La cola

Salió de su charla de superación personal muy sonriente, muy feliz, convencida de que la vida era un regalo del cual solo había que extraer bondad, amor y sabiduría. Caminó con aquella expresión alegre bajo el ojete sol por una calle larga, no muy concurrida, que la conduciría a un sitio de taxis donde abordaría un vehículo que a su vez la llevaría hasta su casa, a casi una hora y media de trayecto de aquel lugar en el que estaba. Fue que pasó su instructora en una camioneta inmensa que ella ni en sueños podría tener; la vio pasar con sus gafas puestas, su traje de marca, e imaginó que ahí dentro olería al perfume tan característico de aquella señora de alcurnia que ahora escribía libros (muy vendidos) que ayudaban a sus lectores a abandonar cualquier depresión. La instructora, sin bajar el vidrio, la saludó con un ligero movimiento de antebrazo, mano y dedos, acompañado por una tenue sonrisita, mucho más ligera de la que ella llevaba de oreja a oreja y de por sí. En honor a la verdad se ha de escribir que la instructora no iba a alta velocidad, pero que ni así pudo detenerse del todo cuando un schnauzer de cola alargada se cruzó en su camino. Su chillido -el chillido más terrible que ella había escuchado en mucho tiempo- se escuchó igual ahí que a cinco cuadras y más allá a la redonda. De eso estaba segura ella, quien pensó que la instructora (su camioneta) había pasado por encima del cuerpecito gris con blanco de aquel animal, partíendose este en dos, por lo menos. Pero no: el perrajo aún se arrastró hacia la orilla, hacia la banqueta por donde ella caminaba mientras la instructora, autora de éxito que en la radio daba consejos sobre cómo ser una persona honesta, se daba a la fuga. La mujer la vio (a la camioneta) irse ahora sí a gran velocidad y luego, en el pavimento ardiente, vio un pedazo de algo, gris con blanco, que como en las caricaturas dejaba ver un hueso blanco rodeado por un rojo círculo de carne. Ella pensó de inmediato que el schnauzer había perdido una pata, y que por eso no había dejado de llorar conforme se arrastraba por la calle y los vecinos y la gente, que no era mucha, lo miraban horrorizados; eso pensó hasta que el dueño del perro (no una señora que lloraba al preguntar gritando cuál de todos sus perros, todos de esa misma raza, había sido atropellado; no los niños que jugaban con aquellos animales a algo a media calle hasta que pasó la instructora en su camioneta) se acercó al animal y este, intimidado o respetuoso, simplemente agachó la cabezilla bigotona y dejó de chillar. Pinche Pancha, por pendeja, le dijo el hombre al animal antes de afirmar para todos los presentes: fue la cola. Fue la cola.

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