La triste osadía del Señor Segovia (VIII)

y algo se engancha, un tornillo o un mueble obligándome a cojear como el reloj de mi padrastro que daba vuelta entera sin fallar un trazo al alcanzar las 11.10 h (once horas diez minutos) aparecía una hernia en los volantes y se trataba, se notaba el esfuerzo de las agujas insistiendo en avanzar, mi padrastro alzaba la tapa de cristal, las guiaba con el dedo hasta las 11.11 h (once horas once minutos) y el reloj libre de la hernia, saludable, de modo que desde el fallecimiento de mi padrastro las agujas inertes en unas 11.10 h (once horas diez minutos) infinitas, se encarnizan un rato sacudiendo protestas, desisten y el reloj unas cosas en el cajón de las cosas

(¿yo una cosa?)

escribe António Lobo Antunes en alguna parte de Mi nombre es Legión. Líneas convulsas que leí para luego guardar el ejemplar de aquella novela en mi mochila, para luego recibir un mensaje de texto:

Gordo, dónde estás,

era Vicente, el rubio editor de libros académicos que me decía así, como yo le decía a él.

Gordo.

El apodo surgió uno de esos días en la editorial donde trabajábamos. Cuando había poco que hacer y nos paseábamos entre los pasillos. Bueno, en realidad siempre había algo que hacer, aunque aún así nos tomábamos el tiempo para dar el rol y saludarnos. Los empleados. Eso fue en la temporada en la que, precisamente, Vicente me recomendó la lectura de António Lobo (no confundir con Fernando).

—¿Qué tranza, mi gordolobo Antunes? —terminé diciéndole. A su lado, Cindy, redactora a la que llamaré así, se reía a discreción tapándose con ambas manos la boca de grandes dientes en proceso de alineación gracias a unos plateados brackets de ligas de colores.

Estoy aquí,

sentado en la penúltima fila, casi en medio

de la puerta

le contesté el mensaje a Vicente conforme Lobo Antunes caminaba despacio, tomado del antebrazo por alguien, una persona también canosa, aunque más joven, que lo depositó en la silla donde lo esperaba su interlocutora: Laura Restrepo, la enorme escritora colombiana. Una mujer también más joven que él, cuya belleza el escritor portugués no dejó de señalar, para gracia de ella y de los refinados asistentes que aplaudieron el agónico trayecto. El avance del autor de Conocimiento del infierno (no hay títulos más hermosos que los de Antunes, me temo) duró más de lo que unas manos aguantan comúnmente palma contra palma.

Pero aplaudí. Aplaudí mientras su andar también me recordaba a esa prosa suya; diría que única, tan lírica, tan poética al grado de

llamarle prosa sea casi extraordinario,

raro, diría, porque lo suyo son los versos,

dispuestos los unos tras los otros,

en continuo ataque, una encrucijada

para el lector que, sin percatarse,

puede quedar

a t r a

p a

d o

entre ellos, es su prosa

la de Lobo Antunes, justo eso: una trampa

mortal, de tan vívida: sus letras parecieran

elevarse de las páginas

y volar

como pájaros casi mortales

del alma

fusilo, en las dos estrofas finales, uno de sus títulos, en estas líneas escalonadas que no podrían considerarse poesía, pues no recuerdo dónde dejé los apuntes que tomé aquella vez (he de decir aquí que nunca vuelvo a mis apuntes). Me recuerdo, sin embargo, sacando una libreta y comenzando a anotar con bolígrafo azul, tratando de capturar algunas de sus palabras; habré apuntado un par de ideas que António le dijo a Laura: su voz, pensé entonces, era aún más el émulo de su escritura (¿o será al revés?): cada cosa que decía, igual de lento masticada, parecía derrochar los saberes más profundos

de la naturaleza de los dioses.

Nadie escribe como yo. Ni yo mismo, dijo Restrepo que dijo Antunes una vez, al inicio de la conferencia que por suerte puede escucharse aquí.

Es cierto, dijo António, como nadie escribe como tú. Como nadie escribe como nosotros. Se trata de encontrar la propia voz. Todo escritor puede decir que nadie escribe como él.

Es muy difícil escribir, continuó. Luego dijo: No le recomiendo a nadie que escriba, porque trae mucho dolor y sufrimiento, pero también una alegría sin nombre. Cuando las cosas están bien y sientes que estás como (y aquí titubeó por su “pésimo castellano”) fundido con el mundo, con los otros… Es necesario sufrir mucho para escribir un libro feliz. Lo pagas muy caro.

También dijo:

Nuestro trabajo tiene mucha angustia, mucho desespero, pero al mismo tiempo (y aquí volvió a disculparse por su perfecto castellano) una alegría muy grande. Steinbeck, creo, no es un escritor que admire mucho, pero admiro el hombre, hablaba de la “invisible alegría de crear”. Y si tú no sientes que un libro, sea cual sea, ha sido hecho con esa invisible alegría de crear, el libro no es bueno. Un libro tiene que ser feliz. El hijo feliz de un escritor feliz que ha luchado mucho con su material feliz.

Esas y otras cosas dijo. El discurso de Lobo Antunes estaba repleto de citas sabias como esas. Yo quería una en mi ejemplar de Mi nombre es Legión, que reposaba al fondo de mi mochila. Como creo que ya he escrito, tomé prestado ese título para nombrar al tercer disco de Asedio, banda donde aporreo a destiempo los tambores. Lo conocí, al libro, por esos días en los que deambulaba por la editorial. Era Cindy quien lo tenía sobre su escritorio. Logré distinguirlo entre el total desmadre donde a veces ella se escondía de los jefes.

Ahnomames, ¿puedo verlo? le pregunté tan pronto vislumbré la portada.

Sí, pero con cuidadito dijo Cindy y se acomodó los lentes, que ya reposaban en la punta de su nariz. Tomé el ejemplar de pasta gruesa entre mis horrendas manos y le di la vuelta para leer el texto de contraportada. Si de por sí la pura edición era hermosa (y lo que decía la fajilla: “Una novela sobre la génesis del mal”), la cuarta de forros me lo antojó mucho más:

Gusmão, un policía vencido por la soledad, es destinado a un barrio marginal de Lisboa para investigar las vidas de ocho jóvenes delincuentes. Como parte de su misión, se muda al Barrio, donde, tras los asaltos, se ocultan los sospechosos; allí conocerá a la Negra. En el informe policial con el que arranca esta novela, Gusmão describe las actividades criminales de los delincuentes, cargadas de crueldad y violencia, e interrumpe el relato para hablar de sus sentimientos y hacer comentarios reprobatorios. A partir de este momento, una prostituta blanca, la mestiza que vive con el policía y uno de los delincuentes asesinados, entre otros, tomarán la palabra alternativamente para hablar en primera persona de su infancia, del desamor, del desarraigo y de la soledad extrema.

Como se ha visto hasta ahora en cada una de las partes de esta crónica, soy una persona insensata. Y pobre (financieramente hablando). Cosa de la que no me quejo. En absoluto. Mis gastos más altos se limitan a la compra de ciertos libros. Generalmente los más caros son importados. Y a veces tardo mucho en leerlos. Este fue el caso: un libro caro que compré cuando no debía, y que tardé en leer.

Así que lo saqué, pues, y lo miré. Y aún más abajo de la bolsa llevaba conmigo una copia del tercer disco de Asedio. Ahí estaban los dos legiones juntos. La conferencia estaba llegando a su fin. Miré a mi alrededor: me encontraba muy lejos de Lobo Antunes y había muchísimas sillas frente a mí, todas ocupadas. Lamenté no haber llevado conmigo la cámara que Arcelia me prestó para el viaje: como la mochilita que la contenía pesaba mucho, pensé que era demasiado, pero un telefoto habría funcionado de maravilla a esa distancia.

Para retratarlo.

Aunque lo que yo quería era acercarme y entregarle el disco y recibir un autógrafo suyo. Miré a ambos lados, derecha e izquierda, pero la situación era la misma: todas las sillas repletas; atrás también, estaba

a t r a

p a

d o

entre ellos, no supe cómo

terminé así, hasta que la conferencia terminó

y hubo aplausos de pie y la gente nomás no se movía de su sitio. Pudimos haber escuchado a esos dos derrochar su sabiduría sobre la vida, sobre los libros, sobre la palabra escrita otras dos horas, pero en la FIL los tiempos eran obsesivamente medidos y un evento transcurría tras otro, sin parar, todo el día, todos los días, en casi todas las salas, a las que uno entraba y aunque estuvieran vacías era posible percibir el calor de la presencia humana, de varios humanos (o inhumanos), sentados previamente en ese lugar.

Antunes regresó por donde vino; lo miré los minutos que duró su lentísimo andar; varias personas con las que él venía lo cercaron y lo sacaron de inmediato de ahí, tras el telón inmenso con el logo de la feria, lejos de sus lectores y de cualquiera que osara acercarse.

Si fuera visto en la calle, pensé, pasaría por cualquier anciano. Sin embargo ahí era como un semidiós abandonando a sus súbditos. Fue extraño sentir tanta grandeza depositada en un solo hombre que, como yo, como muchos otros, solo se dedicaba a aporrear las teclas. No sé si el hecho de hacerlo mejor o peor que otros, pensé también, implique algún tipo de superpoder. Hay quienes lo creen así. Y de esos creyentes, como de cualquier otro creyente, procuro rehuir.

Sin embargo imaginé que tendría otra oportunidad: que quizá al salir del salón, que poco a poco comenzaba a vaciarse, podría encontrarme con él, decirle hola, António, es un gusto. Mira, me fusilé el título de tu libro, por favor no me demandes y fírmamelo. ¿Que sabes quién soy? Vaya, sí, yo escribí Metal, pero qué puedo yo contarte sobre el bello y a veces ingrato arte de la escritura novelística…

Mi mirada extraviada en la que pensé había sido una brevísima chaquetita regresó pronto a su sitio, y Lobo Anunes ya no estaba ahí. Así que guardé mis tiliches en mi mochila y una mano fría y blanca me tocó ligeramente el hombro, sorprendiéndome.

Era Vicente.

Recordé la vez que, tras una peda muy oscura en la que arriesgamos nuestras godinezcas existencias, elaboramos la frase “la mochila es la vida”, que hasta la fecha considero como cierta. Una verdad irrefutable.

—¿Cómo viste al maestro? le pregunté.

Increíble contestó, mirando hacia el frente— . Pero se fue muy rápido, ¿no? dijo, sin percatarse de que en realidad se había ido muy lento.

Sí, es toda una celebridad…

Ojalá ahora sí gane el Nobel…

Ojalá que nunca lo gane dije.

¡Pinche envidioso!

Jajajaja, seguramente, pero lo digo porque, bueno, a tu Borges no se lo dieron y mira, ¿qué Nobel es más relevante que él?

Vicente me miró con su pequeña sonrisa reflexiva; él era un gran lector del viejo argentino, a diferencia de mí. Mientras se le ocurría un contraataque, le dije:

Antunes y Cormac McCarthy serán siempre mis gallos para llevárselo, aunque sospecho que nunca ocurrirá, en ambos casos.

Vicente asintió y permitió que la idea que lo rondaba previamente para refutarme se le escapara. Luego dijo:

¿No tienes hambre? Vamos por un taco de camarón, ¿no? Te va a encantar, sin albur.

—Al chile, sin albur, sí tengo hambre. Por un momento me había olvidado de comer —le dije. Y fue así que abandonamos el salón Juan Rulfo, de cuya novela, Pedro Páramo, Lobo Antunes dijo: Es un milagro.

Desde luego que el anciano y rubio portugués no estaba por ninguna parte. O quizá lo estaba, me dije, ingenuo, perdido entre todo ese gentío; en El culo del mundo, en el Auto de los condenados. Así avanzamos cada quien por su lado, por los amplios y concurridísmos pasillos de la feria, sin detenernos, hasta que miré mi teléfono.

El año anterior había abierto mi cuenta de Instagram, buscando paliar mis ansias de fotógrafo en ciernes. Ahí, hasta la fecha, he depositado la mayoría de mi trabajo fotográfico, sin importarme mucho si es bueno o no, a diferencia de otros colegas, quienes, en su ansia por un efímero reconocimiento, dotan a sus cuentas personales del sustantivo adjetivado en inglés “photography”, inmediatamente después de sus nombres.

El caso es que alguien me había seguido. Una mujer. Una mujer portuguesa cuyo nombre y apellido iniciaban con las mismas letras que mi nombre y apellido: Sonia Soares. Editora y poeta. Eso decía su descripción.

Conforme caminaba procuré stalkearla: su belleza se dejaba ver a la primera selfie. Yo, en mi infinito engreimiento, comencé a especular de sus razones para seguirme. Intuí que algo tenía que ver mi presencia en la feria del libro más importante de habla hispana. Sin embargo no era para tanto, me dije. ¿Acaso estaría interesada en traducir mi trabajo a su lengua? ¿O mis fotos eran lo suficientemente buenas como para atraerla?, entre otras varias y arrogantes preguntas que me hice mientras Vicente y yo llegábamos a la salida.

Afuera comenzaba a oscurecer.

Caminamos rumbo al restaurante de mariscos, que estaba justo a un lado del restaurante de mariscos en el que comí la tarde en que Luis, el chofer del Fondo, me dejó en el primer y lujoso hotel donde me hospedé. Una vez ahí, en cuanto se desocupó una mesa, pedimos un par de cervezas y brindamos. Dentro, la luz del ocaso se colaba por las ventanas y le daba a los cuerpos, a la piel, una tonalidad cobriza que habría sido digna de fotografiarse si hubiese llevado conmigo la cámara de Arcelia. Me limité a mirar la imagen, como ocurre tantas veces, cuando una foto se te escapa para siempre y solo puedes resignarte a verla. A tomarla con los párpados tras encuadrarla con los dedos.

Salud, dijimos, y chocamos nuestras botellas. Luego cada quien miró el menú y eligió el platillo que más se le antojó. Esa vez pedí un pulpo al ajillo, creo, y un taco de camarón. Vicente pidió varios tacos, una quesadilla y alguna otra cosa que ya no recuerdo. Quizá un pescado enorme que no se terminó.

—Esta noche tenemos que ir al Veracruz —dijo. Aquella era la última noche de Vicente en la FIL. Al día siguiente tendría que volver a la Ciudad de México, su vuelo salía a las 10 am, para volver a su trabajo como editor de libros académicos.

—¿Qué es el Veracruz?

—Un salón para bailar.

Mierda, pensé. Lo que menos sabía hacer en este mundo era bailar. Y lo que más he querido en este mundo es aprender. Las mujeres de mi familia intentaron enseñarme muchas veces en las fiestas donde ponían cumbias o salsas o rocanroles. Todas esas veces, o en privado, mientras mi hermana o mi madre ponían una canción idónea para hacerlo, fueron prácticamente en vano.

Aunque recientemente descubrí, mientras bebía con unos amigos en su casa, que era capaz de hacerlo. De bailar. Al calor de unas copas encima, mi cuerpo por fin logró comprender los mecanismos del baile. Por lo menos los fundamentos. Y no solo logró comprenderlos sino que, lo más importante: logró sentirlos. Su ritmo, su sabor. Como si de una batería se tratase.

Pero ya he dicho aquí que como baterista soy muy buen escritor.

—Supongo que se pone bueno —le dije.

—Sí, ahí van la crema y nata del mundo editorial —dijo Vicente, conforme culminaba de un trago su chela y echaba el cuerpo hacia atrás sobre la silla, dejando ver su prominente panza.

—Y… —titubeé— ¿va a ir Libertad?

—No sé —dijo, desabotonándose el broche que hacía que le cerrara el pantalón. Yo hice lo propio: recliné mi joroba sobre el asiento y mi panza salió a flote.

—Porque no vamos a bailar nomás tú yo, ¿o sí? — le dije.

—Habrá muchas chavas ahí… —dijo Vicente.

Entonces opté por cometer mi siguiente insensatez: extraje de mi apretado bolsillo el teléfono celular (cuya batería, me percaté, estaba por agotarse) y le mostré a Vicente la cuenta de Instagram de Sonia Soares.

—¡Órale! —dijo, pelando un poco los ojos.

—Me acaba de agregar al Instagram.

—¿La conoces?

—No.

Vicente se quedó mirando un poco más las fotografías de Sonia.

—Está guapa —dijo, finalmente.

—¿Y si la invito a esta onda del Veracruz?

—¿Te cae?

—Simón.

—Pero no la conoces…

—No…

—¿Entonces? Ja ja. Mira, vamos al hostal —dijo Vicente, reincorporándose sobre su asiento— : tengo que cambiarme la camisa; estoy muy sudado. En el camino lo piensas.

Pedimos la cuenta. Supongo que cada quien pagó lo suyo y que luego Vicente pidió un Uber que nos tuvo, en apenas diez minutos (en Guadalajara todo quedaba a diez minutos de todo), en las afueras del hostal. Para cuando llegamos ya era de noche y a lo lejos lograban escucharse algunos grillos chirriando. Subimos al piso donde estaban nuestras habitaciones y cuando entré al no muy grande cuarto que estaba vacío horas antes, me encontré con un hombre asiático recostado, leyendo, en la planta baja de la litera; a una mujer norteamericana quejándose desde la planta alta, y a un enorme rubio danés sobre la cama enfrente de la mía: él llevaba puesta la camiseta negra de Metallica.

—Hola —dije, en español, aunque sabía muy bien que a partir de ese momento tendría que hablar en inglés. Mi inglés, que siempre había sido deficiente y que me había traicionado las pocas veces que tuve que usarlo, especialmente de manera profesional. Sin embargo, al irlo aprendiendo como forma de ocio, logré aprehenderlo mejor y lo pude comprobar en cuanto Hanz, así le llamaré al danés, me dijo hola, mucho gusto, cómo estás.

Él fue el único que me devolvió el saludo.

—Bien, gracias —me limité a decirle. No pude dejar de ver su playera de Metallica. Se percató — ¿Te gustan? —dije y me señalé a mi mismo, mi propia playera, que me temo era la negra de los Deftones.

—No —dijo, y también se percató de mi rostro sorprendido.

—¿Y… por qué la traes?

—Bueno, es que el baterista es danés. Como yo —dijo. Fue en ese momento en que me enteré de la nacionalidad de Hanz.

—Claro. Lars Ulrich —dije y Hanz asintió. Luego dijo:

—¿A ti te gustan?

—Sí, mucho.

—No soy metalero, me gustan otras cosas, pero Metallica está bien para mí. ¿Tocas en alguna banda? —dijo, de repente, en español.

—Sí —dije. Y justo toco la batería.

—¿Ah sí, y cómo se llama tu banda?

—Asedio —dije y entonces recordé el disco que llevaba conmigo. Lo extraje de mi bolsa y se lo entregué a Hanz.

—Un regalo.

El danés sonrió.

—Muchas gracias —dijo, alzando el disco con una de sus enormes manos. Los escucharé. ¿Son metal?

—Sí. Death thrash.

Hanz volvió a sonreír y ahí detuvimos la conversación. Guardé algunas cosas en mi locker y saqué otras mientras la mujer gringa se quejaba desde lo alto de su cama. Al parecer le habían prometido otra habitación, le dijo a uno de los encargados del hostal, que ya estaba ahí dispuesto a solucionar su problema. O por lo menos a intentarlo.

El hombre asiático seguía leyendo, impertérrito, con unos audífonos de diadema puestos. Y aunque quise, no logré ver qué leía, ni escuchar qué escuchaba.

Luego salí de la habitación para encontrarme con Vicente en una de las zonas comunes del hostal. Algunos huéspedes (extranjeros) jugaban ping pong. Nosotros nos dispusimos a beber otra cerveza, sentados en un par de sillas playeras que estaban por ahí solitarias.

—¿Qué onda, Gordo —me dijo Vicente conforme destapaba una de las cervezas y me la entregaba— , ya invitaste a la portuguesa?

Por un momento me había olvidado del asunto, pero en ese instante saqué mi celular y abrí Instagram, dirigiéndome de inmediato a su perfil.

—No, pero ahorita la invitamos —dije.

Entonces le escribí un escueto hola a Sonia Soares, que no demoró en contestar del mismo modo.

—Verga, ya me contestó —le dije a Vicente.

—¿Neta?

—Sí.

—¿Si la vas a invitar?

Entonces, si no mal recuerdo, le pregunté cómo estaba y me presenté. Luego, sin mucho más preámbulo, le dije que asistiría al salón Veracruz para la noche-festejo que hacían cada año con visitantes de la FIL, especialmente con autores y editores. Que si le parecía bien, podíamos conocernos ahí en persona.

—Ya lo hice —dije.

—Pinche Gordo lanzado —dijo Vicente, y brindamos. La noche era apacible y fresca; el sonido de una de las bocinas del hostal transmitía algo de música indie rock en inglés a bajo volumen, mientras las raquetas y la bola de ping pong rebotaban sobre la tabla azul.

Di un breve trago a la cerveza y me sentí sumamente afortunado por estar ahí, en dichas condiciones, a punto de acudir a un salón de baile sin mucho más que preocuparme que por la respuesta de la portuguesa y por la pila de mi celular, el cual vibró en ese instante.

Sonia Soares me había contestado. Me preguntaba otros detalles sobre a qué hora estaría ahí, la dirección del lugar; si iría con más personas, entre otros datos. A grandes rasgos, decía, le sonaba a muy buen plan.

—¡No mames, aceptó! —le dije a Vicente, quien abrió los ojos del mismo modo que yo los tenía abiertos.

Y aunque era más lógico que ella tuviese miedo de acudir al encuentro con un desconocido, de pronto temí que se tratara de alguna falsa identidad. Que quizá detrás del perfil de Sonia Soares había un depravado que soñaba con cogerse a escritores malos como yo. Revisé entonces, de nuevo, su perfil, y ciertamente todo se veía en orden. Muy natural. No parecía la cuenta fake de nadie.

—Si se trata de una treta —le dije a Vicente— , ¿qué hacemos?

—No creo que lo sea, pero ya veremos —dijo.

Y brindamos.

Salimos del hostal unos treinta y cinco minutos después. Para entonces ya no dejaba de mensajearme con Sonia Soares, quien me pasó el número de teléfono de su acompañante mexicana. Ella, dijo, tenía whatsapp disponible, y sería más fácil comunicarnos por esa vía.

De nueva cuenta Vicente pidió un Uber que nos condujo a las afueras del Veracruz, al que llegamos, sí, diez minutos después. El salón se hallaba sobre una especie de callejón que en ese momento estaba más o menos atestado de gente esperando para entrar, y de los autos estacionados de esas mismas gentes.

Vicente y yo caminamos hacia la entrada y algo dijimos a los que cuidaban la puerta de que proveníamos del mundo editorial. Nos cobraron nuestras respectivas entradas, dándonos a cambio un recibo con el que podíamos salir y volver a entrar. Cuando estuvimos a punto de sumergirnos en la negrura de su interior, recibí otro mensaje de Sonia Soares que me decía que estaba a punto de llegar.

Dónde estás, me escribió en Instagram.

Afuera, justo en la entrada.

No te veo.

Le indiqué la forma en la que iba vestido y le pregunté por las mismas señas particulares. Volteé hacia todas partes esperando verla.

No la veía, no la veía y entonces, junto a su acompañante, y mucho más alta que el resto de las personas, Sonia Soares avanzaba a pasos largos enfundada en un vestido negro hacia donde estaba yo.

Era imposible no percatarse de quién era.


Texto publicado originalmente en CanCerbero.

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