Estaba a media lectura, o a tres cuartas partes, del poema Madrugada, de José Manuel Vacah, el cual me resulta muy próximo, muy íntimo, casi como si yo lo hubiera escrito (me habría encantado), cuando llegó el séquito de políticos. Apañaron los lugares de enfrente, no saludaron a nadie y nos apuraron para terminar. Abomino la falta de modales. No sé, supongo que es de las cosas que aprendí de mi abuelita: a pinches saludar cuando se llega a algún lado (especialmente si se interrumpe. De ella también obtuve el gusto por leer, entre otras cosas.) Les eché un vistazo a los políticos con el rabillo del ojo y continué mi lectura en voz alta hasta terminar la última palabra del poema, publicado en su libro Un dios dando de golpes en la bruma, que dice, entre otros versos: tu piel me ha hecho bajar y subir/ como una droga/ ahora que me doy cuenta/ las cosas son más tristes de lo que parecen/ es como si no hubiera dejado de fumar. José Manuel me secundó en mi esfuerzo rebelde, ambos coludidos con un público atento y generoso, y él también leyó un poema. Faltaba más, si era su presentación. Los políticos tuvieron que aguantar vara porque además ese es uno de sus deberes (guardar silencio a veces tendría que ser otro). Porque estábamos ante un acto poético, no político (aunque haya quien crea que son lo mismo, pero uno es más grande que el otro). Un acto poético, sí, eso es una presentación de un libro independiente en un escenario que fue tomado por los políticos para hablar de cualquier cosa menos de libros en una feria del libro, y en cuyo escenario estaba la imagen de la presidenta en turno detrás nuestro, en foto gigante, en medio, sonriendo y rodeada de estos objetos purificadores de quien se rodea de sus páginas. Chema, como le digo a Vacah, a José Manuel, estaba un poco nervioso cuando lo vi, unos minutos antes de la presentación. Iba yo llegando muy a gusto con mi nuevo bolso floreado para libros y le dije que todo estaría bien. Él confío en mí. En el escenario había un hombre calvo, pseudointelectual que dibuja cosas precisamente contra ciertos políticos; frustrado cineasta (a su decir), el tema de su libro me interesaba, pero su mamonería (a pesar de que no es capaz de entender el inglés hablado, dijo) me repelió. Chema pensó que nos saludarían, ese calvo y su presentador, me dijo cuando, como en un toquín, ellos iban bajando y nosotros subiendo al estrado. La verdad yo también lo pensé, pero no lo hicieron. Nos vieron con cierto desdén y siguieron su camino. Como dije, me gustan los modales y preferí agradecerles el hecho de presentarse en nuestro barrio una vez que estuvimos sentados frente al público en vez de mandarlos a chingar a su puta madre. En fin, así fue como inició la conversación: con el público. Les pregunté si sabían algo de poesía. Un par levantaron las manos, aunque dudaron. Les conté que eso pasaba a menudo en los talleres de escritura: que pocos admiten «saber de poesía», y por el contrario. Les dije que yo tampoco sabía nada, y les hablé de un poeta que tanto Chema como Diego Arredondo me enseñaron esa tarde, momentos antes, y que me voló la tapadera de los sesos: Miguel Guardia. Me mama cuando me pasa eso: descubrir autores cabrones en voz de mis compas (o en solitario) cuando menos me lo espero. Les dije que el poema Madrugada, que en ese momento aún no leía, me parecía que tenía la vena Guardiana. Más tarde les pregunté a los asistentes si disfrutaban la poesía. La mayoría alzó la mano esta vez. Les dije que, para mí, disfrutar la poesía es saber de poesía. Es decir, son la misma cosa. No sé si estuvieron de acuerdo, pero la gente siguió escuchando hasta que llegaron los políticos. Poco antes les hablé de Ethel Krauze y de cómo para ella la poesía va de la mano con la vida cotidiana. Uno de los políticos se me acercó y me dijo si por casualidad llevábamos libros pese a que había un chingo de estos frente a él, frente a nosotros, tanto de la autoría de Chema como mía. Le dije que desde luego y, agh… Abomino la falta de modales. Mi jefecita, ahí presente, dijo que saludó a la presidenta y ésta medio que asintió, pero no contestó propiamente el saludo. Yo sé que uno no siempre está de buenas y que su trabajo debe suponer una chinga mucho mayor que tratar de extraer versos del alma, pero… tanto políticos como poetas (especialmente los primeros), se deben a la gente. Finalmente, Chema y yo bajamos del escenario y nos dirigimos hacia donde él firmaría sus libros. Ahí saludé a algunas personas. Les di un abrazo y tomé mi lugar en la fila para tomarme una foto con el flamante autor que, sobre todo, es un súper tipo al que aprecio mucho.

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