¡Bienvenidos al fin del mundo!

Adagio llevaba varios años viviendo sobre el puente peatonal que estaba frente al supermercado. Con una cobija gruesa pernoctaba muy cerca de bolsas de desperdicios, basura y demás desechos que las personas arrojaban sin pudor. Adagio se refugiaba ahí porque era un puente techado, enrejado, que impedía que los suicidas se lanzasen al abismo, y que también cubría del sol y de la lluvia y que muy poca gente utilizaba. Le tocó ver varios atropellamientos por debajo de él: personas que preferían correr contra el tránsito (que a lo lejos se vislumbraba un poco más lento) a esperar a que se pusiera el rojo del semáforo o atravesar por ahí, entre la basura y él. Habían pasado varios días en los que Adagio notó una mayor afluencia de visitantes a la gran tienda, donde solía pararse a veces para pedir una limosna, una caridad, algo de comer, algo de beber. A decir verdad, pocas veces la gente se mostraba generosa; en su mayoría se trataba de los vecinos cercanos al súper, que Adagio, de algún u otro modo, tenía bien ubicados sin saber sus nombres. La gente se llevaba litros y litros de vinagre en los que había de bañarse si quería escapar de una bacteria letal a la que se le bautizó como apocaliptita, la cual se esparcía con rapidez en el aire y provocaba en quien la recibía a través de la piel un terrible dolor que se concentraba en el vientre, como un calambrón, y que doblaba a la persona en el piso, la hacía suplicar por su vida, gritar horriblemente, durante 48 horas seguidas, para después morir. Eso lo supo Adagio el día en que las personas trataron de allanar el súper que había anunciado la escasez del vinagre, cuyas propiedades impedían a la bacteria alojarse en la piel de quien se rociaba con él, sepa Dios por qué si cuando te lo pones te quema horrible, le dijo uno de los taxistas que todavía daban servicio a las afueras del súper a Adagio, pues no le quedaba de otra más que seguir trabajando. Chale, pensó este indigente, vagamundo, trotacalles. Y ora qué voy a hacer, ¿no le sobra una botella a usted?, le preguntó al taxista. Uy, carnal, dijo, es más fácil encontrar petróleo debajo de las piedras que vinagre en los estantes de las tiendas. La rima se le quedó esa y un par de noches más a Adagio, quien de pronto, como otras veces, se fumó un porrito mirando las estrellas de aquel cielo contaminado de Hecatepec. Cuando abrió los ojos, a la mañana siguiente, pensando que seguía en su viaje, Adagio notó enseguida el silencio. No había camiones, coches, cláxones. Gente caminando por las calles. A lo lejos, sin embargo, escuchó gritos. Se incorporó, y desde el puente vio a la gente tirada en el suelo, agonizando en el piso, en posición fetal, sujetándose la panza como si eso sirviera de algo (no, no hay antídoto que sirva, le sentenció también el taxista. No hay ser humano que se salve si no se aplica ardiente vinagre). Adagio bajó del puente y la gente que lo miraba pasar estiraba su mano, suplicando por ayuda entre gritos; desde el suelo la figura barbuda y greñuda de Adagio lo hacía parecer un Dios. Pero, ¿por qué yo sigo en pie?, se preguntó al verse caminando libremente hacia la entrada del súper, que estaba abierta, entre el reguero de vecinos retorciéndose en el suelo, como gusanos. Adagio se detuvo un momento en la entrada. Vislumbró el horizonte: más personas se hallaban tiradas, incluida, desde luego, la vigilante, quien siempre le impidió el acceso, y doña Toñita, quien siempre le compartió algo cuando salía de la tienda con sus compras, ‘aunque fuera un pancito’. El quejido de aquella anciana mujer era más leve que el del resto. Adagio se acercó a ella entonces, se hincó, la tomó de las manos. Se las besó. Ella lo miró un instante y Adagio pensó que le regalaba una sonrisa antes de su última exhalación, que doña Toñita dio en ese momento. No tenía claro hacía cuánto que no arrojaba una lágrima, pero una, límpida, atravesó el mugroso rostro de Adagio. Y así fue que avanzó por la tienda que apestaba a vinagre. Decenas de botellas también tiradas en el piso. Él podía, lo supo, tomar todo lo que quisiera, pero optó por no hacerlo. Regresó por donde vino, dispuesto a pedir auxilio: quizá alguien podría explicarse cuál era la razón por la cual él seguía vivo, y eso ayudase al resto. Salió como un cliente cualquiera, por el pequeño pasillo hacia la caja donde solían formarse las personas para pagar. Ahí vio un periódico, que reposaba en un revistero, fechado en el día anterior (aunque Adagio no lo notó, pues no sabía en qué día vivía). El titular rezaba, profético: ¡Bienvenidos al fin del mundo!

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