El bolso

La magnate llegó al mediodía al piso 36. Llegó acompañada por sus dos guaruras y sus tres asistentes. Llegó, por el elevador, sin saludar, y sus empleados guardaron silencio y agacharon la cabeza. Ella vestía algo que los sueldos de todos ellos juntos, ahorrados durante veinticinco años, jamás podrían comprar. Avanzó, pues, dando adinerados taconazos y se encerró en una fría sala de reuniones con el resto de los directivos (empleados suyos también). Diez minutos después todos salieron porque afuera, en la calle, unas bocinas anunciaban sismo. Los empleados se resguardaron en las zonas de seguridad indicadas por los letreros colocados muy visiblemente en la oficina (protéjase en los bordes de las puertas, debajo de los escritorios, en las columnas, algo así decían los monitos blancos sobre un fondo azul…). Una de las asistentes le cedió su sitio a la magnate, quien por salir al final de la sala no alcanzó lugar, y esta, sin mirarla, le ordenó: «Trae mi bolso». Todos, incrédulos, se miraron entre sí. ¿Su bolso?, pensó uno de ellos. ¿Para qué chingados lo quiere?, pensó otro. ¿Cómo arriesgar a alguien por eso?, se dijo alguien más, pero ninguno se atrevió a externarlo. La empleada los miró también, luego miró hacia sus pies y en voz baja dijo: «Sí, señora». Aún no empezaba el temblor (pero seguía sonando la alarma) cuando la asistente caminó, tan rápido como pudo, sin correr, hacia la fría sala de juntas donde se había quedado el bolso de la magnate, que vio en la última silla, la que estaba en medio de todas, hacia el final de la larguísima mesa. En cuanto lo tuvo entre sus manos se dio el zarandeo, y la asistente no pudo sino guarecerse debajo de aquella inmensa tabla de mármol. Conforme escuchó los gritos provenientes del exterior provocados por el movimiento ondulatorio del edificio (cuyos cimientos estaban construidos expresamente para soportar eso), una idea (que en otra circunstancia jamás habría tenido) se cruzó por su cabeza: ¿Y si abro el bolso para ver qué querría rescatar esta señora sobre mi vida? A sabiendas de que podía morir los siguientes treinta segundos, la asistente, ansiosa, como nunca antes lo había estado y como nunca antes lo había hecho nadie más que la magnate, lo abrió. El bolso, carísimo, único, de diseñador, exclusivo, ligero, con incrustaciones de diamantes, hermoso, estaba vacío.

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