Llámame Magallanes

Llámame Magallanes, dijo el hombre, bajito, panza, sombrero de ala corta, guayabera, gafas oscuras, sonrisa postiza, bastón, y me apretó el brazo para que siguiéramos avanzando. Momentos antes este hombre esperaba en un crucero a que alguien le ayudara a atravesar la calle. Chocaba su bastón (cuya punta tenía un anillo giratorio metálico) contra el pavimento, pero en ese momento nadie pasó junto a él hasta que me acerqué y le ofrecí mi brazo. Se ve que estás fuerte, me dijo Magallanes tras un breve tocamiento, ya caminados unos pasos, y luego preguntó: ¿Ya estamos cerca de donde venden oro? Le dije que sí. Ahí mero voy. Me dedico al oro, veá, ¿y tú? Le contesté que a caminar. Ah mira, pues ya caminamos juntos. Pero no te apures -continuó y sonrió con sus dientes falsos, blanquísimos-, orita te propongo una cosa mejor… se me hace que no tienes trabajo… mira, orita fácil te ganas unos centavos, veá. Entonces llegamos adonde el oro, Magallanes saludó a quien atendía, éste le entregó unos relojes, pulseras y cadenas, Magallanes le dio un sobre con lo que supuse era dinero, y dijo: Acompáñame, veá. Adónde vamos, le pregunté, recuerdo que con voz firme, aunque seguro fue con voz trémula. Acá a otro negocito, veá. Perdóneme, pero no tengo tiempo para acompañarlo. Nomás una chupadita, veá, me corro y le corres (risilla), dijo, me tomó del brazo y con un breve apretón, como había hecho un momento antes, me invitó a que avanzáramos. Señor, no voy a acompañarlo, le dije, ahora sí muy firme, pero Magallanes no había borrado su sonrisa desde que la esbozó. Se ve que estás fuerte, veá; una chupadita, cuánto me cobras. Lo siento, pero no, señor. No me digas señor, llámame Magallanes; tú dime cuánto, yo te lo pago. La verdad es que en ese preciso momento me urgía una lana, por lo que una cantidad se me atravesó fugazmente. Luego otras cantidades, pero no dije ninguna e insistí en que no, gracias. Señor. Todos tenemos un precio, dijo entonces Magallanes, eliminando su sonrisa y haciendo gesto adusto: con la punta de su bastón apuntó hacia mi miembro, y de entre el anillo giratorio metálico emergió una cuchilla que se apreciaba filosísima. Brillante. De oro. Fue que Magallanes volvió a sonreír.

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