Muerte en la central del norte

Para Pepi, qepd en mi corazón

Llegué a la central de camiones alrededor de las dos de la madrugada, tras haber caminado más o menos hora y media. Me punzaban los pies.

Era la central del norte, la que estaba más lejos de mi casa.

Llevaba conmigo una mochila donde solo guardé una chamarra que me puse tras salir de ahí con la idea de nunca volver. Así, enfundado en esa gruesa chaqueta, más el pantalón y las botas tipo militar que llevaba puestas, me aproximé hacia una de las salas de espera.

No importaba cuál. 

Algunas personas estaban ahí: niños, ancianos, gente de mediana edad. De todos los colores y tamaños. Me senté en una de las heladas bancas metálicas y me puse la mochila sobre las piernas. La abracé. Era una mochila larga, enorme, como para acampar. Cerré los ojos y me dormí. 

El palo de un jalador me despertó: un conserje daba un trapazo al pasillo. Tras golpearme no me miró ni me pidió una disculpa. Levanté ambas piernas para que no volviera a tocarme, más que para dejarlo limpiar. Era un gordo gigantesco que llevaba puestos unos audífonos y, bajo su uniforme, una playera con motivos de lucha libre. Un walkman sobresalía del bolsillo trasero de su sucio pantalón.

El gordo siguió limpiando con aquella mezcla olor a lavanda y yo quise saber la hora. Miré uno de los relojes que había en una de las paredes. Sus dígitos rojos marcaban las tres treinta de la madrugada. En torno había menos personas, todas distintas a las que había cuando llegué. Me reacomodé sobre la silla y busqué en la mochila por algo que leer, pero sabía de antemano que no llevaba nada. Me levanté entonces, decidido a encontrar una de aquellas librerías que suele haber en las terminales de camiones. 

Tan pronto como me puse de pie noté en una de las bancas un vaso abandonado de café. Lo sopesé. Aún tenía algo de líquido, aunque ya estaba frío. No me importó y lo bebí de un solo trago. Dejé el vaso en su lugar.

Vislumbré la librería, sin nombre, atendida por una mujer mayor, quien a su vez leía algo con fruición. Entré y no me dirigió la palabra. Busqué entre sus estantes; la mayoría de sus títulos eran best sellers. Una especie de cajón enrejado y lo suficientemente grande tenía, al centro, ofertas de libros de títulos varios. Metí la mano y rebusqué. Pensé que no hallaría nada de mi interés hasta que extraje un título que no conocía, pero que llamó mi atención: Yodo, de Juan Hernández Luna. 

Como la anciana seguía clavada leyendo, me metí el libro entre la chaqueta. Fingí mirar un poco más y salí de ahí.

Regresé al mismo asiento en el que estaba y me puse a leer. No era un lector empedernido, pero me gustaba hacerlo porque, leí por ahí, era una de las actividades que recomendaban para evitar la pérdida de la memoria. No quería acabar como mi padre, un viejo que terminó sin recordar su propio nombre, así que, desesperado, le quité el plástico al libro como si en él se hallara la cura para el olvido.  

Hernández Luna era un autor muy bueno. Me pregunté cómo era que ese libro suyo estaba botado ahí, a tan bajo precio. No tenía idea de que, como mi padre, el escritor también ya estaba muerto. Lo leí como si no lo estuviera, como si después de leerlo lo fuera a conocer; al fin y al cabo eso no importaba, me dije: su obra estaba ahí, conmigo.

Fue entonces que un retortijón enardecido me hizo doblarme hacia delante. Mis dedos se posaron donde llevaba la novela y, con el plástico que previamente protegía la cubierta, separé las páginas. Me levanté sin hacer mucho aspaviento, tocándome la panza con una mano, y avancé en búsqueda de un baño. Ya había vislumbrado uno cuando buscaba la librería, así que hacia ahí me dirigí. Era un baño con torniquete al que había que echarle cinco pesos para pasar. Hurgué en mis bolsillos a sabiendas de que no encontraría nada. A mi alrededor no había una sola persona. El retortijón volvió a atacar. Me recargué sobre el torniquete, sudando frío, e ilusamente esperé que al empujarlo se abriría, pero no ocurrió. Me hinqué entonces, mirando hacia el suelo. Supuse que no me quedaría de otra más que cagarme ahí, en los pantalones, cuando miré al conserje gordo aproximarse a paso lento, como un mamut.

El gordo no me miró a pesar de que estaba ahí en cuclillas. Llevaba los audífonos puestos. En el preciso momento en que el gordo iba a entrar, en que el torniquete estaba a punto de atrancarse, me pegué a él por su pestilente y sudorosa espalda, y ambos entramos.

—¡Ey, no puedes entrar, voy a limpiar! —gritó el gordo al verme correr hacia uno de los compartimientos. Tenía una estúpida voz de niño. La escuché con claridad, pero me importó un comino, entré y puse el cerrojo. Me bajé los pantalones y cagué conforme el gordo colocaba su cubeta en el piso y el trapeador lo recargaba sobre una de las paredes. Algo de agua jabonosa se esparció por el suelo de azulejos blancos. Luego el gordo se colocó frente a la puerta; la tapa de su cabeza sobresalía por encima de la superficie de esta y pude ver con claridad sus tenis puercos por la rendija que había en la parte inferior de la misma.

Tomé un largo rollo de papel, que por suerte había, y me limpié el culo y pisé la toma de agua que desapareció en un par de segundos toda aquella mierda que arrojé en unos cinco minutos que estuve sentado. 

Cuando abrí el cerrojo el gordo estaba frente a mí; sus enormes cachetes rosáceos llenos de granos y una barba escuálida me recibieron. 

—Te dije que no podías pasar —dijo.

Asentí.

—Me estaba cagando, disculpa —le dije. Su rostro infantiloide permaneció muy serio; enfadado, se podría decir. El gordo exudaba y daba unos ligeros alaridos. Supongo que quería decir algo más, pero me le adelanté y le dije:

—Ahora déjame pasar, por favor.

Pero el gordo no dijo una palabra. Y tampoco se movió. Aquellos ciento cincuenta kilos de peso, sin embargo, se resbalaron con el agua que había en el suelo cuando el gordo dio un paso. Se fue de espaldas y su cabecita se golpeó contra la pared. Como si se tratase de un huevo, reventó contra ésta. El cuerpo inmenso se desparramó por el azulejo, y conforme caía dejaba un rastro de sangre muy oscura sobre él. Me quedé pasmado mirando aquella trayectoria hasta que escuché el timbrazo del torniquete que se abría a unos metros. Otro hombre, de traje y sombrero, entraba en ese momento, dispuesto a mear, cuando observó la escena y se detuvo en seco. Lo miré. Me miró. El hombre se quedó pasmado como yo me había quedado apenas unos segundos antes. Entonces se recompuso y dijo:

—¿Qué pasó?

—Se resbaló y golpeó en la cabeza… —dije.

El hombre del sombrero se aproximó al gordo tras mirarme otro poco. Luego se hincó, le tocó el cuello y le tomó el pulso. Se quedó unos segundos escuchando y mirando su reloj. 

—Está muerto —dijo.

—Oh Dios —dije, luego pregunté—: ¿Cómo lo sabe?

—Soy médico —dijo.

—Oh… ¿Y ahora?

—Hay que llamar a una ambulancia… y a la policía.

Me quedé mirando al médico conforme se incorporaba y se colocaba el sombrero. 

—Espere aquí —dijo, mientras se acercaba al torniquete.

—¿A dónde va?

—A hacer la llamada. Hay un teléfono público aquí a unos pasos.

—Pero… —dije.

—¿Pero? —dijo—. No se preocupe, no tiene nada de qué preocuparse, ¿o sí?

—No —dije. 

Y el hombre salió. 

El gordo seguía en el piso con el charco de sangre detrás de su nuca. En ese momento escuché la música que llevaba puesta. Quiero decir, se escuchaba un ruidito desde sus audífonos. Me aproximé a él y traté de distinguir qué era lo que estaba escuchando aquel hombre. No lo logré, así que me pegué a él lo más que pude (no podía quitarle los audífonos, pues aún los traía puestos, alrededor del cuello).

Era un álbum de Daniela Romo. He olvidado cuál.

De pronto ya estaba hurgando en sus bolsillos. Extraje su billetera. También tenía motivos de lucha libre y estaba húmeda. El tipo tenía un billete de veinte pesos, que guardé en el bolsillo trasero de mi pantalón. Busqué algo más en su billetera: tenía boletos del metro, una tarjeta para el transporte público. Ninguna foto de un ser querido. Una sola identificación. 

Su nombre era Raúl Zambrano Muñoz, quien abrió los ojos en ese momento y me sujetó por el cuello. No dijo nada, pero parecía intentarlo; balbuceaba. Traté de zafarme con ambos brazos, pero su fuerza era descomunal. Un gargajo de sangre me golpeó el rostro. Entonces la cabeza del gordo volvió a caer. 

Cuando volteé el médico del sombrero ya estaba detrás de mí.

—¿Qué hace? —dijo.

Lo miré con el rostro manchado por la sangre. 

—Yo… —dije.

—Levántese. No tardan en llegar. 

Me incorporé y acudí hacia el lavamanos. Ahí vi mi cara sangrienta y me lavé. Conforme lo hacía otros dos hombres ingresaron al baño. Eran vigilantes de la central. 

—¿Es él? —le preguntaron al médico y este asintió. Una vez que estuvieron frente a Raúl Zambrano Muñoz, me miraron.

—¿Qué pasó? —dijo uno.

—Se resbaló —les dije a ambos y ambos se miraron. Luego el otro dijo:

—¿Y usted qué hacía aquí… a estas horas?

—Me estaba cagando —dije.

Uno de ellos miró dentro del retrete. Al no hallar nada, dijo en voz baja, como para sí mismo:

—Está limpio.

—No hay manera de que este hombre —intercedió el médico del sombrero—, tan escuálido y pequeño, haya podido hacerle algo a ese grandote. Además, como podrán ver, la fractura craneana es evidente —y señaló el charco de sangre—. Aquel azulejo —ahora señaló la pared del baño detrás de Raúl— tiene también una fisura. Y si consideramos el agua jabonosa que está en el piso…

—¿Es usted detective? —preguntó uno de los guardias.

—No, soy médico —dijo el médico del sombrero—. Si tienen dudas sobre el testimonio de este hombre —me señaló ahora a mí y preguntó cómo me llamaba; le dije mi nombre—, podemos inspeccionar su ano en búsqueda de residuos fecales recientes, los cuales seguro encontraremos. 

Ambos guardias me miraron. Uno de ellos dijo:

—Mejor esperemos a los paramédicos. Y a la policía.  

El cuerpo de Raúl Zambrano Muñoz apenas cupo en un par de camillas que transportaron entre seis hombres, dos camilleros y cuatro policías. La gente en torno a la escena, pasajeros que pronto abordarían sus camiones, los miraron trasladar aquel hombre que apenas unas horas antes había lustrado los pisos por los que ahora caminaban. 

Me senté en el mismo lugar, donde había dejado mi mochila y mi ejemplar de Juan Hernández Luna. Gracias al testimonio del médico del sombrero, cuyo nombre nunca supe, los policías no me interrogaron de más. Cosa rara, sin duda, pero es que la forma en la que aquel hombre se expresaba parecía más que suficiente para establecer cualquier cosa. 

El médico del sombrero se sentó junto a mí.

—¿Qué lee? —me dijo. 

Le extendí el ejemplar de Hernández Luna.

—No sabía de la existencia de este autor —dijo el médico—. ¿Qué tal?

—Muy bueno —dije, mientras veía, a los lejos, a los hombres llevarse el cuerpo inmenso del conserje.

—No se saque de onda —continuó el médico—. Los accidentes pasan. Todo el tiempo. Son la primera causa de muerte en el mundo. 

Volteé a verlo. Este ya tenía sus ojos puestos sobre la novela.  Sin moverlos de su lugar, dijo:

—¿Y hacia dónde va? ¿A Celaya?

En la pantallita de dígitos rojos que estaba colgada en alguna columna que soportaba el techo, ese era uno de los destinos que aparecían. 

—No —le dije.

—¿Hacia dónde, entonces?

Miré el resto de los lugares. Si hubiera tenido la posibilidad de elegir alguno, no lo habría hecho. 

—No lo sé —le dije. 

El doctor me miró. Luego miró la pantalla. 

—Bueno, estoy a punto de abordar. Fue un placer —dijo, y se colocó el sombrero. Luego se alejó hacia la zona donde revisan el equipaje antes de abordar y poco después abordó.

Cinco años más tarde yo seguía ahí en la central. Conocía cada uno de sus espacios, y a casi cada uno de sus trabajadores. Me habían apodado el Viajero.

De vez en cuando me daba un baño o alguien me invitaba un corte de pelo. Cuando eso ocurría algunas vendedoras de boletos decían que me veía muy guapo. 

En ese tiempo supe de muchas más muertes en la central del norte. Ocurrían a menudo, casi cada tercer día. Por lo regular eran accidentes; muchas personas se resbalaban en aquel piso lustroso y se rompían el cuello o la cabeza. Algunas sufrían paros cardiovasculares o respiratorios. Hubo suicidios también, o riñas con cuchillos. 

Uno de esos días volví a ver al médico del sombrero caminando entre un grupo de gente. Llevaba una camiseta tipo hawaiano y un sombrero ídem. 

—Hola, ¿cómo está? —le dije luego de correr tras él, pero en principio no me hizo caso. Por lo que caminé a su lado varios metros.

—Disculpe —dijo el médico—, ¿nos conocemos?

—Sí —le dije, y le conté lo que él también había vivido.

Hizo un gesto sorprendido. Me miró de pies a cabeza. Luego miró hacia donde sus acompañantes, quienes también nos miraban.

—Vaya… —dijo— cómo está.

—Bien —le dije—. Desde ese día que estoy aquí. 

El médico con sombrero hawaiano hizo otro gesto. No supe interpretar la emoción exacta detrás de este, pero era algo semejante a la consternación.

—Ya veo —dijo.

—No pensé que lo volvería a ver.

El doctor sonrió. Luego sacó su billetera. En ella llevaba una foto familiar y estaba repleta de tarjetas. Extrajo un billete y me lo entregó. Lo tomé. Luego extrajo otro billete y también me lo entregó. Lo tomé. Luego extrajo otro billete, uno más grande, y me lo cambió por los dos que me había dado antes. 

Lo tomé.

—Cuídese mucho —dijo. Y apretó el paso para alcanzar a su grupo, quienes ya lo habían adelantado.

Entonces recordé y corrí hacia él. Al verme otra vez, el médico pareció enfadarse.

—¿Qué…? 

—Mire —dije y extraje de la misma chaqueta que llevaba desde hacía cinco años el libro de Hernández Luna—. Está muy bueno, le va a gustar. Lo he leído unas quince veces. 

El doctor tomó el ejemplar que estaba doblado, mojado y roto con mucho cuidado. Sin mirarme dijo:

—Gracias… Ya le diré qué me parece. 

Pero eso no fue posible, porque los otros años que estuve ahí viviendo (calculo que tres, o cuatro) no volví a encontrármelo. 

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