De escritor a escritora (u ¡Horda! en la Jorge Cuesta)

Para Beatriz Graf

Cuando era un adolescente, o quizá un poco antes —o un poco después, ya no sé—, quise ser volantero. Miraba los anuncios pegados en los postes de San Cristóbal, Ecatepec, donde se ofrecía el sueldo semanal (que quizá rondaba los mil pesos) por hacer aquel trabajo y me hacía ilusión la posibilidad de, por fin, tener algo de dinero propio y dejar de molestar a mis padres con que me compraran, entre otras cosas, videojuegos, revistas de música, cómics.

Veinte años más tarde, más o menos, heme aquí (y las cosas no han cambiado demasiado: sigo pobre, aunque por fin he podido ser volantero. Hace poco, además, le encargué a mi madre una novela gráfica que vendían por su casa; y es que en el barrio donde vivo, ustedes no lo van a creer, no hay puestos de periódicos. No la pudo conseguir… ya la habían vendido). 

El de volantero es un oficio que, ahora, me resulta difícil querer hacer. Entregarle a la gente que pasa, completos desconocidos, un pedazo de papel con quién sabe qué información, que no desean y que muy probablemente no necesitan; estirarles la mano, frente a la cara, e interrumpir su camino; decirles mira, te regalo uno me parece, hasta cierto punto, repulsivo. 

Minutos antes de empezar mi nueva labor crucé por Donceles, en el Centro, y luego por 5 de mayo. Varios volanteros, contratados por los locales de una plaza donde venden lentes, me abordaron. (Diría que me acosaron, pero la neta no fue pa’ tanto, ¿o sí?) Uno les dice gracias y no basta, uno les dice orita no, joven, gracias, y no basta, y te siguen unos metros, hablándote, preguntándote si vienes en búsqueda de lentes (no dudo que, en efecto, mucha gente vaya a eso) y aunque traigas lentes te lo dicen, y se rinden solo hasta que de plano no los volteas a ver y permaneces en el más rotundo silencio.

Pensé entonces, en ese mismo instante, con la voz chillona de una señora volantera resonándome en el oído derecho, en aquel posible personaje que, ya ruco, solitario y deseoso de hablar con alguien, se aproxima a los volanteros para charlar y estos terminan, naturalmente, hartos y rehuyéndole (les dejo la idea al costo, para que ustedes escriban el cuento; a César Mauricio, en especial, quien hoy, finalmente, me acompaña a presentar un libro. Él, un cuentista bestial haciéndome el favor. Él, un cuentista al que admiro haciéndome el honor).

Así estuve un rato el miércoles pasado (junto con mi señora Marce, aquí presente, quien hubo de sacrificarse, como hoy) repartiendo un cartel que yo mismo diseñé (me disculpo, de antemano, si acaso por aquí hay algún diseñador gráfico) impreso en miniatura con la vaga esperanza de que algún incauto cayera en mis garras pseudopublicitarias y viniera a esta presentación (de un libro que, gracias a Óscar Alarcón y a la BUAP, vio la luz). 

Estoy casi seguro, sin embargo, de que la estrategia de antiguo marketing aún vigente no funcionará, y que aquí y ahora solo estarán los de siempre: mis amigos, a quienes les debo todo aunque no les he dado nada –o muy poco– a cambio. A ustedes, quienes están aquí, muchas gracias (y un aplauso). Gracias a Elizabeth, quien conoce mi escritura desde que era un intento de, cuando ella era para mí era un ejemplo de cómo aporrear las teclas —aún lo es–-, y quien irá a ver a Roger Waters tan pronto terminemos. Por tu tiempo, Eli, muchas gracias.

Flyer diseñado por mi persona en Canva.

Así, bajo la frase de te regalo uno, tratamos de entregar varios cientos de ese mil de papeles a color que por doscientos pesos imprimí. (Vaya, como ustedes verán, terminé pagando por volantear.) Pero todo sea por la autopromoción, la cual muchas veces me parece deplorable. ¿Por qué uno tendría que autopromoverse al nivel de inmolación cuando quizá por ahí otras personas podrían hacerlo?, o al menos eso piensa el novel escritor –y el no tan novel, como su servidor— cuando gasta todo lo que tiene por unos flyers.

Justamente por eso. Porque si uno no lo hace, si uno mismo no se preocupa por difundir el trabajo propio, nadie más lo hará. No al principio. No crean ustedes que la librería Jorge Cuesta vino y me dijo: Señor Samuel, queremos presentar su exitoso libro. No. No exactamente. No mientras no sea muy conocido, el libro, y se vea en él una franca oportunidad de negocio, sin decir que negocio signifique chingarse al prójimo, sino por el auténtico deseo de negociar, pues todos negociamos todo el tiempo y todos, de algo, tenemos que comer. (A la librería Jorge Cuesta, entonces, le agradezco mucho por este espacio.)

Si autores como Guillermo Arriaga (a quien aprecio como tal, aunque César Mauricio discrepe conmigo) piensan así (en que uno tiene que estar moviendo su propia chamba, constantemente, para hacerse de un lugar, de un público lector), qué me queda a mí más que asumirlo. Y hacerlo. Y hacerlo con gusto y con ganas. Así, en ese sentido, esta es la presentación no sé qué número que hago este año, y en mi breve carrera que ya abarca una década desde el primer libro que publiqué, es la… quién sabe. ¿Veinte, treinta? He tocado mucho más con mi banda, Asedio, donde soy baterista… y no pasa nada. Nada en el sentido de: ¿Me he vuelto famoso y millonario por hacerlo? No. Gracias al Dios que reina en lo oscurito. Por el contrario: los papás tenían razón cuando decían: de hambre te vas a morir. (Bueno, uno de algo se ha de morir.)

Y está bien. Porque escribir no se trata de eso. De dinero. Hacer arte no se trata de eso. Del billete. Se trata de otra cosa. En principio. Del viaje. Del viaje interior. De cariño. De amor. De compartir con el prójimo, con el otro, algo. No sé muy bien qué, pero probablemente lo mejor de cada quien. Aunque también lo peor.

En fin. Varios jóvenes nos aceptaron, gustosos, nuestros flyers. Ellos fueron nuestro target. Eso le dije a Marsi: a los chavos. Porque los jóvenes son el presente, el pasado y el futuro: siempre son amables, siempre están dispuestos, siempre están sonrientes. (Yo no sé qué chingados se traen contra los jóvenes.) En esas andábamos cuando se aproximó una mujer mayor. 

-–Toma, te regalo mi libro —le dijo a Marce, quien se quedó pensando en la posible estrategia publicitaria de aquella dulce mujer de gafas, refinado atuendo y perfume. 

Ella, Marsi, definitivamente no tiene tanta malicia como yo; es un ser de luz generoso al que le cuesta discernir entre el bienintencionado y el que no. Así que intervine y apañé el volumen: un ligero y verde libro de relatos cuyo nombre es Contra nadie en la batalla. (Ahora que lo escribo pienso en esto de escribir: uno no está en batalla con alguien salvo consigo mismo. No hay competencia posible cuando se trata de escribir.)

—Yo lo quiero —dije y luego, casi inmediatamente, pregunté—: ¿por qué lo regala?

No es que me sorprendiera el hecho, o que yo mismo no hubiese regalado mis libros.( El primero, hace diez años, que además recibió un premio, lo regalé todito. A todo el que se dejara. La cosa era, insisto, difundir. Compartir.) Yo quería saber sus motivos.

—Porque tengo ahí una pila —dijo—. Y de que se queden ahí a que los lean, mejor que los lean. 

Eureka, pensé. Esta doña es de las mías. Luego imaginé aquellos libros reposando por diez, quince años, esperando ser vendidos. Esperando su lector. Insisto en que esto no se trata de dinero.

Contra nadie en la batalla fue publicado en el año 2000 por Océano y contiene 11 relatos (uno de ellos con el chingonazo nombre de ‘Al infierno contigo’ –parecido, me temo, a aquel álbum de Deicide llamado To hell with god–) cuyo común denominador es una casona abandonada de la colonia Roma, muy cerquita de aquí. Entiendo que Beatriz Graf carece de prejuicios pues, a pesar de mi evidente origen ecatepense, de mi atuendo ñeril-delincuencial, me preguntó si conocía aquella construcción. Le dije que no tenía el gusto.

—Pues de eso va —dijo.

El libro de Graf, ciertamente, va de eso, pero debo decirles que me impresionó sobremanera. (Lamento usar esa palabra, sobremanera, la cual me parece rimbombante. Soy un tipo en contra de lo rimbombante, pero sobre todo soy un tipo a favor de la precisión, y sobremanera, esta vez, fue la palabra indicada. Sobre todo soy un tipo de palabras. Y a veces, como pueden escuchar, las uso en demasía.) No solo Beatriz es refinada en su voz y apariencia, sino en su prosa, que entreteje historias con sutileza, contundencia y encanto, lo cual toma del cogote al lector al mejor modo del cuentista que más les guste (en ese sentido, si por casualidad tienen en esta librería este libro de Graf que menciono, recomiendo que lo compren. Cueste lo que cueste). 

—Fírmemelo, por favor —le pedí a Beatriz antes de que se fuera. Parecía tener prisa: estaba a punto de anochecer y se me hace que iba solita. 

—Claro —dijo, y extrajo una pluma de su bolso. Puso, con su bella caligrafía: “De escritora a escritor”. Esto porque, en intercambio por su libro, yo le di el volante de esta presentación, y le conté que estaría hoy aquí y ahora. Le sugerí que viniera.

—Trataré de ir —dijo, aunque de inmediato supe que no lo haría. 

Pero no importa, ya tendremos otra oportunidad. Lo importante, les digo, es que ustedes están aquí. 

Fotografías: Marce.

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