La embriaguez

Por Josefina Vicens*

En ocasiones, para adormecerla, me emborracho. Y sí, durante la embriaguez siento como un denuedo interior, un arrojo que me contenta y me exalta. ¡Me voy de mí, me voy de mi temblor, me voy de mi muerte! ¿A dónde? A lo mismo tal vez -el hombre no puede inventarse totalmente-, pero me siento armado. No sabría, cuando regreso, describir esas armas. Ni cuando estoy allá podría hacerlo, porque no van añadidas, puestas encima, sino que forman parte de mí. No sé cómo son; sólo sé que son adecuadas. Si me preguntaran: ¿qué sientes?, únicamente podría decir: ¡siento que no me importa! Pero si insistieran en qué es lo que no me importa, ya no podría contestar. Es una idea muy delgada; me sigue interesando todo, pero sin importarme. Hay una gran diferencia, lo aseguro. Tal vez la podría explicar, pero sé que entonces la idea crecería, se ensancharía, y ya no podría pasar por donde pasa cuando estoy allá.
Pero ¡cómo me gustaría poder trasladarla y explicarla, sin hacerle el más leve daño! Es un poco esto: la embriaguez no me quita mi condición de hombre, pero le da al sufrimiento otro sentido: el de un dolor incorporado a mí naturalmente, cuya persistencia no me hace sufrir, porque no la percibo. Es decir, encuentro natural que exista en mí, tan natural como existir yo mismo.
Acá, no he podido acostumbrarme nunca a la idea de existir. Siempre estoy preguntando, siempre inquieto, sorprendido de mi existencia. Allá no es así: ser es ser. No es como acá, un fenómeno rodeado de interrogaciones. Es un hecho claro, sin el escollo del porqué. Un hecho comprendido, explicado por sí mismo. Allá no tiemblo nunca. No siento miedo de morir, porque la muerte tiene el mismo sentido natural, incorporado, que tiene todo lo demás. Es otro hecho sencillo, no una pregunta.
A medida que la embriaguez se va a apoderando de mí, yo voy apresando algo que supongo es la verdadera paz: no inquietarse porque se es, ni atemorizarse porque se puede dejar de ser. Hay como un acomodo interior, un ajuste, y todo aquello que acá son salientes y puntas duras, allá son pertenencias, aceptadas, heredadas tal vez, que integran plácidamente al hombre.
Además la atmósfera es otra. Es muy difícil poder dar la idea de un ambiente cuando éste no se produce con los elementos habituales, sino por el contrario, con todos aquellos a los que no se está habituado: la facilidad de actuar, por ejemplo. Hay casas en las que uno se mueve con dificultad, que cohiben; hay otras en las que el movimiento se facilita desde el primer instante. A veces la embriaguez coincide con la sensación de entrar a una casa en la que todo se puede hacer, si se quiere, o dejar de hacer. Hay hasta un fenómeno auditivo, créanme. Yo lo he escuchado muchas veces: el ruido que produce una cadena al caer. Es entonces, en ese momento, cuando el hombre se yergue y empieza a moverse con un sentido distinto. Los pasos que usualmente lo conducen a su casa, a su trabajo, a determinado sitio, se dirigen a otro, no con la sensación de culpabilidad que en ocasiones implica una elección gozosa: no con la sensación de dar la espalda a algo. No; sencillamente se encamina en la misma dirección que el deseo. Si algo necesario quedó atrás, no importa, porque no se siente necesario. Su ubicación no proviene de que lo hemos pospuesto, sino de que allí está.
En mí, la embriaguez no es propiamente perder el sentido de las cosas: es cambiar el sentido. Pero quiero aclarar: no soy yo el que lo cambia. Eso equivaldría a una suplencia, a una provisionalidad. Es que las cosas tienen por sí mismas otro sentido, y como yo no percibo la mecánica del cambio, me encuentro de pronto ante ellas y las siento permanentes, exactas, adecuadas. Me siento bien, no porque recuerde que antes me sentía mal y note la diferencia. No; me siento bien, sencillamente.
Lo sé porque el conocimiento de esa sensación empieza cuando ya no la percibo; cuando ya estoy acá, temblando nuevamente, con la cabeza baja; oyendo los reproches de mi mujer y los discretos consejos de mis amigos.
Porque, ¿saben?, el alcohol me hace mucho daño.


*Fragmento de su novela El libro vacío.

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