Ya me iba del Remate del libros de Revolución cuando me encontré con Chema. Acababa de pensar en él, por lo cual me espantó un poco verlo. Se lo dije. De cualquier modo nos dimos un abrazo. Él iba de sombrero. Yo llevaba mi nuevo bolso para cargar libros bordado con flores azules que me hace ver como onvre performativo y que compré en mi reciente viaje a Mérida -ganándoselo a mi jefecita-. Chema preguntó: ¿Has encontrado algo? Nada, carnal, le dije, y él me dijo que tampoco. Literalmente, alrededor, había cientos de miles de títulos. Durante mi recorrido -que, como ya dije, estaba llegando a su fin- encontré varios que ya tenía y que incluso se me antojó comprar otra vez. Para regalarlos, me decía, pero regalarlos a quién. Solo es mi adicción, pensé. Porque si a algo soy adicto es a los libros. En primer lugar, a comprarlos. Posteriormente a leerlos y en tercer lugar a escribirlos (y aquí caben tanto los propios como los ajenos). Es una adicción que adquirí de niño, no puedo llamarla de otro modo (de ahí que sí lo sea). En ese universo libresco en el que nos encontrábamos recordé mi propia isla y cómo fue que ya tengo tantos volúmenes que no me dará la vida leerlos. Cómo es que he regalado muchos, robado unos cuantos, unos pocos que me han sustraído. Recordé los inicios de mi propia colección consciente. No el librero de la casa, que era modestísimo, sino el propio, el que empecé a nutrir con mis propios títulos. Lo inicié en la universidad y tener una sola fila llena ya me parecía algo más que un logro. De ahí todo reventó y muchos de los libros que tengo aún recuerdo por qué los tengo, dónde los compré, quién me los regaló. No pasa con todos, pero pasa en la mayoría de los casos. Y entonces los libros que compré en el Remate, cuando este estaba en el Auditorio, son de los que más claros tengo. Porque de verdad era (todavía, supongo) un espacio para encontrar joyas a precios inauditos. Ahí conocí a Richard Brautigan (de quien hablaré luego, más a fondo, a propósito de otra cosa, en otro texto) y ese es de mis encuentros más afortunados de mi mundo literario. Fui varias veces hasta que el Remate se cambió a Revolución, y como buen adicto atascado supongo que algo del efecto se diluye y ya no es tan potente y más ya no significa mejor. Y le da a uno para abajo, una resaca. Y uno tiene suficiente. Y eso pensaba cuando pasé, luego de despedirme de Chema, por el ya no tan glorioso stand de Anagrama. Había buenas cosas, algunas que ya tenía, otras, la mayoría, que no, y entonces vi el libro que ilustra este escrito; título de una autora que nunca había escuchado mencionar. No sé pronunciar su apellido ni el del lugar al que refiere. En la fajilla decía (dice): «Un reportaje excepcional sobre la crisis, en la estela de Wallraff». «Este libro le ha devuelto el honor al periodismo». Dime eso y me llevo cien. Pero nomás me llevé uno. Me lancé a merendar y lo empecé a leer. Es un portento. Me encantaría hablar a profundidad de sus bondades, que son varias, y de cómo me siento fuertemente atraído por ciertas mujeres… cronistas, cuentistas, fotógrafas, músicos. Por algunas cineastas (poetas y novelistas al final). ¿Onvre performativo? Acá no fue la excepción. Es un libro narrado a pulso, sólido, muy divertido. Ligero. Si yo fuera profesor de periodismo, lo dejaría leer (junto con La única chica, de Robin Green). A eso vine entonces, supongo, a recomendarlo en este espacio en este #DíaInternacionalDelLibro. Un día más importante para mí de lo que había considerado. Porque es el día de la adicción a la que, como con todas las otras, le suelo decir: este será el último libro que compraré en mucho tiempo. O en la vida. Palabra que no logro cumplir porque luego luego me digo: pero pos si a esto te dedicas. A los libros. Además, y dado nuestro contexto, de una noticia que ha hecho revuelo, ya se me antojó muchísimo ese que se llama El desconocido de correos, de reciente aparición (t.ly/nZQGM), donde «Aubenas se suma a la estirpe de los grandes autores norteamericanos –Hemingway, Wolfe, Talese– cuyos reportajes de investigación adquirieron estatus de literatura». Donde a un joven marginal se le acusa -injustamente, por lo visto- del asesinato de una joven en una oficina de correos.

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