cara de asco, como pensé que harían. Como pensé que harían con todo lo demás que me avergüenza.
Aunque hubo quien lo hizo, pero eso es otra historia.
El médico aquel, entonces, me hizo una endoscopía, de la cual perdieron el video. No hallaron nada raro. Me recetó una leche de magnesio (tratamiento que no seguí) y me dijo que era muy joven para tener colitis, o gastritis. Cualquiera de las dos. Demasiado joven.
También lo pienso. Era muy joven para eso, pero el Alien sigue aquí conmigo ahora que soy más viejo. He logrado aliviarlo, primero automedicándome omeprazol y posteriormente algo más poderoso que me recetó otro gastroenterólogo hace relativamente poco (si consideramos que llevo más de veinte años con esto).
Este nuevo me dijo que era necesario hacerme una nueva endoscopía, pero, no sé, me da algo de miedo. Un amigo tenía algo parecido y terminaron engrapándole el estómago (o el esófago, no sé). Ahora lo que puede comer es muy poco, tanto en cantidad como en variedad.
Siento que, de seguir así, bajándole a eso que me hace daño, puedo contener al Alien y seguir dándole asilo. Quizá solo necesito relajarme un poco (el estrés es una de las cosas que invariablemente lo hacen enfurecer). Y hacer las pases conmigo mismo.
PD. El dibujo de la portada lo hice yo, en una libreta, de las varias que he tenido y con las cuales he buscado, fallidamente, escribir ideas o poemas o lo que salga para luego vaciarlo acá. Al dibujo le tomé esa foto un día, y otro día la edité, hace ya tiempecito, y fue apenas que volví a ver la imagen en el escritorio de mi vieja computadora (la cual sigo usando) que me animé a escribir este texto. Pretendí hacerlo a la manera de Nora Ephron, a quien acabo de descubrir (gracias a Marsi). De leer, en realidad, porque Chuck Palahniuk la menciona en su libro Plantéate esto (que reseñé aquí). Aunque este texto definitivamente está escrito sin tanto humor (¿acaso tiene?), lo cual lo vuelve material que Ephron jamás habría escrito. Por el contrario.

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