Bajos fondos

Para Elena

La vi cargando su muñeca una tarde en que la lluvia había inundado la calle. La mujer estaba sentada al filo de un local que llevaba varios meses cerrado; en vano buscaba protegerse del torrente inmisericorde y con ambos brazos protegía a la niña de plástico. La observé desde que el taxi dio vuelta en la cuadra donde vivía entonces.

Ella era la única persona a la redonda. Gritaba:

—¡Dios… Dios nos está castigando a todos!

El taxista se estacionó frente al portón del edificio y miró con recelo a la mujer.

—Pinche vieja loca… —dijo entre dientes.

Al bajar del vehículo la miré un momento más (de repente dejó de gritar y miraba hacia el infinito) y corrí hacia mi departamento. Busqué unas cobijas, algo de ropa vieja que estaba a punto de regalar y volví a la calle.

Pero la mujer ya no estaba.

Volteé a ambos lados de la banqueta y alcancé a verla a la distancia. Caminaba a pasos más o menos rápidos, recargada contra los muros de las casas para atajarse. Caminé tras ella bajo el aguacero. La mujer dio vuelta en la esquina más próxima y se internó entre los callejones.

—¡Señora, señora! —le grité, pero ella me ignoró y caminó más rápido.

La perdí de vista.

No la volví a ver hasta un par de semanas después. Nuevamente yo venía del trabajo, pero aquella era una tarde soleada. La mujer se paseaba frente al mismo local: iba de un lado a otro, como un animal enjaulado, con su muñeca entre los brazos, vociferando oraciones sin sentido. Volteó a verme conforme me acerqué al portón del edificio.

—¿Tienes un cigarro? —me preguntó en voz alta, a lo lejos.

—No, disculpe, no fumo.

—Cómo no vas a fumar, si se ve que eres bien puta —dijo la mujer, con su mirada que miraba a ninguna parte aunque sus ojos verdísimos estuvieran posados en los míos. Luego soltó una carcajada aterradora. No supe qué responderle. La mujer reemprendió sus pasos de un lado hacia a otro y también reemprendió su perorata ininteligible.

Subí a mi apartamento. Tenía a la mano las cosas que pretendí entregarle la ocasión anterior. Husmee en la bolsa que las contenía y ahora no sabía si dárselas o no. Le hice un nudo al paquete y bajé.

La mujer ya no estaba.

Volví a mirar hacia ambos lados de la calle y de nuevo la vi caminar a varios metros de mí, esta vez en la dirección contraria a la del otro día. Yo llevaba puestos unos tacones, no muy altos; lo recuerdo porque a pesar de ello decidí correr tras ella: esta vez no se me escaparía. Cuando la tuve cerca, aún de espaldas a mí, toqué su hombro. La mujer, que vestía un faldón largo, un suéter muy grueso ennegrecido por la suciedad, tenis deportivos rosas y que columpiaba su muñeca con una mano, giró el rostro bruscamente.

—¡Que no me estés chingando! —gritó.

—Solo quiero… —titubee— regalarle esto —dije y le extendí la bolsa. La mujer me miró.
Qué hermosos ojos tiene, pensé. ¿Cómo habrá sido que terminó así? La mujer tomó la bolsa con la mano que llevaba libre y clavó su vista dentro de ella. Una a una sacó las cosas que la contenían y las fue tirando en el piso.

—Si serás pendeja, yo te pedí un cigarro —dijo, enfurecida, con esa voz aguardientosa y
maltratada por la calle como lo estaba toda ella. Nuevamente no supe qué decirle. La mujer dio media vuelta y se marchó, dejando la bolsa y las cosas en el piso.

Habrá pasado casi un mes cuando la vi por última vez.

Misma situación: yo volviendo del trabajo y ella frente al local. Un día nublado, sin lluvia y sin sol. Ella de pie, sin su muñeca. La miré desde la distancia que había del portón del edificio hasta ella. Se le veía preocupada; desde ahí no supe distinguir si lloraba o si solo vociferaba como las otras dos veces.

Me acerqué. La mujer de pronto se cubrió el rostro con ambas manos percudidas, de uñas largas y sucias. Pretendí decirle algo pero entonces pensé que sería mejor ir a la tienda más cercana, donde compré una cajetilla de cigarros y un encendedor. Cuando volví la mujer seguía ahí, con las manos sobre la cara.

—¿Señora?

No me contestó. Decía algo, pero para sí misma, en voz muy baja, y no se descubría el rostro.

—¿Señora?

Lentamente deslizó sus dedos hacia abajo y dejó ver sus ojos verdes, que estaban enrojecidos, inundados en lágrimas. Saqué el paquete de cigarros, lo abrí, y le ofrecí uno. En vez de tomarlo la mujer comenzó a carcajearse descontroladamente. Así duró unos segundos. Luego dijo, endureciendo sus facciones:

—Tú no sabes… —pronunció y extendió su mano para ahora sí tomar un cigarro de la
cajetilla. Luego hizo un ademán para que se lo encendiera. Saqué el encendedor y así lo hice.

—¿Qué es lo que no sé? —le pregunté mientras la llama enardecía la punta del
pitillo.

—Tú no sabes lo que es perder a una hija en los bajos fondos.

Tras decir eso la mujer hizo otro ademán, uno para que le entregara toda la cajetilla. Se la di junto con el encendedor. Me miró muy seria con sus ojos verdísimos, los más hermosos que he visto, y dio media vuelta para emprender la marcha sin decir nada más.

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