Los difuntos / El enterrador


Los difuntos


Para Andrea De la Mora

Saturnino Domínguez ocupa la silla más solitaria del lugar. Sobre las rodillas tiene apoyadas sus delicadas manos morenas, ágiles, “como de pianista”, y lleva puestos un traje y corbata negros, camisa blanca, todo a la medida.

En la funeraria, que es muy lujosa, se escucha un tenue murmullo interrumpido a veces por el silencio, a veces por dos mujeres que están a unos pasos de él, quienes de pronto lloran por el hombre que esa madrugada ha muerto.

Saturnino se pone de pie y lentamente camina hacia la foto que han puesto frente al ataúd. El hombre de la imagen también es moreno, de prominente bigote. Era de mi edad, a lo mejor tenía un par de años más que yo, piensa Saturnino, quien ahora decide aproximarse al cristal de la caja. Al ver al hombre ahí encerrado pareciera que es otro el que ocupará su lugar en el cementerio: Es por lo menos veinte años más viejo que el de la foto, piensa Saturnino, y permanece allí de pie, con una de sus delicadas manos apoyada sobre el féretro.

Luego, tras cerrar los ojos, reza.

Aquel hombre fue jugador profesional de futbol soccer. Una estrella discreta, recordada por algunos de los llamados que tuvo en la selección nacional y por los goles que hizo con el equipo de la universidad. Y aunque Saturnino Domínguez no es aficionado a este deporte (a él le gusta el basquetbol), al escuchar de uno de los deudos quién era el personaje, cree recordarlo.

¿De qué habrá muerto?, se pregunta entonces, y piensa, está seguro, que aquellas dos mujeres son la esposa e hija del difunto.

Para corroborarlo se acerca a la mujer mayor.

—Lo lamento mucho —le dice mientras la abraza.

Ella llora sobre su hombro. Saturnino cierra los ojos y con sus delicadas manos palmea, muy despacio, la espalda de la mujer.

—Lo lamento mucho —repite.

Al separarse de él, aquellos ojos verdes repletos de lágrimas lo miran buscando reconocerlo. Cuando están a punto de preguntarle quién es, el hombre se anticipa y dice:

—Compermiso.

Entonces la hija del deudo se acerca a su madre y le pregunta:

—¿Quién es ese señor?

—No estoy segura… Creo que es Amaranto López, ¿te acuerdas? El que era entrenador del Celaya…

Pero la chica hace un gesto de no acordarse.

***

Afuera está soleado.

Algunas personas esperan sentadas en unas banquitas, más propias de un parque que de una funeraria.

Saturnino se aleja un poco de ellas, se tienta los bolsillos del saco en búsqueda de sus Delicados sin filtro y de su encendedor.

Luego enciende un pitillo.

Algunos automóviles cruzan por la avenida. El hombre da una calada y observa aquellas máquinas pasar. Hace mucho que no manejo, tiene años, se dice, mientras tira las cenizas al piso.

A breve distancia Rutila Zamorano lo observa.

La joven acomoda una de las macetas repletas de flores blancas que tiene frente a ella y las rocía con una pequeña regadera. Lleva puesto un uniforme con el logo de la funeraria, está tatuada, usa piercings, y también lleva una sonrisa en la cara, la misma de todos los días desde hace unos cinco años, que es el tiempo que lleva trabajando ahí.

Sin dejar de regar las flores Rutila observa al hombre que fuma y entonces hace un gesto de curiosidad. Luego camina hacia donde está. Sutilmente le toca el hombro con su dedo índice y le dice:

—Se te han muerto muchos amigos, ¿verdad?

Sin dejar de fumar, Saturnino voltea y observa a la joven directamente a los ojos. Se queda callado.

—Te he visto por aquí otras veces.

—Nunca he estado aquí antes, señorita.

—Estuviste aquí hace ocho días.

—Debe estar confundida.

Rutila, quien no ha variado su cara desde que entabló esta conversación (una cara que por cierto luce unos los labios pintados de un rojo intenso), rumia las palabras del hombre que tiene enfrente y le dice:

—No, no creo estar confundida, a ti te he visto aquí antes.

Saturnino devuelve la mirada a la carretera. Algunos autos empiezan a juntarse ahí.

Luego el hombre da una calada final al cigarro y lo tira. Uno de sus zapatos lustrosos aplasta la agonizante llama.

***

El lujoso departamento está en perfecto orden.

A oscuras, con la inmensa luz de una pantalla iluminándole el rostro, Saturnino ve una película en blanco y negro: Sunset Boulevard, de Billy Wilder.

El hombre degusta unas palomitas y bebe un whisky en las rocas. A un lado suyo duerme un gato siamés al que llama Rigoberto.

De repente Saturnino pone pausa a la película, se levanta del sillón y camina hacia la cocina. Enciende uno de sus Delicados sin filtro. Luego se asoma a la ventana que da a la calle. En el cielo se pueden ver algunas estrellas, por la avenida pasan algunos autos. Ninguna persona camina por la acera. El hombre observa y fuma. Regresa a la sala con el cigarrillo en la mano y enciende la luz. Del mueble donde está la pantalla agarra una foto en blanco y negro, enmarcada.

En ella aparece un hombre con bigote muy parecido a él.

***

Rutila Zamorano acomoda una de las macetas repletas de flores blancas que tiene frente a ella. Las rocía con una pequeña regadera. Lleva puesto el uniforme con el logo de la funeraria y la misma sonrisa de todos los días.

Es que Saturnino Domínguez se aparece frente a ella, vestido con el mismo traje de la otra vez.

—Me gustaría invitarle un café.

—¿Ahorita?

—¿Por qué no?

Rutila mira a su alrededor. Lo piensa un segundo más.

—Espérame tantito.

Poco después ya están sentados frente a frente bebiendo un café.

Ella, nerviosa, mira hacia la taza y a veces hacia el hombre. Él, en cambio, la mira con firmeza.

—Tenía razón.

—¿Sobre que se te han muerto muchos amigos?

—Sobre que ya me habías visto antes en la funeraria, otras veces.

—¿Si no fue por tus amigos por qué fue? No, no me digas: seguro eres un maldito enfermo.

—Pensé que me había reconocido, señorita.

—Eso acabo de hacer.

—¿Cómo se llama?

—Rutila… y háblame de tú.

—Saturnino Domínguez, a sus órdenes.

El hombre le extiende su suave mano a la joven, quien la recibe y se la estrecha con su mano de uñas largas y repleta de anillos. Luego él sonríe como no había sonreído antes. Aunque de pronto su rostro se descompone un poco:

—¿No le suena mi nombre?

—No.

—Soy actor…

—Ah…

—Y mi padre también lo era. Saturnino Domínguez, igual que yo. Nos parecemos mucho. A veces nos confunden.

—En mi vida había escuchado de ustedes…

—Él era mucho más famoso que yo…

—¿Y esto qué tiene que ver con que rondes las funerarias?

Antes de decir lo siguiente, Saturnino bebe de su café:

—Me estoy preparando para interpretar a un personaje. Es para una película que se llamará Los difuntos.

—Ah…

—Y, bueno, a quien interpreto pierde a todos sus seres queridos; algo que, por fortuna, no he experimentado en mi vida. Nunca había pisado una funeraria.

—Afortunados los vivos que no han experimentado la muerte.

—¿Eso lo dijo?

—Lo digo yo. Y tu padre, ¿no está muerto?

—Sí… pero cuando murió yo era muy pequeño y no recuerdo el velorio, ni el entierro, ni nada. Todo me lo platicaron.

—¿Y tu madre?

—Poco después me abandonó.

—¿Hermanos?

—Ninguno.

—¿No tienes familia, hijos?

—He tenido parejas, pero nunca logré nada. Hijos no.

Rutila es quien bebe de su café en ese momento. Observa las delicadas manos “de pianista” de Saturnino. Piensa que sería inútil preguntarle si tiene amigos.

—¿Y cuándo será la filmación?

—Pronto dejarás de notar mi presencia —dice el hombre y sonríe.

—Si quieres… podemos tomarnos otro café antes de que te vayas.

***

Un par de semanas después Rutila Zamorano está sentada en una silla solitaria de la funeraria en la que trabaja. Sobre sus rodillas tiene apoyadas sus manos de uñas largas y anillos, con las que sujeta una rosa blanca. Lleva puesto el atuendo de siempre.

Frente a ella hay un par de compañeras suyas, vestidas igual, con el uniforme del lugar. Ninguna llora.

Desde donde está, Rutila observa el retrato que han puesto del difunto. Un tipo de bigote en una foto en blanco y negro.

En la sala no hay nadie más.

Es que Rutila se pone de pie frente al ataúd, observa el cristal donde reposa el difunto y coloca la rosa blanca encima. Luego cierra los ojos un momento y pronuncia una oración en voz baja. Sale de ahí.

Afuera está nublado.

La joven se sienta en una de las banquitas, más propias de un parque que de una funeraria. Observa hacia la avenida. Frente a ella los automóviles pasan a toda velocidad hasta que uno de ellos se estaciona casi frente a ella, derrapándose. Alguien baja la ventanilla del copiloto.

Es Saturnino, quien viste una camisa rosa.

—Me gustaría invitarte un café.

—¿Ahorita?

—¿Por qué no?

Rutila mira a su alrededor. Luego sonríe, se pone de pie y sube al automóvil, que se arranca de golpe y se pierde entre el ruido de las llantas que se queman.

 


El enterrador


Afuera sigue oscuro.

Las calles de aquel barrio en la periferia de la ciudad apenas son iluminadas por postes chuecos o a punto de derrumbarse.

Hace frío, hay neblina.

Guadalupe Rivera camina enfundada entre suéteres y una gruesa bufanda que le sirve de rebozo; lleva puestos un faldón largo, zapatos sin agujetas, pies sin calcetines o medias.

En su camino pasa frente al cementerio y frente a negocios locales que todavía están cerrados. Los perros callejeros permanecen agazapados, bajo los coches, intentando dormir.

Nadie más se cruza por ahí.

La mujer llega hasta una esquina donde está la parada de autobús. Ya hay una larga fila de personas bien abrigadas que esperan abordar el transporte que los llevará a la ciudad. Un cacharpo grita las palabras del letrero de colores fluorescentes que el camión lleva pegado en el parabrisas.

Una joven vende tamales y atole, de cuyas ollas de metal emana un vapor blanco, cálido.

—Dame una guajolota de mole, por favor —dice Guadalupe—. ¿De qué tienes atole?

—De chocolate, jefa.

—Dame uno.

Luego la mujer se forma en la fila, que avanza rápidamente. Cuando aborda vislumbra un lugar en medio del camión, junto a una de las ventanas. En el asiento que da al pasillo está sentado un hombre gordo que casi ocupa ambos lugares.

—¿Sí me da permiso, por favor? —le dice Guadalupe.

Malencarado, el individuo apenas hace a un lado una de sus piernas, por lo que la mujer tiene que pasar casi sobre de él, con las nalgas en dirección a la cara del sujeto.

El cristal de la ventana está empañado. Guadalupe lo limpia con un trozo de servilleta. Luego mira a través de él.

Empieza a clarear.

El chofer enciende la máquina. Al hacerlo se enciende también la radio. Suena No tengo tiempo (de cambiar mi vida), versión Heavy Nopal.

El cacharpo se cuelga del tubo de la puerta para después sentarse junto al conductor en un banquito que está forrado del mismo cuero sintético que todo el tablero, del que también cuelgan figuras religiosas, como la cruz que está clavada al centro con una leyenda sobrepuesta que dice: Dios cuida mi camino.

***

Es mediodía y el sol golpea con agresividad aquel terruño repleto de lápidas.

Fausto Magaña vigila a la distancia el trabajo de sus chalanes, quienes cavan con sus palas una fosa donde será enterrado el ataúd que tienen a un lado.

Algunas de las personas que están ahí lloran, otras permanecen en silencio.

Los jóvenes cavan; se escucha muy claramente el esfuerzo que hacen al clavar las palas en la tierra.

En un momento Fausto regaña a uno de ellos. Le arrebata la pala.

—Así no. Metes, pisas y lanzas —le muestra.

El joven asiente en silencio y Fausto le devuelve la pala. El siguiente movimiento del muchacho es una imitación perfecta de la indicación que el hombre le ha dado.

Entonces Fausto se aleja de ahí y camina entre las tumbas hacia un pequeño cuarto que hay en alguna parte de ese pequeño cementerio. Lo abre usando una llave.

Dentro hay una cama, una pequeña mesa y una silla.

De una pared cuelga un gancho delgado y metálico, y de ese gancho cuelga una chamarra y una gorra. Fausto Magaña se sienta sobre la cama. Toma una pequeña libreta que está ahí, saca la pluma del espiral y apunta algo. Luego revisa rápidamente algunas de las páginas de las que extrae una fotografía. En ella aparece él, abrazado junto a una mujer y una niña. Se les ve felices.

El hombre mira con calma la imagen un momento más y la vuelve a colocar donde estaba.

Luego se recuesta. Cierra los ojos.

El sol entra por la pequeña ventana de aquel lugar. Su cálido rayo le acaricia el rostro.

***

Apenas cierra la reja del cementerio, apenas voltea, Fausto Magaña se topa de frente con Guadalupe Rivera, quien va mirando hacia el piso y pasa sin notar al hombre, quien sigue con la mirada los pasos de la mujer.

En silencio la ve alejarse.

Ella lleva consigo una bolsa de mandado, de la que va colgando su suéter. Camina pensando en algo; de repente mueve los labios sin pronunciar aquello que solo ella escucha.

Así va caminando hasta que detrás de ella una mano chamuscada la detiene.

—¿Lupita? —le dice Fausto, quien se quita la gorra que lleva puesta, mostrando su cabellera lacia, fuerte, un pelo oscuro difuminado por algunas canas. Su rostro curtido, como todo él.

Guadalupe lo mira un momento, sin reaccionar del todo. Con los ojos entrecerrados inspecciona al hombre. Es que sonríe.

—¿Qué hace usted aquí?

—Lo mismo le pregunto.

—Yo aquí vivo.

—Yo aquí trabajo —dice Fausto, y sonriente señala la reja del cementerio.

—¿Desde cuándo?

—Ya tiene un rato. Lo que pasa es que usted nunca visita el panteón.

—No lo visito desde que murió mi esposo.

—Discúlpeme usted…

—No se preocupe, fue hace mucho. Aunque no tanto desde la última vez que lo vi a usted —dice Guadalupe, quien mira su bolsa del mandado.

—Tiene añisimos. No pensé que me la fuera a encontrar por acá —dice él.

Al levantar la mirada de su bolsa, Guadalupe le pregunta a Fausto:

—¿Ya comió?

El hombre, titubeante, responde:

—Hasta que llegue a mi casa…

—¿Vive muy lejos?

—Más o menos.

—¿No quiere venir a comer?

También tenía mucho tiempo desde la última vez que Fausto escuchaba algo así. De una mujer.

—Ándele, no se haga del rogar —le dice entonces Guadalupe, tomando la iniciativa, sonriente, y agarra del brazo del hombre para que avance junto con ella.

***

Pronto llegan a una pequeña vivienda ubicada en la cima de un cerro.

—Siéntese, orita va a estar rápido esto —dice Guadalupe.

El hombre toma asiento en el sofá para tres personas. Coloca su mochila a un lado suyo y encima de ésta pone su gorra. Frente a él una cómoda soporta una televisión y varias decenas de figurillas de distintos materiales.

Fausto se refleja en la pantalla. Lleva puesto su traje de enterrador.

Guadalupe pone a calentar en un sartén un chorro de aceite que sazona con un poco de sal. Ese simple aroma de inmediato le abre el apetito a Fausto, quien cruza brazos y piernas y nota que no hay una sola foto alrededor, salvo un retrato pintado a mano de ella misma, pero mucho más joven.

—Lo hizo mi esposo. Es lo único que conservo de él —dice Guadalupe, mirando el cuadro—. En fin, espero que le guste lo que voy a preparar. Si es remilgoso ya se fregó y se me aguanta.

La comida pronto está lista. Fausto cucharea con regocijo y alternadamente el arroz y la carne de cerdo con verdolagas.

—Está muy sabroso —dice él.

—Qué bueno que le gustó —dice ella, y sirve hasta el tope dos vasos con una cocacola de dos litros que está al centro de la mesa.

—Y dígame, ¿vive sola? —pregunta el hombre con la boca llena.

Guadalupe se concentra en su plato.

—Si —le responde.

—¿Tuvo hijos?

—No.

Fausto Magaña observa cómo Guadalupe Rivera corta muy despacio la carne de cerdo.

—Y mi familia no era de acá; hace años que no los veo. No se crea, me la he vivido trabajando, y así no ha sido tan pesado —dice.

Por un momento el único sonido es el de los cubiertos golpeando la comida y los platos.

—¿Y usted? ¿Es casado? ¿Tiene hijos? —pregunta ella.

Ahora es Fausto quien concentra toda su energía en enrollar una tortilla.

Luego da un largo trago a su vaso con coca.

—Fui. Teníamos una niña.

—¿Y qué pasó?

Fausto se mira las manos.

—Se quemó mi casa.

Un frío intenso recorre entonces la espalda de Guadalupe, quien no interrumpe el trabajo de sus cubiertos.

—¿Cómo murió su esposo? —pregunta entonces él, y levanta la mirada para estacionarla en aquellos ojos delineados de azul.

La mujer permanece en silencio un momento antes de responder:

—Estaba ahí, donde está usted sentado ahorita, y así nomás se le detuvo el corazón —dice ella. La pintura azul se le empieza escurrir por las mejillas.

Es que Fausto Magaña se levanta de su lugar para abrazar a Guadalupe Rivera. Sus manos quemadas se posan en la espalda de la mujer.

***

Cuando Guadalupe Rivera sale de su casa afuera sigue oscuro.

Las calles de aquel barrio en la periferia de la ciudad apenas son iluminadas por postes chuecos o a punto de derrumbarse. Esta ocasión no hace mucho frío.

La mujer lleva un faldón largo, zapatos sin agujetas, pies sin calcetines o medias. Lleva puesto un suéter.

Los negocios locales todavía están cerrados. Los perros callejeros permanecen agazapados intentando dormir, excepto uno, que le ladra a Guadalupe cuando pasa junto a él.

En su camino se detiene frente al cementerio. Se queda un momento mirando la reja. Es muy temprano, no hay nadie. La mujer reemprende su camino y llega a la esquina donde está la parada de autobús.

Como todos los días, ya hay una larga fila de personas que esperan subirse.

Un cacharpo grita las palabras del letrero de colores fluorescentes que el camión tiene en el parabrisas.

Ahí está la joven vendedora de tamales y atole.

Guadalupe no le compra nada y se forma. La fila avanza rápidamente.

Al abordar la mujer vislumbra un lugar en medio de la unidad, junto a una de las ventanas. En el asiento que da al pasillo está sentada otra mujer.

—¿Sí me da permiso, por favor? —le dice Guadalupe.

Gustosa, la mujer se mueve de tal forma que Guadalupe pasa sin problemas.

Luego mira a través del cristal de la ventana.

El chofer enciende la máquina. No se escucha nada más salvo el traqueteo del motor.

El cacharpo se cuelga del tubo de la puerta, para después sentarse junto al chofer en un banquito.

Guadalupe lee el letrero que dice: Dios cuida mi camino.

A gran velocidad el camión se interna en la avenida. Pronto se encuentra con el abultado tránsito de todos los días.

De pronto, de entre los pasajeros, se levantan dos hombres. Van armados. Uno le ordena al conductor que cierre las puertas, el otro amenaza a toda la gente.

—Averhijosdesupinchemadre, celularesycarteras,celularesycarteras.

El camión sigue su avance con las puertas cerradas.

El asaltante que pasa de lugar en lugar golpea a los pasajeros que dicen no llevar nada.

Temblando, Guadalupe busca entre sus cosas su monedero.

—Tevoyameterunplomazo —le dice el hombre a la mujer que está sentada junto a Guadalupe.

Aquella mujer se orina: en realidad no lleva nada que entregar.

Eso le dice al hombre, quien en respuesta le dispara.

El balazo da en el cuello de Guadalupe.

***

Fausto Magaña vigila a la distancia el trabajo de sus chalanes, quienes cavan con sus palas una fosa donde será enterrado el ataúd que tienen a un lado.

Es un día nublado. Solo ellos están ahí.

Los jóvenes cavan; se escucha muy claramente el esfuerzo que hacen al clavar las palas en la tierra.

Entonces Fausto se aleja unos pasos y camina entre las tumbas hacia el pequeño cuarto.

De la pared cuelgan su chamarra y su gorra. El hombre se sienta sobre la cama. Toma la pequeña libreta, saca la pluma del espiral y apunta: Guadalupe Rivera.

Y la fecha.

Luego pasa rápidamente las páginas hasta que llega a la fotografía donde aparece él, feliz, abrazado junto a su mujer y a su hija.

El hombre mira con calma la imagen un momento más y la vuelve a colocar donde estaba.

Luego se recuesta y cierra los ojos.

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