El psicólogo

Para el maestro Palma

El hombre pedía dinero a lo largo del vagón, con su mano estirada, sin hablar, nomás mirando a la gente directo a los ojos con unos ojos… enturbiados, de loco, de… no sabría bien cómo describirlos. Pero era un hombre cuyo aspecto, cuya ropa, no denotaba la necesidad de esos pesos que con aquella mirada exigía: este individuo bien podría ser cualquier otro de los que viene aquí, pensó César, quien esa mañana, en el gimnasio, el muy distraído notó que por toalla había llevado una servilleta para las tortillas. Así que, de pie como iba (evitaba a toda costa sentarse, no fuera a ser que se le aflojaran los músculos) observaba a aquel hombre que recorría el vagón pidiendo dinero, recibiendo apenas algunas monedas. Ese día, lo recuerda César muy bien, era su primera visita con un psicólogo que una amiga suya le había recomendado luego de que terminara una tormentosa relación con otro joven que justo había conocido en ese mismo gimnasio. César se había resistido a la idea de acudir, alegando que no habría forma de que funcionara, que su abismo era insondable, pero un día, desesperado, aceptó. Y ahí estaba, agarrado del tubo del metro, esta vez mirando su propio reflejo por la ventanilla, su rostro todavía joven, y desde luego admirando sus musculosos brazos, que se tensaban por el simple hecho de sujetarse. César se olvidó del hombre de las monedas y descendió en la estación correspondiente. Antes de salir compró un agua y unos chicles y luego caminó algunas cuadras guiado por una aplicación. Una de sus cualidades era la puntualidad: llegó unos minutitos antes de la cita y esperó afuera del edificio. Cuando dio la hora tocó el timbre, pero luego de varios intentos, como no le abrían, usó una llave y tocó la puerta, que tenía una ventanilla de cristal. Fue así que le abrió una pequeña joven, cuyo hermoso rostro le sonrió al verlo. Pásale, no tarda el doctor, dijo ella, y César pasó. Dentro hacía mucho frío y estaba oscuro. Parecía cualquier lugar menos el consultorio de un psicólogo, pensó, y se dio cuenta de que la chica había desaparecido. César se sentó entonces en uno de los pequeños sillones que había allí, helado, y esperó cinco, diez minutos. Se abrazó a sí mismo cruzando los brazos: como buen musculoso no llevaba suéter. Luego se puso de pie y compró un café en una pequeña máquina que allí había. Le sorprendió que funcionara. César regresó a su lugar con un late y chocó sus musculosas piernas, una contra la otra repetidamente, para alivianar tanto el frío como la pequeña desesperación. Entonces llegó el doctor. La pequeña joven apareció de repente y le abrió. César se puso de pie para saludarlo y se quedó boquiabierto, con el café todavía humeante sujetado por una de sus manos, cuando vio que el psicólogo era aquel señor que pedía monedas un rato antes en el metro.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s