Entrar de lleno en la tormenta

Esta mañana no tendí la cama y permanecí
dentro
de las cobijas; pasé
horas esperando
por fin
a que el mundo explotara ahí mismo
y nosotros con él.

No ocurrió, desde luego, y sin embargo ahí estuve
un par de horas
más,
debatiéndome a muerte
entre las sábanas, el sol abarcando
la ventana, lentamente
un reloj sonaba, un instante, cada sesenta
minutos y el dolor
al fondo de mi estómago
no se detuvo con la llamada
que me interrumpió.

Eras tú, como si nada,
como siempre,
como nunca;
llamabas
para saber
cómo estaba, yo
no supe responderte, pretendí
no hacerlo, pero lo hice
bien, te dije, no
lo estaba, tú
dijiste estoy
bien, y entonces comenzaste
a llorar.

Intuyo que no hay modo de querer
a nadie, o a algo, si no se quiere
del todo, si no se entrega una gran parte
de uno mismo
a eso
a esa
persona o cosa
actividad o tarea, lo que sea
que hagamos; si no estamos
dispuestos
a entrar de lleno en la tormenta:
será inútil o no será.

Oí tus lágrimas
al otro lado del teléfono, quise
abrazarte y decirte que dejaras
de llorar, que todo
estaría bien, pero
no lo hice porque sé
que conmigo
nunca lo estará.

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