Epidemia

Aprendí a estar solo
en el resabio más rotundo de mi alma
y de mi habitación;
fue el momento en que pude seguir
con la mirada perdida
uno a uno
los pasos que daba el sol hasta alcanzar
el final del día;
cuando la luna, en todo su (monstruoso) esplendor
se posó frente a mis ojos
y el silencio y la oscuridad en turno
se volvieron únicos
además de la voz
que desde algún sitio, agonizante
se perdía.

Aprendí a estar solo
a merced de mi propia soledad
y entre la compañía
de mis perros,
mis libros,
mis discos
y el alcohol;
organizando borracheras (interminables) para mi mismo,
fiestas solitarias bailando con mi sombra,
quien siniestra se extendiera por la pared en su misteriosa danza;
pasos erráticos que nunca logré poseer
del todo,
aunque luego sumergiera la cabeza en una almohada
(sucia)
para gritar
entre lágrimas
el llanto amargo que alguna vez terminó en sonora risa
y que lancé frente a las ventanas
_________(abiertas)
de esa misma habitación.

Aprendí a estar solo
lejos de todos, y de mí,
de mis amigos, mi familia y mis amores,
cerca de mis enemigos, muy cerca
esperando que algún día llegara el virus
que acabara con todo(s) ello(s)
de una buena vez
y por fin.

Piedras heridas

Por Eusebio Ruvalcaba*

Antes que de palabras y preposiciones,
los hombres estamos hechos de huesos
y vísceras. Recordamos a nuestro padre
y las lágrimas sobrevienen. Antes
de reflexionar que aquel desencantado viejo
fue nuestro padre.
Pocos, escasísimos poetas resisten la prueba
de fuego de ser leídos durante una cruda mortal.
Ordena uno su trago,
se abre el libro donde caiga,
o, si se trata de un libro conocido,
se lo abre en uno de los poemas favoritos,
justo ahí donde está el separador o el subrayado.
Y de pronto aquel poeta se reblandece.
Se va haciendo agua hasta que gota a gota
va a dar al suelo.
Naturalmente que nadie somete la poesía a estas
pruebas. La poesía es sublime.
Tan grande, tan solemne, tan importante,
que no es para leerse en una cantina
donde todo es vulgar, procaz, inhóspito. La poesía
debe leerse en las aulas universitarias,
las alcobas cuando han sido prolijamente aseadas.
O también en el avión
o, a lo más, en el café. La feroz cruda todo lo echa
a perder. Pero también ayuda. Esto es extraño.
¿Cómo va a ayudar una cruda? Simplemente
coloca al lector en el umbral de la muerte.
Algo que un abstemio nunca podrá sentir.
Entonces se lee sin complacencias.
Porque no hay atrás de ese acto de leer un afán
que vaya más allá del acto de leer.
Nadie se preocupa por someter
la poesía a un análisis riguroso.
Sencillamente se trata
de no quedarse dormido, de que la poesía
te dé una mano,
te ayude a entender que estás vivo,
de que entre poesía y cruda
sacudan tu espíritu
levanten tu mano y te permitan
ordenar la siguiente.
La cruda no se deja sobornar –la poesía sí.
No admite concesiones.
Nada de quedarse
en la superficie del lenguaje,
por más apacible y sugestivo que parezca.
De algún modo la cruda te obliga a ser honesto.
Los crudos nunca dicen cosas importantes,
pero sí profundas. De dos centímetros
de profundidad. Cosas hechas de jirones
de vida, resabios de una existencia
que está por irse. Los crudos se sienten miserables.
Los persigue una angustia que no los deja
ni marcar el teléfono. Sudan
todo el tiempo.
Las manos les tiemblan, y lloran a la menor
provocación. Creen que el mundo se va a acabar
a la vuelta de la esquina. Por eso desconfían de todo.
Porque no saben
dónde se va a producir
el primer golpe. Y, acaso por eso, aquilatan como
nadie la dulzura
y la comprensión. Aunque sea unas cuantas gotas.
Porque si no le entra la desconfianza.
Leer en una cantina aísla más al individuo.
Lo pone más en contacto con su mundo interior.
Una cantina no es una biblioteca. Y digo que aísla
más al individuo porque es él y el libro.
Afuera el mundo bulle. En forma de violencia o de
arte, de desplomes
financieros o de encuentros amorosos
afuera nadie se detiene a pensar
en ese lector encontrándose con la poesía.
Un encuentro intrascendente.
Aquí no hay suplementos ni canales
culturales para tomar nota.
Nadie le pide una entrevista
a un crudo
para saber cuáles son sus libros de cabecera.
Nadie se acerca a un crudo para mirarle los ojos
mientras lee. Para captar en su mirada
esa chispa de misericordia divina,
de que aún le está permitido leer ese poema.
El crudo no tiene más elementos para gustar
de un poema de los que tiene un niño.
Ambos sienten en carne propia el misterio
de la poesía. Ambos levitan cuando escuchan
o leen ese poema.
Tal vez por eso un crudo lee un poema como si
fuera el último.
Porque está harto de palabras.
Quiere hechos. Quiere sentir.
Quiere que el poema le haga sentir cosas.
Sentir alivio o conmiseración. Si ya siente
sobre sí toda la podredumbre humana,
es justo que el poema le retribuya piedad.
Una cruda reduce a un hombre a su condición
verdadera: la de un insecto.
Un bicho que puede ser aplastado
de un pisotón. A su lado, todo es grandioso y
vale la pena de ser enaltecido y ponderado.
Un crudo sabe que una brizna de hierba
tiene más importancia que la que él podrá
cosechar algún día. Un crudo lo sabe y no opone
resistencia. Por eso lee con fruición.
Porque el poema no le exige cuentas.
Lo acepta como es. Sin reparos.
Menos que una brizna de hierba.

10102019-image


*Poema incluido en su libro El frágil latido del corazón de un hombre, titulado como un poema de Malcolm Lowry.

Imagen: fotograma del documental De cuatro cuerdas.

Las palabras

Por Margarita Paz Paredes*

Las palabras tienen un sabor definido,
una envoltura táctil,
una vital presencia,
un color, un peso, una fragancia.

Nosotros, los culpables,
casi nunca sabemos
en qué molde podemos acogerlas,
retenerlas, darles calor y vida,
tierra donde germinen,
ramas donde florezcan,
brisa que las envuelva.

Cuántas, cuántas palabras muertas
al iniciar su vuelo.
Cuántas, cuántas palabras
en busca de horizonte,
mudas y aniquiladas
por un absurdo miedo
de mostrar su inocencia.
Ahora que se me agolpan insistentes
en el túnel del alma;
que tengo en la garganta
su sabor agridulce;
qué insólitas, dibujan con sus manos etéreas
el nombre ya cotidianamente acostumbrado
a mi vigilia,
o acompañándome
en los breves instantes sustraídos
al tiempo malogrado;

ahora que repentinamente se rebelan;
me exigen su cálida morada,
la redoma que guarde su perfume,
el eco que responda a su mensaje,
la boca que las guste,
el pecho que sea templo y campanario
para su comunión y su aleluya.

¿Cómo explicarte entonces, este hallazgo?
Las palabras ahora, mis palabras,
tienen un dulce peso acompasado
al temblor de tus brazos;
su forma delicada
puede llenar el molde de tu frente;
su languidez sonora
esparcirá su música en tu oído,
y habrá de estremecerte su secreto,
cuando por fin, henchido de preguntas,
ávido y presuroso a recibirlas,
abras de par en par las puertas de la esfinge.


*Poema incluido en su libro Señales.

En nuestro cielo distraído

Si miras bien,
más allá del río que traslada aguas negras en su cauce,
más allá del óxido que ha convertido en ruinas esta construcción,
más allá del crimen y la muerte inexpugnables
que nos acechan
podrás apreciar el alma ennegrecida
de esta triste tierra
condenada a ser bastarda, vacía,
y que nadie más ha querido mirar
por repulsión.
No habrá recompensa después de eso, es cierto
salvo aquel pequeño destello de luz
que persiste y pareciera suficiente para abrirse paso
en nuestro cielo distraído
donde no es posible mirar a plenitud.

Ten cuidado

Para ti.

Ten cuidado con lo que deseas.
Con lo que no.
Con lo que alguna vez deseaste.
Ten cuidado siempre
con lo que desearías.
Ten cuidado
con lo que desearás
–y con lo que no.
Ten cuidado, por favor,
con las señales
que te brinda el mundo;
cuídate de los letreros
de las calles
y de la luz
amarilla
que previene
los
a
c
c
i
d
e
n
t
e
s
.
Ten cuidado
hoy y siempre,
con las líneas
que escalonadas
se disfrazan
de poemas.
Ten cuidado (sobre todo ayer)
con los poetas.
Y nunca te descuides (da lo mismo si es mañana)
de la poesía.

 

Manos

Con mis horribles y pequeñas manos cubro
lo poco
que queda de mí:
un rostro
que además de lágrimas
tiene frente a sí su vida entera
en aquellas líneas que surcan
las palmas sucias
de esas mismas manos.

Y escucho,
nuevamente,
exprimiendo al máximo mi insensatez
(cualquier insensatez),
que todo está demasiado claro:

           Todo

  está

            muy

  claro

repite
mi propia voz.

Es mentira, pienso entonces
(sí, en ese mismo instante)
pues cuando abro los ojos
lo único que veo
son esas mismas manos
(y esas mismas lágrimas)
impidiéndome mirar
con claridad.

Descansa, papá

Para Abraham

He ahí a mi padre,
bajo las tablas
que él mismo puso
sobre la pared.
Su cuerpo yace, inmóvil, en el piso,
aunque con su mano izquierda
sostenga, intacto,
un vaso con tequila (que todavía
pensaba
beber).
Lleva algunos años sin hacerlo, aunque esta noche
lo ha hecho
por última vez.
Quito las tablas
que mantienen su cuerpo
sobre el suelo.
“Seguro está muerto”,
pienso,
pero el hombre balbucea algo, mueve su mano, y es así que lo pongo
de pie.
Conforme se levanta, me dice:
“Ya no aguanto como antes,
hijo”,
y cuando bebo lo que resta de su vaso, él insiste:
“Apenas tomé un par de copas, y mírame, no queda nada
de mí”.
(Su cuerpo es delgado, empequeñecido, débil. Acabado
por la diabetes.)
Lo llevo a cuestas, entonces, a su casa,
y deposito a mi padre
sobre el sofá.
Lo tapo con una cobija, como hacía él conmigo,
cuando yo era un niño
y llegábamos a casa,
sanos y salvos,
luego de que condujera el auto
totalmente bebido.
Beso su cabeza calva en la oscuridad, la acaricio, y le digo:
“Descansa, papá”,
aunque el hombre
ya esté dormido.