Una agradable y ligera descarga eléctrica

Había nacido el mismo día que Philip K. Dick y que Beethoven, pero él no lo supo hasta esa vez, hasta esa noche en que aquellos jóvenes se lo contaron. Aquellos jóvenes aspirantes a escritores, a poetas, a intelectuales, a narradores de gran altura que negaban entre sí dichas aspiraciones, aunque soñaran con ellas a diario. Teófilo Morales, de sesenta y dos años, mesero en El Tehuacán desde hacía veinte, se había encontrado infinidad de veces con individuos como ellos. Con artistas de apabullante suficiencia moral e intelectual para adoctrinar a un empleado cuya labor consistía, principalmente, en recibir órdenes. Teófilo era de un pueblo no muy lejano de ahí, a la orilla de la ciudad, donde se encontraba la cantina; en su vida había oído hablar de un tal K. Dick, aunque sí de Beethoven: había un mercado no muy lejos de ahí con ese nombre, y en él solía visitar a Eficacia Ramos, una señora unos quince años más joven que vendía uniformes escolares, y con la que Teófilo salía de repente desde hacía unos meses. No, joven, nunca he escuchado hablar de ese señor, le decía con paciencia este mesero a uno de ellos, al narrador más solvente, pero este insistía en que debería conocerlo, que un día de estos le llevaría su libro de Cuentos completos, nomás pa que viera la grandeza de la que se estaba perdiendo. De paso le pasaría unos de su autoría, por qué no, editados por él mismo, para que le dijera si estaba o no al nivel. Al nivel. Teófilo capturó esas palabras, las rumió, y se lamentó de que aquel joven de pelo crespo y barba insignificante las hubiera pronunciado. Seguro sus cuentos no valían un segundo de su preciado tiempo. Y es que Teófilo prefería darse unas vueltas por el llano que estaba cerca de su casa para aspirar el anochecer mientras se fumaba un par de Delicados sin filtro, para luego irse a ver la tele un rato, en el pequeño cuarto donde vivía con Leopoldo, su gato siamés, para posteriormente echarse un cafecito negro con una de azúcar acompañado de un pancito dulce, para luego dormir de lleno hasta las siete aeme del día siguiente. Qué podría esperar, entonces, de unos cuentos, los de aquel joven, si venían ya impregnados por la noción de la competencia literaria. Eso pensó Teófilo y luego le dijo al joven que con mucho gusto se los recibía, a sabiendas también de que probablemente ese día no iba llegar, por una de dos: porque nunca había visto a esos jóvenes por ahí, por lo cual era probable que se hubieran encontrado con El Tehuacán por casualidad y no volverían, o porque ese tipo de escritores hablaban siempre de una obra que no estaba ni escrita. Eso también pensó Teófilo cuando a la cantina entró un hombre bajo, jorobado, el bigote partido en dos, los ojos entrecerrados. Le decían el Coreano, y la verdad nunca se había enterado de su nombre. Entró golpeando unos palos de acero, uno por cada mano, y en la cintura llevaba, afianzado en una especie de cangurera, un cuadro con unas perillas para subir o bajar el voltaje. Toqueeeeees, van a querer toqueeeees, entró vociferando, y los jóvenes lo vieron, y luego se vieron entre ellos, para luego llamar a aquel hombre y sujetarse, así, al momento, todos de las manos, mientras Teófilo se encaminaba a la barra con la charola repleta de botellas vacías.

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