Convertirse en una hoguera (y ver al mundo arder)

Eleonora llega veinte minutos tarde.

Yo estoy sentado ahí, en nuestra mesa favorita, bebiendo un mojito (hace calor).

La veo llegar y la luz del sol, detrás de ella, la ilumina. 

Sí, parece una diosa. 

Pero no lo es.

Se sienta frente a mí, desconcertada. 

Suele llegar tarde. Llega a tiempo a todos lados, menos a nuestras citas. Yo llego tarde a todos lados, menos a nuestras citas. 

Le digo que no importa, que no se preocupe, que de verdad no importa. 

Y de verdad no importa, entiendo después, no importa nada, al final no importará nada.

Me da un beso en los labios. 

Sus labios, Dios, cómo adoro sus labios.

Le pregunto cómo fue que pudimos vernos hoy, qué cosa le dijo a su marido. 

—Le dije que vine contigo —me dice.

Doy un trago al mojito. Uno profundo. Esa no es la primera ni la última vez que estaremos en este lugar. Ni en otros lugares que tanto nos gustan.

Lo único que quiero es que solo estés conmigo, le digo. Que podamos estar juntos. 

No lo sé en ese momento, pero habrá un instante en nuestras vidas en que así será.

Entonces me toma de las manos; entre todas las cosas que aprecio de ella sus manos están arriba en la lista (por debajo de sus labios). 

—Te amo —me dice.

Y vuelve a besarme.


Julián comenzó a admirarlo y, por qué no decirlo, hasta a envidiarlo. JC escribía con furia implacable. Nada ni nadie lo detenía. Cada sesión llevaba un texto nuevo. Sus escritos salpicaban sudor, sangre, semen, vida, muerte. Sus frases mordían, arañaban, rasgaban. Es la literatura que debe prevalecer, pensó Julián. Ya bastaba de niños bien queriendo escribir como simbolistas franceses. Ni eran simbolistas y mucho menos, franceses… Detestaba a los críticos que se las daban de implacables y su lenguaje era de nenes ñoños… Aun con toda la imagen de tough guy que Julián anhelaba proyectar, apenitas llegaba a la fuerza de los textos redactados por los reos. “Rezuman verdad”, le dijo Julián a su editor, quien no siempre compartía su entusiasmo. A él sí le gustaban esos escritores rococós cuyo lenguaje parecía extraído de una dulcería y no de la vida misma. Frases inocuas, sin aristas, sin filo. Obras inanes, exánimes, sin repercusión, sin consecuencias. Bomboncitos rellenos de aire. Julián añoraba a su anterior editor, que decía preferir la novela imperfecta de un escritor con talento, que la novela perfecta de un escritor mediocre.


Si alguien conociera la historia de Alondra creería que es cursi, inverosímil, telenovelesca. Una mujer cuya hija con una enfermedad mental está presa (por un delito que no cometió) se enamora de un preso mamadísimo, amante excepcional, aunque no muy culto, cierto día luego de conversar con él en el patio central de la cárcel. 

Además de ver a su hija en el reclusorio, comienza a verlo a él también hasta que terminan enamorándose y, posteriormente, casándose.

Haciendo el amor en las mazmorras.

Ella está feliz, enamorada. Arriesgando lo poco que tiene por él. Sin miedo y sin importarle en absoluto lo que los demás piensan de ella (yo pienso que es una mujer brillante, adulta, sensible, excepcional artista).

Dudo mucho que lo que algunos llaman amor romántico tenga que ver con que una mujer se enamore de un preso. Yo creo que, por el contrario, eso es lo más cercano al verdadero amor. Enamorarse sin prejuicio alguno y sin importar a quién se tiene enfrente. No a ciegas, sino sin cerrar los ojos.

El amor romántico en el arte es, acaso, la expresión de aquellas emociones y sentimientos que nos desbordan. Le ponemos nombre a eso que nos sobrepasa, y que a veces se siente como fuego ardiendo en el pecho.

No todo el mundo arde, yo lo sé.

Así que le digo a Alondra que tiene que escribir esa historia, algún día. 

—O si no, lo haré yo —le digo en broma/en serio.

Conforme leo Salvar el fuego pienso en las enormes coincidencias que tiene su historia con la de Guillermo Arriaga. 

Así que le regalo el libro, a ella, para saber qué piensa (aún no me lo dice).

Cualquiera diría que la de Alondra es una historia cursi, inverosímil, telenovelesca, o cualquier otro adjetivo con los que solemos criticar ciertas historias que creemos anacrónicas, que nos caen gordas, que nos chocan. Lo que te choca te checa, dicen. Despreciar a la telenovela, hacerle el feo al melodrama (al sentirnos muy complejos, cero simples, cero inocuos, muy relevantes, muy trascendentes, cero tóxicos, cero miserables, cuando la etimología de la palabra solo indica que melodrama no es más que un drama acompañado de música, acción acompañada de música), pareciera una posición forzada, útil para apantallar y para mostrarse por encima de aquellos que lloramos con El padrino o La usurpadora.

Si hiciera un manifiesto en defensa del melodrama, que cae tan mal, que nos parece tan burdo, el género no realista por excelencia porque es exagerado, exageradísimo, diría que a veces pareciera ser el género más realista de todos. 

Porque diría que todos, en algún momento, hemos sido estúpidos, insensatos, incoherentes, arrastrados, violentos, cursis, por amor. (Si alguien aquí tiene la definición definitiva del amor, favor de compartirla. Yo leo La viuda Basquiat y ahí la encuentro.)

Diría que somos hipócritas por externar, furibundos: qué ridiculez, qué ñoñada, qué cursilería, qué inverosímil. Qué obsesión. Qué tóxico. Qué horror.

Si conocieran la historia de Alondra, cien por ciento real, escrita por el sinuoso pulso de la vida, notarían que el melodrama, como otros géneros y subgéneros dramáticos, literarios o cinematográficos, abreva de la realidad. No al revés. 

Que no por ver melodramas uno se vuelve melodramático, como no por oír a Marilyn Manson uno se vuelve satánico, ni por jugar videojuegos uno se vuelve asesino. 

La realidad siempre supera a la ficción, dicen también. La realidad es mil veces más salvaje, más tierna, inmoral o pulcra que cualquier historia que se haya escrito nunca. Una narración siempre se queda corta, no abarca la realidad porque es imposible que lo haga (y no es lo que busca), pues los seres humanos solo narran por supervivencia, porque los seres humanos la cagamos y necesitamos saber qué hacer, saber qué han hecho los otros con esa mierda, con esos errores, para no cometerlos de nuevo, aunque también dicen que nadie experimenta en cabeza ajena

En fin que, entre otros errores, nos enamoramos. Como idiotas.

Algunos, yo sé, no todos. 

Compadezco a los que no han sido tan afortunados.


Eleonora pone un disco de un cantante setentero de baladas románticas. Un álbum ejemplar lleno de rolas para desangrarse luego de tasajear cada vena y cada arteria del templo de irredención que es nuestro cuerpo.

Su esposo le reprocha:

—He ahí nuestra educación sentimental…

Ella me mira, yo estoy ahí, no sé por qué, y ella me mira. 

Ella dice que le gusta esa rola, que no le importa. 

Bueno, no lo dice en ese momento, pero sé que lo piensa.

Yo pienso lo mismo, y pienso: este wey tiene atole en las venas.

Luego ambos me muestran su lecho matrimonial. Yo no he puesto un pie en su habitación cuando su olor, el olor de ella, me enamora. Perdidamente, por completo. Como un pinche animal. 

Como José Cuauhtémoc con Marina, los protagonistas de Salvar el fuego (Romeo y Julieta en medio de una matanza, está escrito en alguna de sus páginas). Una mujer felizmente casada y un malandro asesino enamorándose sin más ni más. 

Como a veces pasa.

A partir de ahí no me puedo desprender de Eleonora. De su olor. Tengo su maldito olor impregnado en todas partes, especialmente en lo más hondo del alma. 

Aún hoy. 

Chale, cuánto la extraño. 

Sé que no leerá esto, como no leerá nada más que yo escriba, pero heme aquí, Eleonora, por si acaso.


Si hiciera un manifiesto en defensa del melodrama diría que no hay creación artística a la que se le pueda exigir ningún tipo de responsabilidad social, ni moral, ni ninguna salvo no traicionarse a sí misma. 

Que una novela no es la realidad.

Que los artistas pueden hacer lo que se les dé la chingada gana con su obra.


—Tú muy bien sabes, Samuel —me dice Guillermo Arriaga al otro lado de la línea— que los escritores debemos tener doble piel. 

Me lo dice porque hay que enfrentarse a los chingadazos, a las críticas, a las innumerables contrariedades de nuestro oficio.

Hablar con él me parece irreal: es un sueño el poder conversar con un individuo por el cual, en gran medida, me dedico a escribir. 

Arriaga es mi maestro. He visto casi todas sus charlas en línea. Siento que lo conozco, que es casi un amigo. Podría decir que lo quiero. Lo quiero tanto que mi colección de sus libros (editados por Norma, aquellos de lindos forros azules) se los regalé a un gran bróder al que quiero un chingo y al que le encantó El búfalo de la noche luego de prestárselo una vez que nos emborrachamos.

Pero siento que, para mi desgracia, desaprovecho nuestro encuentro haciéndole las preguntas equivocadas. Tengo fé en que lo volveré a ver.

Por suerte en esta entrevista no ocurre así, y el reportero acierta al decir:

—Antes de llegar a los premios te ha tocado probar los fracasos… 

—Claro, y hay un momento en Salvar el fuego [ganadora ella misma del Premio Alfaguara de Novela 2020] que es una frase que yo sostengo —dice Arriaga—: “prefiero ser conocido por mis grandes fracasos, que por mis mediocres éxitos”. Y si me falla, lo prefiero a escribir una obra que va a ser alabada por los críticos, pero que no va a tener ninguna consecuencia. 

—¿Se han logrado tus apuestas? 

—No lo sé, pero al menos sé que le he apostado y fuerte. Y cada vez trato de subir más la apuesta. Ahora, para alguien que vive de hacer cine, de la escritura, que mantiene a una familia con esto, también corres el riesgo de que se acabe tu fuente de trabajo, mi empleo, pero no me importa, prefiero seguir apostando. 


Llevo conmigo el libro que acabo de publicar. Mi segunda novela.

Han dicho que es irrelevante, fallida o telenovelesca. Como han dicho eso de otros textos que he escrito. 

Y aunque di lo mejor de mí al escribirla, seguro esos comentarios son ciertos, y entonces, por un momento, dudo en regalársela. A Eleonora. Me dan ganas de no hacerlo, pero lo hago, y hasta se la firmo. Con toda mi alma espero que nunca la lea (y yo creo que así será por los siglos de los siglos). 

Ray Bradbury decía que hay que escribir sin detenerse a pensar. A pensar en el otro, a pensar en lo que pasará con el posible texto; decía que hay que escribir inundados de pasión, borrachos de escritura, o, de otro modo, no hay manera de terminar lo que escribimos, de pasar de una línea a otra. De, simple y llanamente, escribir.

Yo, como decía Bukowski, estoy convencido de que si no te quema por dentro, no lo hagas (plis).

De que tienes que incendiarte para hacerlo.

Creo que Arriaga se quemó por completo esta vez. Como las otras. 

Aunque ahora quizá se pasó de tueste. 

He gozado horrores con las historias de Guillermo, me ha acompañado en momentos terribles, como lo es este, que es terrible para todos, y estoy muy agradecido con él. Sin embargo, una vez que he traspasado el umbral de las cien páginas, me doy cuenta cómo Salvar el fuego empieza a reblandecerse sin remedio, una página tras otra hasta que me detengo en la cuatrocientos noventa. 

Cuando ya todo estaba chamuscado, cuando ya tenía yo una opinión sobre lo escrito.

En mi mente se amontonan adjetivos como fallida y telenovelesca (mierda, yo también pienso de ese modo), y entonces busco críticas en la red. Me encuentro con algunas muy duras (mierda, coincido con algunas). Evito los comentarios elogiosos porque los elogios jamás son buenos (y eso lo sabemos, Guillermo); para un escritor las críticas son siempre más útiles. Aunque varias de ellas caigan en la insensatez de asegurar que los reseñistas en cuestión escribirían cosas mejores, que cómo le dieron el premio, que qué barbaridad, y más basura despreciativa por el estilo que ya quisiera ver sicierto. 

Y me pregunto, más bien corroboro: dado que una novela no es la realidad, y la realidad sí que es fallida, exagerada y telenovelesca, lo que estas personas piden a gritos es que se ordene esa realidad, pero sin mucho aspaviento. No lo sé, aunque probablemente ese sea el único trabajo de un artista. A veces lo logra, pero no siempre. Porque el artista sí que es parte de esa realidad, y es tan imperfecto como ella. 

Por lo que a veces tiene que quemarse y quemar todo a su paso. 

Aunque le/nos duela.


Pensé que me dejaría el día en que mi reputación se puso en entredicho (reputación, lo que menos debe importarle a un escritor). No lo hizo. En su lugar, Eleonora (a quien considero una mujer brillante, sensata, cariñosa, exigente, implacable) me escribió el texto más hermoso (y más cursi, meloso y melodramático) que me han escrito. La neta no pienso compartirlo, pero ella sabe, y ahora ustedes, que aquellas líneas me inyectaron la vida necesaria para seguirle chingando en esa oscura circunstancia.

Repito: ha sido lo mejor que me han escrito y que atesoro al grado que no voy corriendo a leerlo en este momento para ahorrarme las inmensas ganas de buscarla que me invaden en este momento.

Me dejó casi un año después, en pleno inicio del fin del mundo, pergeñando unas cuantas líneas congeladas en un mensaje de whats. 

Sin tomarse la molestia de explicarme nada, pidiéndole que no la buscara más.

Como lo haría cualquier macho agresor hijo del amor romántico y telenovelero. Como podrían decir de mí o de José Cuauhtémoc Huiztlic. 

O del esposo de Alondra.


Supongo que por eso nos cuesta tanto dejar los libros a medias. Abandonarlos. 

Porque, aunque no está escrito, hay implícito un contrato de lectura entre el autor y el lector cuando este abre un libro y lo empieza. Se siente feo, pues, tener que incumplirlo de pronto. 

Sé que hay que aprender, aprender a dejar atrás, a resignarse, pero también deberíamos cuestionarnos un poco más a fondo los porqués de nuestros retiros. Y decirlos.

No digo que Guillermo Arriaga no haya dado todo en Salvar el fuego. Se nota que sí. Que lo intentó con huevos. Ese no es el problema. Lo cursi o melodramático, tampoco es el problema. Que se acerque a los temas de las narconovelas (o de las telenovelas), tampoco. Que sea muy explícito, o vulgar, o ñero, o intelectual, tampoco.

Me temo que el problema de Salvar el fuego es su ambición.

Y ese problema lo detectan los editores. Algunos.

Con ambición me refiero a pretender abarcarlo todo. En que la novela sea tan caótica como la realidad, cuando, ya dijimos, la novela no es la realidad. Cuando escribimos para ordenarla. 

Sé que esta novela pudo cortar de veras nuestras venas si hubiese afilado aún más sus puntas. 

Concisión versus ambición. 

Aunque ahora que lo escribo, pienso: ¿No es la novela el género más ambicioso de la escritura, donde cabe todo y de todas las formas? 

Sí.

Aunque, bueno, también pienso que el más ambicioso de los géneros no quiere decir el más hermoso (la poesía, en este caso, que es también el más conciso).

Pero no estamos hablando aquí de eso.

En esta conversación (donde el entrevistador sugiere que Arriaga es un provocador, que muchos de sus errores —aunque no lo dice así, me temo que no se atrevió— en realidad son provocaciones, como lo es este texto), Arriaga deja ver eso que me dijo, eso de enfrentarse a quienes desprecian tu trabajo, cuando dice:

—Ojalá tu obra tenga una buena dosis de detractores y de enemigos, porque si no, el aplauso unánime significa que algo falló en la obra. Cuando tienes tu suficiente dosis de detractores, algo estuvo bien.

Estoy de acuerdo. 

Acá, en Salvar el fuego, vaya que hubo partes que me emocionaron, especialmente las del José Cuauhtémoc solitario en la frontera, echando cara a su nueva vida antes de volver a la cárcel. 

El momento en que se enamora de la novia de su mejor amigo.

Justo cuando hacen desesperadamente el amor.

(Yo no sé por qué me gustó esa parte.)

Y pienso: sí que es preferible una novela imperfecta, pero honesta, que una novela perfecta deshonesta.

¿O no?

Así que insisto en que el problema de Salvar el fuego es la ambición, de la que también adolecen sus personajes. Se regodean en sí mismos. El pinche José Cuauhtémoc es casi perfecto (aunque quemara a su padre, otro perfeccionista mamerto, de ahí en adelante no se equivoca, ni Marina). Por lo que el problema es la reflexión. Quiero decir, en esta novela Arriaga abandona su propio estilo, el de priorizar la acción, el conflicto, y lo descuida con párrafos y párrafos de farragosa reflexión. El autor ya ha hablado de eso, de la tradición literaria. Sobre que hay, esencialmente, dos tipos de escritores. Los escritores de acción y los de reflexión. Él pertenece a los primeros. (Yo creo que también pertenezco a ese bando; aunque ahora que lo escribo, probablemente la tradición pueda fundirse para extraer lo mejor de ambos mundos.)

Así, y aunque escribe de lo que siempre ha escrito (amor, muerte, venganza), desde la perspectiva que tan bien domina (la de la polifonía), la ambición esta vez le ganó porque busca la profundidad, la hondura, la transgresión a priori mediante la reflexión de las diferentes voces. El lenguaje sobre la emoción (¡noooo!). La enunciación sobre la acción. 

¿Para ganar un premio?

Esto confirma algo que él siempre ha dicho: que en el arte no hay voluntad ni progreso. 

Y en efecto, Salvar el fuego no es mejor que El Salvaje. Y El salvaje no es mejor que Un dulce olor a muerte. O que El búfalo de la noche. Y Babel no es mejor que Amores perros. Aunque Los tres entierros de Melquiades Estrada, o 21 Gramos, podrían ser lo mejor de todo, pero, chale, ¿quién decide qué es mejor o peor en el arte?

Yo, a veces. 

Al igual que tú.


Texto publicado originalmente en Langosta Literaria.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s