Desde ahí te escribo

Desde las casas que nadie habita pero que se siguen
construyendo
sobre ruinas de familias desbaratadas
entre soledad y dolor,
luego de guerras que todos y nadie lucha, y que siempre dejan caídos:
hijas que no lo son y un mal día se enteran,
hijos que nunca fueron, muertos sin haber vivido,
amores que abandonan, que se van, y que también se mueren
como el mar que acaricia los pies un momento, para luego desvanecerse
en el tiempo.

Desde ahí te escribo.

Rick

Ayer hicimos el amor, Rick,
en mis sueños, como solíamos hacerlo
en mi casa (o en la tuya), también
en tus sueños (creo), donde se pudo, donde
pudimos.

Recreé entre brumas tus besos, Rick,
los que me que diste aquel día en la cantina
que tanto nos gustaba hasta que subieron
los precios. No he probado
saliva más exquisita
que la tuya. No quiero
endiosarte (en serio), pero no creas
que es lo único que extraño
de ti.

Porque recreé tu olor, tu aroma, tu perfume, llámale
como quieras; el mismo que me excitó de golpe
la primera vez que entré al lecho
donde dormías con quien dejaste
___________________________________antes que a mí;
el mismo olor que se quedaba impregnado, que nacía
en tu cabello: una melena, indignas mis manos (feas), mi olfato,
de ella, de él, y aún así, nunca me cansé de acariciarlx, Rick,
de sumergirme en ti y olerte para vivir
por siempre
(y para siempre
contigo).

Recreé fielmente la sonrisa que enaltecía
tu cara
preciosa
(y mi alma, corazón)
cuando comíamos en algún lugar y quedábamos frente
a frente, el uno del otro, al platicar; extraño tanto
eso:
platicar contigo.
Comer contigo. Beber
contigo. Beber
de ti. Besar
tus labios, tus manos, tus hombros, tu espalda, tu panza, tu
pecho, tu
entrepierna; evoqué
la ropa interior
que solías prestarme
para cada vez que estuviera solo, Rick,
como lo estoy ahora, tan pinche solo
sin ti.

Porque aunque diga que me he resignado a olvidarte no puedo
mentirte:
aún espero el momento en que me llamas y me dices aquí estoy, Rick,
vamos al cine, hace mucho que no vamos
por una hamburguesa, Rick, vamos
por un café, por un libro, vamos, Rick,
a ver una serie, qué tal por una pizza,
vamos, Rick, a un concierto,
hagamos
el amor, Rick, hace tanto
que no lo hacemos y me muero
de ganas por hacértelo.
Como solíamos hacerlo.

Hemingway

Veo una película en la que Hemingway
escribe de pie
durante horas 
reportajes y novelas;
una excentricidad propia de escritores 
como él.

Ella mira la película a mi lado
juntos, los dos, en la madrugada
cubiertos, en gran parte, por una cobija rosa-negra con un león bordado
al frente.
Una excentricidad propia de escritores
como nosotros.

Los únicos dos en la lista negra

Para Marsi

Salvo el alacrán, dijo
y la araña violinista
(“los únicos dos en la lista negra”)
no puedes matar a ningún otro insecto
que se aparezca
por aquí.

Estaba sentada, frente a mí,
lentes que escondían aquellos ojos
deslumbrantes, tímidos;
ropa que ocultaba
su negra ropa
interior,
y su espalda, larga,
como el cabello, negro,
largo también,
mientras sujetaba, igual
que yo, un vaso de plástico con refresco
de lima
y (mucho) ron.
Había matado para entonces
cientos de cucarachas (y otras alimañas)
en aquel sitio, sin misericordia, sin temor,
a sabiendas de que no servía de nada,
de que todo era una simulación,
por lo que le dije, muy a sabiendas
de eso:
“por favor,
si aparece una,
no te saques
de onda,

por favor”.

Soy bióloga, dijo, no me saco de onda.

Desde aquel día dejé de matar
a una serie de insectos
que aparecieron ante mis ojos,
quietos,
_________discretos,
____________________en las paredes,
______________________________________sobrevolando
el baño

o reptando

por

el

suelo.
Desaparecían, de pronto, por sí solos
sin necesidad de nadie que decidiera,
como fuerza de la naturaleza,
el momento de su fin.

Lo suyo es la vida, me dijo otra persona
sobre ella
tiempo después.
Su mundo es otro, muy distinto
al tuyo
(que es tan gris).
Estoy de acuerdo, dije,
no entiendo muy bien qué puede atraerle
a ella, mujer brillante, talentosa,
inteligente,
hermosa, por lo tanto
a veces infeliz,
de mí
si solo soy
un bicho
borracho
ponzoñoso
y ruin.
Pero tengo clara una cosa, dije:
no hay nada más colorido para este mundo
(gris)
que cuando está ella, a veces,
sentada aquí, de frente, conmigo
platicando y oyendo música
sonriendo y bebiendo ron

sonriendo y bebiendo ron.

Virgen de la derrota

Todas las mañanas, cuando el sol acaricia
la ventana que cierro
por las noches,
despierto y me hinco
para rezar
una oración a la virgen
de los derrotados,
para agradecer
un día más con vida
para agradecer
un día más
sin éxito
(que es un día más
sin ti).

Pongo las palmas de mis manos, una
frente a la otra y rezo;
los ojos los mantengo

cerrados

(como la boca)

y escucho mi propia voz en la cabeza,
donde vive su imagen, que veo ahí, pues no existe
cuadro alguno que la contenga.

La virgen de la derrota está desnuda
frente a mí,
su cuerpo es como el de cualquier otra virgen
pero sin manto alguno
que la proteja
(¿de quién? si no es de Dios)
de mi mirada que se abstrae ante aquellos senos que se acercan
cada vez más
c e r c a
para darme de beber
la sangre que emana, la sangre que bulle
de aquellos pezones que ciegan
por tanta luz.

Ideas que debo suprimir de mi destino

*Por Malcolm Lowry

No para de leer este poeta en ciernes que un día
quizás figurará en esta misma antología

–es decir, dentro de diez años, en su versión revisada
lo que da a nuestro poeta buen tiempo para crecer–

lee y lee pero no comprende,
extraño incluso en su propia tierra.

Lee más como si escribiera entre sus versos
en los que adivina escaso sentido o locura.

Frente al genio de todos esos hombres su inteligencia
equivale a la del fogonero frente al marino.

Lee pero no alcanza a comprender.

Excepto en un fragmento de biografía,
que indica: “murió por propia mano”.


*Poema incluido en su libro Un trueno sobre el Popocatépetl.

Perrro infernal

Te debo la vida, Bukowski.
Y si no, por lo menos, la sonrisa de aquella mujer.
(Que viene a ser lo mismo.)

Yo era universitario, en esos días
el cabello me llegaba
—casi—
hasta el culo.
Y pensaba: si no ligo
ahora
todo lo que no he ligado
en mi vida
jamás
lo ligaré.

Fue una tarde, que caminaba dispuesto a entrar
al metro
luego de un pesado día de escuela
en el que mi vocación me había abrumado
casi tanto
como ella,
cuando me detuve en el puesto de libros que ahí había
y miré los títulos: ediciones piratas
de accesible precio
para miserables
(universitarios)
como yo.

Y ahí estaba tu nombre, tu apellido
un libro gris de letras rosas; una mujer enmascarada,
desnuda
encima de un tótem/jabalí
en la portada.
El amor es un perrro infernal, así
con tres erres, escrito
estaba el título y me dije: vaya,
qué chingados
será esto.

Era poesía.
Nunca, probablemente
había leído un libro de poemas.
Mucho menos como esa vez, en la que bebí
tus escritos conforme el metro, atascado
de gente, de otros jóvenes (miserables)
como yo
avanzaba lento
por el túnel negro
una y otra vez
hasta la última estación.

Un par de días después le leí
uno de tus poemas
a aquella mujer
de hermosos ojos, como sus pechos
que me había bateado
varias veces
como muchas otras, sin miramientos.
“¿A poco eres poeta?”, me dijo antes
de que empezara a leerle el que se llama
como el libro
y que transcribí
en una hoja
de mi cuaderno.
“El amor es un perro infernal”,
dijo, tras escucharme
y sonriente aceptó
a tomarse un par de chelas
contigo.

Hoy murió un viejo amigo

En memoria de Diego Andrés Jiménez Otero

Hay una foto en la que estamos
tú y yo
(y otros dos chicos, el otro Diego,
y aquél a quien le decíamos Gonchito Alonso);
estamos juntos, creo, abrazados, en medio de la foto,
como solíamos estar aquellos días,
solo que vestidos como vaqueros.
Esa foto se tomó durante un bailable
en la primaria en la que compartimos varios años,
la Vicente Guerrero,
por lo menos dos ciclos muy fructíferos, quinto y sexto,
en los que cruzamos ese inevitable limbo
que separa la niñez
de la adolescencia.
De eso tiene veinte años y hoy
hoy me entero que has muerto; algo
se ha apagado para siempre
en mi corazón.

Habrá sido en la calle, cerca de donde vivíamos, la última vez
que nos vimos.
Nos saludamos como siempre:
Qué gusto verte, canijo, cómo estás.
La enfermedad que valiente llevabas combatiendo un buen rato
te había cambiado el semblante.
(No era para menos.)
Ya no eras el mismo y yo también
había cambiado;
supuse entonces que aquellos días, en los que íbamos
a las maquinitas del Don
o cuando jugábamos Súper Nintendo en tu casa
serían ya solo recuerdos,
memorias que hoy me permiten evocarte.

Nadie como tú
para tantas cosas. No solo eras bueno
jugando el King of Fighters,
también lo eras con el balón bajo tus pies;
una pierna derecha educada como pocas, te recuerdo
en las canchas del canal, toda tu deslumbrante técnica
mientras portabas el uniforme del Atlas; delantero fiero,
supe que algún día jugarías
futbol profesional.
Eras, además, un chico guapo;
las chavas se derretían por ti
mientras nosotros, tus amigos, mirábamos a la distancia
y tratábamos de ponernos al parejo
en otros ámbitos
como en la escuela (ja ja),
en las matemáticas
o el español;
territorios, vaya injusticia, donde también eras destacado.
No había forma de igualarte.
No había nadie como tú.

No me extraña que hoy llueva, Diego, Chato querido:
el cielo nos ayuda a decir
lo que no podemos,
lo que no somos capaces
de escribir
porque no hay palabras que sirvan
en estos momentos.
Te agradezco, sin embargo, tus sonrisas,
ese buen humor que te caracterizaba
el que nos permitió acercarnos de veras;
porque a veces era imposible, en el barrio, mostrar tantita
vulnerabilidad
(recuerdo aquella vez que nos dimos un leve agarrón en la calle;
yo no quería lastimarte y supe
que tú tampoco querías
lastimarme; así que al final
nos abrazamos).
me mostraste, te decía, en ese pequeño pero indispensable
momento de nuestras vidas
(yo fui antes y después de todo esto)
los alcances de la amistad,
el hermoso ser humano que eras;
la sonrisa de tu padre, cómo iba a ser de otra forma:
don Ramón y tú finalmente
están juntos
de nuevo.

El corazón es un órgano destructor

Para Elena

Sabes que te extraño
con todo el corazón
y que aunque es lugar común decirlo
yo espero, cada noche, cada día nublado y cada rojo atardecer
a que vuelvas por mí,
a que digas: “yo también te extraño
mucho mucho,
he estado pensando
todo el tiempo en ti”.

Pero no ha ocurrido y creo, honestamente
que no ocurrirá

jamás.

(Es duro saberlo.)

Aunque no sé, la verdad,
por qué te fuiste

tan lejos

cuando deberíamos
estar
máscercaquenunca
desafiando
el final de los tiempos.

Solo sé que el corazón
es un órgano destructor
y que, como la esperanza,
se muere al último.

Me parezco a mi perro (ya quisiera)

Para mis perros los pozoles

Solo me parezco a mi perro (ya quisiera) en las siguientes cosas:
en nuestra gordura,
en nuestras piernas cortas,
en el pelaje negro,
en que siempre estamos calientes, listos
para hacer el amor.
Por lo tanto somos cariñosos, mucho
muy encimosos.
Y a veces bravos:
no ladramos antes de soltar
una mordida.

No me parezco, sin embargo, al Pozole, y lo lamento:
en su ecuanimidad,
en su paciencia,
en su tolerancia y el aguante que tiene
para con otros perros,
para con su dueño,
para consigo mismo.
No me parezco a él en la sonrisa
que suele esbozar cada que saca
la lengua
para refrescarse,
ni en la cordialidad que tiene para con los extraños,
o la forma en que resiste bajo el sol,
bajo la lluvia,
con hambre y con sed,
o con la soledad que a veces sobrelleva
si el Deivid ha salido de paseo.

Tampoco tengo su fuerza y ferocidad,
la rapidez de sus cuartos traseros;
a veces creo que sí tengo la perspicacia que tiene cuando
levanta las orejas
y avista el peligro
a nuestro alrededor.

A veces nos recostamos juntos en el suelo
y roncamos
mientras él me abraza con su pata izquierda y me protege
del mundo,
o yo lo abrazo a él y lo acaricio
si tiene pesadillas,
sueños,
en los que vive sin mí.