El actor

Si se ve la pantalla desde la perspectiva de las butacas, Sigifredo Mendez está sentado a la izquierda de la sala, en medio de dos señoras. A decir de Abundio Reyes, una es mayor que él y la otra quizá sea de su edad -de la edad de Sigifredo. Qué importa, pues. Lo que realmente le sorprende a Abundio es habérselo encontrado ahí. Aunque no es tan sorpresivo, ciertamente: siendo Sigifredo Mendez un actor de enorme éxito y reconocimiento, lo más natural es, sin duda, encontrárselo en una sala de cine. Pero no de este lado, por qué chingados, reniega, con justa razón, Abundio Reyes, quien odia con todo su corazón ennegrecido a Sigifredo Mendez desde aquella vez en que su expareja, un burócrata de los medios noticiosos del que omitiremos su nombre, y quien abandonó a Abundio quince años atrás, expresara lo más soez que alguien podría decir sobre otra persona, en la persona de este actor (palabras que vale la pena no repetir en este texto que sobretodo respeta la decencia y las buenas costumbres). Al menos así de terrible le pareció a Abundio quien, ahora mismo, en esta sala en la que está a punto de iniciar un tediometraje en el que -lo descubrirá después- Sigifredo es protagonista, está ahí solo, sin nadie alrededor. Hijodelarechingada, piensa Abundio al ver a Sigifredo cuando se apagan las luces e inicia la peli. Tampoco vale mucho la pena escribir aquí cuántos corajes hizo Abundio al ver el inmenso rostro de Sigifredo en eternísimas secuencias mirándose al espejo, o mirando el atardecer desde su ventana, o mirando la devastación que implican unos cubiertos bien dispuestos en la mesa de un local de comida corrida. Putoculeromierda, piensa Abundio mientras piensa, a su vez, en la forma de cobrarse toda esa ponzoña que ha tenido que padecer él solo todo este tiempo cada que escucha el nombre de Sigifredo Mendez. Así que, cuando acaba la peli (cuya duración fue de hora y cacho aunque se sintiera como de diez horas), Abundio Reyes se incorpora en chinga, a sabiendas que no será el único en acercarse a Sigifredo, y casi corre hacia donde está. Pero tendrá que esperar un poco a que, en efecto, sus admiradores dejen de pedirle fotos y autógrafos. Es que finalmente Abundio aborda a Sigifredo. Mire -dice, sin extenderle la mano al actor, o sin abrazarlo, como hacen el resto de las personas con él-, lo aborrezco. Lo aborrezco más que a sus películas. De saber que usted actuaría, ni a putazos vengo. Pero véame, aquí estoy, frente a usted, reclamándole lo que dijo alguna vez alguien a quien amé mucho. Sí, ya sé que a usted qué le importa, pero créame, no hay nada peor en este mundo que escuchar a alguien a quien uno ama decir: (y entonces Abundio dice lo que dijo su expareja; las señoras se llevan la mano al rostro). Lo que pasó después tampoco es que afecte mucho este momento, que fue en el que Abundio Reyes sintió librarse de una enorme y aborrecible carga. Más enorme y aborrecible de lo que pensaba.

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