La inevitable sensación de lo inevitable

En memoria de Ramón Castillo y de Alfredo Nieves

Preparé la bolsa de mandado donde le llevaría
los últimos discos, revistas y libros
extirpados
de la mudanza. No sabía
si lo encontraría; me había avisado, usted, en un whats,
unas semanas antes, que no tenía claro cuándo
regresaría
a vender a su puesto, ese que tantos años
tuvo en el Chopo.
Regularmente me acordaba
de usted y le escribía
un mensaje
de texto. Cómo está,
le pregunté
algunas veces. Mis amigos saben
mejor que nadie
que no acostumbro ciertas
atenciones elementales
que con usted sí tenía. No sé por qué. Será por toda
la generosidad que tuvo
con mi persona
desde que nos conocimos.
Ramón Castillo. Don Ramón, quizá fue esa vez
en que me vendió un ejemplar del Diario íntimo
de un guacarróquer, de mi siempre admirado, querido, amado,
extrañado,
Armando
Vega
Gil.
(Usted supo
cuánto aprecié ese libro, a mis diecisiete años. Luego tuve
la desfachatez
de rolarle los míos. Y usted de vendérselos
a los incautos.)
Acudí, pues, un sábado, temprano, pero no lo vi. No vi su puesto. Algo
recorrió mi espalda, un escalofrío. La inevitable sensación
de que lo inevitable
andaba cerca. Supuse que, a la siguiente, lo encontraría.
Pero no, no lo vi. De nuevo
no estaba su puesto
de revistas, libros, discos. ¿A dónde chingados
se fue
don Ramón?
Tenía poco
que había cambiado de número; quise pensar
que no me mandó mensaje alguno, nada
de lo que cualquiera pudiera alarmarse (de tos, cof cof).
Entonces lo pensé. A usted. Esa semana y la siguiente.
Espero que se encuentre bien, señor Ramón,
me dije.

Hace un par de días
que me entero de su muerte.
Cayó encima
de mí, la noticia, como si la supiera
de antemano,
aunque no supe cómo
ni supe dónde. Permanezco
en silencio, frente al monitor. Recuerdo la ocasión
en que le tomé unas fotos, esa en que Frida se las tomó, la vez en que
nos encontramos en su puesto. Una de tantas
en las que conversamos (de literatura y rock. Sobre periodismo y
revistas. Sobre películas, cineastas, músicos.
Sobre Armando.
Sobre José Agustín.
Sobre Eusebio.
Sobre… diga usted sobre quién.) Y entonces no puedo dejar
de pensar
que una de las últimas veces
que lo vi
fue cuando se animó a ir a verme
presentar Metal en el Centro Histórico,
en el seminario
que Alfredo Nieves coordinaba. Usted
hizo una pregunta al final. Alfredo le dio la palabra (¿o fue Olivia?). Alfredo, don Ramón, se fue poco antes que usted (quizá
ya se saludaron).
A él apenas le había preguntado si vendía
sus platillos para batería, un set Joey Jordison (en paz descanse, también) como el que tengo. Me dijo que nel. Imaginé su sonrisa. A diferencia de a usted, a Alfredo apenas lo vi una vez en la vida, aquella de la presentación. Sobra decir de la generosidad que este hombre mostró hacia mi trabajo (y hacia mi persona). Yo, para ambos, Alfredo, don Ramón, no tengo más que agradecimiento. No tengo más que estas líneas,
no tengo
más que estas -últimas- palabras,
que se esfuman
como nuestras vidas:
apenas las tecleo.
Cada tecla que presiono
es un segundo menos, las palabras no sirven
para nada,
pero las escribo, en absoluto
silencio
las escribo
en su honor; cada segundo es un segundo
sin ustedes, es la distancia
más corta que existe
entre nosotros.

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