Desmantelar La Bomba

Llevaba cuarenta años sin brindar servicio, dijo aquel hombre, y el espacio donde sus cuatro patas se posaban estaba lleno de basura, acumulada quizá desde entonces, me dije yo. Tampoco pensé que vería el día en que derribaran la pared que resguardaba ese terreno, y que de ahí sacarían costales y carretas de inmundicia y escombros, ni que el gobernante local ofrecería una ceremonia para anunciar que se construiría ahí un nuevo pozo (acá nunca ha habido agua: desde que era niño y vivía en esta casa, con mi abuelita, siempre tuvimos que acarrear cubetas para ir al baño), tras decir que aquel era “un monumento a la corrupción”. No sé. Yo, desde que volví, he salido cada día al patio trasero para mirar a las aves posarse en lo más alto de La Bomba (como conocemos los locales a esa torre oxidada de veinte metros de alto) e imaginar cómo se verá el mundo desde ese monumento al olvido. Vi acaso a un par de vecinos conocidos (de los cuales quedan pocos), muchos otros que jamás había visto, y vi a mi propia jefecita escuchar las palabras de los encargados del desmantelamiento que harán poco a poco, de arriba hacia abajo (pues el andador es muy estrecho para que quepa maquinaria pesada): que si había un seguro por si ocurría cualquier accidente, que si se corría peligro con los temblores, y yo pensé que La Bomba aguantó los del 85 y 2017 y el de antier, y que si se derrumbara de repente quién sabe hacia dónde caería. Probablemente sobre mí.

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