La grúa

Se estacionó donde siempre, frente al parque, y encendió la radio. Sonó la estación de música en inglés de los ochenta que escuchaba todos los días. Eran las diez de la noche y no había nadie alrededor. Antes de abrir la puerta del copiloto de su grúa para bajar por ahí (la del piloto estaba descompuesta y no cerraba bien), subió el volumen casi al tope. A la redonda, en aquellas calles sin personas, se escuchó ‘The Final Countdown’ de Europe. Marcel R. (como decía su tarjeta de presentación en la que ofrecía sus servicios de arrastre) adoraba esa canción. En algún lugar había leído que tenía uno de los mejores solos de la historia del rock. A él le fascinaba fuera cierto o no, y siempre le hacía como que lo tocaba cuando la escuchaba, es decir prácticamente a diario. De algún rincón de la parte trasera de la grúa, Marcel R. tomó, dejando ver sus enormes, mamadísimos brazos, una pequeña cubeta y caminó hacia una toma de agua que había ahí en el parque y esperó hasta que el agua llegara a la mitad del recipiente. Luego regresó a la grúa, y del interior de la cabina tomó un trapo gris repleto de manchas de aceite a pesar de que lo había lavado a conciencia la noche anterior. Lo sumergió en el agua, lo exprimió con sus gruesas manos enfundadas en unos guantes ‘sin dedos’ imitación de piel, y pasó el trapo por la superficie de su vehículo de trabajo. “Is de fainol caundaun”, cantaba Marcel R. iluminado por la amarillenta luz de un poste medio chueco cuando un hombre se acercó por detrás de él y delicadamente tocó el hombro que el conductor de grúa tenía al descubierto: Marcel R. portaba una de esas playeras sin mangas, blanca, pese al viento helado que hacía que aquel hombre que se acercó caminara enchamarrado, encorvado, cubriéndose el rostro. Pinche susto que le acomodó a Marcel R., quien al voltear y ver a aquel hombre, considerablemente más pequeño y delgado que él, le dijo: Sí, dígame. ¿No tendrá un cigarrito que me regale?, dijo muy bajo el pequeño hombre, quien al hablar despidió un aroma que Marcel R. de inmediato identificó como ron. No jefe, no fumo, respondió firme y fuerte Marcel R. al pequeño y alcoholizado hombre, quien permaneció ahí de pie en silencio, impertérrito, como si Marcel R. no le hubiera contestado. Con uno me basta, insistió el hombre en voz baja. No fumo, jefe, dijo Marcel R. en el mismo tono, y le dio la espalda para continuar limpiando su unidad. Ahora sonaba ‘Broken Wings’ de Mr. Mister, y el pequeño y flaco hombre no se había movido un solo centímetro de su sitio. Miraba a Marcel R. como pudo haber mirado cualquier otra cosa. Como pudo haber mirado al vacío. Luego, delicadamente, le volvió a tocar el hombro a Marcel R., quien giró su enorme cuerpo lentamente, luego de lanzar un profundo suspiro que interrumpió de golpe cualquier asomo de su, a veces, explosivo carácter. Señor, ya le dije que…, dijo Marcel R., pero el señor había desaparecido.

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